Capítulo 1 #3
Entonces la música comenzó a sonar y, ante el asombro de todos los presentes, ese hombre gordito que no tenía para nada el aspecto de una chica mágica se convirtió en una de ellas.
Se sabía todos los pasos al milímetro, la coreografía que ejecutaba el concursante iba perfectamente coordinada con la que se mostraba en la pantalla y, cuando terminó con una pose perfecta, no fueron risas lo que escuché a su alrededor, sino fuertes aplausos y ovaciones.
―¿Nos quedamos hasta ver los resultados? ―me preguntó mi padre, a lo que contesté asintiendo, completamente perpleja.
Después de ver las demás actuaciones, papá y yo estuvimos de acuerdo en que la mejor había sido la del hombre disfrazado de chica mágica.
De hecho, quedó clasificado entre los finalistas.
Sin embargo, yo seguía pensando que los jueces no serían justos y que, tan solo por su aspecto, no podría ganar.
Pero la fría lógica que me habían enseñado algunos adultos no tenía cabida en aquel lugar y la chica mágica con barba ganó. Aplaudí con efusión y sonreí como si hubiera sido yo misma quien hubiera ganado esa batalla en vez de él.
―¡Ha ganado, papá! ―exclamé emocionada, sin poder terminar de creer lo que había presenciado.
―Siempre lo hace ―respondió mi padre con una sonrisa que decía que nunca debería haberme preocupado, al tiempo que me señalaba un mural donde se mostraban fotos de los ganadores de años anteriores donde siempre salía el mismo hombre con distintos disfraces.
Fue entonces cuando dejé atrás mi miedo y comencé a prestar atención a los cuchicheos de mi alrededor.
Entonces no escuché palabras de desprecio ni burlas que hacían daño, sino palabras de elogio, de admiración y bromas donde algunos decían que no habían tenido ninguna oportunidad de ganar desde que ese hombre se había apuntado al concurso de baile.
―Papá, creo que ya no soy una pieza defectuosa y que tal vez haya encontrado mi lugar.
―Ellie, cariño, este es tan solo uno de los pequeños lugares en los que puedes encajar.
El mundo está lleno de personas extraordinarias y distintas que no debes negarte a conocer por el simple hecho de que sean diferentes.
Como eres maravillosa, sé que encontrarás a muchas personas con las que encajar, pero si tienes que cambiar y dejar de ser tú misma para ser parte de su mundo, no creo que ese sea tu lugar.
»¡Muy bien! Y ahora que sabes que no eres ninguna pieza defectuosa y que no te pasa nada raro, quiero que ignores a los niños que se meten contigo y que sonrías con la cabeza bien alta, porque son ellos los que están perdidos en este mundo en el que tan solo saben seguir a los demás sin atreverse nunca a declarar lo que les gusta por miedo a estar solos.
Su miedo es lo que les lleva a meterse con los demás.
Ellie, quiero que siempre tengas presente esto: por más que ellos te lo repitan, tú no estás sola.
Nunca lo estarás ―dijo mi padre, señalándome el maravilloso y extraño mundo que nos rodeaba.
Cuando me marché de ese lugar prometiendo a todos mis nuevos amigos que regresaría al año siguiente, sentí que mi padre tenía razón, que sus palabras eran ciertas y que aún existían muchos lugares y personas a las que yo tendría que conocer para crear mi propio mundo, donde nunca más sería una pieza defectuosa y donde siempre tendría un lugar al que pertenecer.
A la mañana siguiente, en mi colegio, volví a escuchar las palabras de desprecio de mis compañeros.
―¡Eres rara! ―me gritó Nick mientras me empujaba al pasar por mi lado, y yo, como me había aconsejado mi padre, sonreí y, con la cabeza bien alta, le contesté:
―Lo sé, y me gusta ser rara. Lo prefiero antes que ser como tú.
―¿Eh? ¿Qué tengo yo de malo? ―preguntó Nick, ofendido, queriendo pelearse conmigo, algo que yo no le permití.
―Que tienes miedo a decir lo que te gusta y yo no ―dije mientras señalaba mi carpeta en la que había pegado unos dibujos que, según todos, eran demasiado infantiles para mi edad y que yo le había pillado contemplando con envidia en alguna ocasión.
Mis palabras hicieron que mi compañero me mirara asustado para luego alejarse de mí con rapidez, tal vez porque tenía miedo de que alguien más descubriera sus gustos y lo tachara de raro, como todos hacían conmigo intentando expulsarme de su mundo, un mundo donde muchos de mis compañeros habían impuesto unas reglas estrictas a cambio de su amistad.
―¡Cobarde! ―le grité mientras negaba con la cabeza al percatarme de que Nick me daba lástima por ser una de esas piezas que sería forzada a encajar con todos, sin llegar nunca a encontrar su lugar como estaba empezando a hacer yo, al ser consciente ahora de lo grande que podía llegar a ser el mundo que me rodeaba.
Después de darme cuenta de cómo era la sociedad, de que habría personas que me aceptarían y otras que me rechazarían, que siempre existiría gente que querría cambiarme y otras que me admitirían tal y como era y se conformarían con conocerme, era decisión mía elegir cómo quería ser.
Y elegí ser yo misma e ignorar a aquellos que quisieran hacerme daño porque era diferente.
Elegí sonreír ante sus insultos y seguir adelante con mi vida, observando como a lo largo de los años esos niños crueles se convertían en jóvenes crueles y, posiblemente, en adultos que disfrutaban haciendo daño a los demás con sus palabras.
Yo, por mi parte, decidí hacer caso omiso de esas palabras que no tenían ni una pizca de verdad y seguir creciendo y madurando como persona, algo que, a mi parecer, no hacían mis compañeros.
Al comprobar que sus absurdas puyas solo recibían una mirada de indiferencia, dejaron de meterse conmigo.
Tal vez porque ya no me encogía ante sus insultos ni lloraba como hacía antes.
O quizás porque veían que ya no me importaba nada lo que dijeran, pues ellos no formaban parte de mi mundo, que era mucho más grande que el suyo.
Cuando terminé el colegio, conseguí una beca de un instituto privado bastante selecto y como mis padres habían logrado triunfar un poco con sus trabajos, decidieron apoyarme.
Ellos pagaron la mitad de mis gastos en aquella institución en la que la mayoría de los estudiantes eran niños de papá y, gracias a las becas que obtuve por mis buenas notas, pudimos pagar el resto.
Mi instituto era un lugar precioso, un extenso campus, bonito y bien cuidado, con un edificio principal de paredes blancas y techos rojos de aspecto bastante acogedor.
En su interior se encontraban las aulas, que contaban con ordenadores individuales para todos los alumnos, y otras áreas dedicadas a nuestros estudios, como los laboratorios y las salas de música o artes plásticas.
En otros edificios más pequeños estaban el área administrativa, la gran biblioteca y las instalaciones de actividades extraescolares, como el club de lectura, al que yo ya me había apuntado y que contaba con solo cinco miembros.
El amplio campo deportivo era lo que más destacaba y a lo que se dedicaban más recursos: en él se daban cabida a diversos deportes, como el béisbol, el baloncesto, el fútbol americano y el tenis.
Las clases contaban con un reducido número de estudiantes, entre los que los becados como yo eran bastante escasos.
Según los profesores, el ambiente de estudio era excepcional y los alumnos premiados con becas por su excelencia se sentían como en casa desde el primer día.
Pero claro, esa era la perspectiva de los profesores, no la nuestra.
La política de algunos de los educadores se enfocaba en los trabajos y estudios en equipo.
Se pretendía que los líderes de los equipos aprovecharan las cualidades individuales de cada miembro de su grupo para alcanzar el éxito colectivo.
Pero lo que en verdad ocurría era que los líderes vagueaban mientras los mejores estudiantes se encargaban de todo el trabajo, sobre todo si no querían bajar las notas que les permitían mantener sus becas.
Cuando llegué a ese instituto albergaba esperanzas de que todo fuera distinto que en mi colegio. Pero a lo largo de los días comprendí que nada había cambiado, excepto yo.
Yo me había convertido en una persona que no se dejaba avasallar, una adolescente alta, de pelo negro y bonitos ojos verdes que pocos veían detrás de mis gruesas gafas. Mi ropa, cuando no llevaba el estricto uniforme del instituto, era muy diferente de la de mis compañeras de clase.
Cada vez que me las encontraba fuera de la institución, ellas llevaban ropa de marca, vestidos ceñidos o trajes de algún caro diseñador con escotes bastante pronunciados para atraer la atención de los chicos.
Mientras tanto, yo prefería vestir holgados pantalones de chándal, camisetas con mensajes frikis, unas cómodas deportivas y ni una gota de maquillaje.
A los diecisiete años había hecho algunas amigas en el instituto, exactamente dos, pero para mí era mucho más valioso tener unas pocas amigas de verdad antes que cien falsas que nunca me comprendieran ni apoyaran.
Algunos de mis nuevos compañeros de clase buscaron una nueva excusa para meterse conmigo, la que en mi opinión era la más absurda de todas: el amor.
Ellos comenzaron a decir que ningún chico podría enamorarse de mí cuando en realidad era yo la que sería incapaz de enamorarse de ninguno de esos sosos personajes que me rodeaban en la vida real, ya que encontraba mucho más atractivos e interesantes a los que aparecían en algunos videojuegos de citas a los que jugaba de vez en cuando.
Intenté explicarles a los que se burlaban de mí que, para mí, el amor de los videojuegos era mejor que el de la realidad, pero ninguno me entendió.
Y cuando creí que mis compañeros dejarían de lado ese tema, para mi sorpresa, mi camino se cruzó con el de un chico que pensaba que el amor era un juego.
Para su desgracia, pretendía jugar conmigo y burlarse de mí, sin imaginar la que podía venírsele encima porque desconocía que, cuando yo aceptaba un reto en cualquier tipo de juego, siempre me negaba a perder, aunque este estuviera relacionado con el amor.