Capítulo 25 Volver no significa regresar al mismo lugar
La primera reunión de Entre Versiones con la Fundación Atlas se celebró un lunes a las nueve.
Llegué a las ocho y cincuenta y nueve.
Álex ya estaba sentado.
No comenté nada.
Él tampoco.
Irene ocupaba la cabecera de la mesa. A su lado estaban Gabriel, una abogada llamada Eva Rius, dos representantes vecinales y un asesor financiero que utilizaba la palabra «vehículo» para referirse a cosas que no tenían ruedas.
Sara se sentó junto a mí y abrió el portátil.
—¿Ese es Álex? —susurró.
—Ya lo conoces.
—Conozco al Álex que besaba junto a cuadros eléctricos. Este parece otro.
Llevaba traje oscuro, gafas y una expresión tan profesional que durante un segundo dudé de haberlo visto alguna vez dormir con el ceño fruncido.
—Buenos días —dijo Irene—. Antes de empezar, quiero dejar claro que Clara y Sara representan a Entre Versiones y que cualquier decisión de campaña pasará por ellas.
Gabriel asintió.
—Por supuesto.
Álex me miró.
—Por supuesto.
La reunión duró dos horas y fue exactamente lo que yo había exigido: cifras completas, escenarios de riesgo, documentos y ninguna parte de la verdad guardada en una carpeta secreta.
La fundación recibiría el derecho de uso del edificio durante treinta años.
La familia mantendría la propiedad, pero no podría venderlo mientras el acuerdo estuviera vigente.
Un patronato con representantes culturales y vecinales supervisaría las cuentas.
La campaña debía conseguir tres cosas: socios, aportaciones privadas y compromisos de alquiler futuro.
—El objetivo económico es alto —dije—. No podemos basarlo solo en pequeñas donaciones.
—Tenemos conversaciones con cuatro empresas —respondió Álex—. Dos quieren beneficios fiscales y visibilidad; otra está interesada en patrocinar la sala pequeña.
—¿Y la cuarta?
—Es la cadena hotelera.
La sala se quedó inmóvil.
—¿Quieren patrocinar el proyecto que pretendían comprar? —preguntó Sara.
—Quieren mantener una puerta abierta —dijo el asesor financiero—. Si la fundación no consigue el objetivo, su oferta sigue siendo la alternativa.
Miré a Álex.
—¿Cuándo lo supiste?
—El viernes.
—¿Por qué no aparece en la documentación que recibimos?
—Porque la propuesta escrita llegó esta mañana. Está en tu correo desde las ocho y doce.
Abrí el portátil. Allí estaba.
Había cumplido la norma.
No debería haberme sorprendido tanto.
—No aceptaremos dinero condicionado a una opción de compra —dije.
—De acuerdo —respondió Gabriel.
Álex lo miró.
—Papá.
—He dicho de acuerdo. Si hacemos esto, lo hacemos bien.
Vi en Gabriel algo distinto del hombre pragmático que quería librar a sus hijos de una deuda. Parecía cansado, pero decidido.
—Firmaré la cesión esta semana —añadió—. Ya he hablado con la notaria.
Irene le tomó la mano.
La reunión continuó.
Al terminar, todos salieron menos Álex y yo. Sara se llevó dos carpetas y una excusa poco convincente sobre comprobar las medidas del vestíbulo.
—No tienes que quedarte —dije.
—Quería preguntarte cómo estás.
—Profesionalmente, ocupada.
—No he preguntado profesionalmente.
Guardé el bolígrafo.
—Estoy bien.
—¿De verdad?
—Algunos días sí. Otros tengo ganas de llamarte y me enfado conmigo por tenerlas.
Álex recibió la respuesta sin intentar discutirla.
—Yo tengo ganas de llamarte todos los días.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque me pediste espacio.
—No sabía que fueras tan obediente.
—Yo tampoco.
Se quitó las gafas.
—He empezado terapia.
Aquello me sorprendió más que cualquier declaración romántica.
—¿Por qué?
—Porque Irene dijo que si volvía a intentar resolver un problema familiar sin hablar con nadie me encerraría en la cabina de proyección. Y porque tú tenías razón.
—¿En qué parte? Tengo varias favoritas.
—En que convierto el miedo en planes secretos. También en que trato a mi padre como si fuera a romperse, a Irene como si necesitara que la proteja y a mí mismo como si sentir algo fuera una incidencia técnica.
No sonreí, aunque estuve cerca.
—Eso parece mucho para una primera sesión.
—Llevo tres.
—En la primera sesión pasé veinte minutos explicando la deuda —continuó—. Llevé una hoja con fechas.
—Por supuesto.
—La terapeuta la miró y me preguntó por qué estaba allí yo si el problema era del banco.
—Me cae bien.
—A mí no me cayó bien hasta la segunda sesión.
Se sentó en el borde del escenario. Yo permanecí de pie unos segundos antes de sentarme a una distancia prudente.
—Le dije que había perdido a la mujer que quería por no contarle una decisión —dijo—. Me preguntó qué intentaba evitar cuando decidí callarme.
—¿Qué respondiste?
—Una pelea. Que abandonaras el proyecto. Que mi padre aceptara la oferta antes de tiempo. Que Irene pensara que no confiaba en ella.
—Una lista eficiente.
—Luego me pidió que dijera qué intentaba evitar de verdad.
Álex se quitó las gafas y las sostuvo entre las manos.
—Sentirme incapaz de cuidar de todos.
La frase se quedó entre nosotros, sin humor que la aligerara.
—Después de morir mi madre —continuó—, ser útil era lo único que sabía hacer sin desmoronarme.
Si mi padre necesitaba dinero, lo conseguía.
Si Irene tenía una idea, calculaba cómo sostenerla.
Si un proyecto se complicaba, trabajaba más.
La gente empezó a confiar en que yo tendría una respuesta. Supongo que yo también.
—Hasta que no la tenías.
—Entonces ocultaba la pregunta.
Miré las butacas vacías. Conocía aquella necesidad desde el otro lado. Yo también había convertido ser imprescindible en una forma de seguridad. La diferencia era que Álex protegía a los demás decidiendo; yo lo hacía aceptando.
—Yo he pasado años creyendo que si podía con todo nadie tendría motivos para dejar de contar conmigo —dije.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Mateo me pedía que parara y yo lo interpretaba como si no valorara lo que hacía. En la empresa, cada urgencia era una oportunidad para demostrar que merecía estar allí. Cuando me despidieron, no solo perdí un sueldo. Perdí la prueba de que era necesaria.
—Y el Atlas te la devolvió.
—Sí. Por eso me quedé incluso cuando descubrí la venta. Había dos mil personas dependiendo del evento y eso me resultaba más fácil que preguntarme qué necesitaba yo.
Álex giró las gafas entre los dedos.
—Nos hemos encontrado en el peor sitio posible.
—Un edificio con deudas y demasiadas personas necesitándonos.
—Romántico.
—Muchísimo.
Sonreímos, pero la conversación no perdió peso.
—La terapeuta me preguntó qué ocurriría si dejara que mi familia tomara una decisión que yo considero equivocada —dijo.
—¿Y?
—Que tendría que soportar no poder salvarlos de las consecuencias.
—Eso es horrible.
—Se lo dije.
—¿Y qué contestó?
—Que ser adulto suele tener mala publicidad.
—Definitivamente me cae bien.
Álex volvió a ponerse las gafas.
—No estoy haciendo todo esto para que regreses. Quiero que lo sepas.
—Una parte de ti sí.
—Sí. Pero no es la única. Irene me dijo que, aunque tú no volvieras, ella no pensaba seguir entregándome sus decisiones. Mi padre ha empezado a abrir las cartas delante de nosotros. Y yo quiero poder ir a Lisboa sin imaginar que el Atlas se derrumbará porque no estoy aquí.
—Eso parece sano.
—Resulta agotador.
—También.
Me miró.
—Entender por qué lo hice no cambia que te hiciera daño.
—No.
—Ni te obliga a confiar.
—No.
—Pero quiero aprender a decir las cosas antes de tenerlas resueltas. Esto, por ejemplo: tengo miedo de que trabajar juntos otra vez te aleje más. También tengo miedo de que, si no trabajamos juntos, solo recuerdes la peor versión de mí.
Mi primera reacción fue tranquilizarlo. Decirle que no lo recordaba así, que también había mañanas de café, planos y una mano buscándome en la oscuridad. Me contuve. No porque fuera falso, sino porque él necesitaba soportar la pregunta sin que yo corriera a cerrarla.
—No sé qué versión recordaré —dije—. Dependerá de las que vengan después.
Álex bajó la barbilla, aceptando una verdad que no podía acelerar.
—Es justo.
—No especialmente.
—Entonces es real.
Nos quedamos sentados unos minutos. La sala estaba vacía, pero ya no parecía abandonada. Había cables nuevos, polvo de obra y señales de que muchas personas habían decidido intentarlo.
—¿Te ha puesto deberes? —pregunté.
—Preguntar antes de asumir.
—Parece sencillo.
—¿Quieres que te acompañe al metro cuando terminemos?
Le dediqué una mirada divertida.
—Muy aplicado.
—¿Eso es un sí?
—Es un sí.
No significaba que hubiera vuelto.
Significaba que aquella tarde no quería caminar sola y que él había aprendido a preguntarlo.
—Ah.
—No te lo digo para impresionarte.
—Menos mal. Hay gestos más baratos.
—Te lo digo porque me preguntaste que decidiera sin esconderme.
Miró hacia la sala vacía.
—Quiero salvar el Atlas. No porque sea la decisión más segura, sino porque no quiero que el miedo de mi padre ni el mío sea lo único que decida qué ocurre con este lugar. Si no funciona, asumiré las consecuencias. Pero no quiero vender antes de intentarlo de verdad.
—¿Y Lisboa?
—Hemos ganado el concurso.
Sentí una alegría inmediata y una punzada detrás.
—Felicidades.
—Gracias.
—¿Qué implica?
—Viajar dos semanas al mes durante seis meses. Después, menos.
—Eso es mucho.
—Sí.
—¿Vas a hacerlo?
—Sí.
Lo dijo sin buscar mi reacción.
Me alegró.
—Bien.
—No quiero renunciar a ese proyecto. Tampoco quiero utilizarlo para escapar de aquí.
—Parece una buena decisión.
—Lo es para mí.
El silencio duró lo suficiente para que entendiera que todavía quedaba algo sin decir.
—Clara, sigo queriéndote.
Me levanté.
—No estamos aquí para hablar de eso.
—Lo sé. Pero sigue siendo verdad y ahora no quiero ocultar las verdades incómodas.
—La terapia te ha vuelto peligroso.
—Eso parece.
Recogí el portátil.
—Yo no sé qué siento.
Era mentira. Sabía exactamente lo que sentía. Lo que no sabía era qué hacer con ello.
Álex no me contradijo.
—No necesitas responderme —dijo.
—Bien.
—Nos vemos mañana.
—A las nueve.
—Llegaré antes.
—Eso ya lo sé.
Salí de la oficina y encontré a Sara apoyada en el mostrador de palomitas.
—Has tardado diecisiete minutos —dijo.
—¿Estabas cronometrando?
—Gestión de recursos.
—Ha empezado terapia.
Sara abrió mucho los ojos.
—Eso es más serio que un ramo de flores.
—Y ha ganado Lisboa.
—¿Y?
—Va a hacerlo.
—¿Y?
—Y nada.
Sara no sonrió del todo. Se limitó a observarme con la paciencia irritante de quien ya conoce la respuesta.
—Tu manera de decir «nada» siempre significa lo contrario.
Odiaba que todo el mundo me conociera tan bien.