Capítulo 13 Las personas no son proyectos de reforma
Álex dormía de lado, con una mano debajo de la almohada y el ceño ligeramente fruncido, como si incluso dormido estuviera revisando una estructura.
Lo observé durante tres segundos antes de sentirme una psicópata y levantarme.
En la cocina descubrí que no tenía café.
Aquello era grave.
Abrí armarios con la esperanza de que una bolsa apareciera por compasión. Encontré té de hacía dos años, cacao y una cápsula de una cafetera que ya no poseía.
—No tienes café —dijo Álex desde la puerta.
Llevaba los pantalones del día anterior y el pelo desordenado. Parecía menos arquitecto y más persona.
—Gracias por tu informe técnico.
—¿Cómo vives así?
—Hay un bar abajo.
—Eso no es vivir. Es externalizar una necesidad básica.
—No necesito que reformes mi cocina.
Abrió la nevera.
—Tienes seis canelones.
—Son un sistema de emergencia materno.
—Podemos desayunar canelones.
—No sé si estoy preparada para ese nivel de intimidad.
Bajamos al bar. Yo llevaba gafas de sol aunque estaba nublado y Álex insistió en pedir zumo natural, decisión que consideré agresiva a las nueve de la mañana.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—Eso ha sonado como cuando no lo estás.
—Estoy bien. Solo intento averiguar si anoche fue una decisión impulsiva o una señal de madurez tardía.
—Podría ser ambas.
—No puedes responder siempre con equilibrio.
—Puedo intentarlo.
Bebí café.
—¿Qué hacemos ahora?
—Hoy es domingo.
—No me refiero al calendario.
Álex miró por la ventana.
—No lo sé.
La honestidad me alivió y me asustó al mismo tiempo.
—No quiero una relación indefinida —dije.
—Yo tampoco.
—Pero tampoco quiero decidir que somos pareja porque hemos dormido juntos una vez.
—De acuerdo.
—Y no quiero que trabajemos como si no hubiera pasado.
—Eso sería difícil.
—Ni que Irene utilice la palabra cuñada.
—Eso será imposible.
La idea me arrancó una sonrisa.
—Podemos ver qué ocurre.
—Eso suena bastante indefinido.
—Es una indefinición con intención.
—Mucho mejor.
Acordamos una norma sencilla: ser honestos antes de intentar ser prudentes. Parecía fácil. Las normas más peligrosas siempre lo parecen.
Durante la semana siguiente nos vimos cada día.
A veces por trabajo, a veces porque uno inventaba una razón.
Álex apareció en mi casa con una cafetera italiana «temporal».
Yo le llevé una caja con etiquetas para ordenar las muestras del Atlas y él me acusó de invadir su sistema, aunque no tenía ninguno.
El miércoles cenamos en un restaurante pequeño. El jueves trabajamos hasta tarde y terminamos viendo vídeos antiguos del cine en la cabina de proyección. El viernes discutimos como dos personas que ya no podían esconderse detrás del proyecto.
Empezó por una factura.
—No puedes adelantar más dinero —dijo Álex.
—Son ciento ochenta euros de impresión. Me los devolverá el Atlas.
—Cuando haya liquidez.
—Lo sé.
—No sabes cuándo.
—Es mi decisión.
—Es una mala decisión.
Levanté la vista del portátil.
—Gracias por tu opinión.
—No es una opinión. Estás empezando una empresa y no puedes financiar otro proyecto con tu indemnización.
—No estoy financiando el proyecto.
—Ya has adelantado dos proveedores.
—Porque no llegan las transferencias a tiempo.
—Ese no es tu problema.
—Sí lo es si necesito que trabajen.
Álex se apoyó en la mesa.
—No puedes resolverlo todo poniendo tu dinero, tus horas o tu cuerpo delante.
—¿Mi cuerpo?
—Te estás agotando.
—Estoy trabajando.
—Duermes cinco horas.
—¿Y tú cuántas?
—No estamos hablando de mí.
—Claro que no. Tú puedes quedarte hasta medianoche revisando planos porque eres responsable. Yo hago lo mismo y estoy repitiendo patrones.
—No he dicho eso.
—Lo has dicho desde que acepté Lumen.
—Porque te conozco.
—No. Porque crees que conocerme te da derecho a gestionarme.
Álex retrocedió un poco.
—No intento gestionarte.
—Eres arquitecto. Intentas gestionar hasta el aire.
—Y tú conviertes cualquier preocupación en un ataque a tu independencia.
Tardé un segundo en encontrar una respuesta.
—No necesito que me salves —dije.
—No intento salvarte.
—Entonces deja de explicarme qué puedo asumir.
—Y tú deja de demostrar que puedes asumirlo todo.
Nos quedamos mirándonos.
Irene abrió la puerta de la oficina, vio nuestras caras y volvió a cerrarla sin entrar.
—Muy discreta —dije.
—Es una de sus virtudes.
Guardé el portátil.
—Me voy.
—Clara.
—Necesito terminar la propuesta de otoño.
—Podemos hablarlo.
—Estamos hablando y no está funcionando.
Salí del Atlas furiosa. Caminé hasta casa sin coger el metro, casi una hora, repitiendo la discusión y encontrando nuevas respuestas perfectas que ya no servían.
Al llegar, vi la cafetera italiana sobre la encimera.
Tuve la tentación de guardarla en un armario.
En lugar de eso, preparé café a las nueve de la noche y llamé a Laura.
—Hemos discutido.
—¿Por qué?
Se lo conté.
—Tiene un poco de razón —dijo.
—Te he llamado para que me apoyes.
—Te apoyo en tu derecho a estar equivocada.
—No estoy equivocada.
—Adelantar dinero que necesitas para vivir a un proyecto familiar del hombre con el que acabas de acostarte no parece una decisión impecable.
—No lo hice por él.
—Ya lo sé. Lo hiciste porque cuando algo depende de ti prefieres romperte antes que admitir que no llegas.
Me senté en el suelo de la cocina.
—Sois insoportables.
—Y tú previsible.
—No quiero convertirme en alguien que pide permiso para trabajar.
—Nadie te lo está pidiendo. Pero tener pareja no significa defender tu autonomía en cada conversación como si estuvierais negociando una frontera.
—No es mi pareja.
—Entonces tienes un problema menos.
Colgamos después de que prometiera cenar algo. No lo hice. Me quedé en el suelo hasta que llamaron al timbre.
Álex estaba en el rellano con una bolsa de comida.
—No voy a entrar si no quieres —dijo.
—Eso es manipulación educada.
—He traído tortilla.
—Manipulación eficaz.
Entró. Nos sentamos en el sofá con los platos sobre las rodillas.
—No quiero decirte qué hacer —empezó.
—Pero lo haces.
—Sí. A veces. Y lo siento.
Esperé.
—Cuando volví de Lisboa —continuó—, encontré a mi padre enfermo, el cine endeudado e Irene intentando sostenerlo todo. Desde entonces, si veo un problema, intento resolverlo antes de que alguien pueda decirme que no tiene solución.
—Eso suena familiar.
—Exacto. Por eso nos peleamos.
Bajé la mirada al plato.
—No sé pedir ayuda.
—Yo no sé ofrecerla sin convertirla en una orden.
—Gran combinación.
—Podemos empeorar.
Aquella posibilidad me hizo sonreír.
—No adelantaré más dinero. Enviaré hoy las facturas pendientes y si no pagan, pararemos gastos.
—Bien.
—No pongas esa cara de victoria.
—Es mi cara.
Le di un golpe suave con el hombro.
—Y tú no vuelvas a hablar de mi cuerpo como si fuera un recurso de producción.
—Eso sonó peor de lo que quería.
—Mucho peor.
—De acuerdo.
Terminamos la tortilla en silencio.
—¿Somos pareja? —preguntó Álex de pronto.
Casi me atraganté.
—¿Ahora?
—Has dicho antes que no lo éramos.
—Estaba enfadada.
—¿Entonces?
Lo miré. Tenía la camisa arrugada, ojeras y una pequeña mancha de aceite en el pulgar. Nada de aquella escena se parecía a una declaración romántica.
Tal vez por eso fue fácil responder.
—Supongo que sí.
—Eso es poco entusiasta.
—No me gustan las etiquetas precipitadas.
—Clara.
—Sí. Somos pareja.
Álex encajó la palabra con una gravedad que me hizo querer reír y huir al mismo tiempo.
—Bien.
—¿Eso es todo?
—¿Quieres que rellene un formulario?
Le tiré un cojín.
Él lo apartó y me besó.
Las personas no eran proyectos de reforma.
Pero quizá una relación sí necesitaba planos provisionales, revisiones y la humildad de admitir que algunas paredes estaban donde no debían.