Capítulo 38 La vida después del final
Seis meses después, el Atlas seguía en obras.
Eso decepcionaba a quienes esperaban que una campaña exitosa produjera inmediatamente paredes perfectas, butacas nuevas y una programación cultural.
La realidad incluía licencias, concursos, retrasos, presupuestos que subían y una tubería que apareció exactamente donde todos los planos aseguraban que no existía.
—Las tuberías también tienen derecho a reinventarse —dijo Sara.
—No utilices el lenguaje de marca contra mí.
Entre Versiones había dejado mi salón y ocupaba una oficina pequeña encima de una panadería. Éramos tres: Sara, yo y Leo, un productor que sabía mantener la calma incluso cuando un proveedor decía «ha habido un pequeño problema».
Sara se había convertido en socia después de una negociación durante la que fingió no querer el porcentaje que claramente merecía.
—Quería que me lo ofrecieras tú —admitió.
—Eso es emocionalmente manipulador.
—Aprendí de los mejores.
Teníamos clientes suficientes para pagar nóminas, gastos y queso caro. No para relajarnos, pero sí para dejar de calcular cada café.
El Atlas era uno de nuestros proyectos, no el único.
Aquello había sido una condición mía.
Álex viajaba a Lisboa dos semanas al mes. Algunas veces lo llevábamos bien. Otras discutíamos por llamadas olvidadas, horarios y su tendencia a decir «estoy llegando» cuando todavía estaba cerrando el ordenador.
No habíamos vuelto a separarnos.
Tampoco habíamos dejado de tener miedo.
Una tarde de marzo, me llamó desde el cine.
—Necesito que vengas.
—¿Es una emergencia?
—No.
—¿Una decisión que podrías comunicar por correo?
—Probablemente.
—Estoy trabajando.
—Hay café.
—Cada vez utilizas mejor mis debilidades.
Llegué una hora después.
La sala principal estaba llena de andamios. Las butacas antiguas habían sido retiradas para restaurarlas y el suelo parecía un tablero de piezas incompletas.
Álex me esperaba en el escenario.
—¿Qué pasa?
Señaló hacia arriba.
Las letras restauradas de la fachada estaban apoyadas contra la pared, listas para instalarse.
CINE ATLAS.
Al fin, el nombre estaba completo.
—Quería que las vieras antes de colocarlas —dijo.
—Son bonitas.
—Muy emotivo.
—Preciosas. Transformadoras. Una conversación sobre la intimidad tipográfica.
—Mucho mejor.
Me entregó un casco y subimos a la marquesina por una escalera homologada. Paco observaba desde abajo con resentimiento.
—Yo podría subir —gritó.
—No —respondimos todos.
Los operarios fijaron las letras una a una. Cuando terminaron, bajamos a la calle.
Era de día, así que todavía no podían verse iluminadas. Aun así, el edificio parecía distinto. No nuevo. Completo.
—La inauguración será en junio —dijo Álex.
—Lo sé. Entre Versiones está organizándola.
—¿La directora está informada de todo?
—Tiene acceso a una carpeta compartida.
—Milagro.
Me tomó de la mano.
—He pensado que podríamos irnos unos días cuando termine.
—¿Dónde?
—Lisboa.
—Eso no son vacaciones para ti.
—Después, Oporto.
—Mejor.
—Y quería preguntarte otra cosa.
Mi cuerpo se tensó de forma automática.
Álex lo notó.
—No voy a pedirte matrimonio.
—No estaba pensando eso.
—Has mirado mi bolsillo.
—Podrías llevar caramelos.
Sacó una llave.
—He encontrado un piso.
—Álex.
—Para mí. Mi alquiler termina en dos meses. Está cerca de tu casa, pero no demasiado.
—¿Y la llave?
—Quiero que tengas una. No para mudarte. No para asumir nada. Solo para que puedas entrar cuando yo esté en Lisboa o cuando quieras.
Miré la llave sobre su palma.
La primera vez que me dio una llave, la había aceptado como si no significara nada. Después, todo se había roto antes de que pudiera utilizarla.
Esta vez sabía exactamente lo que podía significar y lo que no.
—La aceptaré cuando firmes el contrato —dije.
—Ya lo he firmado.
—¿Sin consultarme?
—Es mi piso.
—Respuesta correcta.
Cogí la llave.
—No implica que compartamos cafetera.
—Tengo una italiana.
—Entonces podemos negociar visitas.
Nos besamos frente a la fachada del Atlas.
Un operario silbó desde el andamio.
Paco aplaudió.
Cuando los operarios regresaron al andamio, Álex y yo nos quedamos junto a la entrada con la agenda abierta en mi teléfono. Él tenía un vuelo el martes. Yo, una presentación el miércoles y una reunión con un cliente que quería celebrar una inauguración antes de terminar las obras.
—Podemos cenar el jueves —dijo.
—Llegas a las nueve y media.
—A las diez.
—Eso no es cenar. Es tomar decisiones alimentarias equivocadas.
—Entonces desayuno el viernes.
—Tengo reunión a las ocho.
Álex miró el calendario.
—Somos muy poco espontáneos.
—La espontaneidad está sobrevalorada por personas sin facturas.
Reservamos el sábado por la tarde. No para hacer nada especial. Compraríamos una lámpara para su piso y yo intentaría impedir que eligiera una capaz de iluminar un aeropuerto.
Aquello era lo que más me sorprendía de nosotros: después de todo, seguíamos haciendo planes pequeños. No porque el futuro estuviera garantizado, sino porque llegaba igualmente y convenía decidir dónde comprar una lámpara.
Yo levanté la vista.
—¿No tenéis trabajo?
—Esto es mejor —respondió Paco.
Álex apoyó la frente en la mía.
—¿Eres feliz?
Pensé en la primera vez que me lo preguntó, en la cabina de proyección. Entonces había respondido «ahora mismo» porque la felicidad me parecía un lugar inestable del que podía caer.
—A ratos —dije.
—A ratos.
—Pero los ratos son buenos.
—Mucho.
Lo nuestro no se parecía a un epílogo. Se parecía a la vida: trabajo, discusiones, billetes de avión, facturas, llaves que no prometían nada y dos personas que seguían entrando, incluso sabiendo que algún día podían cambiar de idea.