Capítulo 7
Ante el asombro de todos en el instituto, Ellie y Max comenzaron a salir.
Las chicas que habían salido con Max hacían apuestas sobre cuánto duraría la pareja y se reían de aquella chica poco atractiva.
Decían que Max no tardaría demasiado en aburrirse de ella, como le pasaba con todas las demás, pero, contra todo pronóstico, esa pareja estaba durando y, cuando estaban juntos, Max parecía distinto, alguien que reía sin importarle lo que pensaran sus compañeros.
A Wyatt no le gustaba que Max se hubiera distanciado de ellos y que su relación con Ellie pareciera tan real.
Estaba olvidándose de por qué tenía que salir con ella, pero ¿para qué estaban los amigos si no era para recordarle lo que tenía que hacer?
Así pues, mientras Wyatt miraba molesto a la pareja, a su lado Stella, una de las chicas más hermosas del instituto, de cabello rubio e intensos ojos azules, no despegaba su mirada airada de Ellie.
―Eso es solo un juego ―comentaron ambos al mismo tiempo, mirándose sorprendidos por estar de acuerdo. Entonces decidieron planear cómo separarlos y que se dieran cuenta de que ellos no estaban hechos para jugar al amor.
Llevaba con Ellie un mes y era evidente que me gustaba, que mi juego de enamorarla se había convertido en una realidad y que quería seguir con ella. Era la única que no veía al chico perfecto que yo fingía ser delante de todos y, pese a conocer muchos de mis defectos, ella seguía a mi lado.
Ellie me enseñaba a jugar con sus videojuegos románticos.
Para bromear con ella, siempre escogía las respuestas incorrectas y Ellie me reprendía, pero con cariño.
Yo, por mi parte, la invitaba a mis partidos de baloncesto y ella solo venía para insultar al árbitro.
Era la chica más ruidosa de todas. Sin embargo, sus gritos, al contrario que las canciones y vítores de otras chicas, no me molestaban, sino que me hacían sonreír.
Ellie era diferente. Junto a ella podía ser yo mismo y eso me gustaba mucho.
Pero también me asustaba; yo estaba acostumbrado a esconderme y, como en los juegos de Ellie, solía elegir siempre la opción más fácil: nunca me arriesgaba, nunca elegía el camino que quería, sino el que otros esperaban de mí y eso me hacía pensar que en cualquier momento podría fallarle a Ellie.
Wyatt no dejaba de repetirme que debía ponerle fin a ese juego, que tenía que dejar de fingir que Ellie me gustaba, pero el problema era que Ellie estaba comenzando a gustarme de verdad.
Cada vez que mis compañeros se burlaban de ella, yo tenía que contenerme para no pegarles una paliza, y cuando Wyatt me recordaba cómo había comenzado mi relación con ella y cómo debía terminar, yo mismo deseaba golpearme por lo idiota que había sido por intentar encajar con los demás.
Mi relación con Ellie, definitivamente, no tendría un final feliz. Especialmente después de que ella se enterara de mis engaños.
En aquel momento me encontraba entre la espada y la pared: mientras una parte de mí quería mandar a la mierda a todo aquel que me juzgara y seguir con mi vida gritando a los cuatro vientos lo que me gustaba de verdad, otra parte aún tenía miedo.
Miedo a las miradas que juzgan y aíslan, miedo a los cuchicheos sobre mí, a que los demás me dieran la espalda, a que ya no me creyeran perfecto y, por encima de todo, sentía un miedo terrible a la soledad.
A veces me sentía solo incluso rodeado de gente.
Era como si nadie me comprendiera y esa soledad se volvía más patente cuando no estaba con nadie.
Admiraba a Ellie, una chica a la que no le importaba estar sola, para quien una sola persona adecuada significaba esa multitud de la que yo me rodeaba para no sentir la soledad.
Ella no se ocultaba detrás de una sonrisa falsa, no fingía, y eso la convertía en una persona magnífica, aunque pocos se dieran cuenta de ello.
Tal vez ella había aprendido a ser así por la libertad que le habían dado sus padres para ser quien quisiera, por permitirle expresar lo que le gustaba sin importar las críticas de los demás.
Para mi desgracia, esas críticas eran algo que mi padre no aceptaba, y a lo largo de los años se había convertido en un hombre muy estricto que solo exigía de mí la perfección a pesar de que yo estuviera muy lejos de ella y de que para alcanzarla tuviera que rodearme de esos falsos amigos.
Mientras meditaba qué camino seguir para no perder a Ellie, mi hermana Kate, que acababa de entrar a mi habitación para pedirme de vuelta un libro que me había dejado, espió mi teléfono móvil.
Y aunque intenté esconderlo de su curiosa naricilla, ella me increpó con preocupación, sabiendo que yo consideraba el amor como un mero juego.
―Max, ¿quién es esa chica? ¿Tu novia?
―Algo así ―respondí con una sonrisa, pero al rememorar el motivo por el que inicié la relación con Ellie, se me borró la sonrisa de los labios y mi hermana volvió a preocuparse por mí.
―¡No me digas que es la chica que te dio tu merecido con ese videojuego para adultos!
―Sí, así es Ellie: una persona que siempre le da su lección a quien se lo merece. No puedo negar que en aquellos momentos me lo merecía.
―¿Y ahora?
―También ―declaré tristemente.
―¿Tienes alguna foto en la que salgáis los dos? ―inquirió Kate, cambiando de tema.
Le enseñé la única foto en la que Ellie y yo aparecíamos juntos: Ellie se ocultaba detrás de su disfraz de Pac-Man y yo salía dándole un beso al gran lazo rosa que llevaba, sonriendo a la cámara.
―¡Me gusta! ―dijo mi hermana entre carcajadas―. ¿Y sabes lo que más me gusta? Tu sonrisa, porque es de verdad. Hagas lo que hagas, no alejes a esa chica de ti, Max.
―¿Y si no puedo evitarlo? ¿Y si le hago daño? ―pregunté, dejando ver mis dudas y mis miedos más profundos.
―Max, no juegues con ella. Sé que estás acostumbrado a jugar con las chicas, que solo muestras la imagen de perfección que has creado, pero esa chica no se ha fijado en la persona que aparentas: se ha fijado en ti. No juegues con ese amor que podría llegar a convertirse en algo muy real.
―¿Y si ya he empezado a jugar?
―En ese caso no hagas lo que otros quieran, sino lo que quieras tú ―respondió Kate, animándome a ser fuerte y a perseguir mis deseos; pero la voz de mi estricto padre me hizo dar un paso atrás.
―¿Maximilian? Espero que estés estudiando para seguir siendo de los primeros de tu clase ―me dijo cuando entró con paso firme en mi habitación, decidido a eliminar cualquier distracción que me desviara de mi camino.
―Sí, padre ―contesté, apresurándome a apartar mi teléfono y a coger mis libros para no revelar que mi mente no estaba centrada en los exámenes.
―¿Quién es? ―preguntó mi padre tras arrebatarme mi teléfono y señalarme la foto que había hecho reír a mi hermana.
―Solo una amiga ―contesté.
―¿De verdad? Pues espero que esa amistad termine pronto y que, por supuesto, no te relaciones de forma más íntima con una chica así.
Ese alocado comportamiento no encaja con una buena imagen, con la vida que has planificado ni con el futuro al que te tienes que dirigir.
No te desvíes de tu camino, Maximilian. Puedes divertirte con ella, pero nada más ―sentenció mi padre.
―No te preocupes, padre: seré el alumno con mejores notas del instituto, la estrella de mi equipo de baloncesto y, por supuesto, me haré amigo de todos para tener buenos contactos de cara al futuro.
―¡Así me gusta! Que seas el más popular. Un hombre como tú siempre podrá elegir a alguien mejor que ella. Esta chica, simplemente, no encaja contigo ―declaró mi padre antes de devolverme el teléfono y salir de mi habitación.
―¿Que no encaja conmigo? Pues me pregunto por qué siento como si Ellie fuera la única que lo hace ―susurré mientras contemplaba esa imagen que todos veían absurda, excepto yo.
―No la pierdas por miedo a enfrentarte a todos, Max, o de lo contrario podrías acabar rodeado de gente, pero sintiéndote más solo que nunca ―opinó mi hermana, mostrándome su apoyo antes de marcharse.
Parecía como si Kate estuviera rememorando algún error de su pasado.
Un sabio consejo que, como el estúpido que yo era, ignoré para continuar con mi juego intentando hacerle el menor daño posible a la chica a la que había comenzado a amar, pero por la que aún era demasiado cobarde para luchar.
Mis padres me habían anunciado que, cuando terminaran mis exámenes finales, nos mudaríamos a Nueva Jersey, cerca de Nueva York, donde estaba la editorial de mi madre.
Susan Hill, su editora, la había convencido de que en la gran ciudad ella podría hacer más publicidad de sus novelas gráficas y acudir a más eventos, mientras que para mi padre había conseguido un contrato bastante rentable y también nos había encontrado una casa nueva que a mi abuela le encantaba y que no estaba demasiado lejos de la universidad a la que yo había decidido ir.
Todas parecían noticias fabulosas, sin embargo, me entristecía un poco pensar en que me iría muy pronto.
Mis amigas sabían de mi marcha antes de que terminaran las clases, y que mi padre me había prometido retrasarla hasta después del baile de graduación. Las tres habíamos jurado mantenernos en contacto y, por más diferentes que fueran nuestros caminos, no olvidarnos nunca de nuestra amistad.
Mientras arreglaba todos mis asuntos para irme, creía que no dejaría atrás nada importante… hasta que pensaba en Max. A veces me entraban ganas de contarle que muy pronto me mudaría a otra ciudad con mis padres, pero entonces recordaba su juego y no creía que se mereciera saberlo.
El juego seguía adelante, pese a las numerosas oportunidades que le había concedido para que me dijera la verdad; él solo callaba mientras su grupito de amigos continuaba con sus estúpidos planes en los que Max únicamente era un peón, pero un peón que podía llegar a hacer mucho daño.