La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

La verdad era que Max no parecía un mal chico, pero sí un cobarde. Una de esas personas que siempre callaban y que nunca defendían a los demás de los abusos de otros, de esas que se mantenían al margen y que nunca revelaban lo que pensaban o lo que querían en realidad.

Por su comportamiento, Max parecía pertenecer a ese grupo de gente que se dedicaba a seguir a las masas y guardaba silencio para encajar siempre en el complicado puzle que en ocasiones puede ser la vida.

Yo no tenía nada contra él en concreto, pero que Max quisiera hacerme daño únicamente para encajar con los demás miembros de su pandilla de idiotas era algo que no iba a permitir.

Si él pensaba iniciar un juego con una chica experta en toda clase de videojuegos, juegos de mesa, de rol y clásicos, tendría que atenerse a las consecuencias y a la posibilidad de perder.

Era cierto que yo no tenía experiencia en el amor en el mundo real, que para mí el concepto de una cita con un chico era terreno inexplorado y desconocido, pero era Max quien iba a meterse ahí, el que se iba a acercar a mí para adentrarse en mi mundo sin imaginar la que le esperaba.

Mirando a mi cuaderno en vez de a esos necios que estaban desvelando todo su plan de acción delante de mí, haciendo que su estrategia fallara desde el principio, simulé que seguía escuchando música y golpeaba mi libreta con el bolígrafo marcando el ritmo de una canción que me encantaba.

Mientras, continué oyendo la conversación sin intentar reírme demasiado.

―Max, lo primero que tienes que hacer es acercarte a ella y conseguir que se fije en ti. Seguro que después de verte varias veces cae rendida a tus pies, como hacen todas las demás chicas ―opinó Wyatt, más como una orden que como una sugerencia.

―Tal vez consigas que se enamore de ti más rápido si tenéis un encuentro como en una de esas melosas películas románticas que ve mi hermana.

Por ejemplo, si tropezáis en una esquina, la tiras sin querer al suelo y entonces la ayudas caballerosamente a levantarse y te muestras preocupado por ella ―declaró Nathan, otro de esos idiotas aportando su pequeño granito de arena para su estúpido plan.

―No está mal… Y si eso no funciona también puedes rescatarla de alguna situación peligrosa, haciendo que ella acabe tremendamente agradecida contigo y te vea como un héroe ―dijo Wyatt mientras se acariciaba la barbilla, pensativo, sin duda maquinando más estupideces.

―Oye, Max, ¿y si le escribes una carta de amor como hacen todas esas chicas contigo?

Como dudo mucho que ese bicho raro haya recibido nunca una, tan solo tienes que rellenar un papel de pegajosas frases románticas que podemos encontrar en internet y seguro que así la tendrás a tus pies ―propuso despreocupadamente Oliver, uno de los compañeros del equipo de baloncesto de Max, que hasta ese momento había creído que era su amigo.

―¿Y no creéis que sería mucho mejor que me acercara a ella directamente y le pidiera su número de teléfono con alguna excusa? ―anunció Max, mostrándome que a pesar de su apariencia de niño bueno estaba dispuesto a prestarse para ese teatro donde querían jugar cruelmente con mi corazón.

En ese momento, a modo de advertencia hacia un chico que aún no había cruzado la línea a partir de la cual se convertiría en mi enemigo, comencé a cantar en voz alta una canción de uno de mis animes favoritos, que decía que el amor era un juego.

Max me miró asustado, aunque no sabría decir si era por la letra de la canción, que resultaba idónea para ese momento, o por lo mucho que desafinaba al cantarla.

―¡Eh! ¿Creéis que Ellie nos está escuchando? ―preguntó Max, preocupado, dudando aún si prestarse a la artimaña y, al ver su cara inquieta, quise darle una oportunidad, una que, como todos los chicos populares que se dejan influenciar por los demás, él desaprovechó por completo.

―¿Qué? ¡Ah, no! Esa chica rara no escucha nada cuando se pone sus auriculares.

Mira y verás: ¡oye, Ellie: eres una completa idiota y me encantará verte llorar cuando te enamores y te rompan el corazón!

―me dijo el idiota de Wyatt mientras yo le sonreía y me inventaba un estribillo que pegaba con la música que había estado entonando, donde lo insultaba en japonés y señalaba a cada uno de ellos como si fuera parte de una coreografía.

Ellos se reían estúpidamente de mí, pero no imaginaban que la que más se reía allí era yo.

―Entonces estás con nosotros, ¿no, Max? ―presionó Wyatt justo cuando yo volví a entonar mi canción.

―Sí, lo haré ―aceptó finalmente el muy idiota, desaprovechando mis advertencias acerca del gran error que iba a cometer al intentar adentrarse en ese tipo de juegos conmigo.

Después de la respuesta afirmativa de Max, los chicos se emocionaron y comenzaron a idear estúpidas estrategias de conquista.

Debo admitir que, si yo hubiera sido una chica como las demás, alguna de ellas podría haber llegado a funcionar y me habrían acabado rompiendo el corazón.

Pero yo no creía en el amor y prefería mil veces vivirlo a través de mis videojuegos antes que arriesgarme en la vida real, donde la gente era muy cruel. Sobre todo, cuando jugaban a amar.

Cuando me harté de escuchar las estupideces de aquellos necios, me levanté de mi asiento y pasé junto a ellos tras quitarme los auriculares para que guardaran silencio mientras intentaban hacerse los buenos.

Luego me volví hacia ellos y les dije a todos, fijando la mirada en mi rival de ese difícil juego que él estaba a punto de iniciar:

―Mucha suerte…

Max se extrañó ante mis palabras, hasta que señalé su libro de matemáticas y él supuso que se lo decía por el examen de matemáticas que teníamos después.

Mi última advertencia fue malinterpretada y entre nosotros empezó el juego del amor, en el que Max pretendía enamorarme para darme una lección, y yo, demostrarle que nunca podría enamorar a una chica como yo.

Como mis amigos me presionaron tanto, al final tomé la decisión más estúpida de mi vida: conquistar a una chica para hacerle daño y romperle el corazón después.

Mientras las chicas con las que a menudo jugaba se acercaban a mí con sus coqueteos y yo siempre intentaba dejarles claro que no quería una relación seria porque no creía en el amor, en esta ocasión tendría que ser yo el que diera el primer paso para acercarme a Ellie y jurarle un amor que no sentía.

Y como nunca me había enamorado, no sabía cómo mostrar ese sentimiento hacia una chica, y todavía menos hacia una con la que no tenía nada en común. Así que para acercarme a ella decidí seguir los consejos de mis amigos.

En el descanso para el almuerzo, mis amigos me empujaron para que hiciera notar mi presencia ante ella, así que me encaminé hacia la apartada mesa que ocupaba Ellie en solitario.

De camino, oí suspirar a varias chicas de mi alrededor que a continuación pronunciaban mi nombre con tono soñador.

Eso me dio la esperanza de que, por muy rara que fuera Ellie, ella era una chica y no sería inmune al amor, por lo que, si yo me convertía en su hombre perfecto, tal vez pudiera enamorarla.

Las chicas que veía a mi alrededor a medida que avanzaba por el comedor llevaban sus impolutos uniformes que exigían las reglas, acompañados con algún caro complemento como podían ser sus pulseras o algún broche para el pelo que estuviera a la última moda.

También se maquillaban para destacar sus rasgos más femeninos y lucían peinados con los que alguna actriz o modelo hubieran salido en las revistas.

Era un verdadero placer contemplar a algunas de esas chicas… y luego estaba Ellie.

Vestía como era habitual en ella: con una camisa arrugada dos tallas más de lo que le correspondía, llena de chapas que siempre le acababan requisando.

Debajo de la falda llevaba pantalones cortos y su peinado era un desastre recogido en un improvisado moño con un simple lápiz; lo único que tenía en el rostro eran manchas de chocolate de una chocolatina que se comía sin usar las manos, que tenía ocupadas en su móvil, donde jugaba a algún tipo de videojuego que atraía toda su atención.

Pero un videojuego no podía ganar a un chico como yo…

o eso al menos era lo que pensaba antes de intentar conquistarla.

Lo primero que hice fue pasearme por delante de su mesa, esperando a que se fijara en mí.

Y cuando la gente comenzaba a murmurar sobre mi extraño comportamiento y yo a darme cuenta de que no estaba consiguiendo nada, ya que ella no despegaba en ningún momento sus ojos de la pantalla de su teléfono móvil, me senté frente a ella y esperé a que se percatara de que yo estaba allí.

Y esperé… y esperé y seguí esperando hasta que, al fin, harto de que me ignorara, algo que no solía pasarme con ninguna chica, terminé carraspeando fuertemente para llamar su atención.

Ellie contestó a mi carraspeo poniéndome delante una botella de agua sin dejar en ningún momento de jugar con su otra mano, para luego volver rápidamente a su juego.

―Espero que no te moleste que me siente aquí ―dije, mostrándome tremendamente amable con ella, tras lo que Ellie se mostró tremendamente grosera al no dedicarme ni una mirada cuando me respondió.

―Sí, me molesta.

―¿Eh? ¿Por qué? ―pregunté extrañado―. Creo que cualquier chica estaría encantada de compartir su mesa conmigo y…

―Estoy de acuerdo contigo... ―replicó Ellie de inmediato, cortándome.

Sonreí porque pensé que había conseguido que estuviera de acuerdo conmigo y que se fijara en mí, pero para mi desgracia, sus siguientes palabras me hicieron ver lo equivocado que estaba―.

¡Mira! ¡Allí tienes muchas de esas chicas!

¿Por qué no te vas con cualquiera de ellas y me dejas en paz?

―Porque quiero conocerte a ti ―contesté, luciendo la mejor de mis sonrisas.