Capítulo 6 Las cosas que empiezan como trabajo
El miércoles descubrí que los voluntarios se dividen en tres categorías.
Los que quieren ayudar.
Los que quieren mandar.
Y los que aparecen con una escalera sin que nadie sepa quién les ha dado permiso.
—¿Quién es ese señor? —pregunté.
Irene miró hacia el vestíbulo, donde un hombre de unos setenta años trataba de apoyar una escalera metálica contra la pared.
—Creo que se llama Paco.
—¿Crees?
—Es del barrio.
—Eso no es una acreditación.
Álex cruzó la sala en cuatro zancadas.
—Paco, baja de ahí.
—Solo voy a mirar la cornisa.
—La cornisa lleva diecisiete años sin que nadie la mire. Puede esperar diez minutos más.
—Tu abuelo me dejaba subir.
—Mi abuelo fumaba dentro de la cabina de proyección. No es el estándar de seguridad que estamos aplicando.
Paco bajó refunfuñando y me entregó la escalera como si yo fuera la responsable moral de la decadencia del país.
—Tienes un admirador —dijo Irene.
—Tengo un posible accidente laboral.
Llevábamos tres días trabajando y ya había aprendido que el Atlas funcionaba según una lógica propia. Las llaves desaparecían, el wifi se interrumpía cuando alguien encendía la cafetera y una puerta del almacén solo se abría si se levantaba al mismo tiempo que se giraba el pomo.
También había aprendido que Álex tomaba el café sin azúcar, que se frotaba la nuca cuando estaba preocupado y que podía pasar diez minutos explicando por qué una pared no era blanca, sino «marfil degradado por humedad».
Yo, a cambio, le había enseñado que un calendario no era una sugerencia y que responder «lo miro luego» a un correo no contaba como gestión.
—Necesitamos una persona para redes —dije durante la reunión de la mañana—. Alguien que haga fotografía y vídeo, pero que entienda que no estamos vendiendo una cafetería con bombillas bonitas.
—Conozco a una chica —respondió Irene.
—¿Trabaja en comunicación?
—Tiene muchos seguidores.
—Eso no es lo mismo.
—Hace reseñas de restaurantes.
—Eso sigue sin ser lo mismo.
Álex levantó la vista del plano.
—Clara tiene razón.
Irene lo miró.
—Esto empieza a ser preocupante.
—¿Qué?
—Que estés de acuerdo con alguien sin revisar una normativa.
Mi teléfono vibró sobre la mesa. Era Sara, una compañera de mi antigua empresa. Habíamos compartido mesa durante tres años y un odio profundo hacia las reuniones que podían haber sido un correo.
Salí al vestíbulo para contestar.
—¿Cómo estás? —preguntó en cuanto descolgué.
—Ahora mismo, impidiendo que un jubilado se suba a una cornisa.
—Entonces mejor que nosotros.
—¿Qué ha pasado?
Sara bajó la voz.
—Han despedido a dos más. Y Sergio quiere que yo asuma Lisboa, París y la convención médica.
—Eso son tres personas.
—Según él, es una oportunidad para crecer.
—Crecer hacia el agotamiento.
—Te echo de menos.
Aquello me golpeó con más fuerza de la que esperaba.
Me apoyé en el antiguo mostrador de palomitas.
—Yo también.
—Marta dice que estás trabajando en un cine.
—Marta debería dirigir una agencia de inteligencia.
—¿Necesitas ayuda?
Miré hacia la sala. Irene discutía con un proveedor por teléfono. Álex señalaba una zona del techo a Paco, que asentía con gravedad. Mi libreta estaba abierta sobre la mesa con una lista de tareas que crecía mientras la miraba.
—¿Sabes grabar y editar vídeos?
—Sé hacer que parezca que sé hacerlo.
—Eso te coloca por encima de la mayoría.
Sara se rio.
—Puedo pasar esta tarde.
—¿No trabajas?
—He decidido aprovechar mi oportunidad para crecer y salir a mi hora.
Llegó a las seis con una cámara prestada, dos baterías y una bolsa de cruasanes.
Tenía veintinueve años, el pelo corto y una facilidad desconcertante para hablar con desconocidos.
En quince minutos consiguió que Paco contara frente a la cámara cómo había conocido a su mujer en la última fila del cine.
—No fue exactamente así —dijo él al terminar—. La conocí en la cola.
—La última fila queda mejor —respondió Sara.
—Eso es manipulación —señaló Álex.
—Eso es narrativa —dijimos Sara y yo a la vez.
Irene levantó los brazos.
—Por fin tengo un equipo que entiende el arte.
—No confundas el arte con mentir sobre una cola —dijo Álex.
Sara me miró de reojo.
—¿Ese es el arquitecto?
—¿Qué arquitecto?
—El de la galería.
—¿Quién te ha contado eso?
—Marta.
—Por supuesto.
—Es más guapo de lo que esperaba.
—Baja la voz.
—Estoy a cuatro metros.
Álex dejó el plano a medias y nos localizó desde abajo.
—Se os oye.
Sara no se inmutó.
—Perfecto. Así no tenemos que repetirlo.
A las nueve, publicamos el primer vídeo. Era sencillo: imágenes del cine vacío, la voz de Paco y una frase final.
Antes de cerrar, el Atlas fue el lugar de muchas primeras veces. ¿Cuál podría ser la próxima?
En una hora superó las quinientas reproducciones. En tres, teníamos cuarenta mensajes de personas que querían participar, aportar fotografías o reservar entrada.
Irene abrió una botella de cava que, según ella, guardaba para emergencias positivas.
—No existe ese concepto —dijo Álex.
—Acaba de existir.
Bebimos en vasos de plástico junto al escenario. Sara se marchó antes de las diez porque al día siguiente debía volver a la empresa. Irene salió a despedir a los últimos voluntarios.
Álex y yo nos quedamos recogiendo cables.
—Ha sido idea tuya —dijo.
—El vídeo es de Sara.
—La pregunta final.
Enrollé un alargador.
—También podría haber sido de Sara.
—Pero no lo fue.
—¿Estás practicando los elogios?
—Sí.
—Vas mejorando.
Se acercó para quitarme el cable de las manos.
—Lo estás enrollando mal.
—Retiro lo dicho.
—Si lo haces así, se deforma.
—Es un cable, Álex. No tiene aspiraciones.
—Todo tiene estructura.
—Y tú demasiadas reglas.
Tiré suavemente del alargador. Él no lo soltó.
Durante un segundo absurdo, nos quedamos cada uno sujetando un extremo.
—¿Esta es otra competición? —pregunté.
—No.
—¿Seguro?
—Estoy intentando decidir si besarte sería una mala idea.
El cable cayó al suelo.
Mi corazón hizo algo poco profesional.
—¿Y qué dicen tus cálculos?
Álex dio un paso hacia mí.
—Que trabajamos juntos.
—Eso parece un voto en contra.
—Que llevamos menos de una semana conociéndonos.
—Otro voto.
—Que tienes razón sobre la mayoría de las cosas y eso me irrita.
—No veo el problema.
—Y que Irene está a punto de volver por esa puerta.
La puerta del vestíbulo se abrió.
—¿Interrumpo algo? —gritó ella.
Álex cerró los ojos.
Yo recogí el cable del suelo.
—Solo una discusión técnica —dije.
—Claro —respondió Irene—. Parecía muy técnica desde lejos.
Salimos juntos unos minutos después. En la esquina, Álex se detuvo.
—No he terminado de decidir.
—No te preocupes. Soy paciente.
—No pareces paciente.
—No lo soy. Pero puedo fingir hasta mañana.
Caminé hacia el metro sin girarme.
Esperé hasta bajar las escaleras para sonreír.
Las cosas que empiezan como trabajo deberían venir con advertencias.
Sobre todo cuando dejan de parecerlo.