La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

―Sí ―contestó Ellie, que salió corriendo y me dejó allí plantado, en medio de un montón de murmullos.

Yo, el chico que nunca iba detrás de una chica, el chico que nunca había tenido que declararse, el chico que nunca había sido rechazado y siempre era el que rechazaba el amor, había quedado en ridículo por una chica a la que no deseaba ni quería, pero con la que había comenzado un peligroso juego al que otros me habían empujado.

Estaba bastante molesto con Ellie, y los idiotas de Wyatt y sus amigos no hicieron demasiado por mejorar mi humor.

―No te preocupes, Max, ya se nos ocurrirá algo para que le des la carta y…

Y harto de aquella situación, decidí tomar ejemplo de la actitud de Ellie y me soné los mocos con la carta que todavía tenía en la mano. Se la di a Wyatt y no dudé en decirle lo que pensaba.

―¡Y que sepas que pienso hacer lo mismo con cada carta de amor que me des para que se la entregue a esa chica! ―le advertí a Wyatt, sin preocuparme por lo que pudieran pensar de mí aquellos supuestos amigos.

―¿Entonces abandonas el juego? ―preguntó Wyatt, mirándome muy fijamente.

Era el momento perfecto para haber abandonado el plan y dejar en paz a Ellie, pero ella también me había enfurecido y con su provocación no había sacado lo mejor de mí, sino todo lo contrario.

Así que, con una sonrisa maliciosa, respondí a Wyatt, dispuesto a declararle la guerra a aquella chica que hasta entonces no me había tomado en serio:

―No, ahora empezaremos a jugar de verdad…

―Creo que te has pasado, Ellie. Ahora, a la menor oportunidad, los chicos que le tienen envidia le cantan la canción de la salchicha ―reprendió Linda a su amiga, apiadándose un poquito de Max, un conquistador que llevaba las de perder al pretender ir tras una chica que no sabía lo que era el amor.

―Con lo falso que es estoy segura de que sabe cómo tratar con ellos para no acabar metido en problemas ―dijo Ellie mirando cómo Max les mostraba el dedo corazón al coro de chicos que le cantaban la pegadiza cancioncilla.

Para su desgracia, el profesor de Música se topó con aquel dedo y, creyendo que el gesto iba dirigido a él, se lo llevó al despacho del director―.

O tal vez no… ―añadió Ellie, que ya no estaba tan segura de sus palabras.

―De todas las respuestas que podías haberle dado, ¿por qué decidiste cantarle la canción de la salchicha? ―inquirió Linda, cada vez más apenada por Max que, aunque se había propuesto conseguir el amor de su amiga, solo estaba ganándose su odio.

―Me puse nerviosa. Las chicas que estaban saliendo del gimnasio me miraron con odio y también a la carta de Max.

Además, sus amigos daban pena, allí escondidos, vigilándonos.

Estoy segura de que fueron ellos los que escribieron la dichosa carta y en ese momento no supe qué hacer ni qué decir para rechazarlo y para que quedara claro que sé perfectamente que todo es falso…

hice lo primero que se me pasó por la cabeza.

―Ya veo… pero ¿por qué estabas pensando en el anuncio de las salchichas? ―insistió Linda.

―Tenía hambre ―contestó Ellie, resuelta, y su amiga se llevó las manos a la cabeza.

―¡Joder, Ellie! ¿Y qué habría pasado si otro chico te hubiera dado una carta de amor, una de verdad, en ese momento? ―preguntó Linda.

―Si hubiera tenido hambre, lo mismo.

―¡Ja! Ese chico lo lleva crudo contigo y, si por un casual llegara a enamorarse de ti, más aún ―bromeó Linda, porque sabía de sobra que Ellie, aunque se enfrentara al amor en los videojuegos, nunca lo haría en la vida real.

―¡Bah! Eso no va a ocurrir, Linda. Ese chico no se toma en serio el amor y por eso nunca podrá conquistarme.

Además, para él es solo un juego y yo, que soy una ganadora en cualquiera de ellos, no le permitiré ganar.

Su victoria sería conseguir que me enamore de él; la mía, lograr que falle en su intento una y otra vez hasta que se rinda y me deje en paz.

―Ellie, el amor no es tan predecible como los juegos y en muchas ocasiones las estrategias, por mucho que las hayas estudiado, no sirven ―manifestó Linda―. ¿Qué pasaría si, mientras jugáis el uno con el otro, acabáis enamorándoos?

―Tú también quieres que te cante la canción de la salchicha, ¿verdad? ―amenazó Ellie. Era evidente que ese tema la ponía tremendamente nerviosa y que haría todo lo posible por evitar hablar de él o tomárselo en serio.

―¡Te dejo por imposible! ―exclamó Linda, echando las manos al cielo. Y mientras ambas intentaban dejar de lado el tema del amor, Dina llegó corriendo como una loca para darles una noticia que las espantó.

―¡Eh! ¡Max ha hecho otro movimiento en su juego…! ―declaró Dina, que tuvo que hacer una pausa para recuperar el aliento―. ¡Me ha parado en el pasillo para preguntarme qué es lo que te gusta!

―¡No! ―negó Ellie, asustada por la posibilidad de que Max quisiera conocerla mejor, aunque solo fuera para seguir con su estúpido juego.

―¡Sí! Y cuando le he dicho que tu afición favorita eran los videojuegos, me ha pedido que le recomiende uno para comprenderte mejor. Si no supiera lo que se trae entre manos contigo, habría creído que le interesabas de verdad.

―Pero lo sabes ―dijo Ellie, recordándole a su amiga que si ese chico tan popular, que nunca había ido detrás de ninguna chica, iba ahora tras ella no era precisamente porque le gustara, sino por una estúpida revancha en la que pretendía jugar con ella y con su corazón.

―Sí, por eso le he recomendado uno de mis juegos en vez de uno de los tuyos y le he hecho prometer que lo jugaría hasta el final.

―¡No! ¿En serio? ―exclamó Ellie con una carcajada enorme. Linda miró extrañada a sus dos amigas mientras Dina, por su parte, exhibía una sonrisa malévola.

―Sí. Y le he sugerido que esté muy atento a los diálogos, ya que le he asegurado que algunas de esas frases podrían servirle para ganarse tu corazón ―añadió Dina, y Ellie tuvo que agarrarse la barriga de tanto reírse.

―No entiendo nada ¿Qué pasa con esos videojuegos? ―preguntó Linda, confusa con la conversación de sus amigas.

―¿Recuerdas los mangas que lee Dina? Pues los videojuegos son iguales o incluso peores… ―iba a aclarar Ellie, pero Dina la interrumpió.

―Son para mayores de dieciocho y los tengo escondidos debajo de la cama con carátulas falsas… ¡como los encuentren mis padres, me castigarán para toda la eternidad! ―rio Dina.

Linda miró a sus amigas negando con la cabeza y, enseguida, empezó a reírse por la que le esperaba a ese chico, aunque, definitivamente, se lo merecía por pretender jugar con su amiga.

―¡Dios! ¡Me encantaría ver la cara de Max cuando se dé cuenta de qué es la l anza legendaria de Aidan ! ―exclamó Dina y las tres se rieron a carcajadas.

Todos las miraban extrañados, pero ellas siguieron riéndose de aquel tipo de gente, de las piezas que pretendían encajar en su vida con la única intención de hacerles daño, unas piezas que ellas siempre descartarían y que nunca tendrían cabida en su mundo, donde no pretendían hacer daño a los demás, pero en el que tampoco permitirían que nadie les hiciera daño a ellas.

En la tienda de videojuegos miré una vez más el extraño título del juego que me había apuntado la amiga de Ellie.

― La lanza legendaria de Aidan ―leí en voz alta y Wyatt y su grupito compuesto por Tom, Eddy y Bill, el primo de Wyatt que siempre lo seguía a todos lados intentando imitarlo, comenzaron a buscarlo por los estantes.

Cuando lo encontraron corrieron hacia mí emocionados enseñándome la carátula del juego, donde aparecían muchos guerreros vestidos con armaduras relucientes y, en el centro de la imagen, destacaba un luchador con una gran lanza brillante entre las manos.

―Qué raro… Creí que esa chica solamente jugaba a empalagosos juegos románticos ―comentó Wyatt mirando la carátula.

―Parece un juego tipo RPG, es decir, role playing game , donde tienes que asumir el rol de un guerrero. Puede que en algún momento haya una historia con alguna chica. Lee el resumen, a ver qué pone ―le sugerí a Wyatt.

―«Ayuda a Aidan a convencer a los guerreros que se encuentran en su camino a unirse a él haciendo uso de su lanza y decide cuál será su destino final» y bla, bla, bla…

vamos, el típico juego de aventuras. Pero es bastante caro ―añadió Wyatt mientras me enseñaba el precio―.

¿Estás seguro de que necesitas esto para conquistar a esa chica?

―Si no la conozco mejor, nunca podré conquistarla.

Cualquier acercamiento parecerá falso, sobre todo si voy gritando que me he enamorado de ella sin tener ni idea de cómo es ―respondí y justo en ese momento me di cuenta de que, hasta entonces, yo había estado haciendo lo mismo que detestaba que hicieran las chicas que se me acercaban y que me juraban su amor sin conocerme en absoluto.

―¡Bah! Yo te diré cómo es Ellie Patel: es una chica arisca, solitaria y antisocial ―respondió Wyatt con desdén.

―Ellie tiene amigas.

―Sí, dos amigas ―precisó Wyatt, burlándose de ellas. Yo me pregunté si quizá esas dos amigas no serían más valiosas para Ellie que todos los falsos amigos que me rodeaban a mí y que me dejarían solo al menor indicio de problemas.

―Ellie solo es arisca con las personas que se meten con ella ―dije, excusando el espinoso comportamiento que tenía en ocasiones.

―Que son todos… ―contestó Wyatt irónico, molestándome con sus palabras.

―Es cierto. Y no lo comprendo: ¿por qué se meten todos con ella? ―pregunté, clavando mis ojos en Wyatt para que le quedara claro a quién me refería con ese «todos»―. Ella nunca se mete con los demás.

―Ellie Patel es un bicho raro y no encaja.

―Ya, y justo por eso tengo que conocerla porque, si pretendo fingir que me he enamorado de una chica a la que no le importa el amor, tengo que ser yo el que encaje en su mundo y no ella en el mío ―repliqué, arrebatándole el juego a mi amigo, y me fui con paso firme al mostrador de la tienda.