La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

―Y si no lo consigues, llámanos de todos modos ―añadió Linda. Me despedí de mis alocadas amigas con una sonrisa, a pesar de todo lo malo que me había ocurrido.

Cuando abrí el mensaje comprobé con sorpresa que el guion de mi videojuego había sido el elegido para ser el proyecto de una gran compañía que quería contar conmigo como desarrolladora.

El director que dirigiría ese proyecto quería reunirse conmigo en persona para hablar sobre el contrato y, tal vez, sobre algunos cambios en el guion.

Tras enviar un mensaje de confirmación para la cita que me proponía, llamé de inmediato a mis amigas y les anuncié muy emocionada:

―¡Van a desarrollar mi videojuego!

Las tres gritamos como locas y juramos que esa noche celebraríamos tanto mi desgracia como mi buena fortuna.

Por fin alguien había depositado su confianza en ese juego que un día comencé a crear y al que titulé «El juego del amor», sin ser realmente consciente de cómo desarrollar algo tan complicado, tan difícil de alcanzar y, en ocasiones, de conservar.

A lo largo de los años, Ellie se había dado cuenta de que le correspondía a ella misma buscarse su lugar en el mundo, que habría gente que la comprendería y gente que no, que siempre encontraría personas con las que encajaría y otras con las que siempre se sentiría fuera de lugar.

Respecto al amor, ella siempre lo había pospuesto porque sentía que podría dolerle demasiado.

Pero ese amor que un día dolió tanto le había servido de inspiración para un videojuego que había comenzado a crear, donde reescribía la historia que vivió diez años atrás.

En ella, la protagonista le daba una oportunidad de cambiar, a través de sus diálogos e interacciones, a un chico necio que solo quería jugar con ella.

Su personaje, al igual que el joven del que se enamoró, no era perfecto, aunque intentaba aparentar lo contrario.

Y deseando que pareciera más real, Ellie no descartó incluir las posibles malas elecciones que el personaje podía seleccionar para que su historia acabara mal, como la de la propia Ellie.

«Dos personajes demasiado diferentes que intentan encajar el uno con el otro jugando con el amor», fue la descripción que Ellie añadió a su juego cuando lo subió gratuitamente a una plataforma pública donde los creadores podían colgar sus obras para que los usuarios pudieran probarlas y evaluarlas.

El juego tuvo un éxito enorme en la red, pero Ellie solo había creado las primeras pantallas porque, en realidad, no tenía la menor idea de cómo continuar.

Que los protagonistas de esa clase de historias de amor fallidas volvieran a encontrarse era algo que Ellie opinaba que solamente sucedía en las novelas románticas, en los videojuegos y en las películas, pero nunca en la realidad…

O eso al menos era lo que Ellie creía hasta que acudió a la cita con el directivo que había contactado con ella para desarrollar su juego y se encontró cara a cara con un hombre al que no había podido olvidar, un recuerdo de su pasado que la esperaba con una sonrisa y sosteniendo una vieja carta, demostrándole que él quería volver a jugar con ella, algo para lo que Ellie no sabía si estaba preparada.

Sobre todo, cuando ese juego trataba del amor y podía poner nuevamente en riesgo su corazón.

El lugar en el que me encontraba era perfecto para un reencuentro con cualquier mujer. Se trataba de un restaurante elegante de aspecto cálido y colores suaves. El suelo era de un blanco impoluto, la luz tenue provenía de unas lámparas de araña doradas que colgaban del techo.

Las paredes, también muy blancas, estaban adornadas con hermosos espejos que generaban un ambiente distinguido.

Las mesas cuadradas, cubiertas con manteles blancos y centros de mesa con delicadas flores, se repartían por el lugar.

Pero había una zona separada del resto por unos paneles de madera en la que se creaba un lugar más selecto e íntimo, caracterizado por la presencia de unos amplios sillones de color arena y unas elegantes sillas alrededor de otras mesas del mismo color que los sillones.

Había un relieve que se extendía a lo largo de una gran pared.

Se trataba de un grabado que representaba el paisaje dorado de un bosque que parecía estar vivo gracias a la maestría con la que algún artista había dispuesto las diferentes capas de pintura jugando con la perspectiva y las sombras, convirtiendo el salón en una verdadera obra de arte.

Era un restaurante al que me gustaba ir por sus exclusivos platos neoyorkinos y que se encontraba en un hotel en el que me había hospedado en más de una ocasión.

Desde mi asiento, observé con una sonrisa cómo el maître acompañaba a Ellie hasta mí.

Me resultaba increíble que, después de haber salido con decenas de mujeres atractivas que se vestían de forma provocativa con la mera intención de seducirme, esa chica siguiera llamando mi atención sin siquiera proponérselo.

Tal vez se debía a que sentía que ella era más real que todas aquellas mujeres a las que les interesaba más mi dinero que yo.

A lo largo de los años, Ellie se había convertido en una mujer realmente hermosa.

Su larga melena morena estaba recogida en un moño para el que, ante mi asombro, había utilizado un lápiz como pasador.

Sus gafas seguían ocultando sus bellos ojos verdes, que siempre miraban con atención, analizando y examinando lo que la rodeaba.

Pude comprobar que Ellie continuaba disimulando sus seductoras curvas femeninas debajo de ropa demasiado holgada, en esta ocasión, un pantalón de pinzas una o dos tallas más grande que la suya y una chaqueta ancha a juego sobre una sosa camisa blanca con la que desentonaba en aquel ambiente tan distinguido.

Cuando entró la vi mirando de un lado a otro, algo perdida.

No obstante, siguió adelante decidida a cumplir su sueño.

Y en el instante en el que me vio supe que, a pesar del tiempo que había transcurrido, me había reconocido sin ninguna duda, pues me percaté de que me miró con asombro para luego buscar de inmediato la salida más próxima.

―Hola, Ellie. Volvemos a encontrarnos ―le dije cuando se acercó, mientras jugaba con la carta con la que ella se había despedido de mí.

Ellie me miró molesta. Y sin decidirse aún a tomar asiento en la mesa, me exigió una explicación para nuestro encuentro, una aclaración que yo no era capaz de darle, ya que, como ella, nunca había creído que el destino podría decidir volver a cruzar los caminos de dos personas tan distintas como nosotros.

Pero, aunque no comprendiera cómo había sucedido nuestro reencuentro, yo tenía claro que se trataba de una oportunidad que no pensaba desperdiciar.

―¿Has elegido mi videojuego solo porque quieres volver a jugar conmigo? ―me recriminó Ellie al tiempo que señalaba la carta que delataba mis intenciones.

―No, qué va ―mentí descaradamente, me guardé la carta en un bolsillo de la chaqueta y Ellie me miró airada.

―¿Cómo supiste que era yo? ―me preguntó, y yo levanté una ceja con ironía.

―¿En serio me estás preguntando eso, Ellie? Has hecho un videojuego con nuestra historia.

―¿Has jugado a mi videojuego? ―me preguntó espantada. En ese momento decidí que sería lo primero que hiciera en cuanto llegara a casa.

―No, todavía no. Pero solo tuve que escuchar el resumen que uno de mis trabajadores me hizo para deducir quién era uno de los personajes.

Quiero dejarte claro desde el principio que no pienso interponer contra ti ninguna demanda por haber utilizado mi imagen para ese videojuego sin mi permiso, pero solo si te sientas y escuchas lo que tengo que decir ―respondí, comportándome como un canalla, porque la idea de que volviera a huir y desapareciera de mi vida me ponía demasiado nervioso.

Mis palabras consiguieron la reacción que esperaba, aunque era evidente la decisión que había tomado Ellie sobre mí y mi empresa cuando se cruzó de brazos y me dirigió una mirada furiosa.

―Habla ―me ordenó con aspereza.

―Supongo que, antes de enviarnos tu propuesta, te habrás informado de que nuestra empresa cuenta ya con un pequeño nombre en el sector del ocio digital gracias a algunos éxitos que hemos obtenido a partir del desarrollo de varios juegos, ¿no?

―No, no tenía ni idea ―negó Ellie, cortando de lleno la línea de argumentación de mi elaborado discurso.

―¿Qué? Oh… Entonces, ¿por qué participaste en nuestra convocatoria?

―Porque estaba pedo ―respondió Ellie con brutalidad, rechazándonos por completo a mi empresa y a mí antes siquiera de que comenzara a explicarle el proyecto. Sin embargo, yo seguí adelante con mi propuesta.

―Bueno, verás, mi empresa…

―La empresa de tu padre ―precisó Ellie, corrigiéndome y volviendo a fastidiarme al comprobar que ella todavía me veía como el niño mimado que había sido.

―De acuerdo. La empresa de mi padre en la que trabajo…

―volví a comenzar entre dientes― ha triunfado últimamente en el sector del entretenimiento gracias al lanzamiento al mercado de algunos juegos basados en novelas gráficas muy populares en este momento y ahora estamos decididos a apostar por un juego nuevo: el tuyo.

―¿De verdad te gusta el guion de mi juego? ―me preguntó, mirándome con malicia.

―Bueno, tal vez sea necesario introducir algunos cambios y… ―respondí, provocando que volviera a mirarme con hostilidad.

―¡No pienso cambiar a los protagonistas de ningún modo! Son demasiado reales como para convertirlos en otra cosa ―dijo, fijando sus ojos en los míos.

―Bien, no pasa nada, Ellie: podemos señalarte las partes que consideramos que podrías mejorar o cambiar por completo en tu juego y tú a cambio podrías darnos tu opinión sobre lo que te parecen nuestras sugerencias.

―Sabes que acabaría limpiándome el trasero con vuestras sugerencias, o mejor dicho, con las tuyas.

Mis personajes no se tocan. Él es demasiado estúpido y seguirá siendo así…

―declaró Ellie, volcando toda su ira sobre mi yo del pasado, sin detenerse a considerar que yo podría haber cambiado a lo largo de esos años.

―De acuerdo, de acuerdo. No te enfades. Mira, te propongo una cosa: ¿por qué no añades a tu juego también la perspectiva de él? ―propuse con tono conciliador, recordándole que habíamos sido dos los que habíamos participado en aquella aventura.

―¡Hum! No parece mala idea… ―manifestó Ellie tras reflexionar unos instantes, dándome una oportunidad que yo no dudé en aprovechar.

―¡Magnífico! ¿Por qué no comenzamos con un cambio sencillo? Modifiquemos tu fotografía de perfil para que pueda contar con una propuesta seria que presentar ante la junta directiva. La verdad, no creo que el dibujo de un champiñón con cara ayude a que te vean como una opción seria y responsable.

―El dibujo era de una polla con cara ―me interrumpió Ellie, provocando que mi discurso se fuera al garete.

―¿Cómo? ¡Joder, Ellie! ¿Por qué dibujaste eso?

―Ya te lo he dicho: estaba pedo cuando envíe mi solicitud.

Además, para ser sincera, la hizo Linda, que no sabe dibujar.

Pero no te preocupes… ―dijo Ellie, para luego tomarse unos minutos en dibujar algo en un papel que traía en una carpeta.

Cuando me lo mostró observé en esta ocasión el dibujo de un pene con una cara enfadada y que gritaba―.

Toma, aquí tienes la nueva imagen de mi perfil ―declaró ella con una sonrisa perversa en los labios.

Hice una bola con ese papel y la arrojé a un lado, descartándolo.

Para mi desgracia, la bola de papel fue a caer a los pies del maître , que me miró molesto.

Tras ver lo que había dibujado, su mirada de hostilidad se intensificó y me hizo señas de que me estaría vigilando.

La risa de Ellie ante los líos en los que siempre me metía me hizo sonreír y recordar que nunca me aburría con ella.

―¡Vamos, Ellie! Te estoy hablando en serio: concédenos una oportunidad tanto a mi empresa como a mí ―le dije con tono serio y sin la falsa sonrisa que ella odiaba.

―¿Por qué debería hacerlo? ―me preguntó, haciéndome pensar en lo idiota que había sido en el pasado, cuando ella me dio tantas y yo las desaproveché.

―Porque me lo debes ―respondí, sacando la vieja y arrugada carta que llevaba conmigo―. Sobre todo, ahora que nos hemos vuelto a encontrar ―terminé, jugando sucio para que me concediera otra oportunidad.

―¿Acaso pretendes que me crea que quieres volver a enamorarme porque no has conseguido olvidarte de mí? ―preguntó Ellie con un tono irónico que me anunciaba que no creía en esa posibilidad.

―Es posible… ―contesté, sabiendo que si le decía la verdad me rechazaría por completo y volvería a huir de mí.

―Vale. De acuerdo. Te daré una oportunidad.

Si te acabas la primera parte del juego, te saldrá en los créditos la dirección de un chat privado a través del cual puedes contactar tanto conmigo como con algunos de los amigos que yo querría que formaran parte del proyecto.

Convéncelos de entrar en él, y tanto mi juego como yo seremos tuyos…

―dijo Ellie, con una sonrisa de satisfacción con la que insinuaba que creía que yo fallaría antes siquiera de comenzar.

―¡Trato hecho! ¡Juguemos! ―dije, y le tendí la mano para cerrar el trato.

Cuando aceptó, tiré de ella y la acerqué a mí para susurrarle al oído una verdad de la que en esa ocasión no podría escapar.

―Ellie, esta vez no pienso perder.

Ella me soltó la mano y, mirándome tan desafiante como siempre, me respondió:

―Eso ya lo veremos, porque este juego tan solo acaba de empezar.