Capítulo 5 #2
Después de que Ellie me exigiera el doble de dinero por la entrada de su amiga, estafándome por completo, por fin conseguí su número de teléfono y quedé con ella y sus amigas para coger juntos una línea de tranvía para eventos especiales que nos llevaría a la convención.
Aún no sabía por qué habían rechazado que las llevara en mi coche con vanas excusas relacionadas con sus disfraces a las que apenas presté atención.
Solo sabía que si quería ir con ellas tendría que ser en el tranvía público.
Para mi asombro, eran muchas las personas que encontré de camino yendo disfrazadas de diferentes y extraños personajes. Pensé en la nueva faceta de Ellie que conocería ese día y estaba seguro de que llevaría algún disfraz sexy.
En mi mente me la imaginaba disfrazada de superheroína con unas mallas ceñidas, o quizás como la atractiva elfa de algún videojuego de fantasía.
Sonreí como un idiota pensando en cómo me sorprendería Ellie en aquella ocasión y rememoré las decenas de frases ensayadas que había utilizado en mis anteriores citas con distintas chicas, haciéndolas sonrojarse.
Sin duda, algunas de esas frases me servirían para conquistar a Ellie y llegar a su acorazado corazón.
¡Ya estamos aquí!
Nuestros disfraces son los más llamativos,
así que no tardarás en reconocernos.
Las tres llevamos un lazo rojo a juego
y yo voy vestida de amarillo,
Dina de verde y Linda de rosa…
Leí el mensaje que había interrumpido mis pensamientos y miré de a un lado a otro buscando a Ellie y su atractivo disfraz, emocionado al pensar que iría ataviada con una especie de uniforme de guerrera mágica o algo por el estilo.
Y con una de mis mejores sonrisas, ensayando mentalmente lo que le diría para enamorarla, la vi de lejos con su llamativo disfraz. Entonces me cambió la cara, me olvidé por completo de todo lo que estaba pensando y me quedé allí, como un idiota.
―No, no… por favor, que no sea ella… ―murmuré mientras negaba con la cabeza y me tapaba la cara, avergonzado.
Entre los dedos pude ver a un Pac-Man acompañado de un fantasma verde y otro rosa corriendo hacia mí y saludándome efusivamente.
Y aunque no se les veía la cara, supe que eran ellas cuando vi el delator lazo rojo que llevaban a juego.
―¡Hola, Max! Sentimos llegar tarde: con estos disfraces no es fácil moverse, ¡pero ya estamos aquí! ¿Qué tal? ¿Preparado para nuestra maravillosa cita? ―preguntó Ellie con recochineo, haciendo que dejara de ocultarme para mirar pensativo a esa maliciosa chica que siempre jugaba conmigo.
―¿No podrías haberte disfrazado de otra cosa? ―pregunté, algo molesto y avergonzado por las risitas y miradas de la gente que nos rodeaba.
―No, el año pasado íbamos de elfas sexys, el anterior fuimos de superheroínas buenorras, este año me tocaba elegir a mí y me decidí por disfraces de un videojuego clásico.
―¡Mierda! ¿Por qué no vendría con vosotras los años anteriores? ―repuse, compadeciéndome de mi mala suerte.
―Porque entonces no querías conocerme, pero si te avergüenzas de nosotras siempre puedes volverte a tu casa y olvidarte de esta cita ―dijo Ellie; estaba seguro de que había elegido aquel disfraz a propósito.
―No, por supuesto que no me avergüenzo ―mascullé entre dientes, cada vez más enfadado por los cuchicheos de todos los que estaban allí.
No obstante, como me negaba a rendirme, seguí a Ellie y a sus amigas, aunque manteniendo una distancia prudencial que Ellie, por supuesto, rompía a cada instante para intentar que me arrepintiera de nuestra cita.
Mientras yo sufría el momento más vergonzoso de mi vida cuando la gente del tranvía empezó a hacernos fotos, mis amigos me enviaron un mensaje para recordarme que les mandara algunas de aquellas atractivas chicas y, sobre todo, que, vistiese lo que vistiese Ellie, debía decirle lo guapa que estaba.
Cabreado con mis amigos, hice una foto de Ellie y sus amigas y la mandé al grupo de esos tocanarices, aclarándoles que Ellie era la de amarillo y Linda la de rosa. Evidentemente, después de mi mensaje ninguno de ellos volvió a pedirme una foto ni a darme ningún consejo.
―Max, ¿por qué no me dices lo guapa que estoy? ―me susurró Ellie de repente; seguro que había estado espiando por encima de mi hombro la conversación con mis amigos.
Me guardé el móvil, me di la vuelta con la mejor de mis sonrisas, la miré o, mejor dicho, miré a Pac-Man y todas las posibles frases románticas que había ensayado desaparecieron de mi mente.
―Estás muy… eres la más… eeeh… bonito lazo ―dije finalmente.
―Bueno, al menos esta vez has sido sincero. Te has ganado un beso.
―Dámelo cuando te quites el disfraz.
―No, ¿para qué vamos a esperar? ―replicó Ellie. Retrocedí espantado ante la idea de que la boca de aquel disfraz enorme me tragara y, para mi sorpresa, las tres chicas me rodearon y, riéndose de mí, cada una de ellas me pegó un pósit en la cara con la forma de un beso.
La gente empezó a fotografiarnos de nuevo y las chicas, sin vergüenza alguna, posaron alegremente junto a mi cara enfadada.
Para mi sorpresa, en medio de aquel momento tan loco no pude evitar acabar riéndome con las chicas, y también de mí mismo, aunque mi sonrisa desapareció cuando Ellie me anunció, haciéndome temer lo peor:
―Cuando lleguemos a la Comic Con tendrás que disfrazarte para no destacar demasiado, pero no te preocupes: tengo el disfraz perfecto para ti.
―¡No pienso disfrazarme de cereza! ―rechazó Max por completo mientras esperábamos en la larga cola de entrada.
―¡Es para que vayamos a juego! ―me quejé infantilmente a pesar de que ya sabía que diría eso.
―¡Vamos, Ellie! Entre todos los disfraces que se pueden elegir, ¿quién haría el ridículo disfrazado de cereza?
―protestó. Para él, aquellas protestas habrían sido completamente normales, pero en mi mundo se ganaron una decena de miradas airadas, y la más fulminante de todas fue la de un hombre cuarentón y con barba que, para el asombro de Max, iba disfrazado precisamente de cereza.
Tras ocultar su rostro avergonzado, no puede evitar recordarle la advertencia que le había hecho desde el principio.
―Te dije que no encajarías.
―¿No podría disfrazarme de otra cosa?
―¡Oh! ¿No quieres ir a juego con la otra cereza? ―le pregunté, burlona, y le advertí antes de que volviera a meter la pata―. Mide tus palabras: la cereza barbuda te está vigilando.
Max levantó la mirada y vio cómo aquel tipo se señalaba los ojos con dos dedos para luego señalar a los de Max, declarándolo su enemigo.
―Por favor, ¿no podrías encontrar un disfraz que me quedara mejor? ―me rogó con voz lastimera y me apiadé un poco de él.
―De acuerdo, de acuerdo… ¡Hum! Veamos: ¿fresa o melón? ―le di a elegir, pero Max se tapó la cara de nuevo, esta vez con las dos manos, negó con la cabeza y repitió una y otra vez:
―¿Por qué a mí?
―¡Eh! ¡Esperad! ¡Creo que yo tengo uno que te quedaría mejor! ―intervino mi amiga Dina mientras sacaba de la mochila que llevaba bajo su disfraz de fantasma verde lo que parecía el uniforme escolar de un chico. Y aunque ninguno podíamos verle la cara, yo sabía que se estaría riendo con malicia.
―¡Sí! ¡Este es perfecto! ―exclamó Max con alegría, arrancándoselo a Dina de las manos mientras suspiraba aliviado.
―¿Estás seguro de que no prefieres disfrazarte de fruta del Pac-Man para ir a juego con nosotras? ―pregunté a Max, que no sabía lo que le esperaba.
―No, por supuesto que no ―negó con rotundidad.
―Bueno, tú mismo ―me encogí de hombros y empezamos a avanzar en la fila.
―Creo que ese personaje te queda mucho mejor, Max. Ahora tienes que desordenarte un poco el pelo y ponerte la corbata torcida ―dijo Dina.
―De acuerdo. Muchas gracias, Dina ―agradeció Max, sin imaginar la que se le avecinaba.
―No deberías darle las gracias… ―le advertí en voz baja, pero mi amiga se apresuró a decir:
―Sí, mejor agradécemelo posando después, cuando te hagamos algunas fotos.
―Sí, por supuesto: todas las que tú quieras ―contestó Max, tremendamente agradecido mientras Dina hablaba emocionada de su personaje favorito y seguíamos avanzando en la cola hasta pasar por la entrada junto al hombre cereza que se la tenía jurada a Max, que aprovechó y se fue corriendo al baño de chicos para ponerse su disfraz.
Cuando Max salió, Dina se emocionó al ver que el personaje de uno de sus mangas preferidos cobraba vida.
―¡Eh, Max! ¡He visto un enorme cartel de mi manga favorito, así que me gustaría hacerte una foto al lado! ―dijo Dina arrastrando a Max con ella.
―¿Y tú? ¿No quieres hacerme ninguna foto, Ellie? ―dijo Max atusándose el pelo, presumido, dedicándome una brillante sonrisa.
―Conozco al personaje del que vas disfrazado, pero no me llama demasiado la atención. Lo mío son los videojuegos clásicos. Si te disfrazas de fruta, prometo hacerte muchas fotografías.
―¡Olvídalo! Pienso que este disfraz me queda mucho mejor. No es extraño ni demasiado llamativo, solo el simple uniforme escolar de un chico que, por lo que me ha contado Dina, es un auténtico rompecorazones.
―Bueno, si tú lo dices… ―respondí, señalándole el cartel hacia el que Dina nos arrastraba en el que aparecían dos chicos abrazados en una tierna postura amorosa.
Max miró el cartel, incapaz de asimilar que él se hubiera convertido en el protagonista de un manga BL.
―¿A que ahora preferirías haberte disfrazado de cereza? ―pregunté con sarcasmo. Max se giró hacia mí, muy molesto, y gritó:
―¡Vamos, no me jodas!
Para su desgracia y por casualidad, aquellas palabras eran precisamente la coletilla principal del protagonista de ese manga. Decenas de móviles se dirigieron hacia Max para fotografiarlo y aquel rompecorazones recibió suspiros de amor… y no solo de las mujeres de su alrededor.
Finalmente, Max aceptó posar para mi amiga y de repente no me pareció tan mala idea que nos conociéramos mejor… de no haber sabido de antemano que su verdadera intención era romperme el corazón.
A pesar de la jugarreta de las chicas con mi disfraz, no podía decir que me lo estuviera pasando mal en aquella cita. Jugué con Ellie a videojuegos antiguos y a algunos modernos que todavía no había podido comprarme, y me ganó de largo en todas las partidas.
También hicimos algunas manualidades y, una vez más, confirmamos que yo era completamente pésimo para los trabajos manuales.
Participé en un concurso de tiro con arco, presencié el emocionante concurso de disfraces donde Ellie y sus amigas quedaron en tercera posición y ahora estaba esperando a las chicas frente a la puerta de los baños para ir a un concurso de baile.
Mientras me preguntaba cómo narices pensaba Ellie hacer una coreografía vestida con su aparatoso disfraz de Pac-Man, tres chicas bastante atractivas salieron del baño.
Me quedé mirando a una chica de pelo negro que, al contrario que las otras dos, no llevaba falda ni pantalones cortos, sino unos holgados pantalones largos de deporte y una camiseta corta que enseñaba su ombligo.
Se le ceñían los pechos, aunque se le disimulaban un poco por la chaqueta del chándal, que llevaba abierta, pero que atraía la atención hacia su generosa delantera.
Rogué en silencio porque la chica se diera la vuelta para que pudiera verle bien la cara y, cuando por fin lo hizo, quedé más sorprendido que nunca.
―¿Ellie? ¿Eres tú? ―pregunté antes de dirigir mi móvil hacia ella.
―¡Como me hagas una fotografía para enseñársela a tus amigos, publico las que te he hecho con el póster del manga gay y se las enseño a todos nuestros compañeros! ―amenazó Ellie, logrando que bajara mi teléfono, todavía sorprendido por su cambio de look .
―¿Qué te ha pasado?
―Nada. Solo me he cambiado de ropa para el concurso de K-Pop.
―¿Y tus gafas?
―Llevo lentillas.
―¡Estás espectacular! ―exclamé con sinceridad―. Estoy seguro de que si fueras así al instituto no se meterían tanto contigo y harías muchos más amigos. ¿Por qué no…?
―Porque no quiero ―me cortó Ellie tan fríamente como siempre para luego, tras dar un suspiro, pasar a explicarme su rotunda negativa―.
Si para que nuestros compañeros no se metan conmigo tengo que cambiar mi aspecto y llevar lo que ellos consideran aceptable, si para que sean mis amigos no les basta con conocerme y tengo que amoldarme a sus gustos, prefiero quedarme sola y no tenerlos como amigos.
No creo que unas personas que estén a mi lado porque los sigo ciegamente sin dar mi opinión en cualquier tema sean amigos de verdad ―contestó y yo sentí todo el peso de esa verdad.
―No me gusta este disfraz ―dije entonces, señalando el disfraz que Dina me había prestado, intentando decir lo que pensaba para convertirme en uno de los verdaderos amigos de Ellie.
―Lo sé. Puedes quitártelo cuando quieras. No nos enfadaremos porque seas tú mismo. Te aceptaremos tal y como eres.
―Solo lo he hecho porque… bueno, no sé por qué lo he hecho ―dije, mirando a Ellie un tanto perdido porque lo que había planeado como una elaborada conquista en la que fingía interés por ella se estaba convirtiendo en una realidad y Ellie comenzaba a importarme de verdad.
Tal vez porque su forma de ver el mundo era distinta a la de los demás.
―Luego haremos algo que te guste, pero ahora tenemos que llegar a tiempo para apuntarnos al concurso ―señaló Ellie y me tendió la mano.
Yo la seguí sabiendo que, encajara o no en su extraño mundo, ella no me lo recriminaría ni intentaría cambiarme.
No me odiaría… o por lo menos no lo haría hasta que supiera la verdad: que de entre todas las personas que a menudo intentaban hacerle daño, yo era la peor y la que más daño le causaría si alguna vez lograba acercarme a su corazón.