Capítulo 22 La versión de mí que siempre dice que sí
Duré veintitrés días.
El cuarto día, un cliente pidió adelantar una presentación una semana. Sergio aceptó antes de consultar al equipo y después me explicó que, como directora, mi función consistía en «convertir la presión en capacidad».
—La presión no se convierte —dije—. Se reparte o revienta algo.
—Por eso confío en ti.
Aquella tarde repartí tareas, cancelé una reunión de Entre Versiones y llamé a Amelia para pedirle dos días más. Aceptó sin enfadarse. Yo me sentí agradecida por una concesión que no habría necesitado si hubiera respetado mi propio calendario.
El séptimo día utilicé por fin una jornada de teletrabajo. A las ocho y doce, Sergio me convocó por videollamada. A las nueve, pidió que fuera a la oficina porque «la presencia ayuda a alinear». Llegué a las diez y media. Nadie mencionó que uno de los dos días prometidos acababa de desaparecer.
El décimo día, Sara presentó una propuesta para una marca deportiva. Había trabajado tres semanas en ella. Durante la reunión, Sergio explicó las ideas como si hubieran nacido durante su trayecto en coche.
—La estrategia de comunidad la ha desarrollado Sara —dije.
Él sonrió sin mirarme.
—Por supuesto. Es un esfuerzo de equipo.
Al salir, Sara guardó el portátil con movimientos precisos.
—No necesitaba que me defendieras delante del cliente.
—Solo he dicho la verdad.
—Y ahora él me pedirá que sea más estratégica con las jerarquías.
—No puede castigarte por reconocer tu trabajo.
Sara me miró de una forma que me hizo recordar cuántas veces yo había pronunciado frases parecidas antes de ser despedida.
—Claro que puede —dijo—. Lo hace todo el tiempo. Solo que ahora estás en el despacho de cristal y no lo ves igual.
Sus palabras me acompañaron durante el resto del día.
El despacho de cristal era una trampa perfecta: permitía observarlo todo y, al mismo tiempo, daba la impresión de que yo estaba separada.
Las personas entraban con problemas que no se atrevían a llevar a Sergio.
Yo los resolvía, corregía presupuestos y negociaba plazos.
Al final de la semana, la empresa funcionaba un poco mejor y yo estaba demasiado cansada para preguntarme a quién beneficiaba aquello.
El día doce, Marta me pidió hablar en el baño porque era el único lugar sin paredes transparentes.
—Van a despedir a dos personas de cuentas —susurró.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Nadie. Han quitado sus accesos al calendario del mes que viene.
Pregunté a Sergio. Respondió que no podía compartir decisiones confidenciales y que mi función era transmitir tranquilidad.
—¿Aunque no sepa si es verdad?
—Especialmente entonces.
Me negué. Dos días después, las personas fueron despedidas. Una de ellas me preguntó si yo lo sabía. Contesté que no, pero mi cargo hizo que la respuesta sonara a mentira.
El día quince, Sara y yo trabajamos en mi casa hasta las dos de la mañana para cerrar el proyecto de Lumen. Ella había salido de la oficina a las ocho. Yo, a las nueve y media.
—Esto no puede ser nuestra empresa —dijo, señalando las tazas vacías y la pantalla—. No podemos crear algo propio copiando la forma en que nos destruyen allí.
—Solo es una semana complicada.
—Eso dice Sergio.
—Necesitamos entregar.
—Sí. Pero también necesitamos decidir cuánto cuesta entregar así.
Apagó su portátil.
—Me voy a dormir.
—Falta revisar proveedores.
—Lo revisamos mañana.
—La presentación es a las diez.
—Entonces a las siete.
—Sara.
—No soy tu empleada, Clara.
El silencio cayó entre las dos.
—No he dicho que lo seas.
—No hace falta. Cuando tienes miedo, empiezas a repartir tareas como si fueras la única persona capaz de medir lo urgente. Lo hacías en la empresa y lo estás haciendo aquí.
Me dolió porque era cierto. Había abandonado el edificio, pero todavía llevaba dentro la misma jerarquía.
—Lo siento.
—No quiero que lo sientas. Quiero que construyamos algo distinto.
Cerré también mi portátil. Dormimos cuatro horas y terminamos la revisión por la mañana. La presentación salió bien. Nadie murió por haber descansado.
El día dieciocho, Sergio prometió al cliente de Lisboa que yo viajaría durante tres semanas. Me enteré al recibir la reserva de hotel.
—Hablamos de un viaje puntual —le recordé.
—El proyecto ha crecido.
—Mi disponibilidad no.
—Por eso necesitamos compromiso de dirección.
Canceló la reserva cuando le mostré el acuerdo por escrito, pero durante dos días se refirió a mi decisión como «la incidencia de Lisboa».
El día veinte, Sara entró en mi despacho y cerró la puerta.
—He calculado cuánto tiempo puedo vivir con mis ahorros —dijo.
—No tomes una decisión cansada.
—Llevo un año tomando la decisión y seis meses aplazándola. No quiero ser directora. No quiero tu despacho. Quiero hacer el trabajo y poder decir que una idea es mía sin parecer conflictiva.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé todavía. Eso ya no me asusta tanto.
—A mí sí.
—Porque tú crees que no saber es caer. A veces solo significa que todavía no has elegido el suelo.
La frase sonaba demasiado buena para Sara.
—¿La has leído en algún sitio?
—No. Pero puedes utilizarla en la web y pagarme derechos.
El día veintidós, Sergio me felicitó por «haber recuperado el control del equipo». Yo miré a través del cristal. Marta comía frente al ordenador. Sara enviaba un correo con la mandíbula apretada. Dos mesas continuaban vacías desde los despidos.
No había recuperado el control.
Había conseguido que un sistema agotado siguiera funcionando.
El día veintitrés llegué a casa a las diez y encontré tres mensajes de clientes de Entre Versiones, una llamada perdida de mi madre y una fotografía de Álex en Lisboa que no había abierto. Me senté en el suelo del pasillo sin encender ninguna luz.
El círculo rojo del calendario estaba todavía a más de dos meses.
Comprendí que una fecha de salida no servía si cada día que pasaba dentro me enseñaba a tolerar un poco más.
No fueron tres meses, pero sí suficientes para recordar por qué había llegado a odiar aquel trabajo.
Sergio organizaba reuniones a las ocho y media «para aprovechar la mañana». Los clientes escribían a cualquier hora porque alguien les había prometido disponibilidad total. Cada problema terminaba en mi despacho con la frase «Clara siempre encuentra una solución».
Antes, oír aquello me hacía sentir imprescindible.
Ahora sonaba como una condena.
El día veinticuatro, Sergio entró sin llamar.
—Necesitamos que viajes a Lisboa el jueves.
—Tengo el evento de Lumen el viernes.
—Ese proyecto personal empieza a interferir.
—Lo acordamos antes de que aceptara.
—Sí, pero la dirección requiere flexibilidad.
—También acordamos dos días de teletrabajo y todavía no he utilizado ninguno.
—Estamos en una fase excepcional.
—Siempre estamos en una fase excepcional.
Sergio se sentó frente a mí.
—Clara, te hemos dado una segunda oportunidad.
La frase fue tan clara que durante un segundo pensé que la había imaginado.
—¿Perdona?
—No lo digo en sentido negativo. Pero volviste con mejores condiciones y confiamos en tu compromiso.
—Me despedisteis después de once años y me llamasteis cuando los clientes empezaron a marcharse. La segunda oportunidad os la di yo.
Sergio endureció la expresión.
—No conviertas esto en algo personal.
—Tienes razón. Hablemos profesionalmente. No viajaré el jueves porque tengo un compromiso previo aprobado por escrito.
—Entonces tendremos que revisar si este puesto encaja contigo.
Sostuve la mirada de Sergio.
Durante años había temido aquella clase de frase. Había cedido fines de semana, vacaciones y planes personales para evitar que alguien dudara de mi compromiso.
Esta vez sentí algo distinto.
Cansancio.
—No encaja —dije.
Sergio parpadeó.
—¿Qué?
—El puesto. No encaja conmigo.
—No tomes decisiones impulsivas.
—La decisión impulsiva fue volver.
Abrí un documento nuevo y empecé a escribir mi renuncia.
—Clara, piénsalo.
—Llevo veintitrés días pensándolo doce horas diarias.
—Puedes arrepentirte.
—Ya me arrepiento. Solo estoy corrigiéndolo.
Imprimí la carta, firmé y se la entregué.
Sergio la sostuvo como si fuera un objeto ofensivo.
—¿Te vas por ese proyecto del cine?
—Me voy por mí.
La frase ya no sonó prestada.
Recogí mis cosas. Esta vez sí tuve una caja de cartón, aunque era de paquetes de folios y olía a almacén. Metí una taza, dos libretas y el cargador correcto.
Sara me siguió hasta el ascensor.
—¿Lo has dejado?
—Sí.
—¿Estás loca?
—Posiblemente.
—¿Y ahora qué?
Las puertas se abrieron.
—Entre Versiones.
Sara entró conmigo.
—Yo también me voy.
—¿Qué?
—No hoy. No así. Pero me voy.
—Sara, no tomes una decisión porque yo…
—No la tomo por ti. Llevo meses queriendo hacerlo. Solo necesitaba ver que la puerta no era una pared.
El ascensor bajó.
—No puedo pagarte una nómina —dije.
—De momento puedo colaborar por proyectos. Tengo ahorros para tres meses.
—Eso es muy poco.
—Lo sé.
—Y Entre Versiones apenas existe.
—También lo sé.
—Podría salir mal.
—Clara, he trabajado tres años con Sergio. Mi tolerancia al riesgo está deformada.
Nos reímos, pero el miedo siguió allí, sentado entre las dos y haciendo cuentas.
En la calle, dejé la caja en el suelo y respiré.
No sentí euforia. Sentí miedo, uno grande y concreto, con cifras, alquiler y obligaciones fiscales.
Pero era un miedo mío.
Fuimos a La Fuga, la cafetería de mi primera cita con Álex. Nos sentamos en la mesa junto a la ventana y abrimos los portátiles.
—Necesitamos cuentas, contratos, seguros y una web decente —dijo Sara.
—También clientes.
—Amelia ya quiere otoño.
—Y una marca de cosmética me pidió propuesta la semana pasada.
—¿Y el Atlas?
La pregunta quedó entre nosotras.
—No trabajo con ellos.
—No he preguntado por trabajar.
—Tampoco sé nada de Álex.
—Mientes fatal.
—Sé que está en Lisboa. Irene publicó una foto del equipo del concurso.
—Eso es saber algo.
—No hemos hablado.
Sara tecleó el nombre de la empresa en el buscador.
—¿Quieres que mire?
—No.
—Ya estoy mirando.
—Sara.
—Han pasado a la fase final.
Mi estómago se contrajo.
—Bien.
—Muy convincente.
Cerró la pestaña.
—No tienes que resolverlo hoy.
Miré la pizarra de la cafetería. Seguía diciendo que hoy podía ser un buen día. Tal vez el dueño no tenía más frases.
—Hoy solo tenemos que hacer una cosa —dije.
—¿Cuál?
Abrí el documento de presentación de la empresa.
Escribí:
Entre Versiones crea espacios y encuentros para proyectos que todavía están descubriendo en qué pueden convertirse.
Sara leyó la frase.
—Suena caro.
—Perfecto.
Trabajamos hasta que anocheció.
Al salir, la ciudad seguía funcionando con su habitual falta de consideración. Pero esta vez yo no había perdido una vida.
La había dejado.