Epílogo La siguiente versión
El Cine Atlas abrió oficialmente un año después de la noche del apagón.
La fachada era azul y dorada. Las letras se encendían completas. La sala principal conservaba parte de las butacas originales, restauradas, y la cabina de proyección se había convertido en un pequeño espacio de memoria.
Había un café en el vestíbulo.
Irene quería llamarlo Paquita, en honor a una rata que nunca había existido.
El patronato votó en contra.
Yo llegué a la inauguración a las cuatro de la tarde, tres horas antes de abrir puertas. Años atrás habría llegado a las nueve de la mañana y habría pasado el día moviendo muebles que otras personas podían mover.
Esta vez, Leo coordinaba el montaje. Sara revisaba prensa. Yo llevaba un vestido azul, zapatos todavía soportables y una carpeta con seis páginas, no ochenta y seis.
—La mesa de acreditaciones está lista —dijo Sara.
—Bien.
—El catering también.
—Bien.
—Paco tiene una escalera.
—¿Dónde?
—Era broma.
La miré.
—No se bromea con eso.
Irene apareció con pendientes enormes y lágrimas preventivas.
—No voy a llorar —anunció.
—Nadie te ha preguntado.
—Quería dejarlo claro.
Gabriel entró detrás de ella. Parecía más joven sin una carpeta bancaria bajo el brazo. Trabajaba dos mañanas a la semana en el archivo del cine y discutía con los voluntarios sobre el orden correcto de las fotografías.
—Tu padre habría estado orgulloso —le dije.
—Habría preguntado cuánto cuesta la luz.
—También.
Álex llegó a las cinco desde el aeropuerto. Venía directamente de Lisboa, con la maleta y una arruga en la camisa que consideré un triunfo personal.
—Llegas tarde —dije.
—Faltan dos horas.
—Llegas tarde para mí.
Me besó.
—Te he traído algo.
—¿Una silla torcida?
Sacó una pequeña caja. Dentro había una taza de cerámica con aguacates pintados.
—No —dije.
—Es para la nueva cafetera.
—¿Qué nueva cafetera?
Álex señaló el café del vestíbulo. Sobre la barra había una máquina profesional enorme.
—Esa pertenece a la fundación —aclaró—. No tendremos problemas de copropiedad.
—Has pensado en todo.
—Estoy intentando pensar menos.
A las siete abrimos las puertas.
La gente entró despacio, mirando cada detalle. Paco ocupó una butaca de la última fila junto a la fotografía de su mujer. Abril, la niña del vídeo, fue la primera en comprar una entrada para la sesión infantil del sábado.
No salió todo perfecto.
Un micrófono dejó de funcionar. Una bandeja cayó en el café. Un invitado se sentó en el lugar reservado para la concejala y se negó a moverse porque, según él, «había llegado antes».
Lo solucionamos.
Durante el discurso, Irene lloró. Gabriel también. Álex habló exactamente cuatro minutos y cincuenta segundos.
Yo subí al escenario al final.
La sala estaba llena.
—Hace un año os pedimos que imaginarais qué podía ocurrir aquí —dije—. Hoy no venimos a enseñaros el final de aquella historia. Venimos a abrir el lugar donde empezarán muchas otras.
Miré a Sara, a Irene, a Gabriel y a Álex.
—Gracias por hacer sitio.
Las luces se apagaron.
Esta vez, porque estaba previsto.
La pantalla se encendió y comenzó la primera película.
Me senté junto a Álex en la última fila.
—¿Estás nerviosa? —susurró.
—Mucho.
—Ya ha empezado.
—Precisamente.
Tomó mi mano.
En la oscuridad, pensé en la mujer de la fotografía de mi antiguo currículum. Sonreía como si una vida pudiera quedar asegurada con suficiente organización.
Durante mucho tiempo la había mirado con vergüenza, como si no haber previsto el derrumbe fuera una forma de ingenuidad.
Aquella noche dejé de juzgarla. También ella había hecho lo que pudo con lo que sabía.
No necesitaba volver a serla ni borrar sus errores. Todas mis versiones —la que decía sí, la que se quedó demasiado tiempo, la que huyó, la que regresó— habían llegado conmigo.
Álex se inclinó hacia mí.
—¿En qué piensas?
Sonreí.
—En nada.
—Cuando dices nada así, siempre pasa algo.
En la pantalla, una mujer abrió una puerta y desapareció al otro lado.
La película siguió sin explicar qué encontraría.
Álex apretó mis dedos una vez, apenas. Apoyé la cabeza en su hombro.
Esta vez no necesité saberlo antes que ella.
FIN