Capítulo 6 #2
―¡Ah, mira! Al final Wyatt ha venido como me prometió y ha encontrado a tus amigas ―dije, señalando detrás de ella.
Ellie no pudo evitar volverse con preocupación y yo aproveché el momento para cambiar mi espada a la mano con la que sujetaba el escudo y, agarrando la espada de Ellie por la punta de gomaespuma, se la arrebaté y le di la vuelta en el aire antes de cruzar ambas espadas sobre su cuello, ganándole el combate de una manera bastante sucia.
El árbitro me miró con disgusto, pero, a pesar de los abucheos a mi alrededor, me declaró vencedor de ese combate parcial y de la totalidad del encuentro.
―¡Espera! ¡No me has hecho ninguna pregunta!
Bueno, pero como has hecho trampas, no te contestaría ―exclamó Ellie con enfado―.
Pero yo sí tengo una pregunta que hacerte: ¿estás preparado para lo que se te viene encima?
―concluyó, con una maliciosa sonrisa. Me dejó bastante confuso, sobre todo cuando abandonó el ring y me saludó con burla desde detrás de las cuerdas.
Intenté seguirla, pero el árbitro me retuvo y anunció ante la audiencia: «¿Quién quiere desafiar a nuestro ganador?». Varias decenas de miradas molestas se clavaron sobre mí, pero no temí a aquellos chicos y supe que podría ganarles.
Creí que nadie se subiría al ring para darme la lección que seguramente me merecía hasta que, de entre la multitud, se abrió paso un hombre de unos cuarenta años disfrazado de Kratos, el protagonista del famoso videojuego God of War.
El tipo tenía un aspecto intimidante con su calva, su larga barba y su cuerpo pintado con los tatuajes rojos del temible guerrero espartano con los que espantó a varias personas que se encontró a su paso.
Para mi asombro, Ellie saludó afectuosamente a ese hombre y, para mi espanto, se puso a hablar con él; definitivamente, no estaba preparado para lo que se me venía encima.
―¡Hola, papá! Ese chico es Max. Dice que quiere salir conmigo para conocerme mejor.
La respuesta del hombre fue un furioso grito de guerrero y se subió de un salto al ring.
―¡Parece que ya tenemos retador! ―exclamó el árbitro con satisfacción para, a continuación, acercarme el micrófono―. Dime, ¿cuál es tu respuesta a este reto?
―¿Correr? ―pregunté espantado, buscando la salida con desesperación.
―No puede ser: tienes que luchar tres batallas con tu retador para defender el título de campeón.
Luego puedes correr lo que quieras, tramposo…
―explicó el árbitro sonriendo, satisfecho porque alguien me diera una lección antes de empujarme hacia aquel furioso padre con quien no llevaba las de ganar.
―Estoy segura de que esta noche tu padre dormirá como un tronco después de todo el ejercicio que está haciendo ―comentó Darcy Patel a su hija mientras su marido torteaba sin compasión la cara de aquel chaval con su espada de gomaespuma en medio de la ovación del público y la complacencia del árbitro, que no hacía demasiado por separarlos―. ¿Es tu novio? ―preguntó después.
―No, solo es un chico molesto que me persigue para conocerme un poco mejor. Aunque es verdad que, a veces, dejo que se me acerque demasiado.
―¡Ah! Es tu novio ―afirmó Darcy, aunque conocía el carácter de su hija y lo poco que dejaba que otros se acercaran a ella.
―No pienso permitir que Max me conozca ni tampoco que se acerque demasiado a mí.
―Pero has dejado que te acompañe a este evento del que tanto disfrutas todos los años. Lo quieras o no, él te está conociendo y se está acercado un poco a ti como ningún otro chico ha hecho nunca.
―Es un mentiroso, un falso y un embustero que miente a todos con su falsa sonrisa y apariencia de chico perfecto y nunca se atreverá a ser él mismo para no decepcionar a los demás. ¿Pero sabes una cosa? Él no es perfecto.
―¡Hum! Al parecer, tú también lo conoces muy bien…
―Solo un poco, mamá, pero lo que conozco de él no me gusta.
―Él cree que su mundo es perfecto y tú crees que el tuyo es el adecuado y chocáis sin daros cuenta de que la verdad es que solo hay un mundo que veis de distintas maneras. ¿Sabes? Si esto fuera una de mis novelas gráficas, serías la protagonista de una historia de amor.
―¡¿Qué?! ¡Retira eso! ―exclamó Ellie.
―No ―negó su madre, con una sonrisa satisfecha.
―¡No pienso enamorarme de ese chico!
―¿Sabes lo que ocurre en mis novelas cuando la protagonista pronuncia justo esas palabras, cariño? Pues que está sentenciada a caer en el amor.
―Yo prefiero el amor de los videojuegos, que hacen menos daño que la realidad.
―Eso es así porque el amor fuera de tus juegos es de verdad y una nunca está preparada para lo que pueda pasar. Te puede hacer reír y llorar, y aparece cuando menos te lo esperas, haciéndote dudar de tu propio mundo.
―Yo no necesito enamorarme…
―Pero lo harás.
―… y mucho menos enamorarme de él. Max trata el amor como si fuera un juego.
―Y tú crees que es mejor el amor de los videojuegos. Sois tal para cual: ambos tratáis el amor de la misma manera. Me pregunto qué pasaría si esos dos jugadores se enamorasen y acabaran dándose cuenta de que el amor es algo que no pueden manejar.
―Que decidirán no seguir jugando.
―O quizás decidan seguir hasta que alguno de los dos crea que ha ganado ―dijo Darcy, sabiendo lo competitiva que podía ser su hija en algunas ocasiones―. Decidas lo que decidas sobre la relación que quieras mantener con ese chico, recuerda que los dos podéis salir perdiendo.
―Yo no quiero hacerle daño, pero él… ―dijo Ellie, guardando silencio un tanto apenada. No quería contarle a su madre el juego que Max se traía entre manos porque pensaba que, aunque le hicieran daño, era algo que tan solo les concernía a ellos dos.
―Él también puede enamorarse, Ellie, y si no da los pasos adecuados, sufrirá como cualquier otra persona.
―Pero mamá, él nunca se enamoraría de una persona como yo ―declaró Ellie con una sonrisa cínica, ante lo que su madre respondió, cogiéndole la cara con las dos manos y mirándola seriamente a los ojos:
―Porque sé lo maravillosa que eres te digo que ese chico acabará enamorándose de ti. Que él aproveche o no la oportunidad que tiene delante dependerá de lo listo que sea.
―Gracias, mamá ―dijo Ellie, sin creer demasiado en las palabras de su madre a pesar de que casi siempre acabara teniendo razón―. ¿Algún consejo?
―Sí, cariño: haz lo que te diga el corazón y, salga bien o salga mal, nunca te arrepientas.
Y ahora, si me perdonas, voy a detener esa pelea antes de que tu abuela decida relevar a tu padre y ese chico acabe peor de lo que ya está ―dijo Darcy mientras se acercaba hacia el ring donde su madre, vestida de guerrera amazona, intentaba sustituir a su marido.
Harry estuvo a punto de tocar la mano de su suegra en el último combate para que le diera el relevo, pero su esposa lo miró furiosa, así que se limitó a vencer a Max antes de dejarlo libre.
Y cuando lo vio salir corriendo hacia donde se encontraba su hija, pensó que no había aprendido la lección y que aún no había terminado con aquel gallito que creía ser merecedor de salir con Ellie. Harry bajó del ring preocupado.
Ellie le estaba curando con un algodón unos rasguños minúsculos a ese quejica, y a Harry le pareció evidente que estaba fingiendo para buscar la atención de su niña.
En ese momento, Harry se vio interceptado por su esposa que, una vez más, le recordó que esa etapa de la vida de su pequeña tenía que observarla desde lejos y verla volar por sí sola, aunque el miedo a que se estrellara y se hiciera daño siempre estaría presente para los dos.
―¿Y si le hace daño a nuestra niña? ―dijo Harry, mirando con disgusto a Max.
―Ellie es fuerte, se recuperará. Además, tiene que aprender a vivir la vida más allá de los videojuegos y descubrir que, aunque nos encontraremos con cosas que nos harán daño, también vendrán muchas otras que nos aportarán felicidad.
―¡No me gusta ese chico! ―protestó Harry.
―A quien le tiene que gustar es a tu hija. Y, quiera admitirlo o no, parece que ese chico le gusta ―dijo Darcy viendo las sonrisas y las bromas que se dedicaban aquellos dos jóvenes que aún no sabían lo que era el amor.
―Solo quiero hacerle una advertencia para que no le haga daño a Ellie ―insistió Harry, pero no tardó ni un segundo en ser detenido de nuevo por su mujer.
―Querido, creo que la paliza que le has dado en el ring es suficiente advertencia para ese chaval.
¿Recuerdas cuántas veces nos equivocamos en nuestra juventud?
Pues ahora les toca a ellos acertar y errar en ese juego hasta que cada uno encuentre su final ―respondió Darcy.
Cogió la mano de su marido y se lo llevó a otro sitio, lejos de su hija, aunque él seguía resistiéndose a dejarla jugar a un juego tan complicado como podía llegar a ser el amor.
―¡Deja de lamentarte tanto, quejica! Las espadas eran de gomaespuma y mi padre no ha usado toda su fuerza.
Alégrate por no haberte enfrentado contra mi abuela porque, de haberlo hecho, ahora mismo estarías inconsciente encima del ring ―dije mientras señalaba a mi abuela, que en esos instantes acorralaba a su rival en el ring sin mostrar la menor piedad con él.
―¡Joder! ¿Hay alguien normal en tu familia?
―Sí, mi madre ―respondí, señalando a mi madre que iba disfrazada del Demogorgon, uno de los monstruos de una serie de terror del momento.
Con aquel disfraz solo se le veía la cara, enmarcada por las hojas mutantes y los dientes de una criatura que parecía una extraña mezcla entre ser humano y planta carnívora bastante desagradable.
―Creo que tu definición de «normal» no coincide con la mía ―dijo Max sonriendo y negando con la cabeza. Volví a hacerle la misma pregunta con la que siempre pretendía que me confesara la verdad.
―Entonces, si somos tan diferentes, ¿por qué quieres acercarte a mí?