Capítulo 18 Antes de abrir
El sábado amaneció con sol.
Lo interpreté como una amenaza.
A las siete de la mañana ya había una cola de proveedores en la puerta del Atlas, dos voluntarios que no aparecían en ninguna lista y Paco intentando colgar una pancarta desde una escalera que juraba no ser la misma de la semana anterior.
—Paco —dije.
—Está homologada.
—Baja.
—Pero…
—Baja.
Obedeció con la dignidad herida de un hombre que había sobrevivido a varias décadas sin coordinadoras de eventos.
Álex llegó desde la calle lateral con un casco bajo el brazo.
—La inspección ha terminado. Podemos abrir todo el recorrido previsto menos la terraza.
—Perfecto.
—Buenos días.
—Buenos días.
Eso fue todo.
Durante cuatro días habíamos aprendido a trabajar sin mirarnos más de lo necesario. La distancia era eficaz. También agotadora.
A las diez comenzaron las pruebas de sonido. A las once, Irene descubrió que las fotografías antiguas se habían impreso en orden inverso. A las doce, el proveedor de comida informó de que llegaría una hora tarde. A la una, el sistema de reservas dejó de funcionar.
A las dos, Sara me encontró sentada en el suelo de la oficina comiendo un bocadillo de pie, aunque técnicamente aquello era imposible.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Tienes mayonesa en la ceja.
Me limpié con una servilleta.
—Ahora mejor.
—No me refería al evento.
—Ya lo sé.
Sara cerró la puerta.
—Puedes llorar cinco minutos. He calculado el horario.
—No voy a llorar.
—Entonces puedes gritar.
—Tampoco.
—¿Romper algo pequeño?
—Todo aquí tiene valor histórico.
Se sentó a mi lado.
—Álex parece muerto por dentro.
—Qué observadora.
—Y tú pareces una presentadora de televisión que sonríe mientras el plató arde.
—Eso es profesionalidad.
—Eso es preocupante.
Miré el programa pegado en la pared.
—Hoy no puede ir mal.
—No irá mal.
—No por el Atlas. Por toda la gente que ha confiado.
Sara apoyó la cabeza en mi hombro.
—Entonces haz lo que siempre haces. Soluciona lo que se pueda y finge que lo demás formaba parte del plan.
A las cinco abrimos las puertas.
La cola llegaba hasta la esquina.
Los primeros visitantes entraron despacio, mirando el vestíbulo como quien vuelve a una casa de la infancia y teme que los recuerdos hayan cambiado de sitio.
Tomás explicaba las fotografías. Júlia tocaba el violín junto a la antigua taquilla.
En la cabina, el proyector iluminado parecía una criatura dormida.
Cada visitante recibía una tarjeta con una pregunta: ¿Qué te gustaría vivir aquí?
En menos de una hora, la pared destinada a respuestas quedó cubierta.
«El primer cine de mi hija».
«Un lugar para bailar aunque ya tenga setenta años».
«Talleres baratos».
«Películas sin palomitas a precio de oro».
«Que no lo conviertan en otro hotel».
Esa última frase apareció varias veces.
A las siete, Gabriel subió al escenario. Yo le hice una señal desde el lateral cuando llevaba cuatro minutos y medio. Él me vio, sonrió y cerró su discurso en cinco exactos.
—Este lugar fue de mi padre —dijo—, pero nunca fue solo de nuestra familia. Hoy tenemos que decidir si puede volver a ser de todos.
La gente aplaudió.
Yo miré a Álex. Estaba al otro lado de la sala, junto a una mujer con traje azul y una acreditación que no reconocí.
La mujer de la cadena hotelera.
No necesitaba que nadie me lo explicara.
Ella observaba el edificio con atención profesional, tomando notas. Álex respondió a algo y señaló el techo. Durante un instante nuestras miradas se cruzaron.
Él dio un paso hacia mí.
Yo me giré para atender a un proveedor.
Veinte minutos después, la mujer del traje azul se presentó delante de mí mientras yo intentaba localizar cuarenta vasos que, según el proveedor, habían sido entregados «en la zona habitual». En un cine cerrado desde hacía años, aquella zona podía ser cualquier lugar entre el escenario y 1987.
—Clara Montes —dijo—. Helena Vidal. Desarrollo de proyectos para Ardent Hotels.
—Sé quién es.
—Entonces nos ahorramos una tarjeta.
Llevaba una acreditación de invitada y una carpeta fina. No parecía una villana. Aquello me molestó. Era más sencillo odiar a alguien cuando vestía de negro, hablaba de demoliciones y acariciaba un gato.
—El evento es extraordinario —continuó—. Ha logrado demostrar que el edificio conserva una relación muy fuerte con el barrio.
—No estaba en duda para quienes viven aquí.
—Para una inversión, todo está en duda hasta que puede medirse.
—Qué romántico.
Helena aceptó la ironía sin pestañear.
—Su trabajo ha cambiado nuestra valoración del activo.
—Eso ya lo sé.
—También ha cambiado la propuesta. El grupo está dispuesto a mantener la sala principal para programación cultural y financiar una rehabilitación completa.
—A cambio de convertir el resto en un hotel.
—A cambio de hacer viable la operación.
—La viabilidad es una palabra muy elegante cuando significa que la gente podrá visitar el lugar donde antes podía quedarse.
Helena cerró la carpeta.
—No he venido a discutirle lo que debería sentir. Solo quería conocer a la persona que diseñó la campaña.
—¿Para contratarme después de comprar el edificio?
Su pausa fue demasiado breve para negar la idea.
—Podría haber oportunidades.
—No trabajo en funerales culturales.
—Lo entiendo.
—No creo que lo haga.
Miró hacia la pared de tarjetas. Una niña estaba pegando una respuesta tan alto como podía mientras su padre la levantaba por la cintura.
—He trabajado en operaciones donde el edificio terminó vacío durante años porque nadie pudo financiar la alternativa — dijo Helena—. No siempre conservarlo todo es la opción más honesta.
—Y no siempre poner una recepción junto a una fotografía antigua significa conservar algo.
—También es cierto.
Su capacidad para no enfadarse me resultaba irritante.
—Álex ha sido difícil de negociar —añadió.
Me tensé.
—Eso es asunto suyo.
—Ha rechazado la exclusividad dos veces. Insistió en incluir el uso cultural y en aplazar cualquier firma hasta conocer los resultados del proyecto. Esta mañana pidió que no viniéramos, pero su padre aceptó la visita.
La información no reparaba nada. Sin embargo, añadía una arista incómoda a la imagen que había construido: Álex no estaba impulsando la venta con entusiasmo. Estaba manteniéndola abierta, resistiéndose y ocultándola al mismo tiempo.
—¿Por qué me lo cuenta?
—Porque parece pensar que él utiliza su trabajo para vender. Desde mi lado de la mesa, lleva semanas utilizando nuestra oferta para ganar tiempo.
—Y desde el mío ha utilizado mi confianza para conservar dos opciones.
—Las negociaciones casi siempre dependen del lado de la mesa.
—Por eso conviene contar quién está sentado en cada uno.
Helena asintió.
—Tiene razón.
Un voluntario apareció agitando una caja.
—He encontrado los vasos. Estaban en el antiguo cuarto de revelado.
—La zona habitual —dije.
Helena sonrió.
—No retiraré la oferta por esta conversación.
—No esperaba tener tanto poder.
—Pero sí trasladaré que cualquier colaboración cultural necesitaría una dirección independiente. Su campaña ha demostrado que el proyecto no puede tratarse como decoración.
—Eso tampoco es una victoria.
—No. Solo es información.
Se alejó hacia el vestíbulo. Álex me observaba desde el otro extremo de la sala. No sabía cuánto había visto ni cuánto había entendido, pero esta vez no vino a decidir por mí qué debía saber.
Esperó.
Yo también.
La noche siguió avanzando.
Hubo música, visitas guiadas y una proyección de vídeos antiguos. Las reservas para talleres aumentaban en la pantalla instalada junto a la salida. Los vecinos se inscribían como socios. Dos empresas confirmaron aportaciones y una tercera pidió una reunión.
A las diez, superamos las dos mil personas.
A las once, la última actuación terminó con todo el público cantando una canción que nadie había programado.
A medianoche, cerramos las puertas.
Durante varios segundos nadie habló.
Después Irene gritó.
El equipo entero empezó a aplaudir, abrazarse y hacer fotografías. Paco abrió otra botella de cava de procedencia dudosa. Sara lloró sin disimular. Gabriel se sentó en una butaca de primera fila y se tapó la cara con las manos.
Yo miré la pantalla de reservas.
Habíamos alcanzado el setenta y cuatro por ciento del objetivo.
El setenta y cuatro por ciento era una cifra enorme y, aun así, insuficiente.
Álex se acercó.
—Ha sido increíble.
—Sí.
—Clara…
—No ahora.
—Necesito decirte algo.
—Yo necesito cerrar caja, revisar incidencias y asegurarme de que mañana todos cobran.
—La representante del hotel ha mejorado la oferta.
Sentí que el ruido de la sala se alejaba.
—¿Hoy?
—Sí.
—Ha venido a ver lo que hemos conseguido y ha mejorado la oferta.
—También ha dicho que conservarían parte de la fachada y el nombre.
La carcajada me salió seca.
—Qué generosos.
—No he aceptado nada.
—Pero se lo has contado a tu padre.
—Sí.
—¿Y?
Álex miró hacia Gabriel.
—Cree que debemos considerarlo.
—Claro.
—El evento ha funcionado, pero los ingresos previstos todavía no cubren la deuda.
—Necesitamos tiempo.
—El banco no nos da mucho.
—Siempre hay una explicación razonable.
—No estoy defendiéndolo.
—No hace falta. Los números lo hacen por ti.
Álex bajó la voz.
—No quiero que esto termine así.
—¿El Atlas o nosotros?
No contestó enseguida.
—Ninguna de las dos cosas.
Miré alrededor. Irene reía con Sara. Los voluntarios recogían vasos. La pared estaba cubierta de deseos escritos por cientos de personas.
—Yo tampoco —dije—. Pero querer no siempre paga las deudas ni arregla lo que rompemos.
Me alejé antes de que pudiera responder.
A las tres de la madrugada, cuando salimos, el Atlas estaba otra vez vacío. Las luces provisionales seguían encendidas y en el suelo quedaban confeti, folletos y marcas de miles de pasos.
Irene me abrazó en la puerta.
—No sé cómo darte las gracias.
—Pagando las facturas antes del martes.
Se rio contra mi hombro.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Me entregó una bolsa con las tarjetas de los visitantes.
—Llévatelas.
—Son del proyecto.
—Tú hiciste que las escribieran.
—Precisamente por eso son del Atlas.
Irene apretó la bolsa contra el pecho.
—¿Vas a volver el lunes?
—Para entregar el cierre y la documentación.
—Después.
—Después no.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No es justo.
—No.
—Álex te quiere.
Me hizo daño porque sonó verdadera.
—Eso no arregla lo demás.
—Podría intentarlo.
—Tiene que aprender que intentar arreglar no es lo mismo que contar la verdad antes de romper.
Irene asintió.
Álex esperaba a unos metros, junto a la puerta lateral. No se acercó.
Yo tampoco.
Caminé hacia el taxi con los zapatos en la mano.
Habíamos abierto el Atlas durante siete horas.
Yo sentía que acababa de cerrar una parte de mi vida.