Capítulo 9
―¡¿Qué mierda es esta?! ¿Cuántas veces he perdido ya? ¿Y por qué no me ayudas? ¡Se supone que eres mi amigo! ―se quejó Max, consiguiendo que Austin levantara la vista de los informes en los que trabajaba para dirigirle una mirada airada a su amigo y jefe.
―¿Tal vez porque eres un pésimo jugador como no había visto otro en mi vida? Entiendo que quieras averiguar cómo es el juego que hemos elegido, pero lo que no comprendo es por qué estás tan obsesionado con él.
―Ellie me ha dicho que si quiero que firme con nosotros tengo que convencer a sus amigos programadores, y la dirección del chat privado donde los encontraré a todos aparece en los créditos del juego si lo termino con las opciones correctas.
―Si tan difícil te lo pone, recházala y elige a otro programador ―soltó Austin sin preocuparse demasiado, sabiendo que su amigo siempre sería un hombre racional que antepondría los negocios a todo lo demás.
Y cuando su amigo contesto a su lógica propuesta con el silencio, Austin alzó la mirada de su trabajo, preocupado―.
¿Por qué no escoges la opción más lógica, Max?
―¡Porque yo soy el idiota protagonista de este maldito juego! ―confesó Max mientras se tapaba la cara con las manos, avergonzado.
―¿Eh? ¿Qué quieres decir con eso?
―Que la programadora, Ellie Patel, es una chica a la que conocí en el instituto y la historia de ese juego es literalmente la nuestra ―añadió Max y su amigo lo miró boquiabierto―. ¡Di algo! ―exclamó Max tras el prolongado silencio de su amigo.
―¿De verdad eras tan idiota?
―Sí, y por lo visto sigo siéndolo ―confirmó Max mientras señalaba las opciones erróneas que le aparecían y que siempre lo llevaban al final equivocado del juego.
―Max, no me digas que vas a poner en riesgo un proyecto de millones de dólares solo por ir detrás de esa mujer.
―No te lo digo…
―¿Qué piensas hacer cuando consigas la dirección del chat y contactes con esos programadores que Ellie Patel quiere en su equipo? ―preguntó Austin, dudando de si sería una buena idea ayudar a su amigo.
―Contratarlos, firmar un contrato con ellos y persuadir a Ellie de que trabaje con nosotros.
Quiero hacerla cambiar de opinión sobre su juego y quiero convencerla para que introduzca también la perspectiva del chico y la opción de jugar con él para que se dé cuenta de que aquel amor no fue un juego fácil para ninguno de los dos.
―¡Joder, tío! ¡Te gusta una friki! ―exclamó Austin, señalando a Max, quien había utilizado ese término en más de una ocasión contra él cuándo Austin le hablaba apasionadamente de sus aficiones.
―Sí, vale, lo admito: me gustaba esa chica en el pasado y quizás todavía me siga gustando un poco… ―dijo Max, mesando nerviosamente su cabello.
―¡Quita de ahí, novato! ―exclamó Austin, dejando de lado los pesados informes, con una sonrisa de superioridad.
Tras tomar el sitio en su gran sillón de gamer y ponerse a los mandos de su ordenador de última generación, Austin comenzó a buscar los patrones de ese juego que lo llevaran a salir exitoso de la partida.
Para su desgracia, él no era aficionado a los juegos de citas y no había salido con muchas chicas, por lo que sus resultados fueron tan penosos como los de Max.
―¡Venga ya! ¡Si esa era la respuesta correcta ante la que cualquier chico habría caído! ¡Menudo timo!
― Sí, pero no la que hubiera dado Ellie ―declaró Max, negando con la cabeza al ver que ni su experto amigo salía victorioso en ese juego.
―Si quieres puedo intentar hackear el sistema para conseguir esa dirección.
―Ni se te ocurra: conociendo a Ellie, seguro que te metería un virus en el ordenador.
―Comienzo a pensar que el videojuego de esta chica no está hecho siguiendo un patrón para los usuarios y sus preferencias, sino que está hecho para acertar solo con las respuestas que daría ella, algo que solo podría llegar a adivinar una persona que la conociera bien.
―¿Quién?
―Tú, Max. Por lo que leo entre líneas, creo que ella te está dando la oportunidad de volver al pasado y ponerte en su piel, de revivir tu historia con ella, por lo que tienes que adoptar las decisiones que ella habría tomado y pensar en cómo habrías querido reaccionar tú ante cada una de ellas y, tal vez, cambiar las decisiones que tomaste en su momento.
Tienes que seleccionar las opciones que os habrían llevado a ambos a tener un final distinto si tu yo de diecisiete años no hubiera sido tan idiota ―respondió Austin, cediéndole la silla.
―Ellie no puede saber las respuestas que siempre me callaba por la presión de los demás… y porque era idiota ―replicó Max, sabiendo que esa mujer no lo conocía tan bien, y que nunca había querido hacerlo.
―Bueno. Tú prueba a jugar haciendo lo que te digo y ya veremos si Ellie Patel te conocía de verdad o no ―propuso Austin.
En esta ocasión Max no buscó la elección más correcta para todos, sino la que hubiera contestado Ellie y las que él hubiera deseado dar.
Finalmente, tal y como Austin le había dicho y para su completo asombro, consiguió superar esa pantalla.
Y aunque no obtuvo un final feliz, sí consiguió la dirección del chat privado.
―Al parecer, esa chica te conocía muy bien… ―declaró Austin ante su asombrado amigo. Y justo en ese momento y por primera vez, Austin se preocupó por Max.
―¡Uf! Solo espero que Ellie esté de humor ―susurró Max antes de intentar contactar con ella.
―¡Vamos, Max, que lo peor ya ha pasado!
―Tú no la conoces ―manifestó Max con tono resignado mientras negaba con la cabeza, haciendo que Austin se preocupara de quién acabaría jugando con quién en ese juego que su amigo había retomado al cruzarse de nuevo con la chica de la que una vez se enamoró.
―«Estoy sumamente cabreada, así que espero que nadie quiera tocarme las narices en esta partida o me lo cargo, sea amigo o enemigo» ―escribí antes de colocarme los auriculares con micrófono para centrar mis manos en el teclado y el ratón al tiempo que hablaba con mis amigos.
―¿Acaso te ha ido mal en el trabajo? ―preguntó Melvin, un hombre de mediana edad muy amable al que le encantaba desconectar de su trabajo mal pagado jugando con el personaje de un aguerrido y orgulloso enano.
―Me han despedido.
―Bueno, por lo menos no tienes ningún problema amoroso ―intervino Anuska, una chica que siempre se quejaba de sus citas y se desahogaba cargándose a los enemigos de formas muy creativas cuando utilizaba su personaje de elfa del bosque o elfa oscura, según fuese su humor.
Por supuesto, aunque quería animarme, no lo consiguió.
―El hombre que me rompió el corazón durante mi adolescencia ha vuelto a cruzarse en mi camino.
―Vaya, qué mala suerte, Ellie… Bueno, cambiemos de tema: ¿cómo va ese proyecto de juego que presentaste a una importante empresa?
¿Has recibido alguna respuesta? ―preguntó Damian, un joven rebelde al que le encantaban los tatuajes y piercings pero que en el juego representaba a un mago serio y estricto.
―El hombre que dirige ese proyecto, el mandamás, es justamente el tipo que me rompió el corazón.
―¡Joder! ¡Rompamos unas cuantas cabezas!
―respondió Damian, dando por imposible todo intento de animarme, y fue entonces cuando el fuerte guerrero de innumerables músculos e increíble mala leche que era mi avatar, cogió su espada y comenzó a desfogar mi mal humor.
Claramente, no era mi día, ya que en mitad de nuestra partida apareció una guerrera pechugona novata a la que salvé a cambio de sacrificar la mitad de mis puntos de vida.
―¿Se puede saber quién es esa idiota y cómo ha conseguido entrar en nuestra partida privada? ¿Quién la ha invitado? ―exclamó Damian, molesto. Mi fijé en su alias y cuando lo leí, no tuve ninguna duda de quién era.
―No os preocupéis: yo me encargo de «Dios» ―respondí, sabiendo quién era la única persona con un ego tan grande capaz de ponerse ese nick ―.
Voy a darle lo suyo ―añadí con una sonrisa maliciosa saliendo de la partida común para invitar a una en solitario al hombre que había vuelto a buscarme para jugar conmigo.
―¿Qué? ¿Cómo te ha ido? ¿Seguiste mi consejo de crearte un personaje completamente diferente para que no te reconociera en el juego privado?
―me preguntó Austin, haciendo que levantara mi vista de los archivos que estaba revisando medio dormido y con unas enormes ojeras después de haber jugado durante horas con Ellie.
―Sí, pero creo que me reconoció.
―¿Por qué?
―Me invitó a jugar una partida los dos solos, luego me dejó embarazado de trillizos, se fue a comprar leche y no volvió.
―¡Venga ya, Max! Déjate de bromas.
―¿Crees que esta es la cara de un hombre que bromea?
―repliqué, mirándolo con cara de sueño―.
Por lo visto, en ese videojuego de rol, además de formar grupos para luchar en intensas y espectaculares campañas junto a tus compañeros, también puedes interactuar con ellos en la vida cotidiana que formas en el juego. Algo me delató.
―¡Hum! ¿Qué alias te pusiste?
―Dios.
―¡Joder, Max! No tienes remedio ―respondió mi amigo―. ¿Has probado a entrar en ese chat cuando no está la mujer que te odia?
―Ellie no me odia ―dije, intentando esquivar la acusadora mirada de Austin―. Bueno… tal vez un poquito ―rectifiqué. Pero la insistente mirada de mi amigo permaneció clavada en mí―. ¡Vale! ¡Está bien! Me detesta profundamente, pero es que tiene motivos.
―Y pese a ello, ¿todavía quieres firmar ese proyecto con ella?
―Sí ―contesté―. ¿Cuál crees que sería el mejor momento para volver a conectarme al chat?
―Si estuviste jugando toda la noche como delatan tus ojeras, sin duda, el mejor momento es ahora. Seguro que Ellie estará durmiendo y quizá alguno de sus compañeros aproveche algún rato libre o descanso en su trabajo para jugar.
―¿Eso es lo que haces tú?