Capítulo 9 La mañana después no cabe en Excel
El sábado desperté a las siete y cinco, cinco minutos antes de que sonara el despertador.
Mi primer pensamiento fue que había besado a Álex.
El segundo, que lo había hecho delante de cuatro personas y un cuadro eléctrico.
El tercero, que necesitaba mudarme de ciudad.
Tenía seis mensajes.
Sara: NO HE DICHO NADA A NADIE.
Sara: Excepto a Laura.
Sara: Pero ella ya lo sabía porque, según dice, «la energía se notaba».
Laura: Ven a desayunar.
Laura: Y trae detalles.
Irene: Buenos días, cuñada laboral.
Álex Silla Torcida: La instalación ha sobrevivido. Yo también.
Sonreí antes de poder evitarlo.
Yo: No hagas bromas tan temprano. No estamos preparados.
Tardó menos de un minuto.
Álex Silla Torcida: ¿Café?
Miré la hora.
Yo: Tengo que trabajar.
Álex Silla Torcida: Yo también.
Yo: Eso no es una invitación atractiva.
Álex Silla Torcida: Café y revisión de planos.
Yo: Cada vez peor.
Álex Silla Torcida: Hay cruasanes.
Yo: ¿Dónde?
Llegué al Atlas a las nueve. Álex había colocado una mesa junto a la entrada lateral, donde entraba el sol. Había café, cruasanes y dos carpetas llenas de documentos.
—Has venido por los planos —dijo.
—Evidentemente.
Nos dimos dos besos en la mejilla con una formalidad absurda.
—Esto es raro —dije.
—Un poco.
—Anoche no parecía raro.
—Anoche estábamos a oscuras.
—¿Necesitas condiciones técnicas específicas para besar?
—Preferiblemente sin testigos.
—Exigente.
Nos sentamos. Durante veinte minutos hablamos solo de trabajo. Revisamos aforos, proveedores y el número de baños disponibles. Era imposible encontrar una conversación menos sensual, pero cada vez que levantaba la vista, recordaba su mano en mi nuca.
—Estás leyendo la misma línea desde hace cinco minutos —dijo.
—Es una línea compleja.
—Dice «dos extintores».
—Muchísima información.
Álex cerró la carpeta.
—Ven aquí.
—¿Eso figura en el orden del día?
—No.
Me levanté. Él tiró suavemente de mi mano y me colocó entre sus rodillas.
—Buenos días —dijo.
—Ahora sí.
Me besó con calma, sin prisas y sin oscuridad. El sol entraba por la puerta, la cafetera hacía un ruido insoportable y, en algún lugar del edificio, una tubería golpeaba cada treinta segundos.
El segundo beso fue imperfecto.
Y me gustó más.
—Tenemos que poner límites —dije cuando nos separamos.
—¿Cuáles?
—No besarnos durante las reuniones.
—Razonable.
—Ni delante de voluntarios.
—De acuerdo.
—Ni utilizar el almacén.
—No había pensado en el almacén.
—Ahora sí.
—Ahora sí.
Volví a mi silla.
—Esto va a salir fatal.
—Probablemente.
—Bien. Mientras seamos conscientes.
A las diez llegó Irene y nos encontró trabajando a lados opuestos de la mesa.
—Qué decepción —dijo.
—Buenos días —respondí.
—Esperaba tensión, miradas, algo que justificara haber conducido hasta aquí en sábado.
—Has venido porque el cine es de tu familia.
—También.
La mañana se complicó rápido. Un proveedor canceló las sillas, el músico principal pidió adelantar su actuación y el ayuntamiento solicitó un documento que nadie sabía que existía. A mediodía ya había olvidado el beso y estaba discutiendo por teléfono con una empresa de baños portátiles.
Eso me tranquilizó.
No quería que Álex ocupara toda la historia. Ya había permitido que una relación definiera demasiadas decisiones. Aquella vez, si algo empezaba, tendría que caber dentro de una vida que también me perteneciera.
A las dos recibí un correo de una pequeña marca de muebles que había visto el vídeo del Atlas. Querían saber si yo organizaba presentaciones para empresas.
Leí el mensaje tres veces.
—¿Qué pasa? —preguntó Irene.
—Me han pedido presupuesto para otro evento.
—¿Otro cine?
—Una colección de lámparas.
Álex se acercó a mirar la pantalla.
—¿Te interesa?
Mi primera reacción fue decir que no sabía. La segunda, buscar razones por las que no estaba preparada. No tenía web, ni logotipo, ni empresa constituida. Solo un portátil viejo y una libreta llena de flechas.
—Sí —dije.
La palabra salió antes que el miedo.
Irene chocó las palmas.
—¡Tu primer cliente!
—Todavía no. Solo han pedido información.
—Eso es como empieza un cliente.
Álex leyó el correo.
—Necesitan el evento dentro de seis semanas.
—Lo sé.
—Coincide con la fase final del Atlas.
—También lo sé.
—Será mucho trabajo.
Clavé los ojos en él.
—¿Estás intentando protegerme o desanimarme?
—Intento que calcules bien.
—Puedo hacerlo.
—No he dicho que no.
—Lo has pensado.
Álex sostuvo mi mirada.
—He pensado que vas a decir que sí aunque no hayas dormido y luego fingirás que puedes con todo.
La precisión me irritó.
—No me conoces tanto.
—Lo suficiente para saber que llevas tres días comiendo galletas en lugar de almorzar.
Irene levantó la mano.
—Yo también lo he notado.
—Nadie os ha pedido una intervención.
Cerré el portátil con más fuerza de la necesaria.
—Voy a enviar el presupuesto.
—Perfecto —dijo Álex—. Solo organiza las horas.
—Sé organizar horas. Era literalmente mi trabajo.
—Y te despidieron de un puesto en el que hacías el trabajo de tres personas.
La frase cayó mal.
Lo vi en su cara en cuanto la pronunció.
—No quería decir…
—Pero lo has dicho.
Cogí el portátil y salí al vestíbulo.
Me senté detrás de la antigua taquilla. Durante varios minutos fingí revisar el correo mientras intentaba entender por qué me había dolido tanto.
No me dolía que Álex dudara de mi capacidad, sino que una parte de mí temía que pudiera tener razón.
A los diez minutos apareció con dos botellas de agua.
—Lo siento.
—No hace falta.
—Sí hace.
Dejó una botella frente a mí.
—No pienso que no puedas. Pienso que llevas toda la vida demostrando que puedes y que nadie te ha preguntado cuánto te cuesta.
La botella quedó entre las dos. Tardé un momento en encontrar una broma detrás de la que esconderme.
—Eso no mejora mucho el cumplido.
—Estoy practicando.
—Te queda camino.
—Quiero que aceptes el cliente.
—Ya iba a hacerlo.
—Pero también quiero que cobres lo suficiente para contratar ayuda.
—No puedo contratar a nadie con un primer presupuesto.
—Entonces inclúyelo.
Miré el correo de la marca de lámparas.
Hasta ese momento había calculado mi tarifa como si tuviera que pedir disculpas por cobrarla. Horas mínimas, margen pequeño, muchas tareas asumidas por mí.
—¿Cuánto cobrarías tú? —pregunté.
—Lo suficiente para hacer bien el trabajo sin odiarlo al terminar.
—Esa no es una cifra.
—Pero es un criterio.
Volví a abrir el portátil.
Rehice el presupuesto.
Subí mi tarifa. Añadí una partida para producción y otra para apoyo en montaje. La cifra final me produjo un vértigo similar al de saltar desde una altura razonable pero innecesaria.
—Envíalo —dijo Álex.
—No me presiones.
—Llevas el cursor sobre el botón desde hace un minuto.
—Estoy revisando.
—Estás respirando raro.
—Cállate.
Hice clic.
El correo desapareció de la bandeja.
—Ya está —dije.
—Ya está.
Álex me besó en la frente.
—Eso rompe la regla de las reuniones —señalé.
—Estamos detrás de una taquilla.
—Vacío legal.
—Exacto.
La marca respondió aquella misma tarde.
Aceptaban el presupuesto completo.
Cuando leí el correo, no grité. No salté. No hice ninguna de las cosas que Irene habría considerado apropiadas.
Permanecí inmóvil, con la mano sobre la boca.
Once años trabajando para una empresa y nunca había sentido que un sí me perteneciera tanto.
—¿Qué ocurre? —preguntó Álex.
Giré la pantalla.
Él sonrió.
—Felicidades, jefa.
Aquella vez no lo corregí.