Capítulo 37 Discutir también puede ser una forma de quedarse
La primera semana de nuestra segunda oportunidad fue sospechosamente fácil.
Álex puso todos los vasos dentro del fregadero. Yo no revisé su expresión cada vez que recibía un correo. Cenamos dos noches, dormimos juntos una y conseguimos hablar del Atlas durante cuarenta minutos sin que ninguna frase terminara en una conversación sobre confianza.
El problema de las semanas fáciles es que una empieza a pensar que ha aprendido algo.
El viernes siguiente, Álex me pidió ayuda para presentar su nuevo estudio a un posible cliente. Había alquilado un local pequeño cerca de mi casa, con una ventana enorme, paredes blancas y una mesa que parecía diseñada para que nadie pudiera apoyar una taza sin sentirse culpable.
—Necesitas plantas —dije.
—Necesito sillas.
—También.
—¿Puedes revisar la presentación?
—Como novia o como consultora.
—¿Hay diferencia?
—La consultora factura.
—Consultora.
Le envié un presupuesto simbólico que no era tan simbólico como él esperaba. Lo aceptó sin discutir.
—Estoy orgullosa —dije.
—Yo estoy preocupado por el coste de tu amor.
Trabajamos juntos dos tardes. La propuesta era para rehabilitar un edificio de oficinas y convertirlo en viviendas. El cliente quería una presentación pública para el vecindario porque el proyecto implicaba obras largas y cambios en la plaza.
—No puedes enseñar solo imágenes virtuales —le expliqué—. La gente quiere saber cuánto ruido habrá, qué árboles se mantienen y por qué debería confiar en vosotros.
—Todo eso está en la memoria.
—Nadie lee una memoria de ciento veinte páginas si no le pagan.
—Tú sí.
—Yo no soy una muestra representativa.
Álex sonrió sin triunfalismo, como si supiera que aquel sí no le pertenecía del todo.
El día de la reunión, llegamos con tiempo. Yo coordiné la sala, revisé el sonido y hablé con la asociación vecinal. Álex presentó el proyecto con una claridad que me sorprendió. Explicó lo que todavía no estaba decidido y respondió a preguntas difíciles sin esconderse detrás de términos técnicos.
Todo iba bien hasta que el promotor anunció una fecha de inicio que no aparecía en nuestra documentación.
—Eso adelanta el calendario dos meses —le susurró Álex.
—Lo sé.
La nueva fecha hacía imposible cumplir algunas medidas de participación que habíamos prometido. Durante el turno de preguntas, una vecina pidió confirmar los talleres previos a las obras.
El promotor tomó el micrófono.
—Por supuesto. El equipo de comunicación ajustará el programa.
Todas las miradas se dirigieron hacia mí.
—El programa puede ajustarse —dije—, pero no mantenerse completo si las obras comienzan en esa fecha. Necesitaremos decidir qué actividades se realizan antes y cuáles se trasladan.
El promotor sonrió como si yo fuera una niña interrumpiendo una conversación adulta.
—Seguro que encontraréis una solución.
La frase encendió algo antiguo.
Clara siempre encuentra una solución.
—Encontraremos opciones —respondí—. No una semana extra dentro de un calendario que no la tiene.
La reunión terminó con tensión. En el coche, Álex permaneció callado.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Con ese «nada» acabas de responderme.
—No sé si era el momento de enfrentarte a él.
Sentí que el aire cambiaba.
—No me he enfrentado. He explicado una consecuencia.
—Podríamos haberlo hablado después.
—La pregunta se ha hecho delante de todos.
—Es un cliente importante.
—También lo era Sergio.
—No es lo mismo.
—La frase sí.
Álex apretó las manos sobre el volante.
—No quiero que el proyecto se pierda porque el promotor se sienta cuestionado.
—Y yo no quiero vender un trabajo que no podemos hacer.
—Podemos hacerlo si reorganizamos.
—No completo.
—Entonces reorganizamos el alcance.
—Eso he dicho.
—No de esa manera.
La discusión creció con una rapidez que ninguno esperaba.
Yo escuchaba cada frase como una prueba de que, en cuanto hubiera algo importante en juego, Álex preferiría proteger el proyecto antes que respaldarme.
Él interpretaba mi enfado como una señal de que no podía expresar una duda sin ser comparado con su peor error.
Aparcó frente a mi casa.
—No estoy decidiendo por ti —dijo.
—Estás diciendo que debería haber callado para no incomodar al cliente.
—Estoy diciendo que había otras formas.
—Siempre hay otras formas después.
—Clara, no puedo demostrarte en cada conversación que no voy a ocultarte algo.
—No te lo he pedido.
—Lo estás haciendo ahora.
No me moví.
Dolió porque contenía una parte de verdad.
Abrí la puerta del coche.
—Necesito subir.
—¿Vas a irte en mitad de la discusión?
—Voy a mi casa. No estoy desapareciendo.
—No parece muy distinto.
Cerré la puerta sin responder.
Subí las escaleras furiosa. Encendí la luz del pasillo y dejé el bolso sobre la mesa. Mi cuerpo esperaba el siguiente paso conocido: silencio, mensajes no contestados, tres días interpretando cada frase hasta convertirla en una sentencia.
Me quité los zapatos.
Diez minutos después, sonó el timbre.
No abrí inmediatamente.
—Sé que estás ahí —dijo Álex desde el rellano.
—Eso suena inquietante.
—Has encendido la luz.
Abrí.
Álex no intentó entrar.
—No vengo a terminar la discusión —dijo—. Vengo a acordar cuándo la terminamos.
—Eso es muy terapéutico.
—Estoy haciendo un esfuerzo enorme.
—Mañana.
—¿A qué hora?
—Después de comer.
—¿Aquí?
—En La Fuga.
—De acuerdo.
Se quedó quieto.
—No quería que callaras —añadió—. Me asustó que el promotor se retirara y pensé primero en el contrato. No en ti ni en lo que estaba prometiendo delante de todos.
—Yo pensé primero en Sergio. No en lo que tú estabas diciendo realmente.
—Entonces los dos hemos tenido una conversación con personas que no estaban en el coche.
—Parece concurrido.
Álex sonrió apenas.
—Te quiero.
—No uses eso para cerrar la discusión.
—No. La discusión sigue mañana.
—Bien.
Se marchó.
Aquella noche dormí mal, pero no sentí que la relación hubiera terminado. Solo sentí que estaba enfadada.
La diferencia era enorme.
Al día siguiente nos reunimos en La Fuga con una libreta. No porque las parejas necesitaran actas, sino porque ambos teníamos una relación poco saludable con las listas y era mejor utilizarla a nuestro favor.
Escribimos tres preguntas.
¿Qué ocurrió?
¿Qué entendió cada uno?
¿Qué hacemos la próxima vez?
—Esto parece una auditoría emocional —dijo Álex.
—No te quejes. Has propuesto una tabla.
Hablamos durante una hora. Él reconoció que había priorizado el miedo a perder al cliente. Yo admití que había escuchado su duda como una orden y que todavía esperaba encontrar señales de una futura traición en errores normales.
No llegamos a la conclusión de que ambos teníamos razón.
Llegamos a algo mejor.
La próxima vez, si un cliente cambiaba condiciones en público, yo aclararía el impacto sin aceptar compromisos. Álex me apoyaría en la reunión y discutiríamos las formas después, en privado. Ninguno utilizaría una pelea anterior como prueba automática de lo que el otro estaba haciendo.
—¿Y si el cliente se enfada? —preguntó.
—Se enfada.
—Eso no figura entre mis especialidades.
—Estás ampliando especialidades.
El promotor no canceló el proyecto. Dos días después aceptó retrasar un mes el inicio y reducir los talleres. No conseguimos todo.
Conseguimos algo real.
Álex pagó la factura de Entre Versiones el mismo día que la recibió.
—Esto sí que es amor —dije.
—Pensaba que era profesionalidad.
—En autónomos es lo mismo.
Durante los meses siguientes discutimos otras veces. Por vuelos, horarios, una cena con mi familia a la que Álex llegó tarde y mi tendencia a responder mensajes de clientes durante las películas.
Ninguna discusión fue bonita.
Ninguna fue el final.
Aprendimos que quedarse no significaba soportarlo todo ni prometer que nada cambiaría. Significaba volver a la conversación cuando el miedo dejaba de gritar.
Y algunas veces, simplemente, poner una fecha para continuarla.