La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

―¿Por qué? ―replicó ella, apartando por primera vez la vista de su juego para mirarme espantada, como si eso fuera lo peor que pudiera pasarle en la vida.

―Quiero ser tu amigo.

―¡Noooo…! ―gritó Ellie teatralmente, como si le hubiera dado la peor noticia del mundo, atrayendo así la atención de todos sobre nosotros de una forma que provocó que los compañeros que nos rodeaban comenzaran a especular sobre lo que le estaba diciendo a Ellie.

Pese a ello, yo insistí, queriendo acercarme a ella.

―Quiero conocerte mejor y… ―y antes de que terminara mi explicación, Ellie se tiró al suelo y, continuando con su teatro, exclamó desgarradoramente:

―¡¿Por qué a mí?!

Finalmente, cuando me di cuenta de que todas las personas de nuestro alrededor nos estaban mirando, me levanté de mi lugar y la reprendí con la mirada por su comportamiento infantil mientras negaba con la cabeza y le decía:

―Será mejor que dejemos esta conversación para otra ocasión.

―No me amenaces ―replicó ella. A continuación, se levantó del suelo y volvió a su sitio para seguir ignorándome a la vez que continuaba con su juego. Y mientras lo hacía me pareció ver en su rostro una sonrisa satisfecha dedicada a mí antes de oírla murmurar: «game over».

Tras escuchar esas palabras sentí como si fuera ella la que estuviera jugando conmigo y pensé que, si así hubiera sido, sin duda ella habría ganado ese encuentro en el que apenas me había permitido decir más de dos palabras.

―El juego aún no ha terminado ―le susurré al oído, sorprendiéndola mientras me asomaba por encima de uno de sus hombros y veía cómo perdía la concentración por un instante y fallaba en su juego tanto como había fallado yo al intentar conquistarla.

Cuando ella me dirigió una mirada furiosa fui yo el que sonrió.

Entonces me alejé de ella con aquella sonrisa en mis labios, sabiendo que, aunque Ellie intentara ignorarme, mi presencia la ponía nerviosa.

Tal vez tanto como a mí la suya, pues ella representaba todo un desafío ante el difícil juego que habíamos comenzado y que algunos llamaban estúpidamente amor.

Ellie contaba con pocas amigas en el instituto, pero ella no medía la amistad por la cantidad de gente que tenía alrededor.

Estar rodeada de decenas de personas que decían ser sus amigas solo si hacía lo que ellas decían no le llenaba el corazón, pero sí lo hacían esas dos chicas becadas tan distintas y, a la vez, tan parecidas a ella, que le habían ofrecido su amistad.

Cuando entró al instituto por primera vez se sintió perdida y al mismo tiempo emocionada ante la perspectiva de conocer a personas nuevas y diferentes para no seguir con los mismos compañeros que la habían atormentado en el colegio.

Pero las clases cambiaron poco y la mayoría de sus nuevos compañeros eran similares a los de su antiguo colegio.

Ellie se entristeció al pensar que nada cambiaría, pero la vida siempre puede dar sorpresas.

Mientras intentaba evitar alguna de las estúpidas bromas de aquellos chicos nuevos que la habían tachado una vez más de «rarita», conoció a Dina Meller, una chica pelirroja y de ojos verdes que se escondía, como ella, en la biblioteca para leer mangas que disimulaba entre las tapas de algún otro libro tan solo para que no se metieran con ella.

En cuanto Ellie miró por encima del hombro de Dina para curiosear lo que estaba leyendo con tanta atención y las tapas del falso libro se le cayeron mostrando su lectura real, Dina se puso nerviosa y la miró espantada mientras trataba de ocultar desesperadamente su secreto, ante lo que Ellie reaccionó cantando la canción del manga que estaba leyendo Dina.

Fue una actuación épica y, cuando Dina se unió a ella haciéndole los coros, ambas fueron expulsadas de la biblioteca.

A partir de ese día, Dina dejó de esconder sus lecturas y compartió sus gustos con su nueva amiga sin ocultarlos.

Su encuentro con Linda Davis fue bastante distinto al que había tenido con Dina.

Linda era la típica chica que todos criticaban porque era muy guapa, sobre todo sus compañeras.

Tenía unos bonitos ojos azules, una hermosa melena rubia y un cuerpo con curvas que todas las chicas envidiaban y los chicos deseaban, aunque les intimidara tanto que no se atrevieran a dirigirle la palabra.

Al principio, Ellie apenas cruzó más de dos palabras con ella, hasta que tuvo que hacer un proyecto con alumnos de otras clases y las chicas que nunca le hablaban comenzaron a susurrarle al oído chismes despreciables sobre Linda para que la dejara sola y así ella no tuviera más remedio que formar parte de un grupo lleno de chicos que no la miraban con las mejores intenciones.

Por su parte, Ellie, después de haber escuchado a lo largo de su vida cientos de rumores sobre ella, que no eran otra cosa que un puñado de mentiras, no se creyó lo que le decían: prefirió conocer a Linda en persona y sacar sus propias conclusiones sobre cómo era la chica a la que criticaban los demás.

Así que, haciendo oídos sordos a los cuchicheos, se acercó a aquella chica que parecía algo tímida y le extendió la mano para presentarse.

―Hola, Linda, yo soy Ellie Patel, «la rara» ―dijo Ellie con ironía mientras Linda, sonriendo y comprendiendo su burla hacia todos los que las rodeaban, se armó de valor y movió presumidamente su melena, estrechó la mano que le ofrecía y anunció en el mismo tono que había utilizado Ellie:

―Hola, Ellie. Encantada de conocerte. Yo soy Linda Davis, «la seductora devorahombres».

Las dos se miraron, y después de prorrumpir en carcajadas ante el asombro de los demás, se hicieron amigas.

Así se formó un trío inseparable de amigas que se reunían en los descansos, excepto cuando estaban recuperando algún examen, como había ocurrido con Dina; o cuando tenían tareas extra, como le había sucedido a Ellie; o cuando alguna caía enferma, como le había sucedido a Linda con un constipado que la había tenido tres días en la cama.

Al final, después de un tiempo separadas, las chicas volvieron a encontrarse y cada una comenzó a contar los problemas en los que podían meterse cuando estaban solas, aunque eran muchos más en los que se metían cuando estaban juntas.

―Creo que mis padres van a castigarme para siempre.

O eso o me obligarán a trabajar a media jornada para pagar ciertos gastos inesperados de su tarjeta de crédito que aún no he tenido valor para decirles que no son un error.

Cuando descubran que lo de esa factura que creen que es algún dispositivo electrónico que se ha pedido mi hermano mayor a China es en realidad una figurita de edición limitada que tengo en mi cuarto, estoy muerta… ―anunció Dina.

―¡No seas exagerada, Dina! Tal vez entre todas podamos ayudarte a pagar ese muñeco y así el castigo de tus padres no será para tanto ―propuso Linda mientras sacaba su cartera para aportar algo de sus ahorros, hasta que Ellie, conociendo lo caras que podían ser esas figuras de edición limitada, detuvo el gesto generoso de su amiga mientras le preguntaba a Dina con tono acusador:

―¿Cuánto te has gastado?

―Trescientos dólares… ―respondió Dina con un hilo de voz mirando a sus amigas con cara de pena. Linda guardó su cartera, espantada, y Ellie, tras colocar las manos sobre los hombros de su amiga, anunció tan irónica como siempre:

―No te preocupes: iremos a tu funeral y te compraremos una bonita corona de flores.

―Bueno… ¿y a vosotras qué os ha pasado últimamente? ―preguntó Dina, resignándose a su castigo.

―Hay un chico que no deja de mirarme continuamente, y no precisamente a los ojos y me hace sentir muy incómoda.

He hablado con los profesores, pero me han contestado que como no me dice ni hace nada y solamente se dedica a mirarme, no pueden castigarlo o llamar a sus padres ―declaró Linda, sabiendo que sus amigas no se meterían con ella por quejarse de que la miraran ni la tacharían de presumida, como hacían sus compañeras de clase.

―Empapelaría su mesa de clase con escenas hentai de mangas BL si no supiera que me expulsarían y que eso empeoraría el futuro castigo de mis padres ―declaró Dina con fervor, provocando que Linda la mirara con extrañeza.

―¿Me traduces? ―preguntó Linda a Ellie, ya que no se había enterado de nada.

―Dina ha dicho que estaría dispuesta a empapelar la mesa de tu acosador con dibujos para mayores de dieciocho, o de diecinueve años, dependiendo de lo fuertes que fueran esas escenas de chicos manteniendo relaciones íntimas.

―¡Oh! ¿Harías eso por mí? ―exclamó Linda, abrazando efusivamente a Dina.

―¿Para qué están las amigas, si no? ―repuso Dina.

―Eso solo nos metería en líos, pero podríamos hacer lo mismo que hace ese tipo para que comprenda cuál es el problema con su forma de actuar ―propuso Ellie.

―Los chicos no se sienten intimidados por unas simples miradas, Ellie ―respondió Linda, agradeciendo que sus amigas quisieran ayudarla, pero negando con la cabeza sabiendo que ese tipo de chico nunca sabría cómo se sentía ella.

―Tú déjanoslo a nosotras y ya verás ―replicó Ellie.

―¿Quién es el mirón? ―preguntó Dina.

―Philip Walter. Tiene cierta fama entre las chicas porque es bastante guapo, aunque a mí solo me parece un cerdo. Pero si protesto no tengo dudas de que todas las chicas se me echarán encima y me culparán de todo.

―Pues no tengo ni idea de quién es… ¿y tú, Ellie?

―Si me sacas de los personajes 3D de mis juegos, no tengo ni idea: para mí todos los chicos son iguales y carecen de atractivo.

―¡Oh, espera! Creo que no va a ser tan difícil averiguar quién es ―dijo Dina cuando vio a un chico que miraba fijamente a Linda desde lejos.

―Ese es tu acosador, ¿verdad? ―dijo Ellie, señalando a ese tipo con uno de sus dedos.