Capítulo 20 Las cajas no saben cuándo una historia ha terminado
No respondí a Sergio en la acera.
Guardé el teléfono en el bolso y caminé sin saber muy bien hacia dónde.
Tenía una estación de metro a menos de cien metros, pero pasé de largo.
También pasé junto a La Fuga, donde una pareja discutía sobre quién había olvidado reservar mesa para el cumpleaños de una madre que, por el tono, debía de llevar años esperando aquella celebración.
La ciudad estaba llena de problemas que no eran los míos.
Me resultó ofensivo y tranquilizador al mismo tiempo.
Caminé hasta que los zapatos empezaron a rozarme el talón. Entonces entré en una farmacia, compré tiritas y me senté en un banco para colocármelas con el bolso entre las rodillas. Una señora que daba de comer a las palomas me observó durante unos segundos.
—Esos zapatos no son para andar —dijo.
—Hoy tampoco era un día para hacerlo.
—Los días no preguntan.
Me ofreció una miga de pan, quizá para mí o quizá para las palomas. No quise averiguarlo.
Cuando llegué a casa, dejé el bolso en el recibidor y encendí todas las luces. La costumbre seguía allí, esperándome. Pasillo, salón, cocina, dormitorio. Una casa iluminada como un escaparate para una sola persona.
Sobre la mesa había una carpeta del Atlas que no recordaba haber traído. Contenía acreditaciones sobrantes, una copia del programa y una lista manuscrita de incidencias. En la última página, Álex había anotado con su letra inclinada: «Revisar carga máxima. Preguntar a Clara antes de mover nada».
Me senté.
Aquella frase pequeña me hizo más daño que el te quiero.
El amor era enorme y abstracto. Una cosa que podía decirse en un cine vacío, sobrevivir a una mentira y seguir siendo verdad. En cambio, preguntar antes de mover nada era exactamente lo que él no había hecho. También era exactamente lo que estaba intentando aprender.
Abrí el chat.
El último mensaje era de hacía seis días.
Álex Silla Torcida: La inspección se adelanta a las ocho. No hace falta que vengas antes de las nueve.
Yo: Estaré allí a las ocho y media.
Álex Silla Torcida: Eso no es lo que he dicho.
Yo: Estoy progresando.
Escribí: Yo también te quiero.
Lo borré.
Escribí: He recibido la bonificación. Gracias.
Lo borré también.
Después escribí: No sé qué hacer con lo que me has dicho.
No lo envié.
El timbre sonó a las ocho. Era Laura con una bolsa de comida china, una botella de vino y la expresión de quien ya ha decidido que vas a contarle la verdad aunque tenga que quedarse hasta el desayuno.
—No te he llamado —dije.
—Irene sí.
—Traición institucional.
—Me ha dicho que habías terminado el proyecto y que parecías una persona a punto de intentar estar bien sola.
—Estoy bien sola.
Laura entró, miró todas las luces y dejó la bolsa sobre la mesa.
—Claro.
Comimos directamente de los envases. Yo le conté la conversación con Álex de forma ordenada, como si fuera un informe: disculpa, Lisboa, decisión, declaración. Laura no interrumpió hasta que terminé.
—¿Y tú qué has dicho?
—Que no lo dijera ahora.
—Eso no responde a lo que sientes.
—No me ha pedido una respuesta.
—Tampoco yo.
Bebí vino.
—Lo quiero.
Decirlo en mi casa fue distinto. No había butacas, ni despedida, ni una distancia enorme que convertir en dramatismo. Solo dos rollitos de primavera fríos y Laura mirándome con demasiada atención.
—Pero no confío en él —añadí.
—Eso sí es un problema.
—Gracias por la aportación.
—Podría decirte que el amor lo arregla todo, pero he salido con hombres que no sabían reservar un restaurante y el amor no consiguió ni una mesa junto a la ventana.
—No es lo mismo.
—No. Pero la idea sirve. Querer a alguien no convierte automáticamente sus defectos en una experiencia de crecimiento.
Me levanté para recoger los envases.
—Ha empezado a cambiar.
—Puede ser.
—Ha reconocido lo que hizo.
—También.
—Y no me ha pedido que vuelva.
—Eso parece importante.
—Lo es.
Laura se apoyó en la encimera.
—Entonces quizá no necesitas decidir si vuelves. Solo decidir qué necesitas hoy.
—Dormir dieciséis horas.
—Además de eso.
Miré el teléfono sobre la mesa.
—Que no me escriba.
—¿Seguro?
—No.
—Gran avance.
Me reí y luego, sin previo aviso, empecé a llorar.
No fue una lágrima elegante. Fue una de esas crisis que te obligan a respirar por la boca y buscar pañuelos mientras tu amiga aparta los rollitos de primavera para que no mueras encima de la salsa agridulce.
Lloré por Álex, por el Atlas y por el trabajo que había terminado.
Por Mateo, aunque llevara dos años fuera de mi vida.
Por mi antigua oficina, porque incluso las jaulas dejan un hueco cuando desaparecen.
Lloré por la mujer que creía que a los treinta y seis años ya tendría una cocina con isla y por la que ahora no sabía ni qué poner debajo de su nombre en una tarjeta.
Laura se sentó a mi lado en el suelo.
—No voy a decirte que todo pasa —dijo.
—Bien.
—Pero esto cambia.
—Es casi lo mismo.
—No. Pasar significa que desaparece. Cambiar significa que un día podrás mirarlo sin que tenga esta forma.
Nos quedamos allí hasta que se me durmió una pierna.
Después de que Laura se marchara, apagué las luces una a una. Dejé encendida solo la del pasillo.
Me duché, me puse el pijama y abrí el correo. Había mensajes de proveedores, una propuesta de Amelia para otoño y tres facturas pendientes de cobro. También estaba el mensaje de Sergio, esta vez desarrollado en un correo formal.
«La empresa desea explorar tu reincorporación en una posición de mayor responsabilidad».
Leí el salario propuesto sin que todavía apareciera por escrito. Imaginé una nómina, vacaciones, un despacho y la tranquilidad de saber cuánto dinero entraría cada mes. Imaginé también reuniones a primera hora, cenas canceladas y mi nombre convertido otra vez en sinónimo de disponible.
La propuesta no abría una puerta nueva; me devolvía a una que conocía demasiado bien.
Contesté que aceptaba una reunión.
Luego abrí el chat con Álex.
No escribí nada. En vez de eso, silencié la conversación durante veinticuatro horas.
No porque no quisiera saber de él.
Porque esta vez quería escucharme antes.