Capítulo 9 #2
―Cada uno aprovecha su tiempo libre como quiere: tú hablas con las innumerables chicas que se te acercan y yo mato a centenares de enemigos a los que pongo como apodo el nombre de mi jefe cada vez que me causa demasiado estrés ―contestó Austin, mirando fijamente a su estresante jefe.
―Creo que voy a seguir tu consejo y cruzaré los dedos para que no pase nada ―decidí.
Usé el ordenador de mi despacho para entrar de nuevo al chat del juego y dejé un mensaje amable para que alguien contactara conmigo.
Tuve suerte, ya que uno de los jugadores que había adoptado un rol de mago de aspecto serio accedió a comunicarse conmigo y me solicitó una videollamada a través del chat.
Acepté creyendo que me encontraría a un señor trajeado y de aspecto formal, pero me llevé una sorpresa: un joven de veintipocos años lleno de tatuajes y piercings apareció en la pantalla.
―¿Por qué es tan distinto al personaje de su juego? ―le pregunté a Austin quien, lleno de curiosidad, no había podido evitar dejar a un lado su trabajo para curiosear.
―Y eso me lo pregunta la guerrera pechugona madre de trillizos y abandonada por su consorte… ―repuso Austin. Nuestra discusión, donde yo me defendía señalando que solo había seguido sus consejos fue interrumpida por el chico de la pantalla:
―¿Se puede saber quién coño eres tú?
En ese momento, decidido a convencer a todo el equipo de Ellie para que trabajara conmigo, me arreglé la corbata y comencé mi discurso.
―¡Hola! Supongo que Ellie no te habrá hablado de mí.
Me llamo Max Templeton, soy un antiguo compañero del instituto.
Nuestros caminos han vuelto a cruzarse cuando ella presentó una propuesta de desarrollo de un videojuego en el que mi empresa está interesada, una gran oportunidad profesional que Ellie no puede desaprovechar únicamente porque entre nosotros haya quedado alguna pequeña desavenencia, supongo que estarás de acuerdo conmigo.
En fin, para resumir: Ellie me retó a que convenciera a los integrantes de este chat para colaborar en el proyecto.
Si lo consigo, ella accederá a trabajar conmigo.
―¡Ah! No serás tú el cabrón que le rompió el corazón, ¿verdad? ―preguntó el chico, matándome con la mirada.
―¡Oh! Pues veo que Ellie sí que os ha hablado de mí ―respondí, con una sonrisa falsa y sin saber qué más decir.
―Pues no sé qué tienes de especial, la verdad ―comentó el chico de los piercings, mirándome como si no fuera rival para él.
―Eso deberías pregúntaselo a las chicas que van detrás de mí.
―Apuesto a que Ellie nunca fue una de esas chicas. Ni antes, ni ahora.
―¿Por qué no le preguntas a Ellie qué tipo de relación tuvimos? ―repliqué.
―Voy a banearte de este chat ―dijo y yo lo miré con extrañeza porque no le había entendido.
―¿Banearme? ―pregunté. Austin me hizo señas frenéticas y yo tapé el micrófono y me volví hacia él.
―¿Qué quieres?
―¡Si te banea, te expulsará de ese chat durante el tiempo que le dé la gana!
―¿Puede hacer eso?
―Si es administrador de la cuenta, sí. Y a juzgar por su actitud, seguro que todos los miembros del equipo de Ellie son administradores del chat.
―¡Mierda! ―susurré antes de volverme hacia el tipo que me sonreía victorioso―. Si te importa algo Ellie sabrás que, a pesar de nuestra historia pasada, esta es una oportunidad que no puede desperdiciar.
―En eso tienes razón. Hablaré con los demás sobre este asunto, pero, por el momento, mándame tu dirección de correo electrónico al chat para que pueda hacerte llegar mis peticiones.
Si las satisfaces, accederé a colaborar en el proyecto.
Soy Damian, estoy seguro de que no olvidarás mi nombre con facilidad ―dijo el muchacho antes de cortar la comunicación.
―¡Bien! Creo que hemos conseguido captar al primer miembro del equipo ―dije, tras lo que envié mi dirección de email al chat.
Unos segundos más tarde, mientras revisaba mi bandeja de entrada, vi que ese chico acababa de enviarme su propuesta.
Y cuando pulsé sobre el enlace que me había mandado, antes de que a Austin le diera tiempo a advertirme de que no lo hiciera, en la pantalla de mi ordenador empezaron a aparecer decenas de molestas pantallitas de spam , todas de contenido para adultos―. ¡Mierda! ¿Qué ha pasado?
―Acabas de meter un virus en tu ordenador y puede que no solo en el tuyo, sino en todos los de la empresa ―declaró Austin.
Me echó a un lado y se puso a teclear frenéticamente―.
Creo que podré solucionar el problema antes de que se enteren de lo que has hecho y llegue a oídos de tu padre ―anunció Austin esperanzado, pero nuestras esperanzas se esfumaron por completo cuando mi padre entró en mi despacho sin llamar diez minutos más tarde.
―¿Sabes que hay un idiota que ha metido un virus en la intranet de la empresa?
―preguntó mi padre. Y cuando Austin y yo intentamos ocultar lo que estábamos haciendo, mis auriculares se desconectaron y todos pudimos escuchar los poco sutiles anuncios de chicas o chicos ardientes que plagaban mi ordenador.
Mi padre me fulminó con la mirada, emitió un gruñido de disgusto y me gritó antes de desaparecer tan rápidamente como había aparecido:
―¡Arréglalo!
Cuando terminamos de solucionar el problema cuatro horas más tarde, Austin se derrumbó sobre mi sillón completamente agotado y yo lo miré sin saber qué decir.
―Bueno, mira la parte positiva: por lo menos ya tenemos al primer miembro del equipo ―dije, mostrándole un mensaje del chico que se había reído de mí: aceptaría trabajar en mi proyecto si conseguía eliminar el virus que me había mandado.
Austin me fulminó con la mirada y dijo, aprovechándose del momento:
―Quiero un aumento de sueldo porque, si este es el primer miembro del equipo, no quiero imaginarme los problemas que nos causarán los demás.
Y ante las quejas de mi amigo no tuve más remedio que darle la razón porque relacionarme con esa chica siempre me había metido de lleno en un millón de problemas.
Tras reclutar al primer miembro del equipo de Ellie, Max se concentró en conseguir a los demás. Melvin, que representaba a un aguerrido enano en el juego, parecía una persona mucho más racional que sus compañeros, por lo que fue el siguiente al que Max solicitó su colaboración para el proyecto.
Y Melvin también le presentó su petición: una lista de elementos del juego que tenía que conseguir para él.
Pero como él era demasiado malo en los videojuegos y su amigo Austin tenía las manos ocupadas con el proyecto, decidió usar el as que tenía en la manga, aunque hacerlo pudiera acarrearle numerosos problemas.
Sabía que las negociaciones serían muy difíciles, que su aliado potencial se aprovecharía pidiéndole casi lo imposible a cambio de su ayuda, sobre todo si acababa intuyendo que necesitaba su colaboración con desesperación.
Por ello, Max reorganizó su agenda para sacar todo el tiempo que necesitaría para mantener esa reunión. Se vistió con su mejor traje y compró un obsequio bastante caro.
Tras depositarlo sobre la mesa, Max comprendió que una sola mirada a su cansado rostro lleno de ojeras le hizo saber a la persona con la que había quedado que tenía todas las de ganar en esas negociaciones. Su sonrisa maliciosa indicaba que estaba más que dispuesto a vaciarle la billetera.
Max confirmó que sus temores estaban bien fundados y que se encontraba en seria desventaja al exponer su petición. Supuso que en breve comenzaría a escuchar una interminable lista de exigencias, pero estaba dispuesto a todo con tal de ganar a Ellie.
―Necesito tu ayuda ―comenzó Max con seriedad.
―No creo que esto sea suficiente ―declaró con rudeza ese difícil sujeto mientras observaba el obsequio que Max le había traído y lo descartaba reclamando más.
―¡Pero si aún no sabes lo que voy a pedirte!
―No. Pero sí sé que, si vas a pedirme algo, tengo que sacar el máximo provecho de esta situación. Eso fue lo que me enseñó un despiadado hombre de negocios. Así que quiero un ordenador nuevo y todos los juegos que te pida durante un año entero.
―¡Venga, Cody, no me fastidies! ―protestó Max a su sobrino de diecisiete años que estaba dispuesto a sangrarlo―. ¡Que soy tu tío! ―le recordó lastimosamente.
―En los asuntos de negocios no hay familia que valga ―replicó Cody, un joven de ojos azules y cabellos negros que, tras colocarse sus gafas, giró su silla para concentrarse de nuevo en su ordenador.
―¡Venga ya! Lo que quiero de ti es que juegues a un videojuego de rol en línea y me consigas varios objetos. No es nada peligroso ni arriesgado y solo harás lo que te gusta hacer, con el aliciente de ayudar a tu tío.
―Sí es arriesgado: mi madre me ha castigado sin videojuegos por las malas notas.
―¡Mierda! ―dijo Max, recordando lo peligroso que era desafiar a su hermana―. ¡Eh! Pero entonces, ¿qué haces jugando con el ordenador ahora mismo?
―¡Mierda! ―exclamó Cody, percatándose de que había metido la pata y perdido parte de la ventaja negociadora―. Tú no le cuentas a mamá que yo estaba jugando mientras estaba castigado y yo no le digo que tú has pedido ayuda a tu sobrino para un negocio turbio.
―Pero ¡qué dices! ¡Mis negocios no son turbios! Sabes en lo que trabajo. Solo necesito esos objetos para conseguir la colaboración de un nuevo programador.
―No obstante, para librarme del castigo de mi madre lo serán.
―¡Vamos, Cody! No sé a quién acudir y me quedo sin opciones.
―¿Y Austin?
―Está muy ocupado con el proyecto y yo soy demasiado malo para ese tipo de juegos.
―Sí, lo sé ―dijo su sobrino al recordar las innumerables veces que su tío había acabado perdiendo contra él cuando solo tenía diez años.
Max creyó que su sobrino se apiadaría de él, pero recordar lo malo que era jugando solamente trajo a su rostro una victoriosa sonrisa mientras intentaba aprovecharse lo máximo posible de su tío.
―Ordenador de última generación, lista de juegos y la última consola del mercado para navidades.
―¡Joder! ¿Quieres también mi sangre?