La vida después del guion Capítulo 34 Elegir no es lo mismo que quedarse
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Capítulo 34 Elegir no es lo mismo que quedarse

Dormí tres horas.

A las ocho de la mañana estábamos otra vez en el Atlas para reunirnos con el banco.

La campaña había superado ligeramente el objetivo durante la madrugada. Las aportaciones seguían llegando, aunque Sara había publicado un aviso explicando que cualquier excedente se destinaría a la primera programación y quedaría reflejado en las cuentas públicas.

—Transparencia hasta el final —dijo, bostezando.

—Hasta el principio —corregí.

La reunión bancaria fue menos emocionante que el apagón y bastante más importante. Revisaron documentos, garantías, cesión, aportaciones y previsiones. A las once y veinte, confirmaron la refinanciación condicionada a la inscripción definitiva de la fundación.

No había ocurrido ningún milagro: quedaban una firma, un calendario de pagos y muchos años de trabajo.

Nunca había sentido tanta alegría por algo tan poco cinematográfico.

La celebración consistió en café frío, abrazos y una discusión sobre quién debía llamar primero a los proveedores. Nadie tenía energía para cava y, después de la noche anterior, cualquier líquido con burbujas parecía una provocación.

Irene subió al escenario y pidió silencio golpeando un atril con un bolígrafo.

—Antes de que empecemos a trabajar como si nada hubiera pasado, quiero decir una cosa.

Paco se sentó en la primera fila. Gabriel permaneció de pie junto a la puerta. Los voluntarios, músicos y comercios que todavía seguían allí se acercaron.

—El Atlas no se ha salvado para que volvamos a depender de personas trabajando gratis —dijo Irene—. La primera partida del presupuesto será el equipo. Habrá contratos, horarios y responsabilidades claras. Si no podemos pagar algo, no fingiremos que el entusiasmo lo compensa.

Sara me miró. La frase llevaba parte de nuestras conversaciones dentro.

—Y el patronato publicará las cuentas cada trimestre —añadió Gabriel—. Incluidas las deudas que yo oculté durante demasiado tiempo.

No fue un discurso emotivo. Fue mejor. Era una lista de cambios concretos pronunciada delante de quienes habían puesto dinero y horas.

Paco levantó la mano.

—¿Los voluntarios podemos seguir viniendo?

—Sí —respondió Irene—, pero no para sustituir empleos.

—Entonces yo quiero ser voluntario de supervisar escaleras.

—Tú eres precisamente la razón por la que necesitamos supervisión.

Las risas recorrieron la sala.

Sara y yo salimos un momento al vestíbulo. Apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos.

—Cuando dejé la empresa pensé que tardaría meses en saber si había cometido un error —dijo.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que he cometido varios, pero son nuevos.

—Eso es progreso.

Sacó del bolso una carpeta fina.

—He revisado las cuentas de Entre Versiones. Con el contrato del Atlas y los proyectos confirmados podemos pagar dos sueldos modestos durante seis meses.

—¿Dos?

—El tuyo y el mío.

—Pensaba que querías esperar tres meses.

—Han pasado casi dos y llevo semanas trabajando como socia sin que ninguna de las dos diga la palabra.

—No sé qué porcentaje ofrecerte todavía.

—Lo sé. Por eso he preparado tres escenarios.

Me tendió la carpeta.

—Te estás convirtiendo en mí.

—Alguien tiene que controlar las hojas de cálculo mientras tú te emocionas con edificios.

—No me emociono con edificios.

Las dos miramos hacia la sala, donde las luces de emergencia todavía dibujaban sombras sobre las butacas.

—Claro —dijo.

No firmamos nada aquella mañana. Acordamos una reunión con Núria, una valoración justa y una fecha. La diferencia era que esta vez ninguna esperaba que la otra adivinara qué merecía.

Cuando regresamos a la sala, Irene estaba repartiendo tareas y Gabriel llamaba al banco para confirmar la documentación. Álex hablaba con Eva sin intervenir en la conversación de su padre.

El Atlas seguía lleno de grietas, facturas y trabajo pendiente.

Lo que había cambiado era la forma de repartir el peso.

Gabriel salió de la reunión y se sentó en la primera fila.

—¿Está bien? —pregunté.

—Creo que no sabe qué hacer sin una deuda inmediata a la que temer —respondió Irene.

—Podemos darle tareas —dijo Sara—. Tengo setecientos correos.

—No seas cruel.

Álex se marchaba a Lisboa aquella tarde. Lo supe porque vi la maleta en la oficina, junto a su casco.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Doce días.

—Pensaba que eran diez.

—Han añadido reuniones.

—Ah.

Nos quedamos solos en la sala mientras los demás celebraban con café y restos de comida.

—Anoche no era el momento —dijo.

—¿Para qué?

—Para nosotros.

—No hay un momento perfecto.

—No. Pero no quería que la campaña, el apagón o el cien por cien decidieran por nosotros.

Me senté en el borde del escenario. Álex lo hizo a mi lado.

—Te vas —dije.

—A trabajar.

—Lo sé.

—No te estoy pidiendo que esperes.

—Bien, porque suena fatal.

—Te estoy preguntando si cuando vuelva podemos cenar.

—Eso suena muy pequeño después de todo.

—Quiero empezar pequeño.

Miré sus manos. Habían reparado puertas, sostenido planos y tomado decisiones que me habían herido. También habían aprendido a detenerse antes de tocarme.

—Podemos cenar —dije.

—¿Como compañeros de proyecto?

—No.

—¿Como amigos?

—Tampoco.

La tensión en la boca de Álex cedió.

—Bien.

—Pero no volvemos a donde estábamos.

—No quiero volver.

—¿Entonces?

—Empezamos desde donde estamos ahora.

Me gustó esa idea.

—Con normas —dije.

—Por supuesto.

—Nada de decidir por el otro.

—De acuerdo.

—Nada de ocultar información para proteger.

—De acuerdo.

—Nada de compartir cafetera.

—Eso parece específico.

—Es un límite importante.

—Puedo vivir con ello.

Nos reímos con esa cautela nueva que todavía estábamos aprendiendo.

Álex se inclinó un poco.

—¿Puedo besarte?

—Tienes un avión en cuatro horas.

—No responde a la pregunta.

—Sí.

Me besó con cuidado al principio, como si el tiempo pudiera romperse. Después dejé de pensar en el proyecto, en la confianza y en las palabras correctas. Solo sentí su boca, el borde del escenario bajo mis manos y una calma que no había aparecido en ninguno de nuestros besos anteriores.

Cuando nos separamos, Irene aplaudía desde el vestíbulo.

—Pensaba que habíamos superado esto —dije.

—Llevo meses esperando —respondió.

Álex se tapó la cara.

—No puedo cambiar de hermana.

—Yo tampoco de amigas —dije al ver a Sara detrás de ella con el móvil levantado.

—No estaba grabando —aseguró.

—Dame el teléfono.

—No.

Las perseguí por el pasillo mientras Álex reía.

Más tarde, lo acompañé a la parada del taxi. La lluvia había terminado y la calle estaba llena de ramas, hojas y paraguas abandonados.

—Escríbeme cuando llegues —dije.

—¿Con moderación?

—Sin moderación.

—Eso es una norma peligrosa.

—Es provisional.

El taxi apareció.

Álex dejó la maleta en el maletero y volvió hacia mí.

—No me quedo por ti —dijo.

—Lo sé.

—Y no me voy para escapar.

—También lo sé.

—Quería decirlo.

—Bien.

—Te quiero.

Aquella vez no había un cine en peligro, una despedida ni una mentira reciente entre nosotros.

—Yo también te quiero.

Subió al taxi.

Lo vi alejarse sin sentir que se marchaba de mi vida.

Elegir no era lo mismo que quedarse.

A veces significaba irse y saber adónde volver.