La vida después del guion Capítulo 27 Las personas que caben dentro de un porcentaje
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Capítulo 27 Las personas que caben dentro de un porcentaje

El treinta y siete por ciento tenía nombre.

Lo descubrí un sábado por la mañana, cuando Sara decidió que no podíamos seguir mirando el contador desde una oficina y nos obligó a salir a la calle con folletos, una tableta y doscientas pegatinas de Haz sitio.

—Las campañas digitales también necesitan piernas —dijo.

—Eso no aparece en ningún manual.

—Porque lo acabo de inventar.

Irene había organizado una ruta por comercios del barrio. Álex estaba en Lisboa y Gabriel se había ofrecido a acompañarnos, aunque llegó con una carpeta de documentos como si esperara que los propietarios de las tiendas quisieran revisar la estructura jurídica antes de comprar el pan.

La primera parada fue una mercería que llevaba abierta desde antes de que el Atlas proyectara películas en color. La dueña, Maruja, tenía ochenta y dos años y una caja llena de entradas antiguas.

—Mi marido me pidió matrimonio en ese cine —contó.

—Qué romántico —dijo Sara.

—No. Me lo pidió porque yo estaba embarazada y no sabía cómo decírselo a mi padre.

Gabriel tosió.

—Pero luego fue buen marido —añadió Maruja—. Casi siempre.

Eligió financiar una butaca.

—Quiero la del pasillo, fila nueve.

—Las aportaciones son simbólicas —expliqué—. No podemos reservar una butaca concreta para siempre.

—Entonces no pongáis números en el folleto.

Tenía razón.

Anoté revisar el texto.

En la panadería, el propietario dijo que no podía aportar dinero, pero ofreció desayunos para los voluntarios durante la campaña. En una peluquería, tres clientas reunieron cincuenta euros dentro de un sobre y discutieron durante diez minutos sobre cuál de sus apellidos debía aparecer en la web.

—Podemos poner «Las del sábado» —propuso una.

—Eso parece una secta —respondió otra.

Acabaron eligiendo «Fila 6» porque era donde se sentaban de adolescentes, aunque ninguna recordaba si la fila había sido realmente la seis.

Cada aportación hacía subir el porcentaje una cantidad casi invisible.

Sin embargo, al escuchar a la gente, el número dejaba de parecer pequeño.

Un hombre financió una hora de taller para que su hijo pudiera aprender fotografía sin tener que pedirle una cámara cara.

Una mujer que vivía en Berlín compró dos entradas futuras para sus padres.

Un grupo de estudiantes ofreció producir subtítulos accesibles a cambio de utilizar una sala para ensayar.

También hubo negativas.

—Otro proyecto cultural que terminará pagando el ayuntamiento —dijo el dueño de un bar.

—La fundación tiene un modelo de ingresos propio —respondí.

—Eso dicen todos.

—Por eso publicaremos las cuentas.

—Ya veremos.

Salimos sin aportación.

—No puedes convencer a todo el mundo —dijo Gabriel.

—No estaba intentando convencerlo.

—Has estado doce minutos explicando la previsión de ingresos.

—Estaba intentando que entendiera.

—Es casi lo mismo.

—No lo es.

Gabriel sonrió.

—Álex también dice eso.

No respondí.

A mediodía nos encontramos con un periodista local en la plaza. Había publicado un artículo favorable durante la primera jornada, pero esta vez llevaba preguntas más incómodas.

—Hay quien piensa que la campaña sirve para rescatar una deuda privada —dijo, encendiendo la grabadora.

Irene tensó la mandíbula.

—La deuda existe —respondí antes de que ella hablara—. Por eso la fundación no recibirá el edificio, sino una cesión de uso con condiciones públicas. Las aportaciones solo se cobrarán si se completa la estructura financiera y se firma la refinanciación.

—Pero la familia conserva la propiedad.

—Y renuncia durante treinta años a venderla o explotarla fuera del proyecto.

—¿Qué gana?

Gabriel dio un paso adelante.

—La posibilidad de que el cine continúe sin destruir a mis hijos.

El periodista lo miró.

—¿Y si la campaña fracasa?

—Venderemos.

Irene giró la cabeza.

Gabriel mantuvo la mirada.

—No voy a fingir que no existe esa posibilidad. Pero, si vendemos, será después de haber permitido que la ciudad decida si quiere sostener otra cosa.

La respuesta apareció esa tarde en el vídeo de la entrevista. Durante unas horas, las redes se llenaron de comentarios. Algunos nos acusaban de sentimentalismo. Otros decían que ningún cine merecía tanto esfuerzo. La mayoría hacía preguntas.

Respondimos a todas las que pudimos.

A las cinco, el porcentaje subió al cuarenta.

—Tres puntos —dijo Sara—. Las piernas funcionan.

Nos sentamos en un banco con bocadillos de la panadería. Gabriel abrió su carpeta, aunque nadie se la había pedido.

—He encontrado las cuentas del año noventa y ocho —dijo—. Ese fue el último ejercicio bueno.

—No hace falta que trabajes ahora —respondió Irene.

—No estoy trabajando.

—Papá, estás comiendo sobre un balance.

Gabriel apartó los papeles.

—Vuestra madre quería convertir la sala pequeña en un espacio para teatro. Yo dije que no había dinero.

Álex e Irene habían hablado poco de ella. Yo sabía que se llamaba Elisa, que había muerto ocho años antes y que había sido quien mantuvo la programación infantil cuando el cine empezó a perder público.

—¿Tenía razón? —pregunté.

—Probablemente. Pero yo estaba demasiado ocupado intentando conservar lo que teníamos para imaginar otra cosa.

Irene se apoyó en su hombro.

—Ahora lo estamos haciendo.

—Ahora tenéis a Clara —dijo Gabriel.

Me incomodó la manera de expresarlo.

—Tenéis una fundación, una empresa, un equipo y cientos de personas —corregí—. No depende de mí.

—Lo sé. Pero tú haces que todos crean que saben qué hacer.

—No siempre lo sé.

—Eso también lo sé.

Continuamos la ruta.

La última visita fue a un edificio de viviendas donde una asociación de vecinos había reunido aportaciones. Nos esperaban en el vestíbulo con una mesa plegable y una cafetera que hacía un ruido preocupante.

Una niña se acercó con una hucha de metal.

—Quiero pagar una película —dijo.

—No tienes que dar tus ahorros —respondí.

—Son para cosas importantes.

Miré a su madre, que se encogió de hombros.

—Lleva dos semanas insistiendo.

La niña abrió la hucha. Había monedas, dos billetes de cinco y una ficha de una máquina recreativa.

—La ficha no sirve —dijo con seriedad—. Pero podéis guardarla.

Aceptamos diez euros. La ficha se la quedó Irene para colocarla en la futura cabina de memoria.

Al volver al Atlas, la pantalla marcaba cuarenta y dos por ciento.

No habíamos alcanzado ni la mitad.

Aun así, la cifra ya no era una barra de color.

Aquello tenía el rostro de Maruja eligiendo una butaca que no podía poseer, de una panadería regalando desayunos, de una niña vaciando su hucha y de Gabriel diciendo en voz alta que podía perder.

Esa noche, Álex me envió una fotografía desde Lisboa. En ella aparecía una estación abandonada con plantas creciendo entre los raíles.

Álex Silla Torcida: Los edificios esperan de maneras extrañas.

Miré la pared de tarjetas del Atlas.

Yo: Las personas también.

Tardó un minuto en responder.

Álex Silla Torcida: ¿Eso cuenta como declaración?

Yo: Cuenta como moderación.

Guardé el teléfono.

El porcentaje subió al cuarenta y tres.

Antes de marcharnos, Irene pegó la ficha de la máquina recreativa en una esquina de la pared de deseos. Utilizó cinta transparente y escribió debajo: «Primera pieza del futuro museo».

—Eso no es una pieza de museo —dijo Gabriel.

—Tampoco este vestíbulo parecía un lugar para reunir dinero hace seis meses.

La ficha quedó allí, pequeña y brillante entre tarjetas llenas de letra. Me acerqué a leer algunas de las nuevas.

«Quiero traer a mi padre a una película que no se quede dormido».

«Un sitio para no tener que irnos del barrio cuando queremos hacer algo».

«Que haya baños limpios».

—Esa última es la prioridad más sensata —dijo Sara a mi lado.

Hicimos una fotografía de la pared antes de apagar las luces. No para publicarla, sino para recordar cómo se veía cuando todavía faltaba más de la mitad.

Al salir, Gabriel cerró la puerta y comprobó dos veces la cerradura.

—Mañana seguiremos —dijo.

No sonó como un hombre que esperara un milagro. Sonó como alguien que había aceptado presentarse al trabajo.

Comprendí que una campaña no consistía en convencer a una multitud.

Consistía en conseguir que muchas personas tomaran una decisión pequeña y supieran que no estaban solas al tomarla.