La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 2
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Capítulo 2

Yo tenía diecisiete años y vivía en California, en una de las zonas más exclusivas de San Diego por un capricho de mi madre y su selecto grupo de amigas.

Los Templeton nos habíamos trasladado hasta allí algunos años atrás desde Nueva York a La Jolla, un barrio conocido por sus casas con vistas al mar, sus asombrosos acantilados y ese ambiente sofisticado que mi madre buscaba en todo momento.

Nuestra casa era de arquitectura contemporánea y tenía unas impresionantes vistas de la costa norte.

A través de sus puertas francesas y paredes de vidrio se podía disfrutar de una unión perfecta con la naturaleza, algo de lo que mi madre presumía con sus amigas cada vez que tenía oportunidad y no estaba presumiendo de mí.

Esa residencia también contentaba al rico empresario que era mi padre, ya que su situación privilegiada le ofrecía una gran seguridad en un exclusivo recinto cerrado.

Cinco dormitorios rodeados de enormes ventanales, cuatro cuartos de baño, una enorme cocina con lo último en electrodomésticos que mi madre nunca llegaría a tocar, una piscina en medio de la naturaleza, un jacuzzi , una sauna e incluso un gimnasio eran los lujos que nunca podían faltar en la vida de un Templeton.

Cualquiera que me viera podría afirmar que lo tenía todo, pero no era cierto: todos esos lujos tenían un precio y este era ser el hijo perfecto para mis padres y sus negocios, una perfección que en ocasiones me hacía sentir muy solo.

Mi hermana mayor, Kate, que me llevaba nueve años y que había vivido también bajo los caprichos y manipulaciones de mis padres, no tardó en marcharse de casa en cuanto cumplió la mayoría de edad para comenzar una vida lejos de ellos, circunstancia que mis padres no le pusieron fácil pero que finalmente consintieron, ya que les quedaba aún otro hijo con el que jugar.

Mi padre, un frío hombre de negocios que podía trabajar desde cualquiera de las sedes donde se encontrara su imperio y que a menudo estaba de viaje, siempre me exigía perfección, algo que mi madre, una mujer que solamente se dedicaba a sus reuniones del club, secundaba por completo.

Para ellos el fracaso no era una opción: las mejores notas, el mejor en los deportes, las mejores relaciones con los compañeros adecuados a sus ojos…

Ninguna discusión o problema era permitido.

Todo en mi vida estaba planificado y todo era falso, porque nadie me daba la opción de elegir lo que quería de verdad. Pero lo más falso de todo era el amor.

El amor para mí era un pasatiempo que empecé a jugar cuando todas las chicas comenzaron a fijarse en mí y a entregarme cartas de amor.

Tal vez jugaba con ellas porque ninguna de esas chicas sabía nada de mí en verdad.

En lugar de molestarse en conocerme, ellas tan solo me veían como un atractivo chico rubio de ojos azules, deportista, capitán del equipo de baloncesto del instituto y con buenas notas.

Un chico perfecto que había crecido siguiendo las expectativas de sus padres, de sus maestros y, en ocasiones, las de todos los demás, pues con mucha frecuencia me mordía la lengua para no decir lo que pensaba realmente porque, si lo hacía, no encajaría con la imagen que todos tenían de mí y finalmente me quedaría solo.

Tan solo como esa chica nueva que lucía en la camisa de su uniforme una decena de chapas con extraños dibujos, que iba peinada con una simple coleta, que se ocultaba detrás de sus enormes gafas, que no utilizaba ni una pizca de maquillaje y que no se preocupaba en absoluto por su dieta como hacían todas las demás.

Mientras casi todas las chicas suspiraban por algunos chicos del instituto que les gustaban o por cantantes de algún grupo de música del momento a los que adoraban, esa rara chica hablaba de personajes de videojuegos que solo conocía ella.

Para mi asombro, a Ellie Patel no le importaba nada expresar sus gustos en voz alta, a pesar de que no encajaran con los de los demás y pudieran ser considerados algo extravagantes.

A ella no le importaban las risas burlonas que recibía por parte de otros ni hacía caso de los comentarios mordaces.

Ellie se limitaba a mirar a quienes se reían de ella con absoluta indiferencia y siempre murmuraba de forma irónica la misma frase, cuyo significado yo desconocía y me intrigaba averiguar: «estas son las piezas que siempre quieren encajar».

Todos los que escuchábamos sus palabras susurrábamos «rara» como respuesta y nadie la comprendía, aunque, cada vez que lo decía, yo sentía como si Ellie me estuviera llamando cobarde por querer encajar en mi mundo, por ser otro en lugar de yo mismo.

Que nuestras puyas, bromas y risas no parecieran afectarle lo más mínimo molestaba mucho a algunos de nuestros compañeros y justamente por eso no perdían la oportunidad de meterse con ella, aunque Ellie siempre contestaba de la misma manera, consiguiendo que a veces se arrepintieran de haberla provocado.

―Ellie, mira: hemos hecho una lista con las chicas más guapas de la clase, ¿quieres saber en qué puesto estás? ―inquirió Wyatt, un chico pelirrojo de ojos verdes y aspecto burlón que había colocado a Ellie al final de la lista con menos cien puntos.

Todos los chicos de mi alrededor comenzaron a reírse ante las provocadoras palabras que hicieron que Ellie fulminara a Wyatt con la mirada antes de dirigirse hacia él y su lista.

Yo, por mi parte, aunque no me reí, tampoco hice nada para detener esas burlas y me mantuve en mi lugar con una falsa sonrisa en los labios mientras apretaba los puños con ganas de hacer lo correcto.

Sabiendo lo mucho que afectaba a las chicas que las tacharan de feas, esperé a que Ellie soltara alguna lágrima o reaccionara compungida de alguna manera al ver ese nuevo insulto en forma de lista, pero, para mi asombro y el de mis compañeros, ni siquiera la miró: en cuanto llegó junto a Wyatt, le arrebató el papel y se sonó escandalosamente la nariz con él.

Luego hizo una bola de papel y la puso en la mano de mi asombrado compañero antes de anunciar:

―Y esto es todo lo que me importa tu lista, Wyatt. Llámame cuando quieras que te dé mi opinión experta sobre otra de estas estúpidas listas como esa con la que solamente perdéis el tiempo.

―Sabes que siempre vas a estar sola, ¿verdad? ―replicó Wyatt, picado, intentando hacerle daño. Pero ella contestó con una sonrisa sarcástica y añadió:

―Prefiero estar sola a tener como amigos a personas como vosotros.

―Un bicho raro como tú nunca tendrá novio ―apuntó Wyatt, mirándola despectivamente de arriba abajo.

―¡Dios! ¡No sabes cuánto sufro por eso y lo mucho que me preocupa! ―exclamó Ellie irónicamente al tiempo que se llevaba las manos al corazón con un gesto dramático, como si se lo hubieran roto.

―Nunca tendrás la oportunidad de salir con un chico como yo ―añadió Wyatt, orgulloso y presumido. Pero su ego se vino abajo cuando ella se metió un dedo en la boca haciendo el gesto de vomitar.

―¡Eres…! ¡Eres…! ―gritó Wyatt, enfadado, sin saber qué más decir para molestar a Ellie.

―Soy alguien a quien no has podido hacer daño con tus pullas porque, simple y llanamente, tu opinión o la de estos que te rodean a mí me importa una mierda.

Si te sientes tan mal que para conseguir algo de felicidad tienes que meterte con otros y hacerlos sufrir, me parece que la persona que está realmente sola aquí eres tú ―declaró Ellie antes de alejarse de Wyatt y regresar a su mesa, haciéndome sonreír porque muchas de las palabras que ella había pronunciado se las querría haber dicho yo a Wyatt en algún momento.

En aquel instante sentí ganas de no callarme por una vez lo que pensaba de los supuestos amigos que me acompañaban, pero, como el necio adolescente acostumbrado a complacer a todos que era, simplemente guardé silencio.

Y ese silencio hizo que otros se tomaran la libertad de guiarme por un camino que yo no deseaba tomar, pero ante el que no me atreví a protestar por miedo a quedarme solo.

―¡Esa chica merece una lección…! ―declaró Wyatt, mirando a Ellie con odio―.

Y como que me llamo Wyatt que se la vamos a dar…

o, mejor dicho, tú se la vas a dar ―anunció Wyatt, con una sonrisa perversa y fijando sus ojos en mí, haciendo que me temiera lo peor mientras mi vida y la de esa chica se cruzaban irremediablemente, aunque no de la mejor manera.

Y a partir de ese momento yo no estuve tan seguro de que fuera ella la que recibiría una lección, sino más bien lo contrario: empezaba a sospechar que sería ella la que me daría una lección a mí, una que no olvidaría con facilidad, como todos lo que se metían alguna vez con esa chica.

Mis compañeros de instituto eran unos completos idiotas, y lo peor de todo era que se creían muy listos, lo que descubrí en la hora de descanso, en cuanto terminé el almuerzo y desconecté los auriculares inalámbricos para dejar de oír la música que llevaba en el teléfono.

En ese momento comencé a escuchar el necio plan que esos estúpidos se traían entre manos, un plan que desgranaban despreocupadamente junto a la mesa que ocupaba yo, aparentemente sin percatarse de mi presencia.

Como muchas de las chicas del instituto suspiraban por Max Templeton, un chico guapo a su manera, pero que no le llegaba a la suela de los zapatos a los personajes de mis animes favoritos o juegos otome, esos tontos creían que todas se enamorarían de él, incluida yo.

Sin molestarse en conocerme o en enterarse de mis gustos y preferencias, ellos pensaban que yo agradecería que un chico como él se fijara en mí y me dedicara algunas bonitas palabras.

Creían que yo me enamoraría de Max después de unos pocos encuentros casuales y que, tras caer en las redes del amor, podrían romperme el corazón y vengarse a gusto por la supuesta ofensa que había sufrido Wyatt porque yo no me hubiera molestado por sus pullas y porque lo que él pensara no me importara en absoluto.