La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Definitivamente, no era mi día. Después de correr como una loca de un lado a otro buscando los materiales para mi trabajo que un idiota había estropeado en sus torpes e inútiles intentos por conquistarme, se me había roto la gomilla del pelo y ahora lo llevaba recogido en un improvisado moño con un lápiz.

Tenía la camisa arrugada por la decena de carreras que me había dado y, además, manchada de pintura porque tuve que volver a pintarlo todo.

Tenía las manos llenas de pegamento y, mientras apretaba ese maldito cartón con las dos manos para que no se despegara en el último momento y tener que empezar de nuevo, sujetaba el pincel con los dientes y me llené la cara de pintura verde.

―¡Te odio! ¡Te odio! No sabes cuánto te odio, Max Templeton…

―farfullé entre dientes al tiempo que me peleaba una vez más con mi trabajo y rememoraba quién era el responsable de aquel desastre.

Y cuando levanté la vista, el culpable de mi desgracia estaba allí, dedicándome una de esas sonrisas que tanto hacían suspirar a las chicas y que a mí solo me hacían detestarlo porque era consciente de que constituían un engaño.

―Normalmente las chicas me gritan cuánto me aman... ―dijo burlón, y me quitó el pincel que sujetaba entre los dientes; era evidente que había oído mi farfullo anterior.

―Eso es porque no te conocen ―repuse. Y, para mi asombro, mis palabras le provocaron unas carcajadas que parecieron bastante reales.

―Dime algo: ¿este cambio de imagen, con maquillaje y todo, se debe a mí?

―preguntó con ironía mientras me limpiaba un manchurrón verde de la cara.

Yo estaba segura de que en ese momento Max estaba recordando a las chicas guapas que siempre lo perseguían y se retocaban, presumidas, para llamar su atención, pero lo que no sabía era si se estaba burlando de mí o de él mismo con su sonrisa sarcástica.

―¡Oh! No hay ninguna duda: este «cambio de imagen» es completamente gracias a ti ―contesté con el mismo tono de voz irónico, aunque estaba realmente molesta por haber tenido que volver a hacer el trabajo de Historia.

―Ya… Ellie, ¿no vas a decirme nada cariñoso para conseguir lo que quieres de mí? ―declaró Max mientras abría sus brazos, como si él fuera lo que yo deseaba.

―¡A trabajar! ¡Y más te vale que sepas modelar esas malditas figuras y que no las hagas deformes, porque si no, te juro que no te vas a mover de aquí hasta que termines con el trabajo que has destrozado!

¿Se puede saber en qué demonios estabas pensando para lanzarte contra mí de esa manera?

―le pregunté, esperando que, ahora que no estaba con aquellos amigos que siempre lo manejaban, me contestara de una vez con la verdad.

―No estaba pensando ―respondió, para luego sentarse donde le había indicado.

―Eso era obvio ―dije mientras dejaba de sujetar la caja de cartón.

Y tras dar un suspiro de resignación, me acaricié una sien sin saber qué hacer con ese chico del que nunca podía estar segura cuándo mentía o cuándo decía la verdad―.

Intenta replicar las figuras de esa fotografía: tú haces el bando del norte y yo los del sur.

―Y dime, ¿pretendes estar callada todo el tiempo o podemos charlar un rato para conocernos un poco mejor?

―preguntó Max, sonriendo victorioso porque, aunque había fallado estrepitosamente al intentar conquistarme, finalmente había conseguido lo que se había propuesto desde un principio: estar junto a mí para intentar hacerse con mi corazón en su juego retorcido.

Y devolviéndole una sonrisa igual de irónica que la que él había exhibido al entrar por la puerta, le mostré que no había ganado esa batalla, ni mucho menos la guerra.

―Puedes hablar de lo que quieras y preguntarme cuanto quieras ―respondí justo antes de ponerme los auriculares inalámbricos y poner música en el móvil para ignorarlo por completo―; ahora, que consigas que yo te escuche…

esa es otra cuestión ―aclaré y Max no me hizo ninguna pregunta más ni siguió intentando entablar algún tipo de conversación conmigo.

Aunque sí dijo unas palabras en voz alta cuando mi música hizo una pausa entre canciones y él creía que no lo escuchaba, unas palabras que me confundieron por unos momentos; por un instante creí que él no era como sus amigos y que era capaz de mostrar alguna señal de que albergaba un corazón en su fría persona que solamente jugaba con el amor.

―No sabes cuánto me alegro de que Wyatt siempre se equivoque contigo, Ellie.

Sus palabras me sorprendieron, aunque todavía me sorprendió más la sonrisa que me dedicó, que en esos momentos no me pareció tan falsa como antes.

Estuve a punto de quitarme los auriculares y darle una oportunidad a aquel chico para que me conociera de verdad y se olvidara de ese estúpido juego que se traía entre manos, pero justo cuando iba a hacerlo, él retomó el plan de sus amigos y se puso a recitarme unas frases estúpidas que parecía tener ensayadas para conquistar a las chicas.

Subí el volumen de mi música y, una vez más, me convencí de que los personajes de mis juegos eran infinitamente mejores que los chicos de verdad y de que lo que ellos decían era mucho más real que cualquier cosa que Max pudiera decir, a pesar de que ellos fueran simples personajes de animación, y él, la realidad.

Una vez más, supe que ni mis amigos ni yo acertaríamos con aquella chica y empecé a pensar que nunca podría ser capaz de enamorarla.

Mis frases estudiadas para seducirla no servían de nada si Ellie me ignoraba y respondía a mis sonrisas solo con miradas fulminantes; solo me hacía gestos para que me diera prisa en terminar el trabajo y, si se dignaba a quitarse los auriculares para prestarme atención y decirme algo, era para dejar bien claro que no me apreciaba demasiado.

―¿Quieres dejar de hacer soldados bizcos y narigudos?

―Oye, no soy demasiado bueno haciendo estas cosas, ¿vale? ―contesté, soltando un soldado patizambo sobre la mesa, pensando que la chica por la que más esfuerzos había hecho jamás era precisamente a la que nunca habría elegido conquistar.

―Ya lo veo… ¿puedes decirme por qué uno de tus soldados está montado en una vaca?

―¡¿Qué?! ¡Es un caballo! ¡Se ve claramente! ―exclamé, indignado.

―Ya, un caballo de quinientos kilos.

―Solo está un poco gordito y… ―murmuré, intentando defender mi lamentable manualidad mientras Ellie me miraba con ironía ―. ¡Bueno, vale! ¡Enséñame cómo sería un caballo perfecto, según tú! ―la reté y me crucé de brazos.

―¿Sabes? A veces hago figuras de mis personajes de anime favoritos para alguno de mis amigos ―me reveló. Para mi asombro, mientras hablaba, modelaba un caballo perfecto en unos minutos que no dudó en colocar con recochineo junto a mi pobre creación obesa.

―Y, voilà , esto es un perfecto caballo de guerra.

Si quieres, los comparamos… ―y antes de que comenzara a deprimirme porque a ojos de esa chica siempre me convertía en un chico imperfecto y no en el hombre perfecto que todos los demás veían diariamente en mí, cogí mi caballo y lo solté sobre el suyo, aplastándolo.

―¡Ha ganado el más fuerte!

―¡No seas infantil, anda! ―me reprendió Ellie mientras se colocaba sus gafas y volvió a señalarme la masa de modelar y la fotografía que teníamos que reproducir.

Horas después, cuando terminamos el trabajo, el bando del sur que había hecho Ellie era una réplica perfecta de los soldados que habían luchado en aquella guerra, mientras que el bando que había hecho yo, el del norte, a pesar de ser el ganador de la guerra en la realidad, más bien parecía un ejército zombi.

Mi vaca, por supuesto, había sido descartada.

―¿Qué coño es eso? ―dijo Ellie señalando mis lamentables soldados.

―Los que están mal hechos los ponemos como muertos y ya está.

―Entonces todos los soldados del norte están muertos…

y, si es así, ¿me puedes explicar cómo ganaron la guerra?

―señaló Ellie sin dejar de mirarnos con desprecio a mí, a mis soldados y a la vaca gorda que yo intentaba volver a colocar en la escena―.

¡Uf! Será mejor que retoque esos soldados mientras tú buscas al profesor Henderson y le pides en mi nombre un poco más de tiempo para entregar el trabajo ―dijo Ellie tras dar un suspiro resignado ante mi falta de talento, antes de ponerse a modelar de nuevo a los soldados.

Sintiéndome culpable porque Ellie hubiera tenido que hacer el trabajo dos veces por mi culpa, me fui a buscar al profesor de Historia. En ese momento me topé por los pasillos con Wyatt y su grupito, que parecían haberse quedado en el instituto para vigilar si su plan daba algún fruto.

―¿Qué? ¿Has conseguido ya el número de teléfono de Ellie? ¿Cuántas miraditas te ha dedicado mientras te lo daba? ―preguntó Wyatt, muy seguro tanto de su plan como de mis encantos, mientras me pasaba su brazo sobre el hombro.

―Por ahora solo he recibido miradas de odio de Ellie, algo lógico, ya que le he estropeado su proyecto de Historia por seguir tus planes. En cuanto a lo de conseguir su número de teléfono, creo que tengo muchas más posibilidades de conseguir el del profesor de Historia que el de esa chica.

―¡No me digas que estás perdiendo tu encanto! ¡Y con una chica como Ellie, nada menos! ―exclamó Wyatt, burlándose de mí. Y aunque me incomodó, lo que más me molestó fue que volviera a meterse con Ellie y que supusiera que me sería tan fácil enamorarla. Me quité su brazo de encima y me alejé.

―Oye, Wyatt, si de verdad crees que esa chica es tan fácil de enamorar, ¿por qué no lo haces tú mismo?