Capítulo 28 Las cafeteras también se devuelven
Mateo apareció en la oficina de Entre Versiones con una cafetera.
No una nueva.
La cafetera.
La que habíamos comprado juntos y que él se llevó cuando nos separamos porque, según dijo, había sido idea suya.
Sara abrió la puerta y me llamó desde el recibidor.
—Hay un hombre con un electrodoméstico que dice conocerte.
—Eso no reduce mucho las posibilidades.
Salí y lo vi sosteniendo la caja.
—Hola —dijo.
—Hola.
—He encontrado esto en el trastero.
—¿Dos años después?
—Me mudo a un piso más pequeño.
—¿Y has pensado que necesito una cafetera de cápsulas antigua?
—He pensado que era tuya también.
Sara miraba desde la puerta del salón con un interés nada discreto.
—Podemos hablar abajo —dije.
Fuimos a La Fuga. Mateo dejó la caja junto a la mesa y pidió leche de avena. Algunas cosas no cambian porque no necesitan hacerlo.
—He visto tu empresa —dijo.
—¿La web?
—Y el vídeo del cine. Estás muy bien.
—Gracias.
—Pareces… tú.
Me sorprendió.
—Siempre he parecido yo.
—No siempre. Al final, conmigo, parecías cansada.
Miré la caja de la cafetera.
—Los dos lo estábamos.
Mateo dio vueltas a la cucharilla.
—Quería pedirte perdón.
—Ya lo hiciste.
—No por marcharme. Por hacerte sentir que tu vida era menos seria porque no tenías un plan tan claro como el mío.
—Yo tenía planes.
—Sí. Pero muchos eran los que habíamos hecho juntos. Cuando empezaste a dudar, lo tomé como si dudar de la vida fuera dudar de mí.
—A veces lo era.
—Lo sé.
—Yo tampoco fui justo —dije—. Cuando empezaste a hablar de fechas, hipoteca y niños, fingí que quería lo mismo porque me daba miedo descubrir que no teníamos una respuesta común.
—Teníamos la respuesta que habíamos escrito a los veintinueve.
—Y a los treinta y cuatro seguíamos obedeciéndola.
Mateo miró por la ventana. Una pareja entraba en la cafetería discutiendo en voz baja sobre un coche mal aparcado.
—La cocina con isla era idea tuya —dijo.
—Era una imagen de catálogo. No cuenta.
—Guardaste ciento doce fotografías.
—Eso demuestra capacidad de investigación.
—Yo pensé que, si conseguíamos el piso correcto, la boda correcta y el calendario correcto, volveríamos a ser quienes éramos al principio.
—Yo pensé que si seguía cumpliendo el plan terminaría queriéndolo de nuevo.
La sinceridad no dolió como habría dolido dos años antes. En aquel momento solo dejó una tristeza limpia, sin la necesidad de encontrar un culpable.
—Cuando dijiste que no sabías si querías tener hijos, me asusté —admitió Mateo—. No por los hijos. Porque era la primera vez que cambiabas una parte del futuro sin pedirme permiso.
—No necesitaba pedirte permiso.
—Ya lo sé. Pero yo lo viví como si estuvieras desmontando nuestra vida pieza por pieza.
—Y tú intentaste sujetarla más fuerte.
—Sí.
—Yo empecé a sentir que cualquier duda era una amenaza para ti, así que dejé de contarte las pequeñas. Cuando llegó la grande, ya no sabíamos hablar.
Mateo asintió. Había una arruga nueva junto a sus ojos. Pensé en cuánto tiempo habíamos pasado creyendo que conocíamos cada gesto del otro y en lo poco que supimos ver cuando empezamos a cambiar.
—Claudia decía que yo trataba las relaciones como un proyecto —dijo.
—Parece que tienes un tipo.
—Mujeres que me dicen cosas incómodas.
—Eso reduce poco las posibilidades.
Sonrió.
—Con ella hice lo contrario. No hablaba de ningún futuro para no repetir lo nuestro. Al final, evitar un plan también era una forma de decidir por los dos.
—¿Por eso terminasteis?
—Entre otras cosas. Ella quería que me mudara con ella. Yo dije que no era el momento durante nueve meses.
—Eso es bastante tiempo para no ser el momento.
—Lo sé ahora.
Tomó un sorbo de café.
—No he venido para contarte mis problemas. La cafetera apareció y pensé que quizá te debía algo más que un electrodoméstico.
—No me debes una explicación perfecta.
—No. Pero durante mucho tiempo conté nuestra separación como si tú hubieras despertado una mañana y decidido que la vida que teníamos ya no era suficiente. Era más fácil que admitir que llevábamos años sin preguntarnos si todavía la elegíamos.
Sentí un pequeño alivio, no porque necesitara su permiso para revisar el pasado, sino porque hasta entonces cada uno había vivido con una versión distinta del final.
—Yo también la conté mal —dije—. Decía que tú querías encerrarme en una vida diseñada. La verdad es que yo participé en el diseño y luego esperé que adivinaras cuándo dejó de quedarme bien.
—Éramos bastante malos comunicándonos para dos personas que discutían tanto.
—Cantidad no es calidad.
—Eso también sirve para las fotografías de cocinas.
Le lancé una servilleta.
—¿Te arrepientes? —preguntó.
Pensé en los siete años, en las vacaciones, en la cafetera, en la primera noche del piso y en la última conversación sentados en el suelo porque ya habíamos vendido la mesa.
—De algunas cosas que hice, sí. De haberte querido, no.
Mateo respiró lentamente.
—Yo tampoco.
No era una invitación a regresar, sino el reconocimiento de que una historia podía terminar sin convertir en un error todo lo vivido.
—Me alegro de que hayas encontrado algo tuyo —dijo.
—Todavía lo estoy encontrando.
—Eso también parece más tú.
Nos quedamos frente a frente, no como dos personas a punto de volver, sino como quienes por fin podían mirar el pasado sin pedirle que cambiara.
No había tensión romántica. Solo la intimidad extraña de dos personas que habían conocido versiones antiguas del otro.
—¿Eres feliz? —preguntó.
Pensé en Entre Versiones, en Sara, en el Atlas y en los mensajes de Álex desde Lisboa.
Fotografías de azulejos, una ventana torcida, un café acompañado de «este es peor que el de La Fuga».
Pensé también en las noches de miedo, las facturas pendientes y el porcentaje de la campaña que no subía lo bastante rápido.
—A ratos —respondí.
Mateo sonrió.
—Eso es más honesto que cuando decíamos que estábamos bien.
—¿Y tú?
—También a ratos. Claudia y yo hemos hablado. No vamos a volver, pero al menos hemos dejado de convertir el final en una competición.
—Eso ayuda.
—Y he empezado a cocinar.
—No te creo.
—Hago tres platos.
—¿Uno es pasta?
—Dos son pasta.
La risa fue tranquila, sin nostalgia ni promesas escondidas.
Cuando terminamos el café, empujé la caja hacia él.
—No la quiero.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
—Pero dijiste que era compartida.
—También compartimos un sofá y no quiero medio.
—Podrías venderla.
—Puedes venderla tú.
Mateo la miró.
—¿Entonces para qué la he traído?
—Para cerrar un círculo de manera excesivamente literal.
—Siempre haces bromas cuando algo te importa.
—Y tú sigues haciendo análisis cuando nadie te los pide.
Se levantó con la caja.
—Me alegro de que estés bien, Clara.
—A ratos.
—A ratos.
Nos abrazamos. Fue breve, amable y definitivo.
Al volver a la oficina, Sara esperaba con los brazos cruzados.
—¿Y la cafetera?
—Se la ha llevado.
—¿Otra vez?
—Esta vez se la he dado yo.
—Eso parece crecimiento personal.
—O falta de espacio.
Mi teléfono vibró.
Era una fotografía de Álex. Una silla de madera en un restaurante de Lisboa, claramente inclinada.
Álex Silla Torcida: He encontrado competencia.
La imagen me hizo sonreír.
Yo: Esa no está torcida. El suelo está mal nivelado.
Respondió enseguida.
Álex Silla Torcida: Estoy muy orgulloso.
No borré la sonrisa antes de que Sara la viera.
—¿Lisboa? —preguntó.
—Una silla.
—Claro.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu cara lleva cinco minutos hablando.
Sara levantó las manos.
—Solo digo que devolver cafeteras y responder arquitectos el mismo día parece una señal.
—No creo en señales.
—Crees en hojas de cálculo. Es peor.
Abrí el panel de la campaña. Habíamos alcanzado el cuarenta y nueve por ciento.
Todavía faltaba mucho.
Y la mitad dejó de parecerme poco.