La vida después del guion Capítulo 4 El currículum de una vida que ya no existe
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Capítulo 4 El currículum de una vida que ya no existe

Mi madre se enteró de que me habían despedido por una prima segunda que seguía en redes sociales a la hija de Marta.

A veces pienso que la información viaja más deprisa por mi familia que por internet.

Me llamó el domingo a las nueve y doce de la mañana.

—¿Por qué no me lo habías contado?

—Porque ocurrió el viernes y quería disfrutar del fin de semana antes de que empezaras a buscarme oposiciones.

—Las oposiciones dan estabilidad.

—También dan temarios de mil páginas.

—Tú siempre has tenido buena memoria.

—Mamá, una vez olvidé tu cumpleaños.

—Porque estabas con Mateo.

En mi familia, Mateo seguía siendo la explicación oficial de todos mis errores cometidos entre los veintisiete y los treinta y cuatro años.

Me incorporé en la cama. Había dormido mal, no por preocupación, sino porque Álex me había enviado a medianoche un plano del cine acompañado del mensaje: «No mires las medidas. Solo quería que vieras la forma». Yo había pasado cuarenta minutos mirando las medidas.

—Tengo una posible colaboración —dije.

—¿Contrato?

—Todavía no.

—¿Sueldo?

—Por proyecto.

—Eso no es un trabajo, Clara. Es una actividad.

—Las actividades también pagan.

—A veces.

Mi padre intervino desde el fondo.

—Dile que venga a comer.

—Tu padre dice que vengas a comer.

—Lo he oído.

—Haré canelones.

—Eso es chantaje.

—Eso es maternidad.

Colgué después de prometer que iría el sábado siguiente. Permanecí sentada en la cama, observando el armario abierto y la montaña de ropa que había descartado para visitar un cine abandonado.

No sabía cómo se vestía una mujer recién despedida para conocer una ruina propiedad de la familia del hombre con el que quizá había tenido una cita.

Elegí vaqueros, botas y una chaqueta que intentaba decir «profesional creativa» aunque probablemente solo dijera «la compré rebajada».

Antes de salir, abrí el currículum nuevo.

Había conseguido escribir tres apartados: datos personales, formación y experiencia. El problema era que todo sonaba a otra persona.

Gestión integral de eventos corporativos. Coordinación multidisciplinar. Optimización de recursos.

La realidad era menos elegante: convencer a veinte comerciales de que una cena de gala no podía empezar cuarenta minutos tarde porque uno de ellos quería cambiarse de zapatos.

El móvil vibró.

Número desconocido: Hola, Clara. Soy Irene, la hermana elegante y supuestamente sin arrugas. Álex me ha dado tu teléfono. ¿Podemos hablar?

Sonreí antes de responder.

Irene no perdió tiempo con cortesías.

—Necesito que me ayudes a impedir que mi hermano convierta el cine en una hoja de cálculo —dijo en cuanto contesté.

—Buenos días para ti también.

—Perdona. Buenos días. ¿Puedes impedirlo?

—Primero tendría que ver el cine.

—Perfecto. Estoy dentro. La puerta pequeña se atasca, así que empuja fuerte. Si encuentras una rata, se llama Paquita.

—¿Tenéis una rata con nombre?

—No, pero ponerles nombre a los problemas los vuelve menos aterradores.

La llamada terminó antes de que pudiera preguntar si hablaba en serio.

El Cine Atlas ocupaba la esquina de una calle tranquila, rodeado de edificios nuevos que parecían haber crecido a su alrededor sin pedir permiso.

La fachada conservaba restos de pintura azul y dorada.

Sobre la marquesina, algunas letras seguían encendidas a pesar de que no había electricidad desde hacía años.

Álex me esperaba junto a la puerta.

Llevaba vaqueros oscuros, botas y una camiseta gris bajo la chaqueta. Sin camisa blanca y sin copa en la mano parecía menos perfecto.

Eso fue un alivio.

—Has venido —dijo.

—Dijiste sin compromiso.

—Y tú has traído una libreta.

Miré la libreta que llevaba apretada contra el pecho.

—Es decorativa.

—Claro.

Empujamos la puerta pequeña. No se abrió.

—Más fuerte —dijo Irene desde dentro.

Álex y yo apoyamos el hombro a la vez. La puerta cedió de golpe y entramos dando un paso torpe que nos dejó demasiado cerca el uno del otro.

—Bienvenidos —anunció Irene—. Ya habéis superado la primera prueba de equipo.

El vestíbulo olía a polvo, madera vieja y humedad. A ambos lados había taquillas de cristal, carteles descoloridos y un mostrador curvo donde todavía se leía «Palomitas» en letras rojas.

—Mi abuelo decía que la gente venía por las películas y volvía por el olor —dijo Irene.

—Ahora huele a sótano —señaló Álex.

—Por eso te necesito para las paredes y a Clara para el alma.

—No sé si eso entra en mi tarifa —dije.

La boca de Irene se curvó apenas, satisfecha de haberme colocado exactamente donde quería.

—Me caes bien.

Cruzamos unas puertas dobles y entramos en la sala principal.

Las fotografías no le hacían justicia.

Había algo solemne en aquellas filas de butacas vacías, en el escenario pequeño y en la pantalla manchada. La luz se filtraba por una abertura del techo y formaba una columna llena de polvo suspendido.

Caminé despacio por el pasillo central.

—¿Cuántas personas cabían?

—Quinientas veinte —respondió Álex—. Ahora, con seguridad, ninguna.

—Qué romántico eres.

—Evito demandas.

Irene subió al escenario.

—Imaginad una noche aquí. Proyecciones en la pared, música, artistas del barrio, comida, gente recorriendo los espacios. Que todos puedan ver lo que podría ser.

Álex miró el techo.

—Antes hay que consolidar esa zona, revisar instalaciones, habilitar una salida de emergencia y limitar el aforo.

—¿Ves? Hoja de cálculo con piernas.

Yo abrí la libreta decorativa.

—¿Cuánto dinero tenéis?

Irene y Álex se miraron.

—Poco —dijo ella.

—Muy poco —corrigió él.

—¿Cuánto es muy poco?

Irene pronunció una cifra.

Cerré la libreta.

—Eso no es un presupuesto. Es una propina generosa.

—Podemos conseguir colaboraciones —dijo ella—. Conozco artistas, cocineros, músicos…

—La gente no paga facturas con visibilidad.

—Algunos aceptarían participar.

—Participar no es trabajar gratis.

Irene asintió, seria por primera vez.

—Tienes razón.

Álex me observaba desde el pasillo.

—¿Qué harías tú?

Volví a mirar la sala.

Pensé en hoteles de cinco estrellas, escenarios con pantallas gigantes y presupuestos que desaparecían en centros de mesa que nadie recordaba al día siguiente.

Después miré las butacas rotas.

—No intentaría fingir que esto está terminado —dije—. Haría de la ruina el motivo para venir.

Irene bajó del escenario.

—Sigue.

—Una noche llamada «Antes de abrir». Nada de gala. Luces básicas, recorridos seguros, fotografías del pasado, testimonios de vecinos, música acústica. La gente podría escribir qué le gustaría que ocurriera aquí. No vendemos un centro cultural. Les pedimos que lo imaginen con vosotros.

Álex dejó de mirar el techo.

—Eso generaría datos útiles.

Irene puso los ojos en blanco.

—Ha tardado veinte segundos en convertir una emoción en estadística.

—Necesitamos saber cuánta gente vendría, qué actividades pagarían y cuánto apoyo real existe.

—Y necesitamos que quieran volver —añadí—. Las dos cosas pueden convivir.

Él me sostuvo la mirada.

—Exacto.

Durante la siguiente hora recorrimos el edificio.

Había una segunda sala pequeña, oficinas, un almacén lleno de bobinas y una terraza donde habían crecido plantas entre las grietas.

En cada espacio, Irene imaginaba posibilidades, Álex enumeraba obstáculos y yo anotaba cómo hacer que una cosa llegara hasta la otra.

Cuando terminamos, nos sentamos en el borde del escenario.

—¿Lo harás? —preguntó Irene.

—Necesito enviaros una propuesta.

—Eso es un sí profesional —dijo Álex.

—Eso es que necesito calcular cuántas horas vais a robarme.

—Mejor. Ya habla como autónoma —respondió Irene.

La palabra me produjo un pequeño vértigo.

Autónoma.

Sonaba a libertad y a formularios trimestrales.

—No prometo milagros —dije.

—Solo necesitamos una noche —contestó Irene—. Una noche que haga que la gente vea lo que tú acabas de ver.

Miré la pantalla vacía.

Yo había visto un edificio roto que todavía esperaba algo.

Tal vez lo había reconocido.