Capítulo 21 Volver atrás también es una dirección
Sergio eligió un restaurante caro para nuestra reunión.
Era su manera de demostrar que algo importaba sin tener que decirlo.
Llegó siete minutos tarde, dejó el teléfono sobre la mesa y pidió agua con gas antes de preguntarme cómo estaba.
—Bien —respondí.
—He visto lo del Atlas. Enhorabuena.
—Gracias.
—Ha tenido mucha repercusión.
—Sí.
—Y el evento de Lumen también.
Ahí estaba la verdadera razón.
Sergio se quitó las gafas.
—Reconozco que la empresa cometió un error.
—¿Al despedirme o al descubrir que podía trabajar sin vosotros?
—Clara.
—Perdona. Continúa.
—La reestructuración no ha dado los resultados esperados.
Traducido: dos personas hacían ahora el trabajo de cinco y los clientes habían empezado a notarlo.
—Queremos que vuelvas —dijo—. Como directora de producción.
Mi cuerpo reaccionó antes que yo: no con alegría, sino con alivio.
Un cargo, una nómina, vacaciones, seguridad. Todo aquello que había perdido regresaba empaquetado en una oferta mejor.
—¿Condiciones?
Sergio deslizó una hoja sobre la mesa.
El salario era un treinta por ciento superior al anterior. Incluía variable, teléfono, seguro médico y dos días de teletrabajo.
—Es una buena propuesta —dije.
—Porque valoramos tu experiencia.
—Hace un mes no parecía tan valiosa.
—Las decisiones empresariales no siempre son personales.
—Sus consecuencias sí.
Sergio juntó las manos.
—No puedo cambiar lo que ocurrió. Puedo ofrecerte una oportunidad.
La palabra oportunidad había trabajado demasiado en mi vida.
—Necesito pensarlo.
—Tenemos urgencia.
—Yo también la tenía cuando me echasteis.
Acordamos que respondería en cuarenta y ocho horas.
Llamé a Laura al salir.
—Di que no —respondió antes de que terminara de contarlo.
—Es mucho dinero.
—También era mucho odio estable.
—Podría ahorrar, hacer crecer Entre Versiones poco a poco y marcharme cuando estuviera preparada.
—O podrías volver a trabajar doce horas y no tener tiempo para hacer crecer nada.
—Dos días de teletrabajo.
—Dos días de responder correos en pijama no son libertad.
—Necesito ingresos.
—Tienes dos clientes y una indemnización.
—No durará para siempre.
—Nada dura para siempre. Por eso existe el queso envasado al vacío.
No ayudaba.
Aquella noche hice una lista de ventajas e inconvenientes. La columna de ventajas era concreta: salario, seguridad, cotización, equipo. La de inconvenientes era emocional: volver, miedo, agotamiento, pérdida de libertad.
Los números parecían más serios.
Acepté.
Se lo comuniqué primero a mi madre porque sabía que sería la única persona capaz de celebrar la noticia sin pedir una explicación emocional.
—Es lo sensato —dijo—. Un buen sueldo, cotización y seguro médico. Ya tendrás tiempo de hacer otras cosas.
—Tengo treinta y seis años, mamá. El tiempo no viene en una cuenta aparte.
—No he dicho que abandones tu proyecto. He dicho que puedas pagar la luz mientras lo haces.
Mi padre estaba escuchando desde algún lugar de la casa.
—Pregúntale si está volviendo porque quiere o porque tiene miedo —gritó.
—Tu padre pregunta si has leído bien el contrato —tradujo mi madre.
—Lo he oído.
Laura reaccionó de una forma menos administrativa.
—No.
—Ya he aceptado.
—Entonces retrocede en el tiempo y no lo hagas.
—Necesito estabilidad.
—Necesitas dormir. No es lo mismo.
—Puedo organizarme.
—Clara, una vez organizaste una mudanza, una boda y un congreso durante la misma semana. No me tranquiliza que puedas organizarte. Me preocupa lo que estás dispuesta a considerar normal.
—Solo serán tres meses.
—Esa frase es el equivalente laboral de «solo una copa».
Colgué enfadada, aunque sabía que Laura no intentaba decidir por mí. Intentaba recordarme algo que yo había decidido olvidar durante cuarenta y ocho horas.
Sara me llamó esa tarde.
—Sergio acaba de anunciar que vuelves —dijo.
—Todavía no había firmado la versión final.
—Aquí la versión final es la que él cuenta primero.
—¿Cómo lo ha presentado?
—Como una rectificación valiente de la empresa y una nueva etapa de liderazgo.
Me dejé caer en el borde de la cama.
—No vuelvo para salvarles.
—Ya. Pero él sí te trae para eso.
—El puesto es bueno.
—El título es bueno. El puesto todavía no existe. Han repartido tu antiguo trabajo entre cuatro personas y ahora esperan que vuelvas a recogerlo sin que nadie se sienta cuestionado.
—Tendré autoridad.
Sara guardó silencio.
—¿Qué?
—Ojalá.
—No necesito que todo el mundo me diga que me equivoco.
—No te lo digo. Te digo que vengas sabiendo dónde entras. Si es una estrategia, ponle condiciones y una fecha. No dejes que la fecha se mueva cada vez que alguien tenga una urgencia.
—Tres meses.
—Escríbelo.
Lo anoté en un calendario de papel y rodeé el último viernes con un círculo rojo. El gesto me tranquilizó. Un final visible convertía la vuelta en un paréntesis.
El domingo preparé la ropa como si fuera mi primer día en una empresa nueva. Encontré al fondo de un cajón la antigua tarjeta de acceso. Mi fotografía tenía ocho años y una expresión tan segura que parecía tomada antes de que la vida inventara las variables.
También encontré una libreta del último año.
Las primeras páginas estaban llenas de listas de trabajo.
En las últimas había anotado ideas para proyectos que nunca propuse porque no había tiempo, presupuesto o permiso.
Una cena inmersiva en un mercado, una exposición sobre oficios desaparecidos, un ciclo de encuentros en espacios abandonados.
Entre Versiones existía, en parte, dentro de aquella libreta.
La llevé conmigo.
Antes de dormir abrí el chat con Álex. Tenía un mensaje sin leer de dos días antes.
Álex Silla Torcida: Irene dice que el informe está salvando la negociación con el banco. Gracias.
No preguntaba cómo estaba ni utilizaba el proyecto como excusa para acercarse. Respondí con una frase profesional.
Yo: Me alegro. Que revisen las previsiones del segundo trimestre; son conservadoras.
Álex Silla Torcida: Se lo diré.
Nada más.
Seguí mirando la pantalla, esperando sentir alivio porque respetaba el espacio que había pedido. Sentí alivio y una ausencia física, como cuando retiran un mueble grande y el suelo conserva una marca más clara.
A la mañana siguiente salí de casa con la antigua tarjeta de acceso, la libreta nueva y una promesa escrita en rojo.
No regresaba para quedarme.
Eso me repetí en el ascensor, en el metro y frente a la puerta de cristal.
Lo difícil no era entrar.
Era recordar dónde había prometido salir.
No como decisión definitiva, me dije. Como estrategia. Tres meses para ahorrar, organizar Entre Versiones y recuperar estabilidad.
Sergio quiso que empezara el lunes.
El primer día encontré mi antigua mesa ocupada por un chico nuevo. Me asignaron un despacho pequeño con paredes de cristal y una placa provisional que decía «Dirección de Producción».
Sara me abrazó en el pasillo.
—No sabía que habías aceptado.
—Fue rápido.
—¿Estás contenta?
—Sí.
Me miró durante demasiado tiempo.
—Tu voz no.
—Dale un día.
A las nueve y media ya tenía cincuenta y cuatro correos. A las once, Sergio añadió la convención de Lisboa a mis responsabilidades. A la una, descubrí que el variable dependía de objetivos que nadie había mencionado en la oferta. A las tres, comí un sándwich frente al ordenador.
A las siete, Sara se asomó al despacho.
—¿Te vas?
Miré la pantalla.
—En media hora.
—Has dicho eso a las seis.
—Tengo que cerrar un presupuesto.
—Clara.
—Primer día.
Sara se marchó. Yo salí a las nueve y cuarto.
En el metro recibí un mensaje de Amelia.
Amelia: ¿Podemos reunirnos esta semana para otoño? Tengo nuevas ideas.
Miré mi calendario. No había espacio hasta dentro de doce días.
Respondí que la llamaría al día siguiente.
Después vi una publicación del Atlas. Irene aparecía junto a la pared de tarjetas. El texto anunciaba que seguirían trabajando para convertir las reservas en un programa estable.
Álex no salía en la fotografía.
No había sabido nada de él desde el lunes.
Llegué a casa, encendí todas las luces y encontré la cafetera italiana sobre la encimera.
Seguía allí.
Preparé café aunque eran casi las diez. Abrí el portátil personal y traté de trabajar en la propuesta de Lumen.
Me quedé dormida en el sofá antes de terminar la primera página.
A la mañana siguiente, volví a la oficina.
Al tercer día, dejé de fingir que aquello era una estrategia.
Era miedo con nómina.