Capítulo 23 Una empresa también empieza con miedo
El primer día de Entre Versiones no tuvimos clientes, oficina ni una idea clara de cómo se daba de alta una empresa.
Teníamos un nombre.
Eso nos pareció suficiente durante aproximadamente doce minutos.
Sara llegó a mi casa a las ocho y media con dos cafés, un portátil y una carpeta titulada «Cosas legales que probablemente nos arruinen». Yo había despejado la mesa del salón y colocado una libreta nueva en el centro, como si el papel sin estrenar pudiera intimidar a Hacienda.
—He hablado con una gestoría —dijo.
—¿Y?
—La mujer ha utilizado cuatro veces la palabra responsabilidad.
—Eso suena responsable.
—También ha dicho trimestral, retención, provisión y recargo.
—Voy a volver con Sergio.
—Demasiado tarde. He pedido cita a las diez.
La gestoría estaba encima de una tienda de ortopedia y olía a archivador. Nos atendió Núria, una mujer de cincuenta años con gafas rojas que no pareció impresionada por nuestra presentación de marca.
—¿Qué hacéis exactamente? —preguntó.
Sara y yo nos miramos.
—Diseñamos experiencias —dijo ella.
Núria dejó el bolígrafo.
—Eso no es una actividad económica.
—Producimos eventos, campañas y proyectos culturales —aclaré—. Estrategia, contenidos, coordinación, proveedores y comunicación.
—Eso sí.
Escribió durante unos segundos.
—¿Sois socias?
—Todavía no —respondí.
—Ella es la fundadora —dijo Sara.
—Ella está trabajando conmigo.
—Ella no quiere admitir que necesita ayuda.
Núria levantó la vista.
—Eso tampoco es una forma jurídica.
Salimos con una lista de trámites, una previsión de impuestos y la recomendación de no mezclar gastos personales con los de la empresa.
—Tendrás que dejar de comprar queso con la misma tarjeta —dijo Sara.
—El queso puede formar parte de una reunión.
—No si lo comes sola a las once de la noche.
—Eso es preparación estratégica.
Fuimos al banco a abrir una cuenta profesional. El empleado nos ofreció un paquete especial para emprendedores que incluía una comisión reducida durante seis meses y una impresora que ninguna de las dos quería.
—¿Podemos renunciar a la impresora y reducir más la comisión? —pregunté.
—La promoción está vinculada.
—¿Y si la impresora nunca sale de la caja?
—Seguiría siendo suya.
Sara me tocó el brazo.
—Clara, deja de negociar con el banco por una impresora.
—Así empiezan las malas decisiones financieras.
Abrimos la cuenta.
La primera oportunidad de arruinar nuestra amistad llegó antes que el primer ingreso.
Una marca de cosmética nos invitó a presentar ideas para el lanzamiento de una línea «auténtica, urbana y transformadora», tres palabras que juntas no significaban nada pero ocupaban media página del documento de encargo.
La responsable de marketing pidió cinco conceptos completos, referencias visuales y una propuesta de localización. No ofrecía remuneración por la fase creativa.
—Es normal en concursos —dije al cerrar la videollamada.
—También es normal que los mosquitos piquen y no por eso les damos una mesa —respondió Sara.
—Podría convertirse en un cliente grande.
—O podría quedarse con cinco ideas de cuatro agencias y pagar solo la más barata.
—Necesitamos un porfolio.
—Tenemos Lumen y el Atlas.
—Necesitamos facturación.
—Precisamente por eso no podemos trabajar una semana gratis.
Abrí el documento de encargo.
—Podemos hacer dos conceptos, sin producción detallada.
—Podemos cobrar una fase de diagnóstico.
—No la aceptarán.
—Entonces no son nuestro cliente.
Su seguridad me irritó porque yo no la sentía.
—Es fácil decirlo cuando la empresa no paga tu alquiler.
Sara se quedó quieta.
En cuanto pronuncié la frase supe que había cruzado una línea.
—Tienes razón —dijo—. De momento no paga el mío.
Pero estoy trabajando aquí después de mi jornada, he rechazado dos colaboraciones y estoy poniendo mi nombre delante de los clientes.
Si solo puedo opinar cuando asuma el mismo riesgo económico que tú, no soy una colaboradora. Soy una ayudante sin nómina.
—No he querido decir eso.
—Lo has dicho porque tienes miedo y quieres aceptar cualquier cosa que parezca una puerta. Yo también tengo miedo. La diferencia es que, si empezamos así, dentro de seis meses tú serás Sergio con mejores chistes y yo volveré a estar intentando demostrar que mi trabajo existe.
La comparación me golpeó en el lugar exacto.
—Eso ha sido cruel.
—Sí.
—Y bastante eficaz.
Cerré el documento.
Fuimos a caminar alrededor de la manzana porque ninguna decisión empresarial mejora cuando se toma mirando una impresora promocional. Dimos dos vueltas en silencio. En la tercera, compramos café.
—No sé compartir el control —admití.
—Lo sé.
—No hacía falta que respondieras tan rápido.
—Tengo experiencia.
—Cuando trabajaba con Sergio, pensaba que controlar todo era la única forma de proteger al equipo. Después él podía cambiar una decisión, pero al menos yo sabía dónde estaba cada problema.
—Y ahora no hay nadie por encima de ti que pueda cambiarla.
—Eso es peor.
—También mejor.
Nos sentamos en un banco. Sara abrió una nota en el teléfono.
—Necesitamos definir quién decide qué.
—¿Ahora?
—Antes de que tengamos dinero y sea más difícil fingir que somos personas razonables.
Escribimos nuestras funciones. Yo llevaría estrategia, presupuestos generales y relación contractual. Sara, contenidos, identidad de los proyectos y dirección creativa. Las decisiones que afectaran al alcance, los honorarios o el posicionamiento de la empresa serían conjuntas.
—¿Y si no estamos de acuerdo? —pregunté.
—No enviamos nada hasta estarlo.
—Eso puede hacernos perder oportunidades.
—También puede evitar que nos perdamos nosotras.
Añadimos una tarifa mínima para propuestas de concurso. No cubría todo el trabajo, pero obligaba al cliente a demostrar que valoraba la fase creativa.
La marca de cosmética rechazó pagarla.
Durante una hora estuve convencida de que habíamos destruido el futuro de Entre Versiones antes de emitir la primera factura.
A las cuatro, la responsable volvió a llamar.
—Podemos ofrecer la mitad —dijo.
Miré a Sara.
Ella negó con la cabeza.
—La tarifa ya está ajustada —respondí—. Podemos reducir los entregables, no el valor del trabajo.
Hubo un silencio. La mujer dijo que lo consultaría.
No regresó.
Aquella noche Sara llevó una botella de vino barato y brindamos por nuestro primer cliente perdido.
—No era nuestro —dijo.
—Casi.
—Los casi no pagan impuestos.
—Núria estaría orgullosa.
La discusión no resolvió todas nuestras diferencias. Yo seguía queriendo aceptar demasiado cuando sentía que el suelo se movía. Sara seguía diciendo que no con una facilidad que a veces ocultaba cuánto temía fracasar. Pero desde aquel día dejamos de utilizar la palabra ayuda.
Estábamos construyendo una empresa juntas, incluso antes de saber qué forma jurídica tendría esa frase.
Al volver a casa, escribimos en la pizarra tres columnas: lo que sabíamos hacer, lo que necesitábamos aprender y lo que no volveríamos a aceptar.
En la primera aparecieron producción, presupuestos, proveedores, narrativa, campañas, planes de contingencia y «conseguir que la gente llegue a la hora», que Sara añadió como objetivo aspiracional.
En la segunda: impuestos, contratos, ventas, web, seguros y descansar.
En la tercera tardamos más.
Cambios infinitos sin coste.
Mensajes a medianoche.
Presupuestos sin anticipo.
Clientes que llaman «favor» a una semana de trabajo.
Reuniones sin orden del día.
La frase «somos una familia» utilizada por alguien que podía despedirte.
—¿Ponemos también hombres que ocultan operaciones inmobiliarias? —preguntó Sara.
—Eso es demasiado específico.
—Pero preventivo.
Borró la frase antes de que pudiera hacerlo yo.
A mediodía llamó Amelia. Quería organizar la presentación de su colección de otoño en un antiguo taller de costura. Tenía ideas, fecha y menos presupuesto del necesario.
—Puedo recomendarte algo más pequeño —dije.
—No quiero pequeño. Quiero íntimo.
—Íntimo y grande cuestan parecido cuando invitas a ciento cincuenta personas.
Nadie habló. El presupuesto siguió abierto entre nosotros, impasible.
La antigua Clara habría empezado a recortar su propio margen antes de que Amelia lo pidiera. Habría prometido encontrar una solución y después trabajado el doble para demostrar que podía hacer magia con una cantidad insuficiente.
Miré la tercera columna.
—Puedo prepararte dos opciones —continué—. Una con el presupuesto actual y otra con el formato que imaginas. Tú eliges qué priorizamos.
—¿No puedes ajustar un poco?
—Puedo ajustar el alcance. No fingir que las cosas cuestan menos.
Sara dejó de escribir y me observó.
Amelia suspiró.
—Envíame las dos.
Cuando colgué, Sara levantó los brazos como si hubiéramos ganado una licitación pública.
—Has dicho que no sin pedir perdón.
—He dicho que sí a dos opciones.
—No arruines el momento.
Preparamos la propuesta esa tarde. Calculamos cada partida, añadimos honorarios y establecimos tres rondas de cambios. Cuando llegamos a la cifra final, sentí vergüenza.
—Es demasiado —dije.
—No.
—Sergio cobraba menos por la producción completa.
—Sergio cobraba más y luego pagaba mal a todo el mundo.
—Amelia es mi primera clienta.
—Precisamente. Si empiezas regalando tu trabajo, nunca sabrás si la empresa funciona o si solo estás subvencionando a tus clientes.
Enviamos el presupuesto a las siete y doce.
A las siete y trece, me arrepentí.
A las siete y catorce, abrí el correo para comprobar si podía retirarlo.
—No —dijo Sara, cerrándome el portátil.
—Podría haber un error.
—Lo hemos revisado cuatro veces.
—Tal vez el mercado no está preparado.
—El mercado puede responder mañana.
No respondió mañana.
Tampoco al día siguiente.
El tercer día, yo ya había decidido que Amelia nos odiaba, que Entre Versiones era un nombre pretencioso y que la impresora del banco sería la única adquisición de la empresa antes de su cierre.
Entonces llegó el correo.
«Acepto la opción dos. Necesito que sea exactamente como lo hemos hablado».
Debajo aparecía la confirmación del anticipo.
Durante unos segundos, solo fui capaz de mirar la pantalla.
—Nos han contratado —dije.
Sara leyó el mensaje por encima de mi hombro.
—Nos han contratado bien.
—Hay una diferencia.
—Enorme.
Abrimos una botella de cava que llevaba en mi nevera desde Navidad. Bebimos en tazas porque las copas estaban en una caja alta y ninguna quería empezar la empresa subiéndose a una silla.
—Tenemos que hablar de mi papel —dijo Sara.
—Lo sé.
—No puedo ser socia todavía. Necesito salir de la empresa, cobrar el finiquito y ver cuánto puedo aportar.
—No quiero que pongas tus ahorros en esto.
—Todavía no he dicho que vaya a hacerlo.
—Lo estabas pensando.
—También pienso en cortarme flequillo y no significa que vaya a tomar una mala decisión.
Acordamos que colaboraría por proyectos durante tres meses. Después revisaríamos ingresos, carga de trabajo y si podíamos soportarnos fuera de una oficina ajena.
—Una condición —dijo.
—¿Cuál?
—No vuelves a decidir sola que puedes con todo.
—Eso no es una condición medible.
—Te mandaré un formulario semanal.
—Lo rellenaré mal.
—Entonces lo discutiremos.
A las diez de la noche, cuando Sara se marchó, el salón estaba cubierto de presupuestos, notas adhesivas y cables. La mesa donde antes cenaba sola se había convertido en algo que todavía no parecía una empresa, pero ya no era solo una idea.
Apagué el ordenador.
El miedo dejó de significar que estaba equivocada.
Significaba que lo que hacía dependía de mí.