La vida después del guion Capítulo 24 El trabajo que da miedo porque importa
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Capítulo 24 El trabajo que da miedo porque importa

Entre Versiones empezó en mi salón.

La mesa de comedor se convirtió en oficina. El sofá, en sala de reuniones. Una estantería del pasillo almacenaba muestras, acreditaciones y rollos de cinta de doble cara. Durante dos semanas, cada persona que entró en mi casa salió con una factura o un presupuesto.

Sara seguía en la empresa, pero había presentado su renuncia. Trabajaba conmigo por las tardes y fines de semana, lo que significaba que dormía menos que yo y mentía mejor cuando decía estar bien.

—No puedes seguir así —le dije.

—Eso me lo enseñaste tú.

—Precisamente por eso reconozco el desastre.

—Me quedan nueve días.

—Ocho laborables.

—Gracias. Eso cambia completamente mi estado físico.

Conseguimos tres proyectos en un mes. Lumen otoño, una presentación de cosmética y la apertura de una librería que quería «un evento íntimo y multitudinario».

El tercero estuvo a punto de ser también el último.

La librería inauguraba un jueves. A las cuatro de la tarde, el proveedor de mobiliario informó de que las mesas no cabían por la puerta. Las había fabricado siguiendo un plano antiguo en el que el acceso medía doce centímetros más.

—Podemos desmontarlas —dijo el transportista.

—¿Cuánto tardáis?

—Tres horas por mesa.

Había seis.

Miré el reloj, la puerta y las cajas de libros que ocupaban medio local. Mi cuerpo activó el mecanismo conocido: calcular, repartir órdenes y asumir que dormir era un privilegio de otras profesiones.

—Llamaré al carpintero del Atlas —dije.

—No —respondió Sara.

—Necesitamos una solución.

—Sí, pero no otra mesa.

Se agachó junto a una de las cajas, sacó varios libros y los apiló en el suelo.

—La clienta quería que el espacio pareciera vivido, no una tienda recién montada. Hagamos islas con cajas, bancos y libros. Las mesas se devuelven.

—No estaba en la propuesta.

—Porque no sabíamos que la puerta mentía.

—La clienta puede decir que no.

—Entonces se lo explicamos antes de construirlo.

Sara llamó a la propietaria. No ocultó el error ni prometió que nadie lo notaría. Le enseñó un boceto hecho en cinco minutos y le ofreció dos opciones: retrasar la apertura o transformar el montaje.

—¿Cuál elegirías tú? —preguntó la mujer.

—La segunda —respondió Sara—. Pero no quiero decidirlo por ti.

La miré.

La clienta aceptó.

Durante las siguientes tres horas convertimos cajas de transporte en expositores, pedimos bancos a un bar vecino y utilizamos una escalera de madera como estantería después de comprobar que, por una vez, estaba homologada.

El resultado no se parecía al diseño original.

Era mejor: menos perfecto, más cálido y completamente adaptado al lugar.

A las ocho, la librería estaba llena.

La propietaria brindó por «las mejores improvisadoras de Barcelona». Yo iba a corregir que aquello no había sido improvisación, sino gestión de contingencias, cuando Sara me dio un codazo.

—Acepta el cumplido.

—La palabra improvisación perjudica nuestra imagen.

—Tu imagen necesita divertirse.

Al terminar, revisamos el presupuesto en la acera. La devolución de las mesas tenía un coste, los bancos habían sido gratuitos y la solución había requerido cuatro horas adicionales.

—Las facturamos —dijo Sara.

—El error del plano era nuestro.

—El plano lo facilitó el local y nosotras verificamos las medidas demasiado tarde. Compartimos responsabilidad. Podemos asumir una parte, no toda.

La antigua Clara habría descontado las horas completas antes de que la clienta preguntara. Esta vez enviamos una explicación, el detalle de costes y una reducción razonable.

La propietaria pagó sin discutir.

—No todos los clientes son Sergio —dijo Sara.

—No todos los problemas son una prueba de cuánto valemos.

—Eso también.

Aquella noche añadimos una nueva línea a la lista de lo que necesitábamos aprender: comprobar las puertas.

Debajo, Sara escribió otra: confiar en que la otra puede encontrar la solución.

—Nuestro trabajo es resolver contradicciones —dijo Sara.

—Y cobrarlas.

Aprendimos rápido. A pedir anticipos. A limitar cambios. A escribir «esta modificación implica una revisión del presupuesto» sin sentir culpa. También aprendimos que los clientes podían tardar quince días en responder y exigir una solución en quince minutos.

Una tarde, mientras discutíamos sobre si necesitábamos una impresora nueva, alguien llamó al timbre.

Era Irene.

Llevaba el pelo recogido, ojeras y una carpeta bajo el brazo.

—No vengo a hablarte de Álex —dijo antes de entrar.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes. No vengo a hablarte de Álex.

Sara apareció desde la cocina.

—Yo puedo irme.

—No hace falta —respondimos Irene y yo a la vez.

—Qué ambiente tan sano —dijo Sara.

Irene dejó la carpeta sobre la mesa.

—El banco ha concedido una prórroga de seis semanas.

—Eso es bueno.

—Porque hemos presentado las reservas y dos cartas de patrocinio. Pero necesitamos cerrar financiación antes de que termine el plazo.

—¿Y la oferta del hotel?

—Sigue en pie.

—¿Tu padre?

—Quiere aceptarla.

—¿Y Álex?

Irene respiró hondo.

—No ha firmado.

—¿Eso significa que no quiere vender?

—Significa que no sabe qué hacer. Ha vuelto de Lisboa esta mañana y lleva horas reunido con el banco.

Me obligué a no preguntar nada más.

—¿Qué necesitas de mí?

Irene abrió la carpeta. Dentro había un plan para una campaña final: socios fundadores, patrocinadores, preventa anual y un gran evento de cierre.

—Necesito que conviertas esto en algo que la gente quiera apoyar.

Leí las cifras.

—Es mucho dinero en seis semanas.

—Lo sé.

—Y no basta con otro evento bonito.

—Lo sé.

—Necesitáis una estructura legal, transparencia y un modelo de gobierno. Si la comunidad aporta, no puede ser solo para mantener una propiedad familiar.

Irene asintió.

—Estamos preparando una fundación. Mi padre cedería el uso del edificio durante treinta años y nosotros asumiríamos parte de la deuda.

—¿Álex está de acuerdo?

—Lo propuso él.

El nombre de Álex cayó en la conversación con más peso del que Irene fingía darle.

Irene continuó:

—No te lo digo para convencerte. Te lo digo porque preguntaste.

—¿Ha rechazado la oferta del hotel?

—Todavía no. Si no conseguimos la financiación, la venta será la única forma de evitar la ejecución.

Sara se sentó a mi lado y revisó el documento.

—¿Presupuesto para la campaña?

Irene dijo una cifra.

Sara levantó las cejas.

—Eso sí es un presupuesto.

—Álex ha conseguido que uno de los patrocinadores adelante una parte.

—¿Y espera que yo vuelva? —pregunté.

—No sabe que estoy aquí.

—Irene.

—Me habría dicho que no viniera. Por eso no se lo he contado.

—Parece una costumbre familiar.

Ella bajó la mirada.

—Tienes razón. Puedo irme.

Se levantó.

—Espera.

No sabía por qué la detenía. Tal vez porque el plan era bueno. Tal vez porque el Atlas seguía importándome. Tal vez porque durante semanas había intentado separar el proyecto de Álex y no había conseguido dejar de querer ninguno de los dos.

—Si acepto —dije—, Entre Versiones trabajará para la futura fundación, no para vuestra familia ni para una operación de venta.

—De acuerdo.

—Toda la información financiera será accesible.

—De acuerdo.

—Si se reabre una negociación con el hotel, se me informa el mismo día.

—Sí.

—Y Álex y yo no tendremos que trabajar solos.

Irene sonrió de verdad.

—Puedo poner a Paco entre vosotros en todas las reuniones.

—Eso sería peor.

Sara cerró la carpeta.

—¿Estamos aceptando?

Miré mi salón lleno de cajas, presupuestos y restos de una empresa que todavía estaba descubriendo su forma.

—Estamos enviando una propuesta —respondí.

—Eso es un sí profesional —dijo Irene.

—No te contagies de tu hermano.

La propuesta salió aquella noche.

La aceptaron a la mañana siguiente.

Álex me escribió a las nueve y tres.

Álex Silla Torcida: Irene acaba de decirme que vuelves al Atlas.

Tardé cinco minutos en responder.

Yo: Entre Versiones ha aceptado un proyecto para la fundación.

Los tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron.

Álex Silla Torcida: Entendido.

Nada más.

Me sorprendió que respetara el límite.

Y me dolió que lo hiciera tan bien.