Capítulo 35 Doce días y una hora de diferencia
Álex llegó a Lisboa a las nueve y veintisiete de la noche, hora local.
Me escribió cuatro minutos después.
Álex Silla Torcida: He llegado.
Yo: Cuatro minutos. Eficiente.
Álex Silla Torcida: He esperado a recoger la maleta para no parecer ansioso.
Yo: Ha funcionado fatal.
La conversación duró seis mensajes más. Ninguno contenía una declaración, un plan de futuro ni una fotografía de su habitación de hotel. Me pareció una forma adulta de empezar de nuevo.
A las once, recibí una imagen de una silla torcida en el vestíbulo.
Álex Silla Torcida: No he podido evitarlo.
Yo: Moderación insuficiente.
Durante los primeros días hablamos con una facilidad que no habíamos tenido cuando estábamos juntos.
Tal vez porque no intentábamos resolver la relación en cada conversación.
Él me enviaba fotografías de azulejos, de la estación y de desayunos demasiado pequeños.
Yo le contaba que Sara había contratado a Leo por tres proyectos, que un cliente quería cambiar la fecha de una inauguración sin cambiar el contrato y que la cafetera italiana seguía haciendo un ruido que no inspiraba confianza.
No dijimos te quiero todas las noches.
Algunas noches no dijimos nada.
Eso también era nuevo.
El cuarto día, Álex olvidó llamarme.
Habíamos quedado a las diez. Yo llegué a casa a las nueve y media, cené algo que incluía queso y puse el teléfono sobre la mesa sin admitir que lo estaba mirando. A las diez y cuarto seguía sin noticias. A las diez y media vi que había leído mi mensaje de la tarde.
A las once escribí:
Yo: Supongo que la reunión se ha alargado. Hablamos mañana.
Los tres puntos no aparecieron.
A las once y diez, mi cabeza ya había construido tres versiones de la historia.
En la primera, estaba cenando con Rui y había perdido la noción del tiempo.
En la segunda, estaba evitando una conversación porque se arrepentía de haberme besado.
En la tercera, había tomado una decisión importante sobre el Atlas, Lisboa o nosotros y no sabía cómo contármela.
La tercera era la favorita de mi miedo.
Apagué el teléfono.
A las once y cuarenta y siete llamó.
—Lo siento —dijo antes de que respondiera—. Se ha roto una conducción en la obra, hemos tenido que desalojar una zona y mi móvil estaba en la caseta.
—Podrías haber avisado.
—Sí.
—No después. Antes.
—No sabía que iba a romperse una conducción.
—No me refiero a la conducción.
El agua siguió golpeando las tuberías. Dentro de la cocina, el silencio hizo más ruido.
—¿Estás enfadada? —preguntó.
—Sí.
—Bien.
—¿Bien?
—No. Quiero decir que prefiero que me lo digas.
Yo estaba cansada, preocupada y demasiado consciente de que aquella era nuestra primera discusión desde que habíamos decidido empezar desde donde estábamos.
—He pensado que estabas evitando llamarme —admití.
—No.
—Ya lo sé.
—No tienes por qué saberlo automáticamente.
—Tampoco quiero necesitar una explicación cada vez que cambias un plan.
—Puedo enviarte un mensaje cuando sepa que no llegaré.
—Eso sería normal.
—Estoy trabajando en normal.
Me hizo reír, aunque todavía estaba enfadada.
—No quiero que todo se convierta en una prueba —dije.
—Ni yo.
—Pero lo parece.
—Tal vez al principio lo sea un poco.
Álex bajó la voz.
—Clara, no me he olvidado de ti. Me he olvidado de la hora. No es lo mismo, aunque desde tu casa se parezca.
Aquello era exactamente lo que necesitaba escuchar y me molestó que lo supiera.
—Mañana tengo una presentación a las ocho —dije.
—Entonces duerme.
—Sigo enfadada.
—Puedes dormir enfadada.
—Qué romántico.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
No resolvimos nada más.
A la mañana siguiente, Álex me envió una fotografía de una alarma programada a las nueve y cincuenta y cinco con el texto «Llamar a Clara si el edificio no se ha derrumbado».
Yo: Si se derrumba, también.
La presentación salió mal. El cliente había invitado a seis personas que no estaban en la convocatoria inicial y una de ellas dedicó veinte minutos a explicar por qué el nombre Entre Versiones «no transmitía escalabilidad».
—¿Qué significa? —preguntó Sara al salir.
—Que no nos va a contratar.
—¿Por el nombre?
—Por el presupuesto. El nombre solo le permite sentirse estratégico.
Perdimos el proyecto.
Antes habría ocultado la decepción hasta poder convertirla en un aprendizaje. Esta vez llamé a Álex desde la calle.
—No nos han elegido —dije.
—Lo siento.
—No me digas que llegará algo mejor.
—No iba a hacerlo.
—Bien.
—¿Quieres insultar al cliente?
—Un poco.
—Puedo escuchar.
Le conté la reunión, el comentario sobre escalabilidad y el dinero que habíamos invertido en la propuesta. Álex no ofreció soluciones. No dijo que podríamos utilizar el material para otra cosa. No intentó demostrar que perder formaba parte del camino.
—Era importante para ti —dijo cuando terminé.
—Sí.
—Entonces tiene sentido que te duela.
Me detuve en mitad de la acera.
—La terapia está justificando su precio.
—No sabes lo que cuesta.
—Puedo imaginarlo.
El séptimo día, la distancia empezó a parecer menos una prueba y más una forma concreta de organizarnos. Él tenía reuniones, yo tenía entregas, y ninguno exigía que el otro convirtiera cada hueco en una demostración de amor.
El noveno día discutimos sobre el diseño de la web del Atlas. Yo quería mostrar fotografías de personas. Álex insistía en incluir planos y procesos constructivos.
—La gente no aporta dinero a una sección de cubierta —dije.
—La cubierta impide que llueva sobre la gente.
—No pueden emocionarse con una impermeabilización.
—Yo sí.
—Tú no eres una muestra representativa.
Acabamos utilizando ambas cosas.
El undécimo día, Álex me llamó desde la estación. Había perdido el tren de vuelta al hotel y caminaba junto al río.
—Mañana regreso —dijo.
—Lo sé.
—¿Sigues queriendo desayunar conmigo?
—Depende.
—¿De qué?
—De si llegas a la hora.
—He puesto tres alarmas.
—Eso parece ansiedad.
—Es compromiso.
Después de colgar, abrí el armario y me quedé mirando la ropa como si nunca hubiera ido a una cita. Elegí una camisa, la cambié por otra y terminé poniéndome la primera.
Sara me llamó justo entonces.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Tienes voz de estar eligiendo ropa.
—No existe esa voz.
—¿Mañana es la segunda primera cita?
—Es un desayuno.
—Con un hombre al que quieres, después de una reconciliación y doce días separados.
—Cuando lo dices así, parece excesivo.
—Lo es. ¿Qué te vas a poner?
Colgué.
Dormí mal, no por miedo a que Álex hubiera cambiado de opinión, sino porque yo podía cambiar la mía y aquella vez tendría que decirlo.
A las ocho y tres de la mañana recibí un mensaje.
Álex Silla Torcida: El avión ha aterrizado. No voy a fingir que he esperado a recoger la maleta.
Leí el mensaje sonriendo.
Doce días no habían demostrado que nuestra relación funcionaría.
Habían demostrado algo menos espectacular y más útil.
Podíamos equivocarnos sin desaparecer.