Capítulo 10 Familias, canelones y preguntas indecentes
Mi madre recibió la noticia de mi primer cliente con prudencia administrativa.
—¿Te han pagado una señal?
—Buenos días, mamá.
—Buenos días. ¿Te la han pagado?
—Todavía no. Acaban de aceptar el presupuesto.
—Pues hasta que no cobres, no es un cliente. Es una intención.
Mi padre apareció en el recibidor con un delantal que decía «Aquí cocina el jefe» y una copa de vino en la mano.
—No le hagas caso. Tu madre lleva treinta años pensando que cualquier alegría necesita justificante bancario.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió ella desde la cocina.
La casa de mis padres seguía igual que cuando yo vivía allí: fotografías familiares en el pasillo, muebles demasiado grandes y una colección de imanes de viajes en la nevera. Habían cambiado el sofá, pero conservaban una manta que yo había quemado con una plancha a los dieciséis años.
—Estás más delgada —dijo mi madre al verme.
—Hola a ti también.
—No es una crítica.
—Nunca lo es.
Nos sentamos a comer. Mi madre sirvió canelones como si llevara una semana alimentándome a través de una rendija.
—¿Y ese cine de quién es? —preguntó mi padre.
—De una familia. Quieren convertirlo en centro cultural.
—¿Y tú conoces a la familia?
—A la hija y al hijo.
Mi madre dejó el cucharón.
—¿Qué hijo?
—Uno de los propietarios. Es arquitecto.
—¿Casado?
—Mamá.
—Solo pregunto.
—No.
—¿Divorciado?
—No lo sé exactamente.
—¿Cómo puedes no saber exactamente si alguien está divorciado?
—Porque no he solicitado una nota simple sentimental.
Mi padre se rio. Mi madre no.
—¿Es el del desayuno? —preguntó.
Me detuve en seco.
—¿Cómo sabes lo del desayuno?
—Laura puso una foto de dos cafés.
—No salía nadie.
—Puso una silla torcida de emoticono.
Iba a matar a Laura.
—¿Qué pasa con él? —insistió mi madre.
—Nada.
—Cuando dices nada así, siempre pasa algo.
—Nos hemos besado.
Mi padre bebió vino para ocultar una sonrisa.
Mi madre se llevó una mano al pecho con una teatralidad heredada de varias generaciones.
—¿Y trabajáis juntos?
—Temporalmente.
—Eso es complicadísimo.
—Gracias por la confianza.
—No digo que esté mal. Digo que tengas cuidado. Acabas de perder el trabajo, estás empezando otra cosa y ahora aparece un hombre.
—Los hombres no aparecen como una fuga de agua.
—Algunos sí —dijo mi padre.
—Tú cállate —respondió ella.
Yo dejé el tenedor.
—No estoy sustituyendo un trabajo por un hombre. Estoy trabajando. Y él no me ha salvado de nada.
Mi madre se sentó frente a mí.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado.
—He pensado que cuando tienes miedo te agarras a lo primero que parece firme.
Me molestó porque era injusto.
Y porque no estaba segura de que fuera completamente falsa.
—Álex no parece firme —dije—. Es obsesivo, controlador y cree que los cables tienen sentimientos.
—Eso no tranquiliza —dijo mi padre.
—Pero me pregunta qué quiero. No me dice lo que debería querer.
Mi madre bajó la mirada al plato.
—Mateo también parecía bueno al principio.
—Mateo era bueno. Simplemente no era bueno para mí.
El silencio que siguió fue menos tenso de lo que esperaba.
Mi padre cortó un trozo de pan.
—¿Y tú eras buena para él?
—Papá.
—Es una pregunta.
Pensé en ello.
—A veces no —admití—. A veces esperaba que adivinara cosas que ni yo sabía decir. Y cuando no lo hacía, me enfadaba.
Mi madre me miró con una suavidad que no siempre se permitía.
—Entonces quizá ahora sepas un poco más.
—Un poco.
—No hace falta saberlo todo —dijo mi padre—. Si lo supiéramos todo, nadie se casaría.
Mi madre le dio un golpe en el brazo.
—Llevamos treinta y nueve años.
—Por eso puedo hablar con experiencia.
Después de comer, ayudé a recoger. Mi madre guardó seis canelones en un táper a pesar de mis protestas.
—Para que no cenes galletas —dijo.
—¿También hablas con Álex?
—No sé quién es Álex.
—El arquitecto.
—Ah. Ya tiene nombre.
—Me voy.
Antes de salir, mi padre me acompañó al portal.
—Tu madre se preocupa porque te ve empezar de cero —dijo.
—No empiezo de cero.
—Ya lo sé. Empiezas con experiencia. Pero desde fuera se parece.
Me besó en la frente.
—Haz lo que quieras, Clara. Solo asegúrate de que lo quieres tú.
Las palabras de mi madre me acompañaron de vuelta a Barcelona.
Aquella tarde, Álex me invitó a cenar con su familia en el Atlas. «Reunión informal», escribió. Cuando llegué, descubrí una mesa larga en el vestíbulo, seis platos distintos y una bandeja de croquetas.
—Esto no es informal —le dije.
—Hay servilletas de papel.
—Tu hermana lleva pendientes.
—Siempre lleva pendientes.
Irene me abrazó como si nos conociéramos desde hacía años. Su padre, Gabriel, era un hombre alto y delgado, con el mismo gesto serio de Álex y una manera de sonreír que transformaba toda su cara.
—Así que tú eres la mujer que ha conseguido que mis hijos trabajen juntos sin denunciarse —dijo.
—Todavía quedan tres semanas.
—Prudente. Me gusta.
También estaban Júlia, la violinista, y Tomás, un vecino que había llevado fotografías del cine. Durante la cena hablaron del Atlas como si fuera otra persona de la familia. Recordaron estrenos, averías, discusiones y una noche de 1987 en la que una tormenta había inundado el vestíbulo.
—Mi padre se pasó la película sacando agua con cubos —contó Gabriel—. La gente no se fue.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque fuera llovía más.
Todos rieron.
Álex estaba sentado frente a mí. Debajo de la mesa, su rodilla rozó la mía. No se apartó.
Después del postre, Gabriel sacó una carpeta.
—Tenemos que hablar de números.
Irene dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Papá, hoy no.
—Precisamente hoy. Clara debe saberlo.
Álex se tensó.
—Ya conoce el presupuesto.
—No conoce la deuda.
La mesa quedó en silencio.
Gabriel abrió la carpeta y me mostró documentos bancarios, préstamos y una cifra final que me obligó a leerla dos veces.
—El banco nos da hasta final de verano —dijo—. Si no presentamos una operación viable o una oferta de compra, ejecutará garantías.
—¿Oferta de compra? —pregunté.
Irene miró a su hermano.
—Hay una cadena hotelera interesada.
Álex no apartó la mirada de mí.
—Es una alternativa —dijo.
—¿Vender el cine?
—Si el proyecto no funciona.
—¿Y la jornada de puertas abiertas?
—Es una oportunidad para demostrar que puede funcionar.
—O para mejorar el precio antes de vender —añadió Gabriel con una sinceridad brutal.
Sentí que algo se desplazaba dentro de mí.
—Eso no estaba en el contrato.
—Porque todavía no hay una decisión —dijo Álex.
—Pero sí una posibilidad.
—Clara…
—No. Necesito entenderlo. ¿Estoy ayudando a salvar el Atlas o a hacerlo más atractivo para un comprador?
Irene respondió antes que nadie.
—Yo quiero salvarlo.
Gabriel juntó las manos.
—Yo quiero que mis hijos no hereden una deuda imposible.
Miré a Álex.
—¿Y tú?
Él tardó demasiado.
—Quiero tener opciones.
La respuesta era sensata.
También era exactamente la que no quería escuchar.
Me levanté para recoger mi plato, aunque todavía quedaban restos de postre.
—Mañana revisaremos el plan —dije—. Si la asistencia y las aportaciones deben servir para demostrar viabilidad, necesitamos objetivos medibles.
—Clara —repitió Álex.
—Es una reunión informal, ¿no? Pues informalmente necesito aire.
Salí a la calle.
Álex me alcanzó en la esquina.
—Debería habértelo contado.
—Sí.
—No quería condicionarte antes de que aceptaras.
—Eso no mejora las cosas.
—Lo sé.
—No puedes pedirme que construya una historia para el Atlas si no me cuentas el final posible.
—El final no está decidido.
—Pero tú necesitas que todos trabajemos como si pudiéramos salvarlo mientras guardas una salida de emergencia.
—Siempre hay que tener una salida de emergencia.
—Eso sirve para edificios, Álex. Con las personas se llama desconfianza.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
Vi cómo se cerraba un poco.
—No te he mentido —dijo.
—No. Solo elegiste qué parte de la verdad me convenía conocer.
—Quería proteger el proyecto.
—Yo formo parte del proyecto.
Nos quedamos en silencio. Desde dentro llegaban las risas apagadas de la mesa.
Álex se frotó la nuca.
—No quiero que te vayas.
No sabía si hablaba de la cena, del trabajo o de nosotros.
Tal vez él tampoco.
—Mañana estaré aquí a las nueve —dije—. Tenemos un evento que organizar.
—¿Y lo demás?
—Lo demás no cabe hoy.
Me marché sin besarlo.
En el metro, abrí el presupuesto de la marca de lámparas y revisé cada partida. Necesitaba pensar en algo que dependiera de mí.
Mi padre había dicho que me asegurara de querer lo que hacía.
El problema era que empezaba a querer demasiadas cosas a la vez.