Capítulo 3 Los desayunos deberían venir con instrucciones
Llegué once minutos antes.
No porque estuviera nerviosa, sino porque había calculado mal el tiempo. Esa fue la explicación oficial que me di mientras paseaba por tercera vez frente a la cafetería sin entrar.
El local se llamaba La Fuga y ocupaba una esquina pequeña del barrio de Sant Antoni. Tenía mesas de madera, plantas colgantes y una pizarra donde alguien había escrito «Hoy puede ser un buen día» con una caligrafía que implicaba demasiada confianza en la humanidad.
Álex llegó a las diez y veintinueve.
Yo entré a las diez y veintiocho para que no pudiera descubrir que llevaba diez minutos vigilando la puerta como una agente secreta sin formación.
—Eres puntual —dijo al verme.
—Es una de mis pocas virtudes compatibles con el mercado laboral.
—¿Has actualizado el currículum?
—He escrito mi nombre.
—Un comienzo sólido.
Nos sentamos junto a la ventana. Un camarero dejó dos cartas sobre la mesa y Álex ni siquiera la abrió.
—Café solo y tostada con tomate —pidió.
Lo observé un instante.
—¿Qué?
—Nada. Me sorprende la seguridad.
—Desayuno lo mismo desde hace años.
—Eso no es seguridad. Es resignación.
Pedí café con leche y una tostada con aguacate. Cuando el camarero se alejó, Álex sonrió.
—No sabes nada —dije.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado.
—Solo he pensado que eres coherente con tu ropa interior.
Me paralicé.
—¿Cómo sabes lo de mis bragas?
La expresión de Álex cambió de diversión a alarma.
—No lo sé.
—Acabas de decir…
—He hablado del aguacate porque anoche dijiste algo sobre que aquel día no volverían a salir de casa. Pensé que te referías a una camiseta o unos calcetines.
Recordé el brindis, el vino y mi capacidad para compartir información que nadie había solicitado.
—Bien —dije—. Vamos a fingir que esta conversación no ha ocurrido.
—Por mí perfecto.
—Y no eran unas bragas.
—No necesito saberlo.
—Eran…
—Clara.
—De acuerdo.
El café llegó en el momento exacto para evitar que abandonara el país.
Durante los primeros minutos hablamos de cosas seguras: el barrio, la galería y lo cara que se había vuelto cualquier tostada que incluyera una semilla.
Descubrí que Álex tenía treinta y ocho años, que trabajaba por su cuenta después de abandonar un gran estudio de arquitectura y que llevaba seis meses viviendo de nuevo en Barcelona.
—¿De nuevo? —pregunté.
—Estuve cuatro años en Lisboa.
—¿Y volviste por trabajo?
Tardó un segundo más de lo normal en responder.
—Por mi familia.
No dio más detalles y yo no pregunté. No por respeto, sino porque todavía estaba procesando que un hombre que sabía comer una tostada sin llenarse la camisa me hubiera invitado a desayunar.
—¿Y tú? —dijo—. ¿Siempre has organizado eventos?
—Desde los veinticinco. Antes fui becaria, camarera de congresos y la persona que llevaba cafés a reuniones en las que nadie sabía mi nombre.
—¿Te gustaba?
La pregunta parecía sencilla. No lo era.
—Se me daba bien.
—No es lo mismo.
—Para pagar facturas se parece bastante.
Álex dejó la taza sobre el plato.
—¿Qué parte sí te gustaba?
Miré por la ventana. Una mujer arrastraba a un niño que se negaba a caminar y un perro olía un árbol con una concentración admirable.
—El momento justo antes de que empiece algo —respondí—. Cuando el espacio está vacío, todo está preparado y todavía puede salir perfecto.
—¿Y luego?
—Luego siempre se rompe un micrófono, alguien pierde una acreditación y un directivo exige cambiar el orden de las ponencias porque ha decidido que debe marcharse antes.
—Pero lo solucionas.
—Sí.
—Eso también te gusta.
Me encogí de hombros.
—Supongo.
—Mi hermana necesita a alguien como tú.
La frase me obligó a mirarlo.
—¿Para otra exposición?
—Para algo un poco más grande.
Sacó el teléfono y me enseñó una fotografía. En ella aparecía la fachada de un cine antiguo, con las letras del cartel incompletas. Se leía C_NE AT_AS. Las puertas estaban cubiertas de polvo y los cristales, protegidos con tablones.
—¿Dónde está?
—En el Poblenou. Era de mi abuelo. Cerró hace diecisiete años.
Pasó a la siguiente imagen. El interior conservaba filas de butacas rojas, aunque muchas estaban rotas. Una gran pantalla ocupaba el fondo y desde el techo colgaba una lámpara que parecía haber sobrevivido por orgullo.
—Es precioso.
—Es un desastre.
—Las dos cosas no son incompatibles.
Álex deslizó otra fotografía. Su hermana, la mujer del vestido impecable, aparecía en mitad del escenario con los brazos abiertos.
—Irene quiere convertirlo en un centro cultural. Exposiciones, cine, talleres, un pequeño café. Mi padre quiere venderlo antes de que el banco se quede con todo.
—Eso se ha complicado rápido.
—Bienvenida a mi familia.
—¿Y tú qué quieres?
Álex observó la imagen unos segundos.
—Quiero saber si puede funcionar antes de decidir qué quiero.
—Muy arquitecto.
—Muy prudente.
—Es una forma más bonita de decir lo mismo.
Sonrió.
—Tenemos tres meses para presentar un proyecto viable. Irene quiere organizar una jornada de puertas abiertas dentro de cuatro semanas, pero su concepto de organización consiste en abrir las puertas y confiar en el universo.
—El universo no confirma proveedores.
—Eso le dije.
—¿Y qué contestó?
—Que yo tenía el alma llena de hojas de cálculo.
—Podría gustarme tu hermana.
—A ella ya le gustas tú.
—Me vio durante diez minutos.
—Fueron suficientes para notar que eras la única persona de la galería que recolocó las copas vacías en una bandeja.
No recordaba haberlo hecho. Pero era posible. Había hábitos que sobrevivían incluso a un despido.
—No tengo empresa —dije—. Ni presupuesto. Ni trabajo, para ser exactos.
—La última parte ya la sabía.
—Muy amable.
—Irene puede pagarte. Poco, pero puede pagarte.
—¿Me estás ofreciendo trabajo en nuestra primera cita?
Álex ladeó la cabeza.
—¿Esto es una cita?
La pregunta cayó entre los dos, junto a las migas y las tazas casi vacías.
—Tú me invitaste.
—También te he hablado de goteras y deudas familiares.
—Hay hombres que hacen cosas peores para seducir.
—Entonces acepto que es una cita con una oferta laboral accidental.
—Eso suena ilegal.
—Puedo retirar la oferta.
—No he dicho que no me interese.
Álex apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Ven a verlo mañana. Sin compromiso.
Miré de nuevo la fotografía del cine. Las butacas cubiertas de polvo, la luz entrando entre los tablones, la pantalla esperando una historia.
Durante once años había organizado actos en hoteles idénticos, centros de convenciones y salas donde hasta las plantas parecían elegidas por un comité. Aquello era distinto. Estaba roto, abandonado y no prometía seguridad.
Quizá por eso me gustó.
—De acuerdo —dije—. Pero necesito aclarar una cosa.
—¿Cuál?
—Si trabajamos juntos, las bragas de aguacates quedan fuera del contrato.
Álex levantó una mano.
—Secreto profesional.
Salimos de La Fuga casi dos horas después. En la puerta, él señaló mi currículum imaginario.
—Hoy ya puedes añadir una segunda línea.
—¿Cuál?
—Acepta trabajos dudosos de hombres que apenas conoce.
—Eso no mejora mi perfil.
—Depende del sector.
Nos despedimos con dos besos que estuvieron demasiado cerca de convertirse en otra cosa, aunque probablemente aquello solo sucedió en mi cabeza.
Caminé hacia casa mirando el teléfono. Tenía un mensaje de Laura.
Laura: ¿SIGUES VIVA?
Yo: Sí.
Laura: ¿HA HABIDO BESO?
Yo: No.
Laura: ¿ENTONCES POR QUÉ HAS TARDADO DOS HORAS?
Pensé en el cine. En las paredes desconchadas. En la manera en que Álex había preguntado qué parte de mi trabajo me gustaba, como si la respuesta importara.
Yo: Me ha ofrecido trabajo.
Los tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces.
Laura: Clara, te pedí que desayunaras. No que fusionaras tu vida laboral y sentimental en menos de cuarenta y ocho horas.
Guardé el móvil en el bolso.
Desde el despido, había dejado de sentir que estaba cayendo.
Tal vez solo había cambiado de dirección.