Capítulo 15 Un cepillo de dientes no es un plan de futuro
La primera vez que Álex dejó un cepillo de dientes en mi casa lo hizo sin ceremonia.
No hubo conversación, ni mirada significativa, ni una frase sobre compartir espacios. Una mañana abrí el armario del baño y encontré uno azul junto al mío, todavía dentro de un vaso de cartón que había robado de un hotel.
Lo contemplé como si fuera una declaración notarial.
—¿Qué haces? —preguntó Álex desde la puerta.
—Hay un objeto nuevo.
—Es un cepillo.
—Ya lo veo.
—El mío se quedó aquí anoche.
—Eso parece una estrategia de ocupación.
—Cuesta dos euros.
—Las invasiones empiezan con cosas pequeñas.
Álex se acercó, tomó el cepillo y lo levantó.
—Puedo llevármelo.
—No he dicho eso.
—Tampoco has dicho que pueda quedarse.
—No todo necesita una reunión.
—Eso lo dices porque no has visto tus carpetas.
Se quedó.
Durante los días siguientes aparecieron otras cosas. Una camiseta en el respaldo de una silla. Un cargador junto a mi cama. Un bote de gel que olía a madera y convertía mi ducha en una cabaña escandinava.
Yo dejé una crema de manos en su estudio y una muda en un cajón que él vació sin preguntarme.
—Ese cajón tenía planos —dijo.
—Ahora tiene ropa interior. La arquitectura evoluciona.
La intimidad se construía con gestos ridículos.
Saber que odiaba la piel del tomate. Descubrir que yo hablaba dormida cuando estaba preocupada.
Discutir sobre si las toallas debían doblarse en tres o en cuatro, una conversación que habría hecho que la Clara de veinte años se arrojara por una ventana.
No vivimos juntos.
Lo aclaré varias veces, aunque nadie lo había propuesto.
—No quiero mezclar casas todavía —le dije una noche mientras cenábamos en mi sofá.
—De acuerdo.
—Ni cuentas.
—De acuerdo.
—Ni calendarios compartidos.
—Eso sería útil.
—No.
—De acuerdo.
Lo estudié un momento.
—No tienes que aceptar todo.
—Estoy eligiendo mis batallas.
—Eso suena manipulador.
—Quiero discutir sobre las toallas.
—Se doblan en tres.
—Ahí está.
Nos reímos.
La facilidad me asustaba más que las peleas. Con Mateo, los primeros años también habían parecido fáciles. Después, cada decisión se convirtió en una pieza de un futuro que ya estaba diseñado: boda, piso, hijos, cocina con isla. Cuando empecé a dudar, no supimos separar la duda del fracaso.
Álex no hablaba de futuro.
Al principio me tranquilizó.
Después empezó a preocuparme.
Una tarde fuimos al cumpleaños de Laura. Había alquilado la parte de atrás de un bar y obligado a todos a llevar algo de color amarillo, una idea que ella consideraba temática y yo consideraba una amenaza a la dignidad.
Álex apareció con calcetines amarillos.
—Eso no cuenta —dijo Laura.
—Son visibles.
—Solo porque te has remangado el pantalón.
—He hecho un esfuerzo.
—Clara ha venido con pendientes dorados. También intenta engañarme.
—El dorado es amarillo con autoestima —respondí.
Laura nos presentó a personas que conocíamos y a otras que fingimos recordar. Durante la cena, una amiga suya llamada Mireia preguntó cuánto tiempo llevábamos juntos.
—Tres meses —dije.
—Dos meses y veintiséis días —corrigió Álex.
Todos lo miraron.
—No lo tengo anotado —añadió—. Coincidió con la aprobación de la licencia temporal.
—Eso lo hace más romántico —dijo Laura.
Mireia sonrió.
—¿Y ya vivís juntos?
—No —respondí demasiado deprisa.
—No —dijo Álex después.
—Pero prácticamente —intervino Laura—. Clara ya no compra café para una sola persona.
—Laura.
—¿Qué? Es un dato de consumo.
La conversación cambió, pero yo me quedé atrapada en la palabra prácticamente.
Al volver a casa caminamos en silencio. Álex llevaba mi chaqueta doblada sobre el brazo porque el bar había sido demasiado caluroso y yo había bebido suficiente vino para considerar que las calles se movían más de lo habitual.
—¿Te ha molestado la pregunta? —dijo.
—¿Cuál?
—La de vivir juntos.
—No.
—Has respondido como si te hubieran preguntado si ocultamos un cadáver.
—No quiero que la gente dé por hecho cosas.
—Yo tampoco.
—Bien.
Continuamos andando.
—¿Tú quieres vivir conmigo? —pregunté.
Álex tardó demasiado.
—Ahora no.
La respuesta era exactamente la que yo quería.
Me dolió de todos modos.
—Vale.
—Clara.
—No pasa nada.
—Eso no es verdad.
Me detuve frente a una tienda cerrada. En el escaparate había una mesa de comedor puesta para seis personas que parecían haberse marchado antes de llegar.
—No quiero vivir contigo ahora —dije—. Ni siquiera sé si quiero hacerlo algún día. Pero me gustaría saber que no estamos evitando la pregunta porque cualquiera de los dos puede salir corriendo.
Álex apoyó la chaqueta sobre mi hombro.
—No estoy evitando el futuro.
—Nunca hablas de él.
—Porque llevamos menos de tres meses.
—Dos meses y veintiséis días.
—Exacto.
—Y porque el Atlas puede desaparecer, puedes irte a Lisboa y yo no sé qué trabajo tendré dentro de seis meses.
—También.
—Eso es evitarlo.
—No. Es admitir que no puedo dibujar un plano de algo que todavía no conozco.
—Eres arquitecto. Dibujáis cosas que no existen todo el tiempo.
—Con medidas, terreno y presupuesto.
—Qué romántico.
Álex tomó mis manos.
—Puedo imaginar un futuro contigo. Lo hago. Pero no quiero convertirlo en una promesa que tengas que cumplir para que yo me sienta seguro.
—¿Qué imaginas?
—Café.
—Eso ya existe.
—Una casa con menos luces encendidas.
Lo miré de lado.
—Y un espacio propio para cada uno —continuó—. Viajes. Trabajo que nos importe. Discusiones sobre toallas. Tal vez una cocina con isla si dejas de hablar de ella como si fuera un trauma.
—No quiero una cocina con isla.
—Entonces sin isla.
—¿Y niños?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Álex no apartó la mirada.
—No lo sé.
—Yo tampoco.
—¿Eso es un problema?
Pensé en todas las veces que había respondido lo correcto para no desmontar un plan.
—No hoy.
—Entonces hoy no lo resolvemos.
—Eres irritantemente razonable.
—Solo cuando estoy sobrio.
Me besó frente al escaparate.
Al llegar a casa, vi el cepillo azul junto al mío.
Ya no parecía una invasión.
Tampoco un plan de futuro.
Era algo más pequeño y más honesto: la prueba de que Álex pensaba volver por la mañana.
Dos días después, su cuenta de correo quedó abierta en mi portátil.