Capítulo 36 Las segundas oportunidades no llegan iguales
Nuestra segunda primera cita fue en La Fuga.
Álex volvió de Lisboa un jueves por la mañana y quedó conmigo el viernes a las diez y media, en la misma mesa junto a la ventana donde me había ofrecido trabajo meses antes.
Llegué siete minutos antes.
Esta vez entré directamente.
—Has llegado antes —dijo cuando apareció.
—No lo conviertas en un acontecimiento.
—Es histórico.
Nos abrazamos. El gesto duró un poco más de lo necesario, pero ninguno parecía tener prisa por corregirlo.
El camarero se acercó.
—Café solo y tostada con tomate —dijo Álex.
—Resignación —recordé.
—Constancia.
Yo pedí café con leche y tostada con aguacate.
—Coherencia —dijo.
—No empieces.
Habíamos hablado cada día durante su viaje.
No conversaciones interminables ni declaraciones.
Mensajes sobre trabajo, fotografías, una llamada breve antes de dormir.
Cuando una reunión importante salió mal, me lo contó antes de tener una solución.
Cuando yo perdí un cliente porque no quise aceptar cambios gratuitos, se lo dije sin fingir que no me importaba.
Eran avances discretos, casi domésticos.
Ninguno habría impresionado a alguien desde fuera.
A nosotros nos importaban porque podían repetirse.
Durante el viaje habíamos acordado no llamar a aquello volver. Todavía no.
La palabra llevaba demasiados muebles dentro: confianza, exclusividad, casas, domingos, familias y la posibilidad de otro final. Preferimos hablar de desayunar cuando regresara y comprobar si podíamos estar juntos sin convertir cada gesto en una sentencia.
Ahora, frente a él, aquel acuerdo me parecía sensato y ridículo.
—Antes de seguir —dije—, necesito saber qué estamos haciendo.
Álex dejó la taza.
—Desayunar.
—No te hagas el gracioso. Te sale demasiado bien cuando estás nervioso.
—Estoy nervioso.
—Yo también.
El camarero pasó junto a nuestra mesa y fingió no escuchar. En La Fuga debían de estar acostumbrados a personas que resolvían su vida entre tostadas.
—Quiero estar contigo —dijo Álex—. No quiero empezar una versión provisional en la que ninguno se atreva a pedir nada por miedo a parecer exigente.
—Yo tampoco quiero volver a comportarme como si confiar fuera no hacer preguntas.
—Entonces pregunta.
Abrí una servilleta de papel y la alisé sobre la mesa.
—¿Somos pareja?
—Quiero que sí.
—Eso no es una respuesta administrativa.
—Sí. Si tú quieres.
—Quiero.
La palabra me produjo una mezcla de calma y vértigo.
—¿Exclusiva? —pregunté.
Álex levantó una ceja.
—No he salido con nadie.
—No es lo que he preguntado.
—Sí. Exclusiva.
—Bien.
—¿Vas a escribirlo?
—Puede que necesitemos copia.
—Clara.
Doblé la servilleta.
—No quiero vivir juntos. Ni ahora ni como siguiente paso automático.
—De acuerdo.
—No quiero que Lisboa se convierta en una prueba constante de cuánto te importo.
—De acuerdo.
—Y si una decisión afecta al Atlas, a tu trabajo o a nosotros, quiero saberla antes de que esté resuelta. Aunque todavía no sepas explicarla.
Álex respiró hondo.
—Eso va a ser lo más difícil.
—Lo sé.
—Pero sí.
—Tú también puedes pedir cosas.
—Quiero que cuando tengas miedo no desaparezcas dentro del trabajo.
—No desaparezco.
Me miró.
—Trabajas hasta que no queda nadie despierto a quien contarle lo que te pasa.
—Eso no es desaparecer. Es productividad defensiva.
—Quiero que me lo digas antes.
—No siempre sabré que está ocurriendo.
—Entonces puedo preguntarte.
—Y yo puedo enfadarme.
—Ya hemos establecido que es una posibilidad.
No pude evitar sonreír.
—También quiero que no utilices el silencio como castigo —continuó—. Puedes pedir espacio, pero necesito saber si es una noche, tres días o hasta que puedas hablar.
Pensé en todas las veces que había callado esperando que la otra persona adivinara el mensaje exacto.
—Eso es razonable.
—No pareces contenta.
—La razonabilidad tiene mala fama en las historias románticas.
—Podemos discutir bajo la lluvia si necesitas ambiente.
—Ya lo hemos hecho. La camisa tardó dos días en secarse.
El camarero dejó las tostadas y se retiró con una rapidez profesional.
—¿Y los niños? —preguntó Álex.
Me sorprendió que fuera él quien recuperara la pregunta.
—Seguimos sin saberlo.
—Sí.
—¿Te preocupa?
—Me preocupa que lo dejemos aparcado hasta que la biología o el miedo decidan por nosotros.
Bajé la vista al aguacate.
—A mí también.
—No necesito una respuesta hoy. Pero quiero que podamos hablarlo sin que parezca un ultimátum.
—Podemos fijar una conversación dentro de unos meses.
—Eso suena muy nuestro.
—Con orden del día.
—No abuses.
Lo anoté mentalmente. No como una promesa de tener hijos ni como una cuenta atrás. Como la decisión de no fingir que la duda desaparecería si no la mirábamos.
—Hay otra cosa —dije.
—Dime.
—No voy a revisar tu correo.
Álex no respondió enseguida.
—No deberías tener que prometer eso.
—Lo sé. Pero desde que volví al Atlas, cada vez que dejas el portátil abierto tengo que decidir no mirar. Quiero que lo sepas.
—Gracias por decírmelo.
—No quiero que cambies contraseñas ni escondas la pantalla. Eso lo convertiría en otra forma de vigilancia.
—Puedo avisarte cuando reciba algo importante, incluso si todavía no sé qué haré.
—Eso ayudaría.
Álex extendió la mano sobre la mesa. No la tomó directamente; la dejó allí, abierta. Yo coloqué la mía encima.
—No sé si haremos esto bien —dijo.
—Seguro que no.
—Gran comienzo.
—Podemos hacerlo mal de formas nuevas.
—Eso ya me lo habías prometido.
Nos quedamos unos segundos en silencio. No había música especial ni una señal de que acabáramos de tomar una decisión trascendental. Una cafetera silbó detrás de la barra. Alguien pidió la cuenta. Fuera, un repartidor bloqueaba el carril bici.
Aquello me tranquilizó.
Volver con Álex no era recuperar la versión anterior de nosotros. Esa versión había terminado. Lo que teníamos delante no venía con garantías, pero sí con preguntas que por fin nos atrevíamos a pronunciar.
—¿Cómo va la estación? —pregunté.
—Bien. Han aprobado la propuesta estructural. Rui quiere que amplíe mi participación.
—¿Qué significa?
—Seguir viajando dos semanas al mes durante un año.
No sentí miedo inmediato. Sentí que necesitaba información.
—¿Quieres hacerlo?
—Sí.
—Entonces hazlo.
—Quiero saber qué significa para nosotros.
—Que tendrás que comprar muchos billetes.
—Clara.
—No lo sé. Nunca he tenido una relación a distancia parcial.
—Yo tampoco.
—Podemos probar.
—Eso suena muy poco romántico.
—Las pruebas evitan derrumbes.
—Te estás convirtiendo en arquitecta.
—Y tú en una persona que habla de emociones. Estamos perdiendo la identidad.
El desayuno llegó.
—También quiero alquilar un estudio aquí —dijo Álex—. Separar el trabajo del Atlas y dejar de utilizar la oficina del cine.
—Eso parece sensato.
—He visto un local cerca de tu casa.
Levanté la mirada.
—¿Cerca de mi casa por casualidad?
—No.
La honestidad me hizo sonreír.
—No vamos a vivir juntos.
—No te lo he pedido.
—Lo aclaro.
—Queda aclarado.
—Y no tendrás una llave de mi casa hasta que aprendas a poner los vasos dentro del fregadero.
—Eso puede llevar años.
—Asumo el riesgo.
Después del desayuno caminamos sin rumbo por el barrio. Entramos en una librería, discutimos sobre una fachada y compramos queso caro en una tienda que yo había dejado de visitar después del despido.
—¿Celebramos algo? —preguntó Álex.
—Que puedo volver a comprarlo.
—Gran ocasión.
En mi portal, se detuvo.
—¿Quieres que suba?
—Sí.
—¿Por el queso?
—Principalmente.
Subimos. Había una sola luz encendida en el pasillo.
Álex lo notó.
—Has dejado de encenderlas todas.
—La factura ha subido.
—Claro.
—Y ya no necesito tanto ruido.
Dejó la bolsa en la cocina. La cafetera italiana seguía sobre la encimera.
—Esa es mía —dijo.
—Temporalmente.
—Lleva aquí meses.
—No implica copropiedad.
—Podemos firmar un acuerdo.
—No bromees con eso.
Me besó.
La segunda oportunidad no se parecía a la primera: avanzaba más despacio, tropezaba más y, por eso mismo, parecía más real.
Aquella noche, antes de dormir, Álex dejó el vaso dentro del fregadero.
No dije nada.
Pero lo vi.