Capítulo 11 Los números también cuentan historias
Llegué al Atlas a las ocho y cuarenta y cinco.
Álex ya estaba allí.
No dije nada sobre la competición. Él tampoco.
Había colocado sobre la mesa dos cafés y una carpeta nueva. En la portada se leía «Plan de viabilidad» con una tipografía seria, como si las letras pudieran convencer al banco de que todo estaba bajo control.
—He preparado una primera estructura —dijo.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Eso mejora mucho las reuniones.
Se sentó frente a mí.
—Lo siento por anoche.
—¿Por no contármelo o por perseguirme hasta la esquina?
—Por lo primero. Lo segundo volvería a hacerlo.
Abrí la carpeta.
—No quiero ser una pieza decorativa en una operación inmobiliaria.
—No lo eres.
—Entonces necesito acceso a toda la información que afecte al proyecto.
—De acuerdo.
—Incluidas ofertas, tasaciones y conversaciones con compradores.
Álex tardó un instante.
—Eso implica documentos confidenciales.
Cerré la carpeta.
—Pues busca una fórmula. No voy a pedir a vecinos y artistas que se impliquen emocionalmente si existe la posibilidad de que utilicemos ese trabajo para vender el edificio más caro sin decírselo.
—No es lo que quiero hacer.
—Pero podría ocurrir.
—Sí.
Agradecí que no intentara suavizarlo.
—Entonces definamos qué significa que el Atlas funcione —dije.
Álex se inclinó hacia delante.
—Ingresos suficientes para cubrir gastos operativos y una parte razonable de la deuda.
—Eso no se demuestra con una sola noche.
—No. Pero podemos demostrar demanda, apoyo local y capacidad de programación.
—Necesitamos reservas para actividades futuras. No solo asistentes curiosos.
—Y compromisos de patrocinio.
—Y una estructura de socios.
Durante dos horas llenamos hojas con cifras, hipótesis y escenarios. Aforo medio, precio de entradas, alquiler de espacios, talleres, cafetería, subvenciones. Descubrí que los números no eran lo contrario de una historia. Eran la forma de demostrar que una historia podía continuar.
Irene llegó a las once con una bolsa de panecillos y una desconfianza visible hacia la carpeta.
—¿Estáis intentando convertir mi sueño en una tabla?
—Estamos intentando que tu sueño pague la luz —respondí.
—Eso ha sonado a Álex.
—Me está contaminando.
Él levantó la taza.
—Por fin.
Le explicamos el plan. La jornada «Antes de abrir» no sería solo una presentación. Abriríamos reservas para tres meses de actividades piloto: cine clásico, talleres de ilustración, sesiones infantiles, conciertos acústicos y alquiler del espacio para actos pequeños.
—No sabemos si podremos hacerlas —dijo Irene.
—Las reservas serán reembolsables —respondí—. Pero necesitamos que la gente convierta el entusiasmo en una decisión.
—¿Y si nadie reserva?
—Entonces tendremos una respuesta.
Irene miró la sala vacía.
—No sé si quiero saberla.
—Eso no cambia que exista —dijo Álex.
Ella le lanzó un panecillo.
—Tú ya has hablado demasiado.
A mediodía llamé a Sara.
—Necesito contratarte para la presentación de las lámparas.
—¿Contratarme de pagar?
—Esa era la idea.
—Pensaba que me pedirías un favor.
—Los favores son para ayudarte a esconder un cadáver. Para trabajar hay presupuesto.
Sara guardó silencio.
—¿Cuánto?
Le dije la cifra.
—Es más de lo que me pagan por hora en la empresa.
—Porque allí te pagan como si hacer tres trabajos fuera una oportunidad de aprendizaje.
—Sergio va a enfadarse si se entera.
—Lo harás fuera de horario.
—Sergio se enfada con actividades que no ha autorizado, como respirar con intención.
—No tienes que decirle nada.
—Eso me gusta más de lo que debería.
Quedamos para revisar el encargo aquella tarde. La marca se llamaba Lumen y estaba dirigida por Amelia Costa, una mujer de cincuenta años que vestía de negro, hablaba deprisa y quería que treinta lámparas parecieran «una conversación sobre la intimidad».
—¿Qué significa eso? —preguntó Sara cuando salimos de la reunión.
—Que no quiere que las pongamos en fila.
—Ah.
—El trabajo consiste en traducir frases caras a decisiones concretas.
—¿Y puedes?
—Durante años traduje «experiencia transformadora» como barra libre y música alta. Estoy preparada.
Nos sentamos en una terraza con los ordenadores.
Era la primera vez que preparaba un proyecto bajo mi propio nombre y cada documento parecía exigir una decisión: formato, condiciones, calendario, factura.
Antes, la empresa escondía todo aquello detrás de departamentos.
Ahora cada pregunta llegaba directamente a mí.
—Necesitas un nombre —dijo Sara.
—Tengo uno.
—Clara no cuenta.
—¿Por qué necesito una marca?
—Porque «págame a esta cuenta y confía» no parece una estrategia comercial.
Abrí una página en blanco.
—No quiero algo lleno de palabras como creatividad, esencia o experiencias.
—Eventos Clara.
—Eso parece una empresa de comuniones.
—Montes Producciones.
—Parece que alquilo escenarios para fiestas mayores.
Sara bebió café.
—¿Qué dijiste cuando conociste a Álex?
—Muchas cosas que no debí decir.
—Que estabas entre versiones.
Contemplé la pantalla.
Entre Versiones.
Lo escribí.
—No está mal —dije.
—Está muy bien.
—No quiero que todo gire alrededor de que me despidieron.
—No gira alrededor del despido. Gira alrededor de lo que haces cuando algo todavía no está terminado.
La frase se quedó atravesada en mitad de la defensa que estaba preparando.
—Eso ha sido sorprendentemente profundo.
—También sé usar filtros de vídeo. Soy una mujer llena de recursos.
Registré el dominio aquella misma tarde.
Cuando se lo conté a Álex, estábamos solos en la terraza del Atlas, midiendo el espacio para una instalación.
—Entre Versiones —repitió.
—¿Qué te parece?
—Que te queda bien.
—No sé si es un cumplido.
—Significa que no necesitas decidir quién vas a ser antes de empezar.
El viento movió una hoja del plano. Álex puso la mano encima y la suya quedó cerca de la mía.
—Sigo enfadada contigo —dije.
—Lo sé.
—No quiero que pienses que porque trabajamos bien juntos todo está arreglado.
—No lo pienso.
—Y no puedes ocultarme más cosas.
—No lo haré.
—Eso incluye a Nora, hoteles, bancos y cualquier otra palabra que pueda aparecer en una cena familiar.
Álex sonrió apenas.
—De acuerdo.
—Bien.
—¿Puedo besarte o forma parte del enfado?
Lo pensé durante dos segundos, sobre todo para que no pareciera fácil.
—Puedes.
—Muy generosa.
—Pero no significa que te perdone.
—Lo asumiré.
Me besó junto a una barandilla que todavía no cumplía normativa.
Tal vez aquello resumía bastante bien nuestra relación.
Seguía siendo una relación frágil, aunque empezaba a sostenerse.