Capítulo 5 Un cine sin películas y un arquitecto con demasiadas reglas
Mi propuesta tenía doce páginas.
Irene la llamó «obra maestra».
Álex la llamó «un poco optimista».
Yo lo llamé «la razón por la que no dormí durante dos noches».
Nos reunimos el martes en una oficina improvisada detrás de la antigua taquilla. Álex había instalado una mesa plegable, tres sillas distintas y una cafetera de cápsulas que ocupaba más espacio que el ordenador.
—No me digas que es tuya —dije.
—¿La mesa?
—La cafetera.
—Era de mi padre.
—Bien. No confío en hombres que poseen cafeteras demasiado pronto.
Irene dejó una carpeta sobre la mesa.
—¿Hay alguna historia que deba conocer?
—No —respondimos Álex y yo al mismo tiempo.
—Perfecto. Ya me la contará Clara.
Abrí mi portátil y proyecté el presupuesto sobre una pared desconchada.
Había dividido la jornada en tres franjas: memoria, posibilidad y compromiso.
La primera mostraría fotografías y relatos del antiguo cine.
La segunda permitiría recorrer propuestas de futuro.
La tercera recogería inscripciones, apoyos y aportaciones.
—Nada de escenario central —expliqué—. La gente debe moverse. Y nada de discursos de veinte minutos.
Irene levantó la mano.
—Mi padre querrá hablar.
—Cinco minutos.
—Seis.
—Cinco.
—Cinco y medio.
—Trato hecho.
Álex señaló una partida del presupuesto.
—No podemos abrir la terraza.
—Está incluida como espacio visual, no accesible.
—La barandilla no cumple normativa.
—Lo sé.
—Y aquí falta el refuerzo de la salida lateral.
—Está en la página nueve.
Pasó a la página nueve.
—Bien.
—Gracias por tu entusiasmo.
—Mi entusiasmo se manifiesta evitando que alguien caiga por una escalera.
Irene nos observaba con una sonrisa que no me gustaba.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. Me encanta ver cómo os comunicáis.
—Estamos revisando un plan.
—Claro.
—No hagas esa cara.
—Es mi cara.
—Pues cámbiala.
Álex intervino.
—Volvamos al presupuesto.
Irene me guiñó un ojo antes de sentarse.
La reunión duró tres horas. Aceptaron la propuesta con dos ajustes: menos iluminación profesional y más voluntarios. Yo insistí en que ciertas tareas debían pagarse. Irene insistió en que conocía a medio barrio y que aceptarían ayudar si entendían que el proyecto también era suyo.
Al final acordamos un contrato de cuatro semanas.
Cuando vi la cantidad escrita junto a mi nombre, sentí una mezcla poco elegante de orgullo y pánico. No era mucho, pero era dinero que alguien había decidido pagarme por una idea propia.
Firmé.
—Ya está —dijo Irene—. Eres oficialmente la jefa.
—Coordinadora.
—Jefa suena mejor.
—Jefa implica autoridad.
—La necesitarás con nosotros.
Guardé mi copia del contrato con cuidado.
—Primera regla —dije—: todas las decisiones pasan por un único canal. Nada de mensajes separados, notas de voz de seis minutos ni ideas nuevas a medianoche.
Irene miró a Álex.
—Eso último es por ti.
—Solo le envié un plano.
—A las doce y diecisiete.
—Estaba despierta.
—Porque me llegó un plano.
—Segunda regla —continué—: si cambiáis algo, se modifica también el presupuesto y el calendario.
—Rígida —dijo Irene.
—Profesional.
—¿Tercera?
—No me presentéis como la chica que conoció Álex en una galería.
Irene abrió la boca.
—Ni como Clavos —añadí.
Álex tosió para ocultar una risa.
—¿Clavos? —preguntó Irene.
—Autocorrector —dije—. Fin de la historia.
Salimos a la sala para revisar el recorrido.
Álex llevaba una cinta métrica láser y se detenía cada pocos pasos para apuntar algo en el plano.
Yo marcaba ubicaciones posibles con cinta de pintor.
Irene hablaba por teléfono con artistas, vecinos y una mujer que, según entendí, fabricaba empanadas para cuarenta personas sin cocina profesional.
—Esta zona debe quedar cerrada —dijo Álex.
—Necesito que se vea el proyector antiguo.
—Puede verse desde aquí.
—Desde aquí parece una caja negra.
—Es una caja negra.
—Es historia.
—Es un aparato de setenta kilos apoyado sobre una estructura inestable.
—Siempre encuentras la forma de arruinar una frase bonita.
—Es un talento.
Me acerqué a la cabina de proyección. Tras el cristal sucio se distinguía la máquina, cubierta por una sábana gris.
—Podríamos iluminarla desde dentro —dije—. Sin dejar entrar a nadie.
Álex estudió el marco, la instalación y el acceso.
—Eso sí.
—¿Ves? Puedes decir que sí.
—Cuando no implica una lesión grave, a veces.
Nos quedamos uno junto al otro, mirando la sala desde arriba. Irene seguía hablando por teléfono abajo y su voz rebotaba entre las paredes.
—¿Por qué cerró? —pregunté.
—Los multicines, las deudas, una reforma que nunca llegó. Mi abuelo murió poco después. Mi padre no quiso vender, pero tampoco supo qué hacer con esto.
—¿Y ahora?
Álex apoyó las manos en la barandilla.
—Ahora la deuda es mayor que la nostalgia.
Había algo cansado en su voz.
—¿Por eso volviste de Lisboa?
—En parte.
Esperé.
—Mi padre tuvo un infarto el año pasado —añadió—. Está bien, pero dejó de poder fingir que podía ocuparse de todo. Irene se hizo cargo de la galería y yo volví para ordenar esto.
—Otra reestructuración.
—Más o menos.
—¿Y qué dejaste allí?
Álex sonrió sin alegría.
—Una oficina, una ciudad y una relación que ya estaba terminada aunque nadie hubiera tenido la educación de decirlo.
No pregunté el nombre de la relación. Tampoco si había sido él quien se marchó. A veces la curiosidad es una forma de acercarse; otras, una forma de invadir.
—Lo siento —dije.
—Yo no. No ya.
Durante un segundo, ninguno de los dos recordó qué distancia se suponía que debía mantener.
La distancia entre los dos era pequeña. No lo suficiente para un beso, pero sí para pensar en él.
Irene gritó desde abajo:
—¡Clara! ¡He conseguido un cuarteto de cuerda!
Me aparté un paso.
—No necesitamos un cuarteto de cuerda.
—¡Son estudiantes y solo quieren cena!
—Eso sigue siendo un coste.
—¡Comen poco!
Bajé las escaleras.
—Primera crisis del proyecto —dijo Álex detrás de mí.
—No es una crisis.
—Todavía.
Al llegar abajo, Irene me entregó el teléfono para que hablara con una violinista llamada Júlia que aseguraba poder interpretar bandas sonoras sin infringir derechos si elegíamos bien el repertorio.
Durante la siguiente hora aparecieron dos vecinos, un electricista jubilado y una mujer con una carpeta llena de fotografías antiguas del cine. Cada uno traía una historia y una opinión. Yo empecé a ordenar nombres, tareas y posibilidades.
A las ocho de la tarde, cuando cerramos la puerta, tenía polvo en el pelo, treinta y siete correos sin leer y más energía que después de cualquier jornada en mi antigua empresa.
—Te acompaño —dijo Álex.
—No hace falta.
—Lo sé.
Caminamos hasta la parada del metro. Hablamos del evento, de las empanadas y de la diferencia entre un voluntario entusiasta y una persona peligrosa con acceso a herramientas.
Cuando llegó mi tren, Álex metió las manos en los bolsillos.
—Has estado bien hoy.
—Qué evaluación tan generosa.
—Muy bien.
—Eso son dos palabras. Estoy impresionada.
—No soy bueno felicitando.
—Puedes practicar.
Las puertas se abrieron.
Entré y me giré hacia él.
—Mañana a las nueve —dije.
—Llegaré antes.
—No conviertas esto en una competición.
—Ya voy ganando.
Las puertas se cerraron.
Mientras el tren arrancaba, lo vi quedarse en el andén con una sonrisa leve.
Saqué el teléfono y abrí el currículum.
No añadí «coordinadora del proyecto Cine Atlas».
En su lugar, borré la fotografía de hacía cinco años.
Todavía no sabía qué versión de mí iba a poner allí.
Pero al menos había dejado de mirar a la anterior.