La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

―Sí, es él, ¡pero intenta no ser tan descarada, Ellie!

―exclamó Linda, bajando el dedo acusador de su amiga antes de que Philip se percatara de que lo estaban señalando y se dirigiera hacia ellas.

Pero cuando Linda consiguió que su amiga dejara de señalarlo, ya era demasiado tarde: Philip se acercaba, haciéndola sentir incómoda con su mirada, hasta que sus dos amigas se colocaron delante como una barrera.

―¿Se puede saber qué vas diciendo por ahí de mí, Linda? ―preguntó Philip en cuanto llegó junto a ella, despreocupado, como si fuera un tema que no tuviera la menor importancia para él.

―Que eres un acosador que no dejas de mirarle las tetas ―replicó Ellie con seriedad, enfrentándose a esa sonrisa falsa en la que ni ella ni ninguna de sus amigas caerían jamás.

―Mirar a alguien no es delito. Además, ¿de verdad vais a creer eso de un chico como yo? ―respondió Philip, con los brazos abiertos para presumir de su figura, llevándose una respuesta que jamás habría imaginado que ninguna chica le daría:

―Sí ―contestaron Dina y Ellie a la vez, mirando con cara de aburrimiento la patética actuación con la que Philip pretendía conquistarlas.

―Conocéis la reputación que tiene vuestra amiga y lo que dicen de ella, ¿verdad?

―atacó Philip. Linda se puso tan nerviosa que agarró las manos de sus amigas, temiendo que ellas le dieran de lado como habían hecho todas sus demás compañeras que se creyeron algunas de aquellas habladurías sin fundamento.

Pero ni Ellie ni Dina la decepcionaron y, tras apretar fuertemente sus manos, sonrieron a ese idiota antes de aceptarla una vez más en el pequeño mundo que habían creado para ellas, donde no tenían cabida las personas que quisieran hacerle daño a cualquiera de las tres.

―Sí, hemos escuchado todos esos rumores ―confirmó Ellie. Soltó la mano de su temerosa amiga y alzó una mirada desafiante hacia aquel sujeto que cada vez le parecía más despreciable.

―¿Y bien? ¿Qué opinas de ellos?

―Que son una mierda sin una pizca de verdad.

En cambio, sí nos creemos lo que dicen de ti…

―añadió Ellie antes de dirigir su mirada directamente a la entrepierna de Philip―.

¡Hum! Qué opinas, Dina: ¿ seme o uke ? ―preguntó Ellie a su amiga, haciendo referencia al papel de activo o pasivo que tenían los protagonistas de algunos de los mangas subiditos de tono que leía su amiga.

―Sin duda uke ―declaró Dina acariciándose la barbilla, pensativa, mirando con descaro la entrepierna del chico―. Sinceramente, no creo que tenga las dotes necesarias para ser seme.

―¿Eh? ¡¿Se puede saber de qué diablos estáis hablando?! ―gritó Philip mientras se tapaba la entrepierna, sintiéndose acosado.

―¿Lo medimos para salir de dudas? ―propuso Ellie, sacando una pequeña regla de diez centímetros de su mochila.

―Creo que con esta os basta y os sobra para eso ―dijo Linda finalmente, dando un paso adelante, llena de valor gracias al apoyo de sus amigas, atreviéndose a enfrentarse y a burlarse de ese tipo; tendió a sus amigas una regla de tan solo cinco centímetros que solía utilizar para medirse las uñas cuando se hacía la manicura.

―¿Qué… pensáis… hacer… con eso? ―preguntó Philip con la voz entrecortada, retrocediendo, bastante asustado ante el proceder de esas tres locas.

―No te preocupes, Philip: solo tomaremos notas y tal vez haga algún boceto ―declaró Dina, clavando sus ojos obsesivamente sobre una parte del cuerpo de Philip que no era precisamente su rostro al tiempo que se centraba en su investigación para las novelas gráficas que había comenzado a crear.

―Deberías saber, Philip, que a nosotras no nos gustan los rumores que se difunden tan rápidamente sobre las personas.

Al contrario, nos gusta hacernos nuestra propia idea de si tienen fundamento o no.

Sabemos que los rumores sobre nuestra amiga Linda son basura porque sabemos bien lo maravillosa que es, pero como a ti no te conocemos, estamos dispuestas a averiguar si es cierto eso que dicen de que la tienes pequeña ―manifestó Ellie.

Y tras mirar la regla que sujetaba en su mano, dirigió una significativa mirada hacia la entrepierna de ese chico. Philip salió corriendo.

―¡A por él! ―gritó Dina, emocionada por hacer más realistas sus dibujos, corriendo detrás de ese acosador que estaba recibiendo lo que se merecía.

Y mientras las tres amigas corrían detrás del espantado chico, llevando cada una de ellas una regla cada cual más pequeña, los compañeros que las rodeaban pensaron que estaban locas.

Pero ellas sabían que no era cierto, sino que las tres eran unas raras piezas que se acoplaban entre sí a la perfección, aunque no lo hicieran con las demás, en ese perfecto puzle que era el mundo en el que no todos encajábamos de la misma manera.

Cuando dejamos de perseguir a ese chico que acabó escondido en el baño masculino, un lugar en el que no entramos únicamente porque había algunos profesores cerca, mis amigas y yo nos miramos intentando recuperar el aliento hasta que nos dio la risa.

―Muchas gracias a las dos por ayudarme… Y ahora, Ellie, dinos: ¿qué te ha pasado a ti mientras no nos hemos visto? ―preguntó Linda.

―¡Sí! ¡Cuéntanos en qué problemas te has metido! ―exclamó Dina, cruzando los dedos para que hubiera hecho algo tan terrible como ella.

―Pues nada del otro mundo. Un chico bastante idiota, pero guapo, ha decidido seguir las estúpidas ideas de sus amigos y pretende jugar a enamorarme para después romperme el corazón ―declaré despreocupadamente porque para mí ese estúpido juego no tenía la menor importancia y no me afectaba en absoluto, sobre todo cuando llevaba de por medio la palabra amor.

―Las personas pueden ser muy crueles... ―respondió Linda, bastante triste con el comportamiento que exhibían algunos con el único propósito de dañar a otros para divertirse, utilizando todos los medios que estuvieran a su alcance, incluido el amor.

―¡Cabrones! ―exclamó Dina pensando en vengarse de todos colocando sus rostros en los personajes malvados de sus novelas gráficas.

―¿Y qué vamos a hacer? ―preguntaron ambas mirándome fijamente porque me conocían demasiado bien.

―Ya sabéis cómo soy: cuando me retan a un juego no puedo negarme y hago todo lo posible por ganar, y este no va a ser distinto. No voy a ponérselo fácil a ese chico del que dudo que tenga la menor idea del aprieto en el que se ha metido al intentar conquistar a una chica que no cree en el amor.

―¿Quién es el chico que intentará enamorarte? ―preguntó Linda, preocupada por mí y por mi idea de jugar con alguien que, a su vez, quería jugar con mi corazón.

―Es Max Templeton.

―¡Oh! ¡Cuidado, Ellie! He escuchado que ese chico es todo un seductor y que siempre les rompe el corazón a las chicas. Es un tipo acostumbrado a jugar con el amor y tú ni siquiera sabes lo que es. Podríamos decir que en este juego él es un experto y tú una simple novata.

―Pero Linda, ten en cuenta que Max está acostumbrado a jugar siempre con el mismo tipo de chica y que yo no soy igual que ellas.

Él no tendrá ni idea de cómo acercarse a mí, pero lo seguirá intentando por la presión de sus amigos, y es de lo que voy a aprovecharme para reírme tanto como él quiere hacer conmigo y, de paso, darle una lección de lo cruel que puede ser ese juego al que podemos jugar dos.

―Bien, ¿y qué tenías pensado? ―preguntó Dina, acercándose a mí frotándose las manos ante la idea de que ese chico probara un poco de su propia medicina.

―Pensaba que quizás podríais ayudarme a idear alguna manera de espantarlo y hacer que se rinda.

―No me gusta ese juego que ese chico ha comenzado, y aún menos que tú pretendas seguirlo. Aunque por supuesto que te ayudaré en todo lo que pueda para que no te rompan el corazón ―dijo Linda, dándome su apoyo.

―Para romperle el corazón a Ellie ese chico tendría que enamorarla primero, y para ella no existen otros chicos que no sean los personajes de sus videojuegos ―apuntó Dina, muy segura de que yo sería la ganadora―.

¡No os preocupéis! Tengo muy buenas ideas para ponérselo difícil a ese donjuán de pacotilla.

Lo primero será averiguar cómo será su acercamiento y estar preparadas para estropear todos y cada uno de sus intentos ―declaró Dina con decisión mientras sacaba uno de sus mangas y nos enseñaba lo que podía ocurrir.

Por su parte, Linda negó con la cabeza ante algunas de las escenas de ese manga que no eran nada creíbles y con otras se tapó los ojos, escandalizada.

Y mientras yo miraba aquellos dibujos, me preguntaba si podría contestar de la misma manera que hacía el protagonista del manga cuando la historia de amor no ocurría entre dos chicos.