Capítulo 8 #2
―Creo que en esta ocasión me despiden ―les comuniqué a mis amigas después de pegar un comunicado en el tablón de anuncios de la empresa para la que había acabado trabajando como comercial de ventas en lugar de como programadora.
―¡Vamos, vamos! No creo que sea para tanto, Ellie ―declaró Linda, intentando aliviar mi preocupación en nuestra videollamada a tres.
―¿Te han pillado escupiendo en el café de tu jefe? ―preguntó Dina.
―No… eso fue solamente aquella vez, cuando él se bebió el mío y después me exigió que le prepara otro.
―Entonces, ¿han descubierto que fuiste tú quien envió a los correos personales de varios de tus compañeros un virus de spam que dirigía hacia páginas pornográficas? ―insistió Dina.
―No. Eso lo hice cuando algunos compañeros se burlaron de mí después de indicarles cómo podían introducir algunas correcciones en el sistema para mejorar la seguridad cibernética.
Por eso les mandé ese virus… me divertí mucho cuando se activó en medio de la exposición de un nuevo proyecto delante de nuestros jefes. A partir de entonces, me hicieron caso.
―Vale, entonces ¿saben que fuiste tú quien hackeó el sistema para poner música obscena en la sala de descanso en vez de esa melodía tan repetitiva y molesta que les habías pedido mil veces que cambiaran porque te daba dolor de cabeza? ―volvió a preguntar Dina.
―No, Dina, nada de eso. No me han pillado en ninguna de esas tonterías.
Me van a despedir por hacer bien mi trabajo o, mejor dicho, por hacer el suyo ―anuncié, dejando a mis amigas muy confusas―.
Os explico: con la intención de encontrar algún argumento bueno que ofrecer para vender los productos de mi empresa, examiné detenidamente la porquería de juego de azar que tengo que presentar este mes a la lista aleatoria de clientes a los que normalmente telefoneo para que me manden a la mierda.
»Mientras analizaba el código, descubrí un patrón con el que siempre ganabas si cumplías ciertos requisitos y actuabas de determinada manera.
Entonces hablé con mi jefe y le comenté que, aunque las ganancias eran cantidades muy pequeñas, con el tiempo se acumularían y podrían suponer enormes pérdidas si más personas descubrían el patrón oculto en la programación del jodido juego o si una sola persona hacía uso del error durante un periodo de tiempo prolongado.
»La respuesta de mi jefe fue que le hiciera un informe.
Así pues, me pasé dos días sin dormir para elaborar el maldito informe en el que también le señalaba posibles soluciones que podíamos adoptar para parchear el error, incluso me ofrecí a hacerlo yo misma con la esperanza de que, tal vez, después de esto me propusieran un ascenso al departamento de desarrollo, que es donde realmente quiero trabajar.
»Al final, entregué el dichoso informe esta mañana y ha acabado directamente en la papelera.
A continuación, mi jefe me ha recomendado que no siga indagando más en este asunto y que lo abandone, ya que el jueguecito de los cojones ha sido diseñado por el hijo del dueño de la empresa en persona junto con un equipo de «expertos».
―¡Uf! Eso suena muy mal, Ellie ―dijo Linda, bastante preocupada.
―Exacto. Y como normalmente son los novatos y últimos en llegar a los que siempre culpan de todo este tipo de cagadas, he decidido cubrirme el culo poniendo estos hechos en conocimiento de todo el mundo.
Ahora mismo acabo de colgar en el tablón de anuncios de la empresa el error de programación que he encontrado junto con el patrón de acción que hay que seguir para ganar siempre.
También he vuelto a hackear el sistema y he enviado esa misma información a los correos personales de todos los trabajadores de la empresa.
―Ellie, ¿quieres que mi hermano lo investigue? ―preguntó Linda, ya que su hermano Jerome era investigador de la policía en el departamento de delitos informáticos.
―Aguarda un momento, que estoy esperando a que me despidan en cinco, cuatro, tres, dos… ―respondí mientras contemplaba cómo mi jefe, furioso, tras arrancar mi comunicado del tablón de anuncios enfilaba hacia mí―. Uno…
―¡Ellie Patel, estás despedida! ―gritó, prácticamente en mi cara.
―Pues vale ―respondí despreocupadamente, provocando que ese hombre se enfureciera un poco más.
Y para que no me olvidara con facilidad, como yo no había podido hacerlo durante todo el fin de semana que había trabajado en ese informe con el que se había limpiado el trasero, anuncié mientras tecleaba en mi ordenador, preparando mi última jugada―: Hago un último arreglo y me marcho.
Y mi último arreglo consistió en enviarle toda la información que había obtenido al correo electrónico de Jerome, borrar todos los archivos del ordenador en el que había trabajado para que nadie me implicara, así como las copias de seguridad del servidor central a las que había tenido la precaución de acceder y, por supuesto, hacer que sonara por toda la megafonía interna de la empresa una canción picantona en vez de ese ñoño hilo musical por el que siempre había protestado.
―¿Eh? ¡Fuiste tú! ¡Tú pusiste aquella canción obscena! ―exclamó mi jefe tras escuchar las primeras palabras de esa graciosa canción que se repetiría en bucle, descubriendo al fin a la persona a la que sus mejores informáticos no habían podido encontrar mientras jugaba con el sistema.
―Sí. Y ahora me voy ―respondí, sin inmutarme ante sus gritos.
A continuación, me levanté de mi silla y les mostré a mis amigas mi salida de esa empresa como en las películas de acción: con un malo furioso a mi espalda y la banda sonora que había elegido muy adecuadamente para acompañar mi épico momento…
Aunque mi maravillosa salida quedó un poco deslucida cuando mi exjefe se interpuso en mi camino.
―¡Vuelve ahora mismo a tu puesto y quita esa música obscena!
―Verá, yo lo haría, pero resulta que no soy del departamento informático, solo del de ventas.
Además, tenemos que aprender a apreciar la música…
―dije, devolviéndole a ese hombre las excusas que siempre me había dado para no hacer nada ante mis protestas mientras guardaba un par de segundos de silencio para que apreciáramos la música.
Tenía una tranca tan grande como una barca…
―En fin, lamentándolo mucho, le informo de que no puedo hacer nada por arreglarlo, especialmente teniendo en cuenta que acaba de despedirme, por lo que ya no formo parte de este maravilloso equipo laboral y no tengo por qué aceptar sus órdenes o exigencias.
¡Pero no se preocupe! Estoy segura de que el hijo del dueño podrá arreglarlo ya que, como ambos sabemos, él es el mejor programador y nunca comete errores…
aunque quizá no pueda. Bueno, de todas formas, eso ya no es mi problema, sino el suyo…
junto con algunos más ―continué al tiempo que le mostraba que había enviado un extenso correo electrónico a la policía, haciéndola participe de mis sospechas de que se estaba cometiendo un delito informático, provocando que mi antiguo jefe se apartara rápidamente de mi camino.
―Creo que va a intentar borrar alguna prueba ―comentó Linda cuando vio a través de mi teléfono a ese hombre corriendo como nunca lo había hecho.
―O eso o es que le ha dado un apretón ―apuntó Dina.
―No os preocupéis: no podrá borrar nada, le he bloqueado el sistema y le he mandado la clave del bloqueo a Jerome junto con todas las pruebas que he encontrado.
―Ellie, mi hermano me dice que ya está investigando lo que le has mandado ―anunció Linda, dejándonos más tranquilas.
―Bueno, y ahora que no tienes trabajo, ¿en qué vas a emplear tu tiempo libre? ―preguntó Dina, seguramente intentando que la ayudara a rellenar los fondos de alguna de sus novelas gráficas.
―Creo que continuaré con el proyecto de mi juego, que tengo bastante abandonado.
―¿Cuál? ¿El que presentamos a esa empresa en la convocatoria para nuevos desarrolladores? ¿Ese que presentamos medio borrachas?
―Sí, ese que yo aún no estaba preparada para enviar a ninguna empresa.
―Tenías todo lo que te pedían: un resumen breve de la idea, una demo del juego y la presentación del proyecto. Así que estabas más que preparada.
―De todas formas, dudo mucho que me elijan, especialmente después de leer la dirección del correo electrónico que enviaste, Dina ―repuse, fulminando a mi amiga con la mirada para luego reprender a la otra que tampoco se libraba de haber aportado su granito de arena para que ese proyecto fuera directo al fracaso―.
O tras el dibujito de una seta con cara rara que «alguien» colocó en lo que debería ser la fotografía de mi perfil.
―No era una seta, sino una polla gritando ―susurró Linda mientras escondía su avergonzado rostro entre sus manos, provocando que la contemplara entre espantada y asombrada por lo que había dibujado… y por lo mal que lo había hecho.
―Joder, Linda… ¿En qué narices estabas pensando?
―Dina me retó… ―replicó Linda, acusadora, y ambas se enzarzaron en una absurda pelea que variaba entre las pésimas dotes artísticas de Linda y las provocaciones que Dina nunca debía dejar salir de su boca, ni siquiera estando borracha.
―Bueno, no os preocupéis. De todas formas, el guion de ese juego no está terminado.
Nunca llegué a pensar en cómo unos protagonistas tan distintos podían llegar a terminar juntos y dudo mucho de que una empresa tan importante o sus directivos vayan a fijarse en mi trabajo ―dije, asumiendo que tal vez nunca podría terminar ese juego, ya que mi historia de amor no había terminado bien.
De repente, mientras hablaba con mis amigas recibí un mensaje de texto en mi teléfono.
―Chicas, acabo de recibir un mensaje de un número desconocido. Será mejor que colguemos y que lo revise por si es de algún compañero de Jerome. Ya sabéis: algún agente del departamento de policía solicitando mi ayuda.
―¡No te olvides de llamarnos si consigues vender ese juego a alguna gran empresa! ―dijo Dina.