Capítulo 7 El hombre que se llevó la cafetera
Mateo me escribió el jueves a las siete y cuarenta y tres de la mañana.
Lo sé porque miré la hora antes de leer el mensaje y porque mi cuerpo conservaba la capacidad de reconocer una amenaza incluso medio dormido.
Mateo: Me he enterado de lo del trabajo. ¿Estás bien?
El mensaje quedó suspendido en la pantalla mientras yo intentaba respirar con normalidad.
Hacía cuatro meses que no hablábamos. La última conversación había sido sobre una factura del seguro del piso que todavía llegaba a su correo. Antes de eso, un mensaje de cumpleaños. Antes, silencio.
El silencio era el estado natural de nuestra relación desde que terminó.
Escribí «Sí, gracias».
Lo borré.
Escribí «Estoy estupenda, me dedico a impedir que ancianos escalen edificios abandonados».
También lo borré.
Finalmente dejé el teléfono boca abajo y fui a ducharme.
Cuando salí, había otro mensaje.
Mateo: Estoy en Barcelona esta semana. Podríamos tomar un café.
La palabra café tenía un problema. Parecía inocente, pero había destruido más decisiones razonables que muchas sustancias ilegales.
Llamé a Laura.
—Son las ocho de la mañana —dijo con voz de ultratumba.
—Mateo quiere tomar un café.
—Mátalo.
—He dicho Mateo, no un intruso.
—Es peor. El intruso quizá solo quiera la televisión.
Me senté en el borde de la cama.
—¿Por qué ahora?
—Porque los ex tienen un radar. Detectan el momento exacto en que empiezas a pensar en otra persona.
—No estoy pensando en otra persona.
—Claro.
—Estoy trabajando con otra persona.
—Y pensando en besarla junto a un cable.
—¿Cómo sabes lo del cable?
—Sara me escribió.
—Voy a tener que cambiar de amigas.
—No encontrarás otras con un sistema de comunicación tan eficaz.
Miré de nuevo el mensaje.
—Tal vez solo quiere saber cómo estoy.
—Mateo nunca quiere «solo» nada. Incluso cuando pedía una pizza necesitaba comparar ocho menús.
—Eso es verdad.
—No quedes.
—No he dicho que vaya a hacerlo.
—Tu voz de «no he dicho» es la que utilizas justo antes de hacer algo que has dicho que no harías.
Colgué sin darle la razón, que era mi forma favorita de reconocer que la tenía.
En el Atlas, intenté concentrarme en permisos, presupuestos y una lista de cuarenta y tres personas que querían «colaborar en lo que hiciera falta», frase que siempre significaba que no querían comprometerse con nada concreto.
Álex llegó con dos cafés.
—He pensado que hoy podrías necesitar uno.
—¿Por qué?
—Tienes cara de haber discutido con alguien antes de las nueve.
—No he discutido.
—Entonces tienes cara de estar planeándolo.
Me entregó el vaso.
—Gracias.
—Eso ha sonado sincero.
—No te acostumbres.
Nos sentamos en el borde del escenario para revisar la programación. Su hombro rozaba el mío cada vez que pasábamos de página. Era un contacto pequeño, perfectamente evitable y, por tanto, imposible de ignorar.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí.
—Vale.
Esperé a que insistiera.
No lo hizo.
—Mi ex me ha escrito —dije.
Álex mantuvo la vista en el documento.
—¿El de la cafetera?
—¿También te conté eso?
—Hablas mucho cuando bebes vino.
—Tendré que dejarlo.
—Sería una pena.
—Quiere verme.
Álex pasó a la siguiente página.
—¿Y tú quieres verlo?
—No lo sé.
—Entonces todavía no contestes.
—Esa es una respuesta demasiado sensata.
—Puedo darte una peor.
—Adelante.
—Queda con él, descubre que sigue siendo el mismo hombre que se llevó una cafetera compartida y vuelve a casa con una decepción nueva.
—Eso suena menos sensato.
—Pero bastante probable.
Busqué su reacción.
—¿Te molesta?
Álex cerró la carpeta.
—No tengo derecho a que me moleste.
—No he preguntado eso.
Sus ojos se quedaron en los míos.
—Sí —dijo—. Un poco.
Sentí una satisfacción infantil y nada favorecedora.
—Bien.
—¿Bien?
—Quería saberlo.
—¿Para qué?
—Para incluirlo en los cálculos.
A Álex se le deshizo la seriedad en la comisura de los labios.
—Eres peligrosa cuando utilizas mis palabras.
—Aprendo rápido.
Irene apareció por la puerta lateral con tres cajas de fotografías. El momento desapareció, pero dejó algo detrás. Una certeza pequeña: él también estaba allí, en aquel espacio incómodo entre una colaboración profesional y una cosa que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Contesté a Mateo a mediodía.
Yo: Puedo mañana a las seis. Media hora.
Su respuesta llegó enseguida.
Mateo: Perfecto. En el sitio de siempre.
El sitio de siempre era una cafetería cerca de nuestra antigua casa. La elección me irritó, aunque fui yo quien aceptó sin proponer otro lugar.
Llegué cinco minutos tarde a propósito. Mateo ya estaba sentado junto a la ventana. Seguía llevando el pelo demasiado corto y las camisas perfectamente planchadas. Cuando se levantó para besarme en la mejilla, reconocí su perfume antes que su cara.
Eso fue lo peor.
—Estás muy guapa —dijo.
—Estoy desempleada. Da luminosidad.
Se rio con la familiaridad de quien había escuchado durante años mis respuestas antes de que yo las terminara.
Pedimos café. El suyo, con leche de avena. El mío, solo, porque no quería que nada de aquella escena se pareciera demasiado al pasado.
—Me supo fatal lo del trabajo —dijo.
—Sobreviviré.
—Siempre te encargabas de todo.
—Tal vez por eso me echaron. Resultaba sospechoso.
Mateo jugueteó con la cucharilla.
—¿Qué estás haciendo ahora?
—Un proyecto para reabrir un cine.
—¿Un cine?
—Antiguo. Como centro cultural.
—Eso suena… distinto.
Conocía aquella pausa. Significaba que estaba intentando decidir si algo era una buena idea sin decir directamente que no lo creía.
—Sí —respondí—. Es distinto.
—¿Y te pagan?
—También.
—No quería decir…
—Sí querías.
Bajó la mirada.
—Perdona. Es la costumbre.
—Ya no necesitas preocuparte por mis decisiones.
—Lo sé.
Nos quedamos en silencio.
Fuera, una pareja empujaba un cochecito de bebé. Durante años yo había imaginado que seríamos nosotros. El pensamiento apareció sin dolor, como una fotografía encontrada dentro de un libro que ya no recuerdas haber leído.
—He vuelto —dijo Mateo.
—Ya veo.
—No, quiero decir que vuelvo a vivir aquí. La empresa abre oficina en Barcelona.
—Ah.
—Y Claudia y yo lo hemos dejado.
Claudia. La mujer con la que empezó a salir nueve meses después de separarnos. La mujer que, según las redes sociales de personas a las que yo no seguía pero Laura sí, practicaba escalada, tenía una sonrisa perfecta y no parecía guardar mandos de televisión en la nevera.
—Lo siento —dije.
—No funcionaba.
—Suele ser el motivo.
Mateo me miró de la manera en que solía mirarme cuando quería que dejara de bromear.
—He pensado mucho en nosotros.
Ahí estaba.
La verdadera razón del café.
—No lo hagas —dije.
—Solo quiero hablar.
—Estamos hablando.
—De lo que pasó.
—Pasó que tú querías una vida y yo intentaba encajar en ella. Después te marchaste antes de que yo pudiera decidir si también la quería.
—No fue así.
—Fue exactamente así, solo que lo explicamos con palabras más educadas.
Mateo respiró hondo.
—Cometí errores.
—Yo también.
—Podríamos vernos algún día. Sin presión.
Pensé en Álex, en el Atlas y en la manera en que había admitido que le molestaba aquel encuentro aunque no tuviera derecho.
Pensé también en la seguridad de conocer a Mateo: sus horarios, sus silencios, el orden de sus cajones.
Volver con él sería como regresar a una casa en la que ya sabías dónde crujía el suelo.
Durante un segundo entendí la tentación.
—No —dije.
Mateo se quedó quieto.
—¿No ahora?
—No a volver a intentarlo.
—Clara…
—No estoy enfadada. Creo que eso es lo que no entiendes. Te quise mucho, pero la persona que quería aquella vida ya no existe.
—Solo han pasado dos años.
—A veces bastan dos días.
Me levanté y dejé dinero sobre la mesa.
—Tengo que irme.
—¿Por el cine?
—Por mí.
Caminé dos calles antes de darme cuenta de que estaba temblando. No de tristeza. De la fuerza que había necesitado para decir algo que, hasta pronunciarlo, no sabía que era verdad.
Saqué el teléfono.
Tenía un mensaje de Álex.
Álex Silla Torcida: Paco ha traído otra escalera. Necesitamos refuerzos.
Respondí mientras sonreía.
Yo: Confíscale las herramientas. Llego en veinte minutos.
No le conté cómo había ido el café.
No todavía.
Pero cuando entré en el Atlas y Álex levantó la vista desde el otro extremo de la sala, supe que había elegido bien.
No porque lo hubiera elegido a él.
Porque, después de mucho tiempo, me había elegido a mí.