La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

―¡Vamos, Max! No te enfades. Ya sé que es difícil conquistar a esa chica, pero estoy seguro de que lo conseguirás.

De momento, vamos a comprar el juego, luego jugaremos todos y te ayudaremos a elegir las mejores opciones para llegar hasta el final ―declaró Wyatt con una perversa sonrisa que confirmaba el doble sentido de sus palabras, sobre todo cuando me enseñó la edad recomendada para ese juego.

Cuando llegamos a la caja, el dependiente nos miró a los cinco con sorpresa cuando le dimos el juego. Suponiendo que era por la restricción de edad que tenía el juego, Wyatt no tardó en poner su carné de conducir sobre el mostrador, donde ponía que él tenía dieciocho años.D

―¿Estáis seguros de que queréis jugar a este juego, chicos? ―preguntó el dependiente como si quisiera hacernos una advertencia. Pero Wyatt se impacientó y se comportó con la impertinencia de siempre.

―Usted no tiene por qué decirnos a lo que debemos jugar o no, así que, cóbrenos. ―declaró y el hombre levantó las manos para dejar claro que no quería meterse en problemas y luego, sin mediar palabra, nos cobró ese caro videojuego para el que cada uno de nosotros puso parte de sus ahorros.

―Gracias, y disculpe el comportamiento de mi amigo ―dije al vendedor, intentando excusar a Wyatt que seguía exhibiendo unos modales nefastos; le había arrebatado bruscamente el juego al dependiente y salió de la tienda dando un portazo―.

Una amiga nos ha recomendado este videojuego y tenemos muchas ganas de probarlo ―lo que dije provocó que el dependiente sonriera con intriga y que yo no comprendiera nada.

―¡Ah, vale! Ahora lo entiendo. Dime una cosa, chaval, a esa amiga vuestra… ¿le caéis bien o mal? ―preguntó ese hombre, dejándome algo confuso.

―Eh… Bueno… bien, supongo ―contesté, sospechando que ese juego era alguna clase de trampa de la amiga de Ellie.

―Créeme, chico: cuando termines con este juego lo sabrás a ciencia cierta. Hazme un favor y deja que tu amigo, el del carné, sea quien juegue el primero.

―Oiga, ¿de qué va el juego? ―pregunté impaciente porque ya empezaba a preocuparme.

―¡Oh, tranquilo! Es un simple juego RPG. Pero yo no estoy aquí para deciros a lo que debéis jugar o no, sino tan solo para cobrar, ¿verdad? ―respondió el vendedor, devolviéndome el comportamiento tan grosero que había tenido Wyatt con él, y yo me quedé con la intriga.

Me tranquilicé un poco cuando de camino a casa vi en internet que había recibido críticas bastante buenas, aunque algunas habían sido borradas y otras censuradas.

Supuse que el dependiente solo había querido darme un escarmiento y asustarme un poco por cómo nos habíamos comportado en la tienda.

Sin embargo, siguiendo su consejo, dejé jugar primero a Wyatt.

Y nuestra tranquilidad duró hasta que nuestro personaje se encontró con su primer combate y averiguamos cómo utilizaba Aidan su poderosa lanza…

―¿Qué mierda es esta? ¿Por qué el protagonista se ha quedado en pelotas antes de la batalla? ¡¿Y por qué cojones le brilla el pene?! ―gritó Wyatt mientras todos mirábamos la escena de la pantalla igual de espantados.

―¡Rápido! Elige una opción para dejar de ver esa escena lo más rápido posible ―sugirió Tom.

―¡«Insertar lanza»! ―leyó Eddy. Pero el protagonista no tenía ningún arma en ese momento, así que grité a Wyatt:

―¡No, Wyatt, no escojas esa opción!

Para nuestra desgracia, ya era demasiado tarde… todos nos quedamos paralizados cuando vimos cómo se suponía que Aidan acababa con los enemigos, cuál era la legendaria lanza y dónde la insertaba.

―¡Joder! ¡Apaga esa mierda antes de que tenga que arrancarme los ojos! ―exclamó Bill a Wyatt.

―¡Ya estoy pulsando todos los botones, pero no puedo salir de esta pantalla! ―gritó Wyatt, desesperado.

―¡Apaga la tele! ―chilló Tom, buscando el mando a distancia.

―¡Aquí está! ―dijo Eddy que, nervioso por los gemidos masculinos provenientes de aquella perturbadora escena, se equivocó y le dio al botón del volumen aumentándolo al máximo.

Al final, asustado ante la idea de que mis padres entraran en mi habitación y vieran el tipo de juego al que estaba jugando y lo malinterpretaran todo, corrí hacia el televisor y lo desenchufé.

Todos respiramos aliviados al tiempo que maldecíamos a Ellie y a sus amigas e intentábamos olvidar aquella escena que nos perseguiría en nuestras pesadillas.

―¡No pienso jugar a ningún videojuego que te recomiende esa chica jamás! ―prometió Wyatt, que se levantó cabreado y se fue hacia la puerta junto a su grupito―. Ellie te la ha vuelto a jugar, Max. Quizá estés perdiendo tu toque de conquistador.

―Yo también lo creo, así que dime: ¿quién será el siguiente al que enviarás para que me reemplace?

¿A Bill, a Tom o a Eddy? ―repliqué. Bill, Tom y Eddy se miraron unos a otros, cada cual más espantado ante la mera posibilidad de tener que vérselas con Ellie mientras que Wyatt, por su parte, salió furioso de mi habitación seguido de sus amigos, que intentaban calmarlo.

Yo me quedé solo y, tras contemplar la carátula del videojuego, solo pude reírme de la chica que siempre jugaba conmigo, tal vez porque sabía desde el principio que yo no me tomaba en serio el amor.

Mientras pensaba qué hacer con el juego, Kate, mi hermana mayor, que en ocasiones venía a casa de nuestros padres únicamente para verme tal vez porque se sentía culpable por haberme dejado solo, abrió repentinamente la puerta de mi habitación sin darme tiempo a esconderlo.

―Mamá me ha pedido que te diga que estás castigado por ver porno con tus amiguitos…

¡Ah! Y como vea eso te castigará el doble y después te hará muchas preguntas incómodas.

Dime que no te has echado de novio a uno de esos chicos que han salido espantados de tu habitación: son muy feos… Tú te mereces algo mejor, hermanito.

―¡No me gustan los chicos, Kate!

―¿En serio? Entonces, ¿podrías darme alguna explicación lógica que justifique por qué tienes eso? ―dijo, señalando el juego.

―No ―negué riéndome al recordar a la extraña chica que se había cruzado en mi vida.

Cuando mi hermana me miró con preocupación decidí contestarle―.

Este juego es una broma pesada que me ha gastado una chica a la que quiero conocer un poco mejor ―y, mientras pronunciaba aquellas palabras, sonreí porque me di cuenta de que no eran mentira y de que realmente quería conocer mejor a esa extravagante chica que siempre me daba una lección cuando yo pretendía jugar con ella y con su corazón.

―¿Tú yendo detrás de una chica por primera vez? ¡Eso es nuevo! ¿No te estarás enamorando?

―No, yo no soy de los que se enamoran y ella… empiezo a pensar que no cree en el amor o, por lo menos, en mí.

―Si realmente quieres conquistar a una chica, tienes que conocerla. Pero al mismo tiempo debes mostrarle quién eres tú de verdad y no esa fachada artificial de chico perfecto que siempre intentas aparentar.

―Yo no soy perfecto, Kate ―respondí, sabiendo lo decepcionada que estaría mi hermana conmigo si supiera que solamente me había acercado a esa chica para jugar con ella y hacerle daño.

―Lo sé. A pesar de lo que te exige papá, nadie lo es ―repuso mi hermana, preocupada por mí―. Max, si te dedicas a jugar siempre con el amor sin tomártelo en serio llegará un momento en el que alguna chica te dé una lección… y eso puede acabar doliéndote mucho.

―Ya lo sé. Creo que ya estoy recibiendo mi merecido.

―No, Max. No lo sabes. Eso que tienes en la mano es una simple broma que no duele demasiado.

Lo realmente doloroso es que acabes enamorándote de verdad y que esa chica no crea en ti porque solamente ha visto tus mentiras ―declaró mi hermana antes de dejarme a solas en mi habitación prometiéndome inventarse alguna excusa ante mis padres para que rebajaran mi castigo.

―No voy a enamorarme de ti, Ellie… ―musité, negando rotundamente esa posibilidad.

Sin embargo, me puse a jugar a aquel maldito videojuego.

Estaba decidido a averiguar cómo saltarme las escenas de las batallas de Aidan; quería ver la reacción de Ellie cuando supiera que había seguido los consejos de su amiga y le recitara al oído algunos de los diálogos del protagonista.