La vida después del guion Capítulo 8 Un beso no debería necesitar presupuesto
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Capítulo 8 Un beso no debería necesitar presupuesto

La primera prueba de iluminación se hizo un viernes a las diez de la noche porque el electricista solo podía venir después de cerrar su tienda.

No era la clase de frase que figuraba en los manuales de producción de eventos, pero el Atlas parecía decidido a demostrar que los manuales eran una forma optimista de literatura fantástica.

Éramos seis: Irene, Álex, Sara, Paco, el electricista y yo. Colocamos focos pequeños en el vestíbulo, tiras de luz dentro de la cabina de proyección y lámparas provisionales a lo largo del pasillo central.

—Preparados —gritó el electricista.

Las luces se encendieron.

Durante medio segundo, todo fue perfecto.

Después saltaron los plomos.

El cine quedó completamente oscuro.

—Nadie se mueva —dijo Álex.

—Eso es exactamente lo que diría el asesino —respondió Sara.

—Enciende el móvil.

—Eso es exactamente lo que diría un arquitecto sin imaginación.

Varias linternas iluminaron la sala. Paco apareció junto a mí como un fantasma con chaleco reflectante.

—Esto antes no pasaba.

—Antes Franco todavía salía en los noticiarios —dijo Irene—. No creo que sea una referencia útil.

El electricista fue al cuadro. Álex lo acompañó. Sara y Paco salieron al vestíbulo en busca de más alargadores. Irene recibió una llamada y se alejó hacia la puerta principal.

Yo me quedé en el centro de la sala, rodeada de oscuridad.

El Atlas era distinto sin luz. Más grande. Más vivo, de una manera extraña. Podía escuchar el crujido de las butacas, el eco de las voces lejanas y el tráfico amortiguado detrás de las paredes.

—¿Tienes miedo? —preguntó Álex a mi espalda.

Me giré. La linterna de su teléfono iluminaba el suelo entre nosotros.

—Solo a las facturas de autónomos.

—Eso es razonable.

—¿Se ha arreglado?

—Necesitan diez minutos.

Se acercó hasta quedar a mi lado.

—¿Cómo fue el café?

Sabía de qué hablaba sin necesidad de preguntar.

—Corto.

—¿Y?

—Quiere volver.

Álex guardó silencio.

—Le dije que no.

La luz de su móvil bajó un poco.

—¿Por mí?

—No.

—Bien.

—Qué entusiasmo.

—Quiero que las decisiones importantes que tomes no dependan de alguien a quien conociste hace una semana.

—Llevamos nueve días.

—Eso cambia todo.

No pude evitar una sonrisa.

—Le dije que no porque no quiero volver a ser la mujer que era con él.

Álex asintió lentamente.

—Eso sí me alegra.

—¿Y tú? ¿Volverías con la persona de Lisboa?

No había planeado preguntarlo. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

—No.

—Respuesta rápida.

—La pensé durante meses antes de marcharme.

—¿Cómo se llamaba?

—Nora.

El nombre apareció entre nosotros con un peso injustificado.

—Trabajábamos juntos —añadió—. Vivíamos juntos. Al final hacíamos casi todo juntos menos estar juntos.

—Eso suena triste.

—Lo fue. Pero también cómodo. Y a veces lo cómodo tarda más en terminar porque no duele lo suficiente.

Pensé en Mateo, en nuestra cocina sin isla y en la facilidad con la que habíamos confundido los planes compartidos con una vida compartida.

—¿Por qué no me besaste el otro día? —pregunté.

Álex giró la cabeza hacia mí.

—Vas directa.

—Se ha ido la luz. Puede que no tengamos otra oportunidad.

—Porque trabajamos juntos.

—Eso ya lo dijiste.

—Porque no sabía si acababas de salir de una relación o si todavía estabas dentro de ella.

—Dos años fuera.

—Y porque Irene habría regresado en el peor momento.

—Eso también ocurrió.

—Tengo razón con frecuencia.

—No tantas como crees.

Dio un paso más. La luz de su teléfono quedó atrapada entre nuestros cuerpos y proyectó sombras enormes en la pantalla.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora sigo pensando que puede ser una mala idea.

—No te he preguntado eso.

—Lo sé.

Levantó una mano y me tocó la mejilla. Fue un gesto lento, casi prudente, como si buscara una grieta invisible.

—Clara.

—No hagas un informe.

Me besó.

No fue un beso perfecto. Mi nariz chocó con la suya, el teléfono se le resbaló y cayó sobre una butaca, y durante un segundo nos separamos para comprobar que no se había roto.

—Muy romántico —dije.

—Estaba calculando mal el ángulo.

—Arquitecto mediocre.

Volvió a besarme.

Esta vez no hubo teléfonos, ni cálculos, ni interrupciones. Solo su mano en mi nuca y el olor a polvo del cine. Yo agarré su chaqueta y sentí que todo lo que había estado intentando controlar durante los últimos días se desordenaba de golpe.

Las luces se encendieron.

Nos separamos.

Irene estaba de pie junto al escenario.

Sara, a su lado, tenía la boca abierta.

Paco miraba hacia el techo con una discreción tan exagerada que resultaba ofensiva.

El electricista levantó el pulgar.

—¡Ya funciona!

—Eso parece —dijo Irene.

Me alisé la chaqueta.

—Estábamos revisando…

—No termines esa frase —respondió Sara—. Tengo imaginación y quiero conservarla.

Álex recogió su teléfono de la butaca.

—La instalación aguanta si no conectamos todos los focos a la misma línea.

Irene lo miró con una paciencia admirable.

—Hermano, acabas de besar a nuestra coordinadora en mitad de la sala. Puedes permitirte cinco segundos de humanidad.

Álex metió el teléfono en el bolsillo.

—La instalación aguanta —repitió.

Yo empecé a reír.

Primero fue una risa pequeña, nerviosa. Luego Sara se unió. Irene también. Incluso el electricista sonrió sin entender del todo qué ocurría.

Álex me miró como si yo fuera el único problema del edificio que no sabía cómo resolver.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada. Me encanta tu capacidad para gestionar crisis.

—No es una crisis.

—Todavía —dije.

Terminamos la prueba a medianoche. Sara se fue con Irene y Paco. El electricista cerró el cuadro y nos advirtió que no improvisáramos «ni una bombilla» sin llamarlo.

Álex y yo salimos los últimos.

En la acera, el aire olía a lluvia. Ninguno parecía saber qué hacer con las manos.

—Supongo que deberíamos hablar —dijo él.

—Nunca es buena señal que alguien diga eso después de un beso.

—No quiero que esto complique el proyecto.

—Ya lo ha complicado.

—Clara.

—Álex.

—Lo digo en serio.

—Yo también. Pero no tenemos que decidir hoy qué significa.

—¿Y qué hacemos?

—Mañana revisamos el aforo. El lunes llamo a proveedores. Y si volvemos a quedarnos solos a oscuras, ya veremos.

Sonrió.

—Eso no parece un plan.

—Exacto.

Me acerqué y le di un beso breve, esta vez sin accidentes.

—Buenas noches, Silla Torcida.

Caminé hasta la esquina antes de girarme.

Seguía allí.

No levantó la mano ni hizo ningún gesto de película. Solo me miró marcharme.

Y yo entendí que un beso podía no arreglar nada y, aun así, cambiarlo todo.