La vida después del guion Capítulo 32 Cuando se enciendan las luces
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Capítulo 32 Cuando se enciendan las luces

A las cuatro de la tarde, la lluvia caía de lado.

No es una expresión literaria. Caía literalmente de lado, empujada por un viento que convertía los paraguas en objetos decorativos y hacía que cada invitado entrara en el Atlas como si acabara de cruzar un río.

El evento empezaba a las siete.

A las cuatro y diez, el agua comenzó a filtrarse por una esquina del vestíbulo.

—Cubos —dijo Álex.

—Ya hay tres.

—Más cubos.

—Esa parece ser la solución arquitectónica oficial de tu familia —respondí.

Paco apareció con dos recipientes de pintura vacíos.

—En el ochenta y siete fue peor.

—Paco, si vuelves a contar la tormenta del ochenta y siete, te retiro la acreditación.

—Solo digo que la gente no se fue.

—Hoy tampoco se irá porque todavía no ha llegado.

Sara cruzó el vestíbulo con el teléfono pegado a la oreja.

—El cámara está atrapado en la ronda. Dice que tardará una hora.

—No tenemos una hora.

—Ya se lo he explicado al tráfico.

—Utiliza la cámara de reserva.

—La batería dura cuarenta minutos.

—Conectadla a corriente.

Álex levantó la vista desde el cubo.

—Con esta humedad, no conectéis nada que no haya revisado el electricista.

—El electricista no contesta —dijo Irene.

—Entonces no conectéis nada.

—Necesitamos retransmitir.

—Y yo necesito que nadie se electrocute en directo.

A las cinco, el primer músico canceló porque su tren se había detenido. A las cinco y cuarto, el restaurante encargado de la comida informó de que la furgoneta no podía entrar en la calle. A las cinco y media, el ayuntamiento recomendó evitar desplazamientos innecesarios.

Miré la lista de inscripciones.

Mil trescientas personas habían confirmado asistencia presencial.

Nadie podía saber cuántas aparecerían.

—Podemos cancelar —dijo Gabriel.

La frase quedó suspendida en el vestíbulo.

Irene lo miró como si hubiera insultado a su abuelo.

—No.

—Hay alerta meteorológica.

—El evento es dentro, el aforo está reducido y tenemos salidas seguras —dijo Álex—. Podemos mantenerlo si el ayuntamiento no lo prohíbe.

—La gente no vendrá —respondió Gabriel.

Miré la pantalla donde aparecía el porcentaje de campaña: sesenta y ocho.

Necesitábamos aquella noche.

Pero no podíamos pedirle a nadie que arriesgara su seguridad por un cine.

—Convertimos el evento en híbrido —decidí—. Comunicamos que nadie debe desplazarse si no lo ve seguro. Reforzamos el directo y pedimos a quienes estén cerca que vengan caminando. El programa empieza a la misma hora.

Sara ya estaba redactando el mensaje.

—¿Y si aquí no hay nadie? —preguntó Irene.

—Entonces hablaremos a una sala vacía y a internet.

—Eso es tristísimo.

—Lo triste sería fingir que no está lloviendo.

A las seis llegaron los primeros voluntarios. Después, algunos vecinos. Una familia con dos niños entró empapada y aseguró que vivía en la calle de atrás. Paco recibió a cada persona como si fuera un jefe de Estado.

A las seis y media había cincuenta asistentes.

A las seis y cuarenta y cinco, ciento veinte.

A las siete, cuando subí al escenario, las primeras ocho filas estaban ocupadas y el contador del directo marcaba tres mil conexiones.

Respiré.

Las luces de Amelia iluminaban el vestíbulo con tonos cálidos. Las goteras estaban contenidas detrás de biombos. La pantalla mostraba imágenes del antiguo cine y, en una esquina, el porcentaje de financiación.

Álex estaba junto a la salida lateral. Asintió.

Empecé.

—Buenas noches. Gracias a quienes estáis aquí, a quienes nos veis desde casa y a quienes habéis decidido que cruzar tres calles bajo esta lluvia era una buena idea.

La gente rio.

—Hace unos meses entré en este cine por primera vez. No tenía trabajo, no sabía qué iba a hacer después y pensé que este lugar se parecía un poco a mí: tenía demasiadas cosas rotas y ninguna explicación clara sobre en qué podía convertirse.

No estaba en el guion.

Sara me observó desde la mesa de realización. Irene dejó de moverse.

—Hoy no vamos a prometeros que todo saldrá bien. Vamos a enseñaros las cuentas, los riesgos y el trabajo que falta. Y vamos a pediros algo más difícil que creer en una idea: decidir si queréis formar parte de ella.

La presentación comenzó.

Eva explicó la fundación. El asesor mostró las cifras. Gabriel habló de la cesión del edificio. Irene presentó la programación. No escondimos la deuda, la oferta del hotel ni el plazo.

La transparencia tuvo un efecto extraño. En lugar de enfriar a la gente, parecía acercarla.

Las primeras donaciones de la noche aparecieron en la pantalla.

Sesenta y nueve por ciento.

Setenta.

Setenta y dos.

El cuarteto de Júlia tocó tres piezas. Amelia subastó una lámpara. Los restaurantes del barrio repartieron comida que finalmente había llegado en carros, porque la furgoneta seguía bloqueada.

A las nueve, la sala estaba casi llena dentro del aforo permitido. El directo superaba las diez mil conexiones.

La lluvia golpeaba el techo como una segunda percusión.

—Vamos bien —dijo Sara cuando bajé del escenario.

El contador marcaba setenta y nueve.

—No basta.

—Faltan dos horas.

—Y veintiún puntos.

Álex se acercó con el teléfono.

—La cooperativa de comercios igualará aportaciones durante los próximos treinta minutos hasta veinticinco mil euros.

—Eso no estaba confirmado.

—Acaban de aprobarlo.

—Anúncialo —dije.

—Hazlo tú.

Volví al escenario.

La noticia provocó una oleada de aportaciones. El porcentaje empezó a subir más deprisa.

Ochenta y uno.

Ochenta y cuatro.

Ochenta y siete.

La gente aplaudía cada vez que cambiaba el número. En el directo, los mensajes pasaban tan rápido que ya no podían leerse.

A las nueve y cuarenta y tres, las luces parpadearon.

Álex levantó la cabeza.

Yo también.

Parpadearon otra vez.

Después, el Atlas quedó a oscuras.

Durante un segundo, la sala entera guardó silencio.

Luego alguien gritó.

Las luces de emergencia se encendieron en los pasillos, débiles y verdes.

—Nadie se mueva —dijo Álex con una voz que atravesó la oscuridad—. Las salidas están iluminadas. Permaneced en vuestros asientos.

—Eso sigue sonando a asesino —murmuró Sara a mi lado.

—Ahora no.

El directo se había cortado. La pantalla estaba negra. Los micrófonos no funcionaban.

Álex llegó hasta nosotras con una linterna.

—Ha caído la red de toda la manzana. No es la instalación.

—¿Cuánto tardará?

—No lo sabemos.

Irene apareció detrás.

—La gente empieza a marcharse.

Miré la sala. Algunas personas encendían las linternas de sus móviles. Otras se levantaban con cautela.

Faltaba un trece por ciento.

El evento dependía de una pantalla, una retransmisión y un sistema de aportaciones que acababa de apagarse.

Todo lo que podía salir mal había esperado hasta que empezábamos a creer que podía salir bien.

—No termina aquí —dije.

—No tenemos luz —respondió Álex.

—Tenemos gente.

Subí al escenario a oscuras.

—¿Júlia? —grité.

Una voz respondió desde la primera fila.

—¡Aquí!

—¿Podéis tocar sin amplificación?

—Claro.

—Sara, activa el directo desde un móvil. Datos, no wifi.

—La batería está al treinta por ciento.

—La mía al ochenta. Úsala.

—Irene, abre las puertas del vestíbulo para que entre la luz de emergencia exterior. Paco, que nadie ponga un pie en una escalera.

—No iba a…

—Paco.

—De acuerdo.

Álex me sujetó del brazo.

—Clara, si el apagón afecta a las salidas…

—¿Es seguro permanecer aquí?

Miró las luces de emergencia, las puertas y el cuadro.

—Durante un tiempo limitado, sí.

—Entonces danos ese tiempo.

Me soltó.

—Veinte minutos. Si no vuelve la corriente, evacuamos.

—Veinte minutos.

Júlia levantó el arco.

En la oscuridad, empezó a tocar.