La vida después del guion Capítulo 12 El precio de hacer algo propio
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Capítulo 12 El precio de hacer algo propio

La presentación de Lumen se celebró en una nave reformada del barrio de Sants.

Dos días antes, Amelia decidió que quería cambiar el recorrido completo.

—La gente debe sentir que entra en una casa que todavía no existe —dijo, moviendo las manos por el espacio vacío.

—Hasta ahora querías una conversación sobre la intimidad —respondí.

—Es lo mismo.

No lo era.

Pero asentí como si acabara de comprender una verdad esencial y pasé la noche redibujando el plano.

El día del montaje, una de las lámparas llegó rota, el proveedor de plantas confundió treinta helechos con treinta ficus y un técnico perforó una tubería que, según el propietario, no aparecía en ningún plano.

—¿Es grave? —preguntó Sara mientras el agua formaba un charco detrás de una cortina.

—Depende de tu definición de grave.

—Que tengamos que evacuar.

—Entonces no.

—¿Y de muy grave?

—Que Amelia lo vea.

Colocamos cubos, llamamos a un fontanero y movimos la instalación principal dos metros a la izquierda.

A las seis, cuando llegaron los primeros invitados, la nave parecía exactamente como Amelia había imaginado: una casa que no existía, iluminada por treinta lámparas y, en una esquina, tres ficus que fingían ser una decisión estética.

Yo llevaba doce horas de pie y una mancha de pintura en la manga, pero cuando se apagó la iluminación general y cada pieza empezó a encenderse según la secuencia programada, sentí el momento que había descrito a Álex durante nuestro primer desayuno.

El espacio estaba listo.

Todavía podía salir perfecto.

No salió perfecto.

Un periodista tropezó con una base, alguien derramó vino sobre un catálogo y Amelia olvidó el nombre del diseñador principal durante su discurso.

Pero salió bien.

Muy bien.

A las diez, la nave estaba llena. Los invitados recorrían las instalaciones, hacían fotografías y hablaban de las lámparas como si fueran esculturas. Amelia se acercó a mí con dos copas.

—Esto es lo que quería —dijo.

—Me alegro.

—No sé cómo has entendido mis explicaciones.

—Años de entrenamiento.

—Quiero que organices la presentación de otoño.

La miré.

—¿Ya estás pensando en otoño?

—Siempre pienso en la siguiente colección.

Me entregó una copa.

—Envíame propuesta la semana que viene.

Cuando se alejó, me quedé quieta en mitad de la sala.

Era mi segundo cliente: no una intención ni un contacto, sino alguien que regresaba porque el primer trabajo había salido bien.

Busqué a Sara. Estaba junto a la entrada hablando con un fotógrafo.

—Nos quiere para otoño —le dije.

—¿Nos?

—Si quieres.

Su sonrisa desapareció un instante.

—Clara, yo tengo trabajo.

—Lo sé. No te estoy proponiendo que lo dejes. Solo que colabores cuando puedas.

—Ah.

El alivio de su cara fue tan evidente que entendí que la idea de marcharse había estado allí, aunque todavía no pudiera mirarla de frente.

—Piénsalo —dije.

—Lo pensaré.

Álex apareció a las diez y media. Había dicho que no podría venir porque tenía una reunión, pero lo vi entrar por la puerta con la camisa remangada y una expresión de alguien que había corrido desde el metro.

—Has venido.

—Dijiste que terminaba a las once.

—Pensaba que tenías trabajo.

—Lo he terminado.

Miró alrededor.

—Está increíble.

—Hay una fuga detrás de esa cortina.

—Entonces está increíble con una fuga.

—Amelia quiere contratarnos otra vez.

Álex sonrió de una manera que me hizo sentir que acababa de ganar algo más importante de lo que era.

—Felicidades.

—Gracias.

—¿Eso ha sonado sincero?

—Mucho.

—Voy mejorando.

Me abrazó. No fue un gesto largo ni espectacular, pero durante unos segundos apoyé la cara en su pecho y dejé que alguien compartiera conmigo el peso de haber llegado hasta allí.

—¿Has comido? —preguntó.

—Dos aceitunas y medio trozo de queso.

—Eso no es comer.

—Las aceitunas cuentan.

—Vamos.

—No puedo irme. Hay desmontaje.

—Sara dice que puede coordinar la primera hora y que luego volvemos.

Miré hacia ella. Levantó los pulgares, igual que en la galería.

—Está obsesionada con organizar mi vida —dije.

—Tiene apoyo institucional.

Fuimos a un bar cercano que todavía servía cocina. Pedimos bocadillos y patatas. Yo comí demasiado deprisa y Álex apartó mi copa de vino después del segundo sorbo.

—¿Por qué haces eso?

—Porque sé demasiadas cosas sobre tu ropa interior.

—Punto válido.

La risa aflojó durante unos segundos el nudo que llevaba toda la tarde intentando ignorar.

Después me preguntó por el montaje, por Amelia y por la propuesta de otoño. No me dio consejos hasta que se los pedí. No convirtió mis dudas en problemas que tuviera que resolver. Solo escuchó.

—Tengo miedo de aceptar demasiado —dije.

—Es razonable.

—Pero también tengo miedo de decir que no y que no vuelva a llamar nadie.

—Eso también.

—No estás ayudando.

—¿Quieres ayuda o permiso para sentir las dos cosas?

Dejé una patata sobre el plato.

—¿Desde cuándo eres emocionalmente inteligente?

—Desde que una mujer me acusó de utilizar salidas de emergencia con las personas.

—Parecía muy sabia.

—Y agotadora.

—También.

Al terminar, pagué yo.

Álex protestó.

—Es mi celebración.

—Precisamente.

—Precisamente pago yo.

—Esa lógica no existe.

—En Entre Versiones sí.

Volvimos a la nave. El desmontaje terminó a las dos y media. Sara se fue en taxi y Álex me acompañó a casa.

En el portal, nos quedamos bajo una luz demasiado blanca que convertía cualquier posibilidad romántica en una consulta médica.

—¿Quieres subir? —pregunté.

Álex no respondió enseguida.

—No quiero que sea porque hoy ha salido bien y estás eufórica.

—No quiero que sea porque hoy ha salido bien.

—¿Entonces?

—Porque llevo dos semanas pensando en hacerlo y ya no encuentro una razón convincente para esperar.

—El proyecto.

—No es convincente.

—Tu ex.

—Tampoco.

—Las salidas de emergencia.

—Cerradas por mantenimiento.

Sonrió.

—De acuerdo.

Subimos.

Mi casa estaba desordenada, había ropa sobre una silla y seis canelones de mi madre ocupaban media nevera. Durante un momento me avergoncé. Después recordé que no estaba enseñando un piso piloto. Estaba dejando entrar a alguien en mi vida real.

Álex miró el pasillo iluminado.

—¿Siempre enciendes todas las luces?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque vivo sola.

No preguntó más. Apagó la del recibidor y dejó encendida la del salón.

—Una menos —dijo.

Lo besé antes de que pudiera convertirlo en una metáfora.

Aquella noche no arreglamos nada. No prometimos nada. No hablamos del banco, del cine ni de los próximos meses.

Solo dejamos de medir la distancia.