Capítulo 4
Una semana después del primer suspenso de Ellie, esta no pudo olvidar con facilidad las artimañas de Max para acercarse a ella y así se lo hacía saber cada vez que se cruzaba con él por los pasillos.
―Si me perdonáis un momento, voy a tener mi «encuentro predestinado» del día con el chico de mis pesadillas ―anunció Ellie a sus amigas antes de soltar sus cosas en el suelo y, tras señalar a Max Templeton con uno de sus dedos, gritó:
―¡Tú!
Esa fue toda la advertencia que le dedicó antes de lanzarse contra Max y placarlo dolorosamente contra el suelo, como llevaba haciendo toda esa semana desde que, por su culpa, Ellie suspendiera Historia.
―¿Crees que Ellie comprende bien el concepto de «encuentro predestinado»? ―preguntó Linda a Dina mientras se debatía entre ayudar a aquel chico asustado o a su amiga.
―Sospecho que intenta captar el concepto, pero que aún no lo tiene demasiado claro ―respondió Dina, mostrándole a Linda una imagen de uno de sus mangas favoritos que hizo que esta tuviera que taparse los ojos―.
Pero ¿para qué están las amigas si no es para guiarnos por el camino correcto?
―añadió Dina con seriedad antes de gritar como una posesa―: ¡Ellie, hazle un kabedon contra el suelo!
―¡No! ¡Por favor, no me hagas eso! ―exclamó Max con tono lastimero para luego inquirir con curiosidad―: ¿Qué es eso? ¿Algún tipo de llave de judo o algo así?
―Algo así… ―contestó Ellie antes de golpear el suelo con una de sus manos a un lado de la cabeza de Max y acorralarlo contra el suelo al tiempo que acercaba su cara a la de él―.
Espero que a partir de ahora te acuerdes de mí tanto como yo me acuerdo de ti después de mi suspenso en Historia…
¡por tu culpa! ―declaró Ellie con voz amenazadora antes de levantarse del suelo y fulminarlo con la mirada.
―Vaya… Si respondes así a nuestro encuentro predestinado, no sé qué harías si te pidiera que nos conozcamos un poco mejor ―dijo Max mientras se levantaba del suelo y se sacudía la ropa.
―¿Quieres que vuelva a placarte, idiota? ―replicó Ellie airadamente. Max levantó las manos en señal de rendición y se apartó de Ellie caminando hacia atrás.
―¿No crees que deberías apiadarte un poco de ese chico? ―preguntó Linda cuando Ellie se acercó a sus amigas sin dejar de dirigirle intensas miradas de odio a Max.
―No. Si insiste en jugar conmigo tan solo está recibiendo lo que se merece.
―¿Y si ese juego se convierte en realidad y él acaba enamorándose de ti? ―quiso saber Linda, preocupada por su amiga.
―Eso no va a ocurrir jamás ―negó Ellie rotundamente.
―En los mangas ocurre ―señaló Dina.
―Ya, pero ¿cuándo has visto que suceda en la realidad? ―repuso Ellie, mostrándose tan escéptica como siempre con respecto al amor.
Las chicas se quedaron calladas y no supieron qué responder, ya que fuera de su pequeño mundo ninguna de ellas había tenido buenas experiencias con los chicos, y aún menos con uno como Max Templeton, que era todo un conquistador.
No obstante, Dina y Linda miraron a su amiga con preocupación, ya que ese juego era algo demasiado peligroso, donde una nunca sabía hasta qué punto estaba su corazón en peligro.
―No os preocupéis, chicas: yo voy a ganar este juego que ese chico ha comenzado.
Nunca me enamoraré de él. ¿Y sabéis por qué?
Simplemente porque Max no está siendo sincero con eso de que nos conozcamos.
Lo único que quiere es acercarse a mí con falsas sonrisas y frases ensayadas con las que piensa que podrá engañarme.
»Max Templeton suena mucho más falso que los personajes de mis videojuegos y no hay nada interesante en él como para apartarme de la pantalla de mi móvil; no tenemos nada de qué hablar.
Ese chico nunca conseguirá que se me acelere el corazón.
Siempre preferiré mis juegos de amor a los suyos, ya que en los míos nadie sale dañado ni le rompen el corazón.
―¿Cómo que nadie sale dañado? Lloré a moco tendido cuando mataron al protagonista de tu último videojuego…
―bromeó Dina, enganchándose a uno de los brazos de su decidida amiga que estaba dispuesta a luchar contra el amor mientras Linda se cogía del otro, no tan segura de que las palabras de amor de ese tipo no pudieran acabar engañando a Ellie; Max siempre ganaba en el amor, aunque nunca arriesgara demasiado. Pero Ellie tenía demasiado que perder.
―¿Qué creéis que sería capaz de hacer Max si se enamorara? ―preguntó Linda a sus amigas.
―Nada demasiado complicado o por lo que tenga que esforzarse demasiado ―contestó Dina, recordando que él nunca había tenido que perseguir a las chicas.
―Max nunca se enamorará ―sentenció Ellie, demasiado segura de sus palabras, algo que preocupó a Linda porque ¿qué pasaría con su amiga si se equivocaba y ese chico se acercaba a ella, no con falsas palabras, sino con el corazón?
―Vale, después de tu enorme fracaso a la hora de intentar que Ellie Patel se fijara en ti… ―dijo Wyatt, aunque Max lo interrumpió para rebatirle con sarcasmo.
―¿Cómo que no he conseguido que se fije en mí? Gracias a vosotros, cada vez que nos encontramos esa chica corre hacia mis brazos.
―Sí, pero solo para placarte y tirarte contra el suelo.
―Cierto, pero al menos no me ignora ―señaló Max con un tono irónico con el que parecía burlarse de Wyatt y de cada cosa que dijera.
―Bueno, como trataba de decirte, hemos decidido ayudarte y hemos comprado esto entre todos para que se lo regales.
―¿Una caja de bombones diminuta y, encima, en forma de corazón? ―preguntó Max, algo extrañado.
―Sí. Hoy es el Día de los Enamorados, así que, si le das esto a una chica a la que nunca le habrán regalado ni una mísera chocolatina, quedarás como un dios. Además, lo importante no es el tamaño, sino la intención.
―Ya, claro… por supuesto, nuestras intenciones son las mejores… ―señaló Max con sarcasmo―. ¿Cómo sabes que a Ellie nunca le han regalado nada por San Valentín, Wyatt?
―¡Por Dios, Max! ¡Solo hay que verla!
―Mmm… Dime una cosa, Wyatt: ¿a ti te han hecho muchos regalos en San Valentín? ―preguntó Max mirándolo de arriba abajo.
―No. Ni uno ―apuntó Tom entre toses, intentando disimular. Wyatt lo miró molesto antes de seguir insistiendo con su nuevo plan de conquista.
―¡No estamos hablando de mí! Además, yo sé que las chicas del instituto son tímidas y no se atreven a darle siquiera una chocolatina a ningún chico.
―¡No me digas! ¿De verdad? ―inquirió Max antes de abrir su taquilla, de la que cayeron varias bolsas repletas de dulces, chocolates y pequeños ositos de peluche―. Pues mira, no lo había notado...
―Eh… Ah… Bueno, da igual. Espero que tus dotes de conquistador sirvan también con esa chica porque si los bombones no funcionan, tenemos previsto un plan B.
―¿Se puede saber de qué va ese plan B?
―No. Solo te lo diré si el plan A falla y yo sé que estos bombones le llegarán al corazón. Vamos, Max, ¿Cuándo te he fallado yo? ―preguntó Wyatt, golpeándose el pecho, muy seguro de sí mismo.
―¿Siempre? ―replicó Max, irónico, temiéndose lo peor.
Y, una vez más, mis amigos me habían metido en un nuevo lío. No dejaban de insistir con la estúpida idea de que conquistara a aquella chica que, a esas alturas, seguro que ya pensaba que yo era un idiota.
Mis compañeras me habían regalado una decena de cajas de bombones y mis compañeros me miraban cada vez con más envidia.
Pero yo tenía que buscar el momento más adecuado para acercarme a Ellie con la intención de entregarle aquella cursi y minúscula cajita de bombones que evidenciaba lo escasas que eran las pagas de mis amigos.
Después de ver cómo se las gastaba Ellie, temía acercarme a ella, pero supuse que en ese día tan especial quizá aceptaría una tregua entre nosotros y no se negaría a que le hiciera un simple regalo.
Por supuesto, supuse mal, y cada vez que intentaba acercarme a Ellie con la bolsa donde llevaba mi regalo, ella, como si sospechara lo que pretendía, me fulminaba con la mirada para advertirme de que no diera ni un paso más.
¡Incluso llegó a gruñirme! Sin embargo, tuve que reconocer que Wyatt tenía razón y que a Ellie nunca le habían regalado una caja de bombones hasta ese momento, por lo que imaginé que aquel sencillo gesto podía llegar a enternecerla y brindarme la oportunidad de conquistarla…
Una vez más, confirmé que era estúpido confiar en los planes de Wyatt y que no había aprendido la lección.
El Día de San Valentín, entre clase y clase, los profesores se dedicaban a repartir regalos anónimos entre los alumnos.
Había cartas, rosas e incluso chocolates.
Mis compañeros y yo pensábamos que a Ellie no le regalarían nada, por lo que ellos me empujaron hacia ella con la minúscula cajita en forma de corazón en la mano.
Y justo en ese momento, antes de que me decidiera a entregarle aquel patético regalo a Ellie, llegaron los profesores y le entregaron una enorme caja de bombones. Para no hacer el ridículo, oculté la cajita detrás de la espalda y me alejé.
―Seguro que es un regalo de sus amigas ―opinó Wyatt, empujándome de nuevo hacia mi objetivo en el siguiente descanso. En esta ocasión le entregaron a Ellie otra caja de bombones en forma de corazón que volvía a dejar en ridículo a la que yo trataba de entregarle.
Ella recibió sus regalos con una sonrisa y yo volví a alejarme; me sentía un verdadero idiota intentando regalarle algo que no contenía ninguno de mis sentimientos en un día que para mucha gente era tan especial.
―¿Qué piensas hacer? ―preguntó Wyatt, pretendiendo que siguiera compitiendo con unos regalos que habían sido hechos con mucho amor, aunque fueran de sus amigas.
Como respuesta, saqué la minúscula caja de bombones y, ante el asombro de Wyatt y de los demás, me comí los pocos bombones que guardaba.
Luego coloqué la caja vacía en las manos de Wyatt.