La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

―Ya te lo he dicho, porque me gustas… me gustas porque contigo puedo decir lo que pienso y no me juzgas a pesar de que mis ideas sean diferentes a las tuyas.

Me gustas porque no quieres hacerle daño a la gente.

Sabes defenderte cuando otros intentan hacerte daño a ti o a las personas que te importan.

Me gustas porque contigo me rio de verdad y no tengo que mostrar una sonrisa perfecta y ensayada.

No te importa lo que los demás opinen de ti, y eso también me gusta.

No compartimos nada en este mundo, y, aun así, quiero conocerte para crear un mundo en el que encajemos los dos.

No podía interpretar como falso el tono de voz de Max, su sonrisa no era forzada y, por primera vez, creí en él, aunque seguía pensando que era peligroso.

Pero ¿y si sus sentimientos habían comenzado a cambiar realmente y Max se había perdido en su propio juego?

Fue entonces cuando decidí que quería darle una oportunidad, fuera un acierto o un error, y me prometí a mí misma que no me arrepentiría de nada, pasara lo que pasara.

―Dime, Ellie, ¿yo te gusto? ¿Aunque sea un poquito? ―preguntó Max, sonrojado. Me pilló por sorpresa.

Las palabras con las que siempre intentaba mantenerlo lejos se me olvidaron por completo cuando él acerco sus labios a los míos.

―Solo un poquito… ―susurré. Y aquellas palabras parecieron ser las que Max buscaba para darme un beso. Fue dulce, sus labios apenas rozaron los míos una y otra vez.

―¿Solo un poquito? ―me susurró Max al oído seductoramente.

―Bueno, puede que algo más que un poquito…

―confesé, obteniendo de él una pícara sonrisa y que volviera a besarme.

Esta vez fue un beso delicado y, cuando me introdujo la lengua en la boca, se convirtió en otro distinto, mucho más apasionado.

Yo no sabía cómo responder y solo probé tímidamente su sabor hasta que, acercándome a su cuerpo, Max me acogió entre sus fuertes brazos y enredó una mano entre mis cabellos.

El habitualmente imperturbable chico que constantemente parecía mantener el control mientras jugaba con las chicas que se atrevían a pedirle una cita o hablarle de amor, parecía haberlo perdido por completo ante un beso que apenas nos dejaba respirar.

―Creo que… deberíamos terminar… con este… beso ―susurré entrecortadamente, intentando alejarme de aquellos labios con los que me tentaba tanto.

―Sal conmigo, Ellie ―me pidió mientras me abrazaba y yo, incapaz de resistirme, me apoyé sobre su pecho y sentí los acelerados latidos de su corazón que me anunciaban que no todo lo que estábamos viviendo era una mentira.

―Sé que si elijo la opción incorrecta en un juego puedo perder, pero solo es un juego. ¿Qué perdería si me equivocara contigo? ―le pregunté mirándole a los ojos, rogando en silencio porque, en esta ocasión, fuera sincero.

―Si no te arriesgas nunca podrás aspirar a ganar. Es lo que pasa en los juegos, pero también en la realidad, Ellie ―declaró Max, evitando mirarme, como si se sintiera culpable por haber empezado aquel juego y no supiera cómo pararlo sin que los dos acabáramos muy dañados.

―¿Quieres que me arriesgue por ti? ―le pregunté, cogiendo su rostro esquivo entre las manos para que se fijara en mí, la persona a la que había elegido dañar por el capricho de un amigo, una chica a la que en ocasiones miraba con arrepentimiento, pero a la que luego seguía engañando para jugar con mi amor solo para romperme el corazón.

―Sí ―respondió, mirándome con decisión, como si en verdad estuviera dispuesto a luchar por mí, aunque tuviera que enfrentarse a sus amigos.

Pero eso era algo que solo pasaba en los juegos o en las películas, pues los chicos como Max, que se dejaban guiar por los demás, solo acababan luchando por sí mismos.

―Dime, si me arriesgo por ti, ¿me arrepentiré?

Cuando el silencio fue su respuesta supe que Max aún estaba decidido a hacerme daño únicamente para cumplir con las expectativas de sus amigos, así que decidí alejarme de él y de su engañoso abrazo. Para mi sorpresa, aunque en un principio parecía que me dejaría ir, me agarró de la mano.

―Ellie, tú no eres la única que se está arriesgando, ni la única que puede arrepentirse. Los dos podemos hacernos daño y, si no jugamos bien nuestras cartas, ambos podemos perder demasiado.

Quizá era verdad y Max ya no quería cumplir con los caprichos de sus amigos, a lo mejor sus dudas eran por mí y yo, que nunca me arriesgaba más allá de los videojuegos, por primera vez en mi vida quise hacerlo: quise creer en Max y darle la oportunidad, aunque luego me hiciera daño.

―Está bien. Salgamos juntos.

―¿Como novios?

―Algo así… ―dije, dudando de darle aún un nombre a nuestra extraña relación llena de mentiras.

Y antes de que comenzara a exigirme que aclarara qué sería él en mi vida, yo lo interrumpí―: Si tienes alguna pregunta más sobre el tipo de relación que tenemos, puedes preguntarle a mi padre ―dije, mientras lo saludaba desde lejos con una mano y Max, viendo una vez más la intimidante presencia de aquel guerrero que le anunciaba con señas que lo estaba vigilando, decidió que lo mejor sería tener paciencia.

―Paso. Ya sé lo que soy en tu vida, quieras admitirlo o no: soy el chico que te gusta ―me respondió, presumido, pero antes de que le bajara los humos, me acercó a él y me silenció con un beso.

Este beso fue más corto, pero me dejó igual de confusa y desorientada. Max me atraía, me gustaba, pero también podía llegar a odiarlo. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue que, después de besarme, Max salió corriendo hacia la salida. Nuestra cita había terminado.

No entendía por qué había salido corriendo y, en aquel momento, vi a mi padre correr detrás de él con su hacha de atrezo.

Mi madre, desde lejos, se disculpaba conmigo por no haber podido retenerlo mejor mientras mi abuela lo animaba a darle una buena paliza a Max.

Por su parte, mis amigas, que habían ido a saludar a mi madre durante todo aquel rato, no dejaban de animar a Max para que escapara de mi padre.

―¡Ha valido la pena! ―me gritó Max sin dejar de correr, antes de salir por la puerta. Y ese chico que lo estropeaba todo, que no era perfecto y cuya presencia no era impecable me gustó mucho más que el chico perfecto que a menudo representaba ser ante los demás.

―Ojalá no te escondieras… ―susurré para mí, convencida de que Max podría llegar a hacerse con mi esquivo corazón y, tal vez, con mi amor.

Para mi desgracia, no vería muy a menudo esa parte de él, ya que solo salía cuando Max dejaba de fingir, y eso era algo que hacía todo el tiempo por miedo a no encajar con las demás piezas por las que se dejaba manejar.