Capítulo 31 Todo lo que puede salir mal en una tormenta
El patrocinador principal dijo que no.
Lo hizo por correo, un miércoles a las ocho y cuatro de la mañana, con una frase que incluía «cambio estratégico de prioridades» y ninguna mención a las seis semanas de reuniones.
Faltaban ocho días para que caducara la oferta del hotel.
La campaña estaba en el sesenta y tres por ciento.
Sara leyó el correo y cerró el portátil.
—Voy a quemar algo.
—El edificio está asegurado por un importe insuficiente —dijo Álex—. Elige otra cosa.
—Gracias por tu contribución.
Irene caminaba de un lado a otro.
—Podemos llamar a prensa. Explicar que una empresa nos ha dejado tirados.
—No —respondí—. Parecería desesperación y asustaría a otros patrocinadores.
—Estamos desesperados.
—Pero no tienen por qué saberlo con ese nivel de detalle.
Gabriel se sentó en una butaca y miró la pantalla de porcentaje.
—Aceptemos la oferta.
—No —dijo Irene.
—No queda tiempo.
—Tenemos ocho días.
—Ocho días no son tiempo. Son una cuenta atrás.
Álex abrió la carpeta financiera.
—Podemos reducir la primera fase de obra.
—Ya está reducida —respondió el asesor—. El banco exige una aportación mínima para refinanciar.
Todos me miraron.
Odiaba cuando hacían eso. Significaba que esperaban una idea.
—No tengo un patrocinador escondido —dije.
Me levanté para ir a la oficina, pero Sara se interpuso.
—No.
—¿No qué?
—No vas a encerrarte con una hoja de cálculo hasta fabricar una solución que luego todos aceptaremos porque estaremos demasiado asustados para discutirla.
—No pensaba hacer eso.
—Has cogido el portátil.
Miré el ordenador que llevaba bajo el brazo.
—Podría querer consultar el tiempo.
—Hay una tormenta. Caso resuelto.
Dejé el portátil sobre una butaca.
—Necesitamos una idea.
—Necesitamos varias. Entre Versiones no puede consistir en que tú conviertas cualquier desastre en una noche sin dormir.
Gabriel levantó la cabeza.
—La oferta sigue sobre la mesa. No es una derrota aceptar que no llegamos.
—Tampoco es neutral —respondió Irene—. Si vendemos, no podremos probar otra vez dentro de un año.
—Si no vendemos y el banco ejecuta, tampoco.
Álex cerró la carpeta.
—Podría pedir al estudio de Lisboa un anticipo sobre la siguiente fase.
—No —dije.
Todos me miraron.
—Ese dinero es tuyo y no resuelve el modelo. Solo cambia quién carga con el miedo.
Álex asintió despacio.
—De acuerdo.
La facilidad con la que aceptó me hizo pensar que quizá había propuesto la idea para comprobar si seguía siendo su obligación rescatarlo todo.
Eva, la abogada, empezó a enumerar opciones: préstamo participativo, ampliación del plazo de aportaciones, garantías complementarias. El asesor financiero descartó dos y dejó una en estudio. Paco sugirió vender las butacas antiguas y comprar sillas plegables.
—Nadie vende las butacas —dijo Irene.
—Solo las que hacen ruido.
—Todas hacen ruido.
—Por eso valen más.
La discusión, por absurda que fuera, rompió la quietud.
Durante la siguiente hora llenamos una pizarra.
No había una solución suficiente. Había fragmentos: comercios dispuestos a igualar donaciones, artistas que podían actuar, empresas que no aportarían dinero pero sí materiales, cientos de personas que habían compartido la campaña sin donar todavía.
Gabriel permaneció callado hasta que la pizarra estuvo casi llena.
—Puedo llamar a los antiguos socios —dijo.
Irene lo miró sorprendida.
—No quieres hablar con ellos desde que cerramos.
—Precisamente. Algunos se marcharon enfadados porque cerré sin explicar la deuda. Otros me ofrecieron ayuda y no respondí. Si vamos a pedir transparencia, podría empezar yo.
—Papá…
—No prometo que den dinero. Prometo llamar.
Eva anotó «antiguos socios» en la pizarra.
—Yo puedo conseguir que las galerías cedan obras para una subasta —dijo Irene—. No las grandes. Pero diez o doce artistas nos ayudarían.
—Yo hablaré con los estudios del concurso —añadió Álex—. No para pedirles dinero. Para que difundan el proyecto entre empresas de rehabilitación y patrimonio.
Sara señaló el contador.
—Tenemos miles de personas que han visto el vídeo y no han aportado. La campaña les ha dado información, pero no un momento. La gente aplaza veinte euros igual que aplaza una llamada.
—Necesitamos una fecha —dije.
—Y una razón para estar juntos —continuó ella—. No otro anuncio diciendo que faltan ocho días. Algo que haga visible lo que ocurre si nadie decide.
Irene se volvió hacia la sala.
—La primera noche funcionó porque la gente entró.
—La licencia temporal sigue vigente —dijo Eva—. Con aforo limitado.
Álex ya estaba revisando el calendario.
—En ocho días podríamos garantizar seguridad, pero no montar una producción completa.
—Entonces no la montamos —respondió Sara—. Nada de fingir que el cine está terminado. Mostramos las cuentas, las obras pendientes y lo que se ha conseguido. La última campaña parecía un sueño. Esta tiene que parecer una decisión.
La idea empezó a tomar forma antes de que nadie pudiera adjudicársela. Irene propuso música. Gabriel, una asamblea. Eva, la presentación pública de la fundación. Paco conocía restaurantes que podían donar comida. Sara imaginó una retransmisión donde cada aportación encendiera una luz virtual.
Yo escuché.
Al principio me costó. Mi cuerpo entero quería ordenar, descartar y convertir las voces en un plan. En lugar de hacerlo, pregunté cuánto podía asumir cada uno y qué necesitaba para cumplirlo.
Cuando la pizarra estuvo llena, Sara me miró.
—Ahora sí puedes tener cara de estar pensando.
—Gracias por el permiso.
—De nada. Soy una socia generosa.
Todavía no teníamos el dinero.
Pero la solución ya no dependía de que una sola persona encontrara una salida secreta. Estaba repartida entre llamadas, compromisos y decisiones que todos habían pronunciado en voz alta.
—Pero tienes cara de estar pensando —señaló Sara.
—Mi cara siempre parece preocupada.
Caminé hasta el escenario. Miré la sala, las butacas y la pared de tarjetas que todavía conservábamos.
La primera campaña había pedido a la gente que imaginara el futuro. La segunda, que aportara dinero para construirlo. Ambas se habían comunicado desde pantallas, vídeos y presentaciones.
Tal vez necesitábamos volver al lugar donde todo había empezado.
—Hagamos una última noche —dije.
Irene dejó de caminar.
—¿Otro evento?
—No una jornada de puertas abiertas. Una asamblea, concierto, cena, subasta, lo que podamos montar.
Todo en una noche. Presentamos las cuentas, los compromisos y la estructura de la fundación.
Pedimos a las empresas del barrio que igualen aportaciones durante unas horas. Y retransmitimos en directo.
—Faltan ocho días —dijo Álex.
—Lo sé.
—Necesitamos permisos.
—La licencia temporal sigue vigente para un evento de aforo reducido.
—Producción, artistas, catering…
—Tenemos proveedores, voluntarios y una base de datos de dos mil personas.
—El presupuesto —intervino Gabriel.
—Será mínimo. Nada de decoraciones. El cine tal como está. Luces, escenario y transparencia.
Sara ya estaba escribiendo.
—Podemos llamarlo «La noche que falta».
—Suena a funeral —dijo Irene.
—«Una noche más» —propuso Álex.
Negué con la cabeza.
—No pedimos una noche más. Pedimos que empiece algo.
Miré la pantalla antigua.
—«Cuando se enciendan las luces».
A Irene se le encendió la cara.
—Ese es.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas trabajamos sin pausa.
Llamamos a músicos, restaurantes, empresas, medios y antiguos espectadores.
Amelia ofreció lámparas para iluminar el vestíbulo.
La librería donó libros para una subasta.
Paco consiguió que tres comercios se comprometieran a igualar aportaciones hasta una cantidad máxima.
La previsión meteorológica anunció lluvia intensa para el día del evento.
—Podría cambiar —dijo Sara.
—No cambiará —respondió Álex, mirando el radar.
—¿También eres meteorólogo?
—No. Pero las nubes se mueven según patrones.
—Las nubes no respetan tus hojas de cálculo.
—Nada las respeta.
El día anterior, el ayuntamiento redujo el aforo por la alerta meteorológica. Tuvimos que cancelar la zona exterior y reorganizar las actuaciones.
A las diez de la noche seguíamos colocando cables.
—Vete a casa —me dijo Álex.
—Tú primero.
—Yo tengo que revisar la cubierta.
—Yo tengo que revisar el directo.
—Sara puede hacerlo.
—Rui puede revisar la cubierta.
—Rui está en Lisboa.
—Exacto.
Nos descubrimos pensando lo mismo y, a pesar de todo, nos hizo gracia.
—No hemos aprendido nada —dijo Álex.
—Hemos aprendido a discutir con argumentos nuevos.
Irene apareció con una bandeja de bocadillos.
—Comed antes de que os reconciliéis por agotamiento.
—No estamos reconciliándonos —dije.
—Claro.
Cenamos sentados en el escenario. Afuera empezaba a llover. Las gotas golpeaban la marquesina con un sonido regular.
—Mañana puede salir mal —dijo Gabriel.
—Sí —respondí.
Irene me miró.
—Podrías mentir un poco.
—También puede salir bien.
—Mucho mejor.
Álex sostuvo mi mirada.
—Pase lo que pase, gracias.
—Todavía no ha pasado.
—Por eso lo digo ahora.
La lluvia aumentó.
A medianoche, cuando salimos, el agua corría por la calle y el viento doblaba los paraguas.
Miré la fachada del Atlas. Las letras incompletas brillaban bajo la marquesina.
C_NE AT_AS.
Faltaban letras.
Faltaba dinero.
Faltaba confianza.
Y, aun así, el edificio seguía allí.
Esperando que encendiéramos las luces.