Capítulo 14 La felicidad también desordena
Ser pareja de Álex no cambió nada de forma inmediata.
Seguimos discutiendo por horarios, presupuestos y por su costumbre de dejar los vasos junto al fregadero en lugar de dentro. Él siguió llegando antes que yo al Atlas. Yo seguí fingiendo que no me importaba.
Pero aparecieron pequeñas cosas.
Un cepillo de dientes en mi baño.
Una llave de su estudio en mi llavero.
Un mensaje cada noche, incluso cuando habíamos pasado doce horas juntos.
Y el hábito de buscarlo con la mirada al entrar en una habitación.
La felicidad no llegó como una música de fondo. Llegó como desorden. Planes improvisados, ropa en dos casas y conversaciones que empezaban con «solo cinco minutos» y terminaban a las dos de la mañana.
Una semana antes de «Antes de abrir», el Atlas tenía mil doscientas personas inscritas, ciento ochenta reservas para actividades futuras y tres empresas interesadas en patrocinar una parte de la programación.
También tenía una gotera nueva, un proveedor desaparecido y un problema con la licencia temporal.
—No podemos abrir la segunda planta —dijo Álex.
—El recorrido depende de la segunda planta.
—Entonces cambia el recorrido.
—Faltan seis días.
—La alternativa es que alguien atraviese un suelo que no ha superado la inspección.
—No necesito detalles dramáticos.
—Son estructurales.
Sara entró con una caja de acreditaciones.
—Sergio quiere hablar contigo.
El nombre de Sergio consiguió que dejara de fingir interés por las acreditaciones.
—¿Por qué?
—Ha visto lo de Lumen. Amelia conoce a uno de nuestros clientes.
—No es «nuestro». Ya no trabajo allí.
—Él no parece haberlo asumido.
—¿Qué quiere?
Sara dejó la caja.
—No lo sé. Me ha preguntado si estabas disponible para una reunión.
—No.
—Eso le he dicho.
—¿Y?
—Ha preguntado si estaba hablando en tu nombre.
—¿Qué has contestado?
—Que estaba hablando en el mío y que en el tuyo probablemente utilizarías palabras menos amables.
La abracé.
—Te contrataría solo por eso.
—Acepto nómina, vacaciones y café decente.
—Entre Versiones todavía no puede ofrecer ninguna de las tres.
—Entonces esperaré.
Álex recibió una llamada mientras hablábamos. Se alejó hacia el escenario y contestó en portugués. Yo intenté no escuchar, pero hay idiomas que convierten cualquier conversación en algo más íntimo de lo que es.
Cuando colgó, se quedó unos segundos mirando la pantalla.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Sí.
La respuesta fue demasiado rápida.
—¿Nora?
Álex apartó la vista del correo y la clavó en mí.
—¿Por qué piensas eso?
—No lo sé. Lisboa, portugués, cara de pasado complicado.
—Era Rui, un antiguo socio.
—Ah.
—Nora también trabaja con él.
—Entonces no iba tan desencaminada.
Guardó el teléfono.
—Quieren que participe en un concurso para rehabilitar una estación cerca de Lisboa.
—Eso suena importante.
—Lo es.
—¿Y qué has dicho?
—Que ahora no puedo.
—¿Por el Atlas?
—Por todo.
No me gustó la palabra.
—No quiero ser parte de un «todo» que te impida hacer algo importante.
—No he dicho que seas tú.
—Ya. Pero tampoco has dicho que no.
Álex suspiró.
—Solo es una propuesta. Ni siquiera sabemos si el equipo será seleccionado.
—¿Y si lo es?
—Tendría que viajar bastante durante unos meses.
—Eso no es irte.
—No.
—Entonces ¿por qué has dicho que no puedes?
Me miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque el Atlas necesita que esté aquí.
—El Atlas siempre necesitará algo.
—Ahora especialmente.
—Presentaos.
—Clara.
—Lo digo en serio. No conviertas quedarte en una decisión que luego puedas reprocharle a todo el mundo.
—No reprocho mis decisiones.
—Todos lo hacemos cuando no estamos seguros de haberlas tomado por nosotros.
Álex se frotó la nuca.
—¿Esto tiene que ver con Mateo?
—No todo tiene que ver con Mateo.
—Has convertido una llamada de trabajo en una discusión sobre renuncias.
—Porque sé lo que es construir una vida alrededor de lo que parece más práctico y descubrir después que no recuerdas haberla elegido.
—No estoy construyendo mi vida alrededor de ti.
Me dolió antes de que pudiera entenderla.
—No he dicho eso.
—Pero lo has pensado.
—He pensado que no quiero que un día mires hacia atrás y decidas que yo era una de las razones por las que no hiciste algo.
Álex guardó silencio.
—Presentaos —repetí—. Ya veremos si ganáis.
—¿Y si ganamos?
—Ya veremos entonces.
No parecía satisfecho, pero envió un mensaje a Rui delante de mí.
Cuenta conmigo para la primera fase.
—¿Contenta? —preguntó.
—No era una prueba.
—Ha parecido una.
—Lo siento.
—Yo también.
Sara, que fingía ordenar acreditaciones a tres metros de distancia, levantó una caja.
—¿Puedo volver a existir?
—Sí —dijimos a la vez.
—Excelente. Porque tenemos un problema real: han impreso «Antes de abir» en ciento cincuenta pases.
Miré la caja.
—¿Sin la erre?
—Sin la erre.
Álex tomó una acreditación.
—Podría ser conceptual.
—No intentes animarme.
—Estoy practicando.
Pasamos la tarde pegando etiquetas sobre el error. A las nueve, cuando todos se fueron, Álex sacó del bolsillo una llave antigua.
—¿Qué es?
—La cabina de proyección. He arreglado la cerradura.
Subimos. Dentro había limpiado una esquina y colocado dos sillas. Sobre una caja descansaban una botella de vino y dos vasos.
—¿Esto cumple normativa? —pregunté.
—No vamos a encender el proyector.
—No era mi pregunta.
—Probablemente.
Nos sentamos frente a la pequeña ventana que daba a la sala. Desde allí, el Atlas parecía listo, aunque todavía hubiera cables, polvo y carteles sin colgar.
—¿Estás feliz? —preguntó Álex.
La pregunta me sorprendió.
—Ahora mismo, sí.
—¿Y eso te asusta?
—Un poco.
—A mí también.
—Bien.
—Tienes una relación extraña con el sufrimiento compartido.
—Me hace sentir menos sola.
Álex tomó mi mano.
—No estás sola.
No respondí. No porque no lo creyera.
Porque empezaba a hacerlo.