Capítulo 26 Una campaña no es una promesa
Llamamos a la campaña Haz sitio .
No porque el Atlas tuviera espacio de sobra, sino porque queríamos pedirle a la ciudad que hiciera sitio para algo que todavía no existía del todo.
La idea era sencilla: cada persona, comercio o empresa podía financiar simbólicamente una parte del cine. Una butaca, una lámpara, una hora de taller, una proyección infantil. No vendíamos objetos. Vendíamos tiempo futuro.
—Eso es muy bonito —dijo Gabriel—. ¿Y legal?
—Por eso está Eva —respondí, señalando a la abogada.
—Es legal —confirmó ella—, siempre que expliquemos con claridad que son aportaciones y no una adquisición real.
—Perfecto. No quiero que dentro de diez años alguien venga a llevarse una butaca.
Grabamos el vídeo principal un miércoles.
Paco contó cómo conoció a su mujer. Una niña llamada Abril explicó que quería ver películas «sin que los adultos miraran el móvil».
Irene habló de los artistas. Gabriel recordó a su padre.
Álex describió la rehabilitación sin utilizar la palabra estructura más de tres veces, un logro que celebramos en silencio.
Yo no pensaba aparecer.
Sara tenía otros planes.
—Tú eres la persona que ha conectado todo esto —dijo.
—Soy la coordinadora.
—Ya no. Ahora eres la fundadora de la empresa que coordina.
—Eso no mejora mi cara ante una cámara.
—Tu cara está bien.
—La última vez que me grabaron parecía que estaba secuestrada.
—Porque Sergio te obligó a hablar de innovación corporativa.
Me colocó frente a la antigua pantalla.
—Solo responde una pregunta: ¿por qué volviste?
Miré a la cámara.
Pensé en Álex, que estaba al fondo hablando con el técnico. Pensé en Irene, en las tarjetas y en el día en que crucé aquella puerta sin trabajo ni idea de qué iba a hacer con mi vida.
—Porque hay lugares que no necesitan que los salven —dije—. Necesitan que alguien les dé tiempo para demostrar que todavía tienen algo que ofrecer.
Sara bajó la cámara.
—Perfecto.
—¿Ya está?
—Ya está.
—He ensayado veinte minutos.
—La vida es injusta.
El vídeo se publicó el viernes y alcanzó cien mil reproducciones en cuatro días. Las aportaciones comenzaron a llegar. Primero pequeñas: veinte euros, cincuenta, cien. Después comercios, asociaciones y antiguos vecinos que ahora vivían en otras ciudades.
Cada mañana, una pantalla en la oficina mostraba el porcentaje conseguido.
Dieciocho.
Veinticuatro.
Treinta y uno.
El entusiasmo crecía más rápido que el dinero.
—Necesitamos un patrocinador principal —dije en la reunión semanal—. Con pequeñas aportaciones no llegaremos a tiempo.
—Estoy negociando con una empresa de energía —respondió Álex—. Quieren dar nombre a la sala principal.
Irene hizo una mueca.
—No pienso llamar a esto Sala Voltio Plus.
—Nadie ha dicho ese nombre.
—Lo he imaginado y ya lo odio.
—Podemos negociar visibilidad sin cambiar el nombre —dije—. Pero necesitamos ceder algo.
—Cedo una pared.
—Necesitarán más que una pared.
—Dos paredes.
—Deja que yo negocie.
Después de la reunión, Álex y yo nos quedamos revisando el guion de una presentación para empresas. Trabajábamos bien juntos incluso cuando intentábamos no recordar todo lo demás.
—Esta cifra está desactualizada —dijo.
—La cambié esta mañana.
—En el gráfico no.
—Porque alguien movió la hoja de cálculo a otra carpeta.
—No fui yo.
—Nadie más crea carpetas llamadas «Definitivo_2_revisado_ok».
—Es un sistema.
—Es una petición de ayuda.
La sonrisa de Álex fue pequeña y cansada.
—Te he echado de menos.
Dejé de escribir.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decir cosas personales en mitad de un gráfico.
—Pensé que la honestidad era la norma.
—También lo es no sabotear reuniones.
—La reunión terminó hace veinte minutos.
Miré la hora. Tenía razón.
—Entonces me voy.
—Podríamos cenar.
—No.
—De acuerdo.
Recogí mis papeles demasiado deprisa.
—No tienes que aceptar tan fácilmente.
Álex ladeó la cabeza.
—¿Quieres que insista?
—No.
—Entonces intento respetar lo que dices.
—Es muy irritante.
—También para mí.
Salimos juntos. En la puerta, llovía.
Yo no llevaba paraguas. Álex sí.
—Puedo acompañarte al metro —dijo.
—Eso parece una estrategia.
—Es agua, Clara.
Nos metimos bajo el paraguas. Era demasiado pequeño para dos personas que intentaban mantener distancia. Su brazo rozaba el mío y yo podía oler el jabón de su camisa.
—¿Cuándo vuelves a Lisboa? —pregunté.
—El domingo.
—¿Cuántos días?
—Diez.
—Ah.
—Te enviaré todos los informes del Atlas.
—Eso es lo profesionalmente correcto.
—Y me gustaría escribirte por otras cosas.
Seguimos caminando.
—No sé si estoy preparada —dije.
—Lo entiendo.
—Pero tampoco quiero que no me escribas.
Álex se detuvo bajo un balcón.
—Esa instrucción es difícil de ejecutar.
—Puedes escribir. Yo decidiré cuándo responder.
—Eso sí puedo hacerlo.
—Y no conviertas cada mensaje en una declaración.
—¿Puedo enviarte fotografías de edificios?
—Con moderación.
—No sé qué significa eso.
—Yo tampoco. Es una norma provisional.
Llegamos al metro.
—Buen viaje —dije.
—Todavía faltan tres días.
—Estoy practicando.
Esta vez, la sonrisa le llegó despacio.
No nos besamos.
Bajé las escaleras con la sensación de haber dado un paso pequeño en una dirección que no sabía nombrar.
Una campaña no era una promesa.
Tampoco una conversación.
Pero ambas podían construir algo si se repetían lo suficiente.