Capítulo 30 Aprender a no adelantarse al desastre
Los diez días que Gabriel nos había dado empezaron un lunes a las seis y doce de la tarde.
Yo lo anoté en el calendario.
No porque pensara que a las seis y doce del décimo día aparecería una solución, sino porque los plazos concretos hacen que el miedo parezca una tarea y no una criatura viviendo en el estómago.
A la mañana siguiente, Álex se presentó en la oficina de Entre Versiones con una lista de posibles patrocinadores y cuatro cafés.
—Somos dos —dijo Sara.
—Dos son descafeinados.
—Eso no mejora las matemáticas.
—Uno es para Leo, el técnico de vídeo.
—Leo no viene hoy.
Álex miró los vasos.
—Entonces he planificado mal.
—Anótalo para terapia —dije.
Trabajamos hasta mediodía. Llamadas, presentaciones, ajustes de visibilidad, propuestas de retorno social. La mayoría de las empresas quería aparecer asociada a la recuperación del cine, pero pocas querían comprometer dinero antes de saber si los demás lo harían.
—Todo el mundo quiere llegar a una fiesta que ya esté llena —dijo Sara.
—Nuestro trabajo es conseguir que alguien ponga la primera canción —respondí.
Álex me miró por encima del portátil.
—Eso ha sido bueno.
—No lo conviertas en una frase de campaña.
—Demasiado tarde.
A las dos, Sara y yo salimos a una reunión. Álex se quedó en la oficina para terminar un informe técnico. Cuando regresé, había lavado las tazas, ordenado los cables y colocado los vasos dentro del fregadero.
Me detuve en la cocina.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Esa cara no es de «nada».
—No utilices mis frases contra mí.
El gesto era minúsculo y, precisamente por eso, me conmovió.
Durante nuestra relación, yo había confundido muchas veces la intimidad con la capacidad de anticipar. Saber qué quería el otro antes de que lo pidiera. Preparar el café correcto. Resolver la logística. Detectar un silencio y llenarlo con una explicación.
Álex hacía lo mismo con los problemas: intentaba llegar antes de que ocurrieran y, si era necesario, decidir por todos.
Aprender a no adelantarnos al desastre estaba resultando menos romántico que enamorarnos.
También más difícil.
Aquella misma tarde, tuvimos que visitar la cabina de proyección para grabar material de la campaña.
El técnico llegó tarde y Sara se quedó abajo atendiendo a una asociación.
Durante veinte minutos, Álex y yo estuvimos solos entre bobinas, polvo y una máquina que parecía capaz de proyectar películas o abrir una puerta temporal.
—He hablado de ti en terapia —dijo.
—Eso suena amenazante.
—No he dado tu nombre completo.
—Entonces mi privacidad está a salvo.
Álex apoyó una mano en el proyector.
—He dicho que perdí tu confianza intentando evitar que sufrieras.
—Una formulación elegante.
—La terapeuta ha dicho que proteger a alguien sin permitirle elegir es una forma de control.
No respondí enseguida.
—¿Y tú qué has dicho?
—Que no me considero controlador.
—Respuesta sorprendente.
—Después me ha preguntado si suelo decidir qué información necesitan los demás para estar bien.
—Ah.
—Ah.
Se rio sin alegría.
—No quiero convertirme en una persona que repite frases correctas y sigue haciendo lo mismo.
—Entonces tendrás que equivocarte de otra manera.
—¿Eso es posible?
—Hay un catálogo enorme.
Álex se volvió hacia mí. Por una vez, no llevaba una solución preparada.
—¿Cómo sé cuándo estoy respetando tu espacio y cuándo solo estoy evitando una conversación?
La pregunta me alcanzó sin preparación.
—No lo sabes —dije—. Preguntas.
—¿Y si la pregunta te molesta?
—Me molestaré.
—Parece poco eficiente.
—Las personas no son eficientes.
—Tú bastante.
—Por fuera.
El técnico seguía sin llegar. Desde la pequeña ventana se veía la sala vacía, las hileras de butacas y la pantalla apagada.
—¿Quieres que deje de decirte que te quiero? —preguntó.
Miré el polvo suspendido en el haz de una lámpara.
—No.
—¿Quieres que te lo diga?
—Tampoco.
—Clara.
—Quiero que sea verdad sin que tengamos que hacer algo inmediatamente con ella.
Álex dejó que la frase terminara de ocupar el espacio entre los dos.
—Puedo intentar eso.
—No tienes que intentarlo. Solo no conviertas cada emoción en una decisión.
—Eso va contra toda mi formación.
—No estudiaste arquitectura sentimental.
—Hay estructuras más sencillas.
El técnico apareció por fin, cargado con trípodes y disculpas. Grabamos durante una hora. Álex habló de la restauración, de conservar los materiales y de permitir que el edificio cambiara sin borrar lo que había sido.
Mientras lo escuchaba, entendí cuánto tiempo habíamos pasado intentando resolvernos demasiado deprisa: Mateo con un plan, Álex con una decisión, yo con trabajo. Ninguna de aquellas cosas obedecía a un plano.
Esa tarde recibimos una respuesta positiva de una empresa de alimentación. No era el patrocinio principal, pero cubría una parte importante de la programación infantil.
Álex fue el primero en leer el correo.
—¿Lo anuncio? —preguntó.
La antigua versión de él habría llamado a su padre antes de terminar la frase. La antigua versión de mí habría abierto una botella, actualizado la campaña y prometido que ya lo teníamos.
—Primero confirmemos las condiciones —respondí.
—De acuerdo.
Revisamos el contrato juntos. Había una cláusula que permitía a la empresa cancelar su aportación si el objetivo general no se alcanzaba. Eva recomendó modificarla. Yo preparé una contrapropuesta.
—Podrían retirarse —dijo Irene.
—También podrían aceptar —respondí.
—Odio esta fase.
—Todos.
La empresa aceptó el cambio unas horas después.
Celebramos con los dos cafés descafeinados que seguían en la nevera y que nadie tuvo valor para beber.
El porcentaje subió al sesenta.
Faltaba mucho.
Aquella noche, Álex me acompañó hasta la esquina. No llevaba paraguas y no llovía. Nos quedamos frente al semáforo, demasiado cerca para fingir que solo esperábamos la luz verde.
—¿Puedo besarte? —preguntó.
Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Di medio paso hacia él.
Después me detuve.
—Todavía no.
Álex respiró y asintió.
—De acuerdo.
No hubo decepción convertida en silencio ni una broma para quitar importancia. Solo caminó conmigo hasta el otro lado de la calle.
—Gracias por preguntar —dije.
—Gracias por responder de verdad.
Nos despedimos sin tocarnos.
Al llegar a casa, tuve ganas de escribirle que había cambiado de opinión.
No lo hice.
No porque besarle estuviera mal.
Porque aquella vez quería llegar al deseo sin utilizarlo para saltarme el camino.
Al día siguiente faltaban ocho días para que terminara el plazo.
A las ocho y cuatro de la mañana llegó el correo del patrocinador principal.