La vida después del guion Capítulo 19 Los lunes también pueden ser finales
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Capítulo 19 Los lunes también pueden ser finales

El lunes entregué un informe de ochenta y seis páginas.

Incluía resultados, reservas, incidencias, contactos, proveedores, propuestas de programación y un plan de trabajo para los siguientes noventa días. También incluía una carpeta organizada por colores, porque una persona puede estar emocionalmente devastada y seguir utilizando separadores.

Irene me esperaba en la oficina.

Álex no estaba.

No pregunté por él.

Antes de sentarme con Irene recorrí el edificio por última vez como responsable del proyecto. No era una despedida oficial. Solo una lista de comprobación con demasiados recuerdos escondidos entre las casillas.

En el vestíbulo, Paco desmontaba una mesa con una llave inglesa que no pertenecía a ninguna de las herramientas autorizadas.

—Esa llave es mía —dijo cuando me vio mirarla.

—Eso no la convierte en adecuada.

—Ha funcionado cuarenta años.

—También el tabaco en los aviones.

Paco sonrió y guardó la llave en el bolsillo.

—Irene dice que te vas.

—Termino el encargo.

—Eso es irse con vocabulario de oficina.

No supe qué responder. Paco dejó la mesa y sacó de la cartera una entrada antigua, doblada por la mitad. La fecha era de 1987, la noche de la tormenta que Gabriel había contado durante la cena.

—La encontré detrás de la taquilla —dijo—. Pensé que te gustaría.

—Debería quedarse en el archivo.

—Tengo otras cuatro. Mi mujer guardaba todo.

Me entregó la entrada.

—No tienes que quedarte para que esto haya sido tuyo un rato.

La frase, pronunciada por un hombre que consideraba la normativa una opinión, me hizo bajar la mirada.

—Gracias, Paco.

—Y si vuelves, traeré una escalera homologada.

—Eso sí sería una declaración de amor.

En la sala pequeña, Júlia recogía atriles. Me abrazó antes de que pudiera impedirlo.

—He conseguido dos alumnos para septiembre —dijo—. Si seguimos abiertos, quiero hacer un taller de música de cine.

—Habla con Irene. Está en el plan de programación.

—Ya he hablado. Me ha pedido presupuesto.

Se me escapó una sonrisa. Durante semanas había sido yo quien conectaba cada idea con la siguiente persona. Ahora las conversaciones ocurrían sin pasar por mí.

Aquello dolía y aliviaba al mismo tiempo.

Tomás había empezado a digitalizar las fotografías.

Los comercios del barrio mantenían un grupo de socios.

Sara había dejado una plantilla de producción que Irene sabía utilizar mejor de lo que admitía.

Incluso Gabriel había aceptado reunirse con el banco sin esperar a que Álex preparara cada respuesta.

El Atlas no estaba salvado. Pero ya no dependía de mi capacidad para sostenerlo con ambas manos.

En la cabina de proyección encontré el vaso de cartón donde Álex había guardado el cepillo de dientes la primera noche que se quedó en mi casa.

No tenía ningún sentido que estuviera allí.

Lo reconocí por una pequeña mancha azul en el borde y por la facilidad con la que mi memoria convertía basura en una reliquia.

Lo tiré.

No porque quisiera borrar lo que había ocurrido, sino porque no pensaba cargar con cada objeto para demostrar que había sido real.

Cuando regresé a la oficina, Irene había preparado dos carpetas: una con la documentación y otra con una lista de tareas pendientes.

—He reducido las categorías —dijo—. Tenías nueve colores.

—Cada color cumplía una función.

—Ahora cumplen cuatro.

—Esto es vandalismo administrativo.

—Estoy encontrando mi estilo de dirección.

La miré. Llevaba ojeras y los pendientes rojos que había usado la primera vez que la vi. También una seguridad nueva, menos luminosa y más firme.

—He hablado con el patronato provisional —añadió—. Si seguimos, habrá un salario para dirección cultural. No voluntariado eterno.

—Bien.

—Y un día libre a la semana.

—Dos.

—Iba a negociar uno y medio.

—Empieza por dos.

Irene tomó nota.

—No sé si podré hacerlo sin ti.

—Sí podrás.

—Eso suena a frase de despedida.

—Suena a que ya has empezado.

Se quedó mirándome unos segundos y luego abrió la carpeta definitiva. Empezamos el traspaso.

Desde que había llegado al Atlas, mi trabajo no consistía en hacerme imprescindible.

Consistía en marcharme sin dejar un agujero.

—Esto es demasiado —dijo ella al ver las carpetas.

—No existe demasiado cuando se trata de documentación.

—Eso ha sonado a mi hermano.

—Me ha contaminado más de lo que pensaba.

Revisamos cada apartado. Irene tomó notas, hizo preguntas y trató de negociar que continuara al menos dos semanas.

—No puedo.

—¿Porque no quieres o porque te dolería verlo?

—Las dos cosas pueden ser verdad.

—Podrías trabajar conmigo y no con él.

—El proyecto es de los dos.

—El proyecto es de demasiada gente ya.

Cerré la última carpeta.

—Precisamente. Ya no depende de mí.

Irene me acompañó hasta la puerta. Antes de salir, me entregó un sobre.

—La liquidación final.

—No era necesario hacerlo hoy.

—Sí lo era. Y hay una bonificación.

Abrí el sobre. La cantidad era superior a la acordada.

—No puedo aceptar esto.

—No es un regalo. Es por las horas extras que no facturaste, los proveedores que negociaste y las dos mil personas que entraron por esa puerta.

—¿Lo sabe Álex?

—Lo ha calculado él.

Guardé el sobre.

—Dale las gracias.

—Dáselas tú.

—No.

Irene suspiró.

—Sois agotadores.

Álex estaba en la sala principal.

Lo descubrí al cruzar las puertas. Se encontraba en el escenario, solo, mirando la pared de tarjetas. Había pensado que no estaba allí. Tal vez Irene también lo había pensado por mí.

Me detuve a mitad del pasillo.

—Hola —dijo.

—Hola.

—¿Has terminado?

—Sí.

Bajó del escenario.

—He leído el informe preliminar.

—El definitivo está en la oficina.

—Es excelente.

—Gracias.

Nos quedamos frente a frente, rodeados de butacas vacías.

—No quiero hablarte de la venta —dijo—. Ni pedirte que vuelvas.

—Bien.

—Quiero decirte que lo siento sin intentar que eso cambie lo que has decidido.

Esperé.

—Creí que podía proteger a mi familia, mantener abierta la opción del Atlas y evitar que tú cargaras con más presión. En realidad, no confié en ninguno de vosotros para decidir conmigo. Hice lo que siempre hago: convertir el miedo en un plan secreto.

No había una respuesta fácil.

—Gracias por decirlo.

—No es suficiente.

—No.

Álex metió las manos en los bolsillos.

—Rui me ha confirmado que hemos pasado a la segunda fase del concurso de Lisboa.

—Me alegro.

—No sé si iré.

—Eso ya no me corresponde.

—Lo sé.

La distancia entre nosotros parecía mayor que toda la sala.

—¿Hay algo que pueda hacer? —preguntó.

Pensé en pedirle que rechazara la oferta hotelera. Que eligiera el Atlas, a Irene, a mí. Pensé en decirle que me abrazara y prometiera no volver a equivocarse.

Pero las promesas pronunciadas en mitad del miedo suelen durar lo mismo que el miedo.

—Decidir sin esconderte —respondí—. Aunque la decisión no sea la que yo quiero.

Asintió.

—Lo intentaré.

—No. Hazlo.

Caminé hacia la salida.

—Clara.

Me giré.

—Te quiero.

No lo había dicho antes.

Yo había imaginado aquella frase en otros lugares: mi casa, una cena, la cabina de proyección. Nunca en una despedida.

Sentí que algo se abría dentro de mí y tuve que apretar la correa del bolso para no acercarme.

—No lo digas ahora.

—Es verdad ahora.

—También era verdad cuando no me contaste lo del dossier.

Álex cerró los ojos un instante.

—Sí.

—Ese es el problema.

Salí del Atlas.

En la acera me esperaba un mensaje de Sergio.

Sergio: Me gustaría hablar contigo. Tenemos una propuesta que puede interesarte.

Lo leí dos veces.

Después de semanas de incertidumbre, la antigua vida volvía a abrirme una puerta.

Y yo, agotada de despedidas, estuve a punto de confundirla con una salida.